La combinación poco frecuente de un fuerte calentamiento del Pacífico y un enfriamiento del Atlántico tropical aumenta la cizalladura del viento y reduce la energía oceánica disponible para los ciclones. La NOAA prevé una temporada menos activa, pero mantiene la alerta en las costas.
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Luis Ortega
Dos fenómenos oceánicos que evolucionan simultáneamente en cuencas diferentes están modificando las condiciones de la temporada de huracanes del Atlántico en 2026.
Mientras El Niño se fortalece en el Pacífico ecuatorial, una disminución significativa de las temperaturas superficiales del mar se desarrolla en el Atlántico tropical. Este segundo patrón se conoce como Niña del Atlántico o Atlantic Niña.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, NOAA, considera que la coincidencia de ambos fenómenos puede limitar la formación y el fortalecimiento de ciclones tropicales durante la actual temporada.
El Niño aumenta la cizalladura vertical del viento sobre el Atlántico, mientras el enfriamiento de sus aguas ecuatoriales reduce parte de la energía necesaria para sostener la convección y el desarrollo de tormentas organizadas.
Esta combinación funciona como un escudo atmosférico y oceánico poco habitual. Sin embargo, no elimina la posibilidad de que una tormenta intensa alcance Estados Unidos, México, Centroamérica, el Caribe o la costa atlántica de Sudamérica.
El Niño tiene un 97 % de probabilidades de continuar hasta 2027
La actualización publicada por el Climate Prediction Center de la NOAA el 9 de julio indicó que El Niño tiene un 97 % de probabilidades de mantenerse hasta comienzos de 2027.
Los modelos también asignan una probabilidad del 81 % a que el fenómeno alcance una intensidad considerada muy fuerte entre octubre y diciembre de 2026.
Las mediciones de la región Niño 3.4, localizada en el Pacífico ecuatorial central, ya superaron el umbral necesario para identificar el episodio cálido.
Los resultados de los modelos utilizados por la NOAA y el North American Multi-Model Ensemble sitúan al evento entre los más intensos observados desde mediados del siglo XX.
La consolidación de El Niño durante 2026 tiene consecuencias que se extienden más allá del Pacífico, porque modifica la circulación atmosférica, los patrones de lluvia y los vientos en diferentes regiones del planeta.
Qué es la Niña del Atlántico
La Niña del Atlántico es la fase fría del modo zonal del Atlántico ecuatorial, una variación natural de las temperaturas oceánicas que no debe confundirse con La Niña del Pacífico.
La NOAA identifica este fenómeno cuando las temperaturas superficiales del Atlántico ecuatorial permanecen al menos 0,5 grados Celsius por debajo del promedio durante dos temporadas consecutivas.
El enfriamiento se relaciona con el fortalecimiento de los vientos alisios. Estos vientos desplazan las aguas superficiales cálidas y favorecen el ascenso de agua profunda más fría.
Las observaciones de 2026 muestran anomalías negativas en el Atlántico ecuatorial oriental. Si el patrón persiste, se convertiría en el sexto episodio de Niña del Atlántico documentado desde 1980.
La escasa frecuencia de estos eventos convierte la combinación actual con un El Niño intenso en un escenario de especial interés para la investigación climática.
Dos mecanismos que dificultan la formación de huracanes
Los ciclones tropicales necesitan aguas cálidas, humedad abundante y una atmósfera suficientemente estable para organizar su circulación.
El Niño altera esta estructura mediante el aumento de la cizalladura vertical del viento, que se produce cuando la velocidad o la dirección de las corrientes atmosféricas cambia con la altura.
Una cizalladura intensa puede inclinar la columna central de una tormenta, separar sus nubes de su circulación superficial e impedir que el sistema concentre energía alrededor de su núcleo.
El enfriamiento provocado por la Niña del Atlántico añade un segundo obstáculo. Una superficie oceánica más fría aporta menos calor y humedad a la atmósfera, reduciendo el combustible disponible para la convección.
La influencia de estas variables sobre los ciclones también aparece en investigaciones sobre las transiciones de El Niño y La Niña y el desarrollo de tormentas en el Atlántico.
La NOAA prevé entre ocho y catorce tormentas con nombre
El pronóstico de la NOAA para la temporada de huracanes del Atlántico de 2026 contempla entre ocho y catorce tormentas con nombre.
De ese total, entre tres y seis sistemas podrían alcanzar la categoría de huracán, mientras que entre uno y tres podrían convertirse en huracanes mayores.
Un huracán mayor corresponde a las categorías 3, 4 o 5 de la escala Saffir-Simpson, con vientos suficientemente intensos para causar daños graves en edificios, infraestructura, redes eléctricas y zonas costeras.
El escenario se encuentra por debajo del promedio histórico y coincide con el pronóstico publicado al inicio de la temporada sobre los estados de Estados Unidos con mayor exposición a huracanes.
Florida, Luisiana, Texas, Alabama, Misisipi y las Carolinas siguen bajo vigilancia debido a su ubicación, concentración de población costera y exposición a inundaciones y marejadas ciclónicas.
Los huracanes podrían reducirse hasta un 50 %
Los registros históricos de la NOAA muestran que durante episodios anteriores de Niña del Atlántico se redujo la cantidad de ciclones que alcanzaron la categoría de huracán.
En algunos de esos periodos, la disminución llegó hasta un 50 % en comparación con años caracterizados por condiciones oceánicas neutrales.
Este antecedente respalda la previsión de menor actividad en 2026, aunque el comportamiento de cada temporada depende de varios factores atmosféricos y oceánicos.
Las temperaturas del Atlántico subtropical, la humedad, las ondas procedentes de África, las corrientes de viento y la distribución del calor bajo la superficie pueden favorecer o limitar la evolución de cada sistema.
La coincidencia de El Niño y la Niña del Atlántico reduce el potencial general, pero no impide que una perturbación encuentre temporalmente condiciones adecuadas y alcance una intensidad peligrosa.
El Atlántico registra anomalías de hasta tres grados
Los mapas de temperatura oceánica publicados por la NOAA el 15 de julio mostraron una franja cálida en el Pacífico ecuatorial y una zona fría en el Atlántico oriental.
En determinadas partes del Atlántico se observaron temperaturas entre uno y tres grados Celsius por debajo del promedio.
En el Pacífico central, las anomalías cálidas superaron los 1,5 grados Celsius en la región Niño 3.4.
Las mediciones proceden de satélites, boyas, estaciones oceanográficas y sistemas internacionales de observación que permiten seguir la evolución de las temperaturas superficiales y subsuperficiales.
Los modelos climáticos incorporan esos registros para calcular la posible duración e intensidad de ambos fenómenos y actualizar los pronósticos de la temporada ciclónica.
La actividad puede disminuir cerca de Estados Unidos
La combinación de una cizalladura elevada y un Atlántico ecuatorial más frío puede dificultar la organización de tormentas cerca de la costa este estadounidense y del golfo de México.
Una menor cantidad de huracanes reduciría la presión estadística sobre los sistemas de emergencia, las aseguradoras, las redes eléctricas y las infraestructuras costeras.
Sin embargo, una temporada menos activa no garantiza que ninguna tormenta toque tierra. La trayectoria de los ciclones que consigan formarse será más importante para cada comunidad que el número total registrado en la cuenca.
El huracán Andrew demostró este riesgo en 1992. Aquella fue una temporada de baja actividad general, pero Andrew alcanzó categoría 5 y produjo una devastación extensa en Florida.
Una sola tormenta puede concentrar gran parte de los daños de una temporada, especialmente cuando experimenta una intensificación rápida cerca de la costa.
El Caribe y América Latina también mantienen la alerta
La reducción de la actividad ciclónica podría disminuir el número de tormentas que alcancen el Caribe, Centroamérica, México y la costa atlántica de Sudamérica.
Estos territorios permanecen expuestos a vientos intensos, lluvias torrenciales, inundaciones, deslizamientos y marejadas aunque el balance general de la temporada sea inferior al promedio.
Las islas caribeñas enfrentan riesgos adicionales por su limitada superficie, la concentración de infraestructura cerca del mar y la dificultad para recuperar servicios esenciales después de un impacto severo.
En Centroamérica y México, los ciclones pueden producir daños incluso sin tocar tierra directamente, debido a la extensión de sus bandas de lluvia y al desplazamiento lento de algunos sistemas.
Las autoridades nacionales deberán ajustar sus recursos a las previsiones, pero sin reducir la capacidad de respuesta durante los meses de mayor actividad.
El océano frío no convierte al Atlántico en una zona segura
La Niña del Atlántico afecta principalmente una franja del océano ecuatorial. Otras áreas de la cuenca pueden conservar temperaturas suficientemente cálidas para alimentar ciclones.
El golfo de México, el mar Caribe y el Atlántico occidental pueden presentar condiciones distintas a las observadas en el sector ecuatorial oriental.
Un sistema que atraviese aguas muy cálidas podría intensificarse si encuentra baja cizalladura y una atmósfera húmeda, aunque el entorno general de la temporada resulte menos favorable.
Los pronósticos estacionales describen probabilidades para toda la cuenca, pero no permiten determinar con meses de anticipación el lugar exacto donde se formará o impactará una tormenta.
La cizalladura puede cambiar durante periodos breves
La cizalladura del viento no permanece constante durante toda la temporada. Puede aumentar o disminuir en cuestión de días debido a cambios en la circulación atmosférica.
Un periodo temporal con menor cizalladura puede abrir una ventana favorable para que una perturbación tropical se organice y se fortalezca.
Por esta razón, los meteorólogos mantienen vigilancia continua incluso durante temporadas dominadas por El Niño.
Los satélites permiten observar nubes, humedad, temperaturas y circulación, mientras aviones especializados, boyas y radares aportan información cuando una tormenta se aproxima a tierra.
El seguimiento operativo será esencial hasta el 30 de noviembre, fecha oficial de cierre de la temporada atlántica.
La experiencia de La Niña muestra el efecto contrario
La Niña del Pacífico suele disminuir la cizalladura sobre el Atlántico y crear un entorno más favorable para la formación de ciclones.
En esas condiciones pueden desarrollarse más tormentas y sistemas de mayor duración, especialmente en el Caribe y la principal región de desarrollo del Atlántico tropical.
La relación entre La Niña y la actividad de los huracanes atlánticos muestra cómo un fenómeno originado en el Pacífico puede modificar la atmósfera a miles de kilómetros de distancia.
En 2026 ocurre el patrón opuesto: el fuerte El Niño aumenta la cizalladura y coincide con un enfriamiento propio del Atlántico.
Una combinación con pocos precedentes desde 1980
La NOAA ha documentado únicamente cinco episodios comparables de Niña del Atlántico desde 1980.
La coincidencia con un El Niño fuerte es todavía menos frecuente, por lo que la evolución de 2026 ofrece una oportunidad para estudiar la interacción entre ambas cuencas.
El North American Multi-Model Ensemble integra diferentes modelos climáticos para estimar la evolución de las temperaturas, las lluvias y la circulación atmosférica.
Los resultados se actualizan conforme cambian las observaciones. Una disminución del enfriamiento atlántico o una evolución distinta de El Niño podría modificar el pronóstico durante los próximos meses.
La preparación costera sigue siendo prioritaria
La NOAA recomienda que gobiernos, organismos de emergencia y residentes de zonas vulnerables mantengan actualizados sus planes de contingencia.
Las familias deben conocer las rutas de evacuación, disponer de suministros básicos y seguir exclusivamente los avisos de los servicios meteorológicos y de protección civil.
Las autoridades locales necesitan revisar refugios, sistemas de drenaje, hospitales, redes eléctricas y mecanismos de comunicación antes de que una amenaza se aproxime.
La previsión de menos ciclones puede facilitar la planificación de recursos, pero no justifica reducir las medidas preventivas.
El escenario de 2026 representa una barrera climática inusual contra la actividad ciclónica, no una garantía de seguridad para las comunidades costeras.
Fuente(s) referenciales
