Investigadores de la Universidad de St Andrews fecharon con precisión la erupción Newberry Pumice en el año 686 d. C. y advierten que volcanes de tamaño relativamente menor pueden generar impactos lejanos
Redactor: Javier Morales O.
Editor: Eduardo Schmitz
Un hallazgo en núcleos de hielo de Groenlandia acaba de cambiar la forma de entender el alcance de algunas erupciones volcánicas. Investigadores de la Universidad de St Andrews identificaron partículas de ceniza procedentes del volcán Newberry, en Oregón, Estados Unidos, a más de 5.000 kilómetros de distancia de su fuente. El dato resulta especialmente relevante porque no se trata de una erupción gigante, sino de un evento moderado que hasta ahora no se asociaba con una dispersión tan amplia.
El estudio, publicado en Quaternary Science Reviews, analizó fragmentos de ceniza de la erupción Newberry Pumice mediante huella geoquímica. Esta técnica permitió comparar la composición química de partículas halladas en el hielo de Groenlandia con depósitos volcánicos del periodo eruptivo más reciente conocido como “Big Obsidian”, asociado al volcán Newberry.
La investigación aporta una señal clara para la gestión de riesgos: incluso erupciones no extremas pueden enviar partículas finas de ceniza a regiones muy alejadas. Esa posibilidad obliga a mirar los volcanes no solo como amenazas locales, sino también como fenómenos capaces de afectar rutas aéreas, atmósfera y regiones distantes.
Una fecha más precisa para una erupción del siglo VII
Antes de este trabajo, la fecha de la erupción Newberry Pumice estaba acotada a una ventana aproximada de 140 años alrededor del inicio del siglo VII. El hallazgo de ceniza en el núcleo de hielo permitió reducir esa incertidumbre de manera notable y ubicar el evento en torno al año 686 d. C., con un margen de apenas dos años.
La precisión fue posible gracias a los modelos de edad desarrollados para los núcleos de hielo de Groenlandia, que preservan registros detallados de aerosoles, cenizas y señales atmosféricas del pasado. Para los investigadores, estas capas funcionan como archivos naturales que permiten reconstruir episodios volcánicos antiguos con una exactitud que no siempre ofrecen los depósitos cercanos al volcán.
Este tipo de evidencia se conecta con otros trabajos sobre núcleos de hielo y erupciones volcánicas, donde fragmentos atrapados a grandes distancias han ayudado a confirmar fechas, trayectorias y posibles efectos atmosféricos de eventos antiguos.
Partículas diminutas con una huella química decisiva
La autora principal, la doctora Helen Innes, de la Escuela de Ciencias de la Tierra y Ambientales de la Universidad de St Andrews, explicó que las partículas halladas eran extremadamente pequeñas, de apenas 0,02 milímetros. Identificar su origen no era sencillo, porque fragmentos de ese tamaño pueden viajar lejos y mezclarse con señales de otros volcanes.
La clave estuvo en la comparación geoquímica. Al analizar los elementos químicos presentes en las partículas, el equipo encontró una coincidencia exacta con los depósitos de Newberry Pumice. Esa correspondencia permitió vincular el material atrapado en Groenlandia con una erupción ocurrida en la cordillera de las Cascadas, en el noroeste de Estados Unidos.
El resultado confirma que los registros polares pueden conservar señales de volcanes ubicados a miles de kilómetros. También demuestra que la ceniza fina puede cruzar continentes y océanos cuando las condiciones atmosféricas favorecen el transporte a larga distancia.
Una erupción VEI 4 con alcance inesperado
La erupción de Newberry fue clasificada como VEI 4 en el Índice de Explosividad Volcánica. Esto la ubica por debajo de la erupción del monte St. Helens de 1980, considerada VEI 5, y por encima de eventos moderados a grandes como la erupción islandesa de Eyjafjallajökull de 2010, que alteró masivamente el tráfico aéreo europeo por la dispersión de ceniza.
La comparación es importante porque las erupciones del tamaño de Newberry no son extraordinariamente raras. A escala global, eventos de esa magnitud ocurren varias veces por década. Lo excepcional en este caso fue la distancia alcanzada por la ceniza: más de 5.000 kilómetros desde Oregón hasta Groenlandia, cruzando América del Norte y el Atlántico.
El hallazgo refuerza la necesidad de estudiar las erupciones volcánicas y sus impactos climáticos con una mirada más amplia, especialmente cuando los efectos atmosféricos pueden extenderse mucho más allá del área inmediata de la erupción.
El riesgo para el Atlántico Norte y las rutas aéreas
El doctor William Hutchison, coautor del estudio en la Universidad de St Andrews, subrayó que Islandia suele concentrar la atención cuando se habla de volcanes y riesgo para el Atlántico Norte, pero el nuevo trabajo recuerda que Norteamérica, Rusia y Japón también albergan numerosos volcanes capaces de enviar cenizas a través del hemisferio norte.
El Atlántico Norte es una de las rutas aéreas más transitadas del planeta. Por eso, una erupción relativamente menor, pero rica en ceniza fina y ubicada en una región estratégica, podría generar interrupciones importantes. La ceniza volcánica representa un riesgo para la aviación porque puede afectar motores, visibilidad y operaciones aeroportuarias.
La gestión de este riesgo exige coordinación entre gobiernos, agencias científicas y operadores de transporte. En ese sentido, la investigación no solo aporta un dato histórico, sino una advertencia operativa: el tamaño de una erupción no siempre anticipa por completo su capacidad de alterar sistemas humanos a gran distancia.
Newberry, un volcán activo de amenaza muy alta
El volcán Newberry forma parte de la cordillera volcánica de las Cascadas, la misma cadena donde se encuentra el monte St. Helens. De acuerdo con el Sistema Nacional de Alerta Temprana de Volcanes del Servicio Geológico de Estados Unidos, Newberry sigue activo y está clasificado como un volcán de “potencial de amenaza muy alto”.
La erupción identificada en los núcleos de hielo, fechada en torno al año 686 d. C., corresponde al evento más reciente conocido de este volcán. Los científicos que habían estudiado previamente los depósitos cercanos observaron que la ceniza local quedó distribuida de forma estrecha y alargada, una señal compatible con vientos fuertes durante la erupción.
Ese patrón ayuda a explicar cómo partículas muy finas pudieron desplazarse a través de América del Norte y llegar hasta Groenlandia. También se relaciona con el interés creciente por mejorar herramientas de observación y vigilancia, como los avances en tecnología para estudiar volcanes activos y anticipar mejor su comportamiento.
Mirar el pasado para preparar futuras respuestas
La profesora Andrea Burke, de la Universidad de St Andrews y responsable del análisis de los núcleos de hielo, señaló que el descubrimiento fue sorprendente porque no esperaban encontrar tanta ceniza tan lejos de una erupción de tamaño moderado. Para el equipo, el resultado destaca el valor de investigar eventos pasados como una vía para comprender riesgos futuros.
El trabajo muestra que las erupciones no deben evaluarse únicamente por su intensidad inmediata ni por los daños visibles cerca del volcán. La composición de la ceniza, la altura de la columna eruptiva, la dirección de los vientos y la ubicación geográfica pueden modificar de forma decisiva el alcance del impacto.
En un planeta con rutas aéreas densas, ciudades expuestas y sistemas interconectados, una erupción moderada puede generar consecuencias lejos de su fuente. Los archivos naturales conservados en el hielo permiten reconstruir esas conexiones y ofrecen una base más sólida para planes de respuesta ante futuras crisis volcánicas.
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