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Panel de control planetario

Panorama Planetario

Actualizado: 6 de septiembre de 2026
Resumen ejecutivo. La última evaluación mensual consolidada mantiene una señal climática inequívoca: calor elevado en la atmósfera y los océanos, menor cobertura de hielo respecto de los promedios históricos y contrastes hidrológicos capaces de alternar sequías, lluvias intensas e incendios. Julio de 2026 fue el segundo julio más cálido del registro global, empatado con 2024, mientras el océano extrapolar alcanzó su mayor temperatura superficial registrada para ese mes. Estas condiciones no describen por sí solas el tiempo de cada localidad, pero aumentan la energía y la humedad disponibles para episodios extremos.
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Temperatura global

El calor de fondo continúa elevado

Julio de 2026 se situó como el segundo julio más cálido del registro mundial, al mismo nivel que julio de 2024. Europa occidental, además, atravesó su periodo junio-julio más cálido registrado. La señal confirma que las oscilaciones regionales ocurren sobre una base climática considerablemente más cálida que la del periodo preindustrial.

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Océanos

Temperaturas superficiales excepcionalmente altas

La temperatura superficial de los océanos extrapolares fue récord para julio. Un mar más cálido puede reforzar olas de calor marinas, elevar el estrés sobre arrecifes y pesquerías y proporcionar más vapor de agua a la atmósfera. El efecto concreto depende de vientos, corrientes, humedad y circulación regional.

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CO₂ atmosférico

La acumulación sigue marcando el sistema climático

Las concentraciones de dióxido de carbono permanecen en niveles históricamente altos por las emisiones humanas y la larga permanencia del gas en la atmósfera. Las variaciones estacionales no alteran la tendencia estructural: el CO₂ adicional retiene calor, modifica el balance energético terrestre y contribuye a la acidificación oceánica.

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Hielo polar

El Ártico se aproxima a su mínimo estacional

En julio, la extensión del hielo marino ártico fue la sexta más baja para ese mes; las pérdidas destacaron al norte del mar de Barents. La extensión antártica fue la quinta más baja de julio. Septiembre exige seguimiento especial: el Ártico suele alcanzar su mínimo anual y la Antártida, su máximo.

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Incendios

Combustibles secos mantienen la vulnerabilidad

La combinación de calor, vegetación desecada, baja humedad y viento conserva condiciones favorables para incendios rápidos en territorios vulnerables. Europa occidental y otras zonas del hemisferio norte han acumulado estrés térmico e hídrico. La ignición sigue dependiendo con frecuencia de actividades humanas, aunque el clima controla la facilidad de propagación.

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Sequías

Persisten déficits de humedad en varias regiones

La última síntesis de Copernicus identificó condiciones más secas de lo habitual en amplias áreas de Europa, Canadá, Estados Unidos, el Magreb, el Cuerno de África, Siberia, Asia meridional y sectores de Sudamérica. Los impactos pueden alcanzar caudales fluviales, agricultura, abastecimiento, navegación y generación hidroeléctrica.

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Fenómenos extremos

El riesgo combina calor, tormentas e inundaciones

La transición estacional no elimina los extremos. Suelos secos pueden reducir la infiltración inicial durante aguaceros, mientras una atmósfera cálida puede transportar más humedad. En cuencas urbanizadas, zonas montañosas y costas bajas, la vigilancia debe considerar precipitación intensa, crecidas repentinas, deslizamientos y marejada.

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Próximos 7–14 días

Vigilancia multirriesgo, no un pronóstico único

Entre el 6 y el 20 de septiembre conviene seguir avisos meteorológicos locales, humedad del suelo, caudales, calidad del aire y focos térmicos. La perspectiva global sirve para identificar vulnerabilidades, pero las decisiones operativas deben apoyarse en los servicios meteorológicos y de protección civil de cada país.

Base informativa: Servicio de Cambio Climático de Copernicus y sus indicadores climáticos. Los valores mensuales corresponden a la última síntesis consolidada disponible; este panel no sustituye alertas oficiales locales.

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Baja la deforestación en el bosque atlántico de Brasil, pero ¿significa esto que ha ganado biodiversidad?

Área deforestada en la la reserva ambiental de ​​la Mata Atlántica en la ciudad de Salvador de Bahía, Brasil. Joa Souza/Shutterstock

Natalia Carolina Peralta-Kulik, Universidad Autónoma de Madrid and César Agustín López Santiago, Universidad Autónoma de Madrid


Brasil ha registrado la menor pérdida de bosque maduro de la mata atlántica –un bosque húmedo tropical y subtropical que se extiende por Brasil, Paraguay y Argentina– en 40 años. Según el Atlas da Mata Atlântica 2024-2025, la superficie deforestada fue un 40 % menor que el año anterior y alcanzó el valor más bajo de la serie histórica, desde 1985. Parece una noticia alentadora para uno de los biomas más ricos en especies y amenazados del planeta. Sin embargo, parar la deforestación es solo una parte de la historia.

Conservar un bosque implica mucho más que evitar la pérdida de superficie forestal. Supone mantener la biodiversidad, sus relaciones y las funciones ecológicas que desempeñan. Son ellas las que explican las contribuciones que la naturaleza aporta al bienestar de las personas.

¿Qué sabemos de la deforestación?

Desde hace casi cuatro décadas, el Atlas da Mata Atlântica de Brasil documenta la distribución de sus masas forestales y los cambios que experimenta. El atlas responde con precisión a una pregunta fundamental: ¿cuánto bosque estamos perdiendo cada año? Gracias a esta serie histórica ha sido posible seguir la evolución de la deforestación, identificar las regiones donde se concentra y prever sus tendencias futuras. Esa información constituye una base para diseñar estrategias eficaces frente a la deforestación y orientar las prioridades de conservación.

Por desgracia, el bosque atlántico es uno de los biomas más transformados del mundo. Tras siglos de ocupaciones agrícola, ganadera, urbana e industrial descontroladas ha perdido gran parte de su extensión original. Las masas boscosas que aún permanecen suelen encontrarse fragmentadas y rodeadas por actividades humanas con gran impacto.

Es cierto que la reducción de la deforestación puede reflejar avances en las políticas ambientales, pero por sí sola no basta para explicar el estado de salud del bosque. Comprenderlo requiere una mirada más amplia que integre los procesos ecológicos y los procesos sociales. Ambos modelan el paisaje de forma interdependiente.

Junto a la superficie forestal perdida es necesario analizar la estructura del paisaje vegetal, el tamaño y aislamiento de los fragmentos de bosque, la conectividad ecológica y los efectos de borde. En los ecosistemas fragmentados, aumenta el área expuesta al ambiente exterior y, por tanto, a condiciones ambientales y biológicas que pueden afectar a su biodiversidad. Por ejemplo, en los límites del bosque, las plantas reciben más luz solar y las especies animales más adaptadas al interior no pueden sobrevivir.

También es fundamental estudiar la biodiversidad, la diversidad funcional –que considera las funciones de las especies en el ecosistema y no solo la cantidad– y el mantenimiento de los procesos ecológicos. Y todo ello debe interpretarse en el contexto socioecológico en el que evoluciona el bosque.

Lo que ocurre con el bosque que permanece

Dos paisajes pueden conservar una superficie forestal similar y, aun así, presentar estados de conservación muy diferentes. Uno puede mantener poblaciones viables de fauna, procesos naturales de regeneración y buena conexión entre fragmentos. El otro puede haber perdido especies clave, estar aislado por carreteras o cultivos, y encontrarse degradado aunque su superficie apenas haya cambiado.

En otras palabras, una mayor superficie forestal no siempre refleja un mejor estado ecológico del bosque. La fragmentación degrada las condiciones ambientales en su interior, incrementa los efectos de borde y limita el movimiento de muchas especies. Esto altera procesos ecológicos esenciales, aunque la cobertura forestal se mantenga relativamente estable o incluso aumente.

Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná, Paraguay.
Monitoreo de la dinámica del Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El seguimiento periódico de los árboles permite evaluar cambios en la estructura, composición y dinámica del bosque a lo largo del tiempo. Guadalupe Toñanez.

El seguimiento de parcelas permanentes permite detectar esos cambios invisibles y ocultos bajo la cubierta forestal. El crecimiento, la mortalidad y el reclutamiento de árboles, junto con los cambios en la composición de especies, ofrecen información clave sobre la salud y la dinámica del bosque.

Un estudio llevado a cabo en el Bosque Atlántico del Alto Paraná paraguayo realizó un seguimiento de 25 años en parcelas permanentes. Esta investigación reveló que diferentes manchas de bosques aparentemente similares siguieron distinta trayectoria: algunos incrementaron su biomasa y actuaron como sumideros de carbono, mientras que otros la redujeron, liberando carbono a la atmósfera.

La biodiversidad también aporta información que la superficie forestal, por sí sola, no puede revelar. Estudios realizados en bosques secundarios del Neotrópico –que abarca Centroamérica, Sudamérica y partes de México– muestran que el número de especies aumenta relativamente rápido tras el abandono de actividades agrícolas. Sin embargo, la composición de especies requiere décadas o siglos para aproximarse a la de un bosque maduro. Así, bosques con una cobertura similar pueden diferir notablemente en la biodiversidad que albergan y en su capacidad para sostener funciones ecológicas esenciales.

Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, Paraguay
Vista del Paisaje Protegido Laguna Yrendy, en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). Aunque la mayor parte del bosque atlántico se encuentra en Brasil, este bioma se extiende también por Paraguay y Argentina. Natalia Peralta-Kulik

La recuperación también forma parte de la historia

La dinámica de los bosques es mucho más compleja que lo que reflejan las estadísticas de pérdida de superficie. Aunque la atención se centra en la deforestación, la buena noticia es que el bosque atlántico también experimenta procesos de expansión, restauración y regeneración natural que transforman el paisaje.

Un estudio reciente realizado en la mata atlántica del estado de Minas Gerais (Brasil) analizó la dinámica de pequeños fragmentos forestales entre 2011 y 2015. Los resultados mostraron que la disminución de pequeños fragmentos no siempre significaba pérdida de bosque. En muchos casos crecieron hasta superar las 10 hectáreas o se incorporaron a fragmentos mayores. Actuaron como núcleos de expansión del bosque, favoreciendo la recuperación de la cobertura forestal.

Estos resultados muestran que la dinámica del bosque atlántico combina procesos simultáneos de pérdida y recuperación. Mientras algunos fragmentos aumentan de tamaño, diversos estudios documentan que los remanentes de bosque maduro continúan perdiéndose en distintas regiones del bioma. Su regeneración real dependerá en gran medida de las características de la matriz del paisaje que los rodea. Un aumento de cobertura forestal no implica necesariamente una mejora equivalente de la biodiversidad. Tampoco de los servicios ecosistémicos que estos bosques proporcionan, como almacenamiento de carbono, regulación hídrica, control de la erosión o polinización.

Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad, Paraguay
Parcela permanente de monitoreo de biodiversidad en el Bosque Atlántico del Alto Paraná (Paraguay). El estudio de la dinámica del bosque complementa la información sobre la cobertura forestal y permite evaluar su integridad ecológica. Natalia Peralta-Kulik

La reducción de la deforestación registrada por el Atlas da Mata Atlântica es sin duda una buena noticia y apoya a las políticas de conservación. Pero debemos seguir sumando conocimiento sobre cómo se regenera el bosque maduro, su biodiversidad, su funcionamiento ecológico y las contribuciones que aporta al bienestar de las personas.

Alcanzar la deforestación cero sería un logro extraordinario. Pero lo verdaderamente importante es que consigamos conservar un bosque vivo y funcional y no únicamente un bosque testimonial para ocupar espacio en un mapa o una fotografía.

Natalia Carolina Peralta-Kulik, Doctoranda en Ecología, Laboratorio de Socioecosistemas, Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid and César Agustín López Santiago, PDi departamento Ecología. Coordinador grado en Ciencias Ambientales, Universidad Autónoma de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.