Retrasos en la aplicación de la Ley de Especies en Peligro de Extinción mantienen en espera a cientos de animales y plantas, mientras organizaciones ambientales cuestionan la baja cantidad de nuevas protecciones bajo la administración de Donald Trump.
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
Más de 400 especies de animales y plantas siguen esperando protección federal en Estados Unidos bajo la Ley de Especies en Peligro de Extinción, una de las normas ambientales más importantes del país. La demora preocupa a organizaciones conservacionistas porque muchas de esas especies ya enfrentan pérdida de hábitat, cambio climático, fragmentación ecológica y presión humana directa.
La situación se ha convertido en un punto crítico de la política ambiental estadounidense. Bajo la administración de Donald Trump, el ritmo de inclusión de especies en la lista federal ha sido menor que el de cualquier otro gobierno desde la promulgación de la ley hace más de medio siglo. Durante su primer mandato se protegieron 22 especies y, en el actual iniciado en enero de 2025, no se han añadido nuevas especies a la lista federal.
Una ley clave para evitar extinciones
La Ley de Especies en Peligro de Extinción, conocida por sus siglas en inglés ESA, fue aprobada en 1973. Su objetivo es proteger especies amenazadas o en peligro y conservar los ecosistemas de los que dependen. La norma permite designar especies protegidas, establecer hábitats críticos y obligar a las agencias federales a evitar acciones que puedan empujar a una especie hacia la extinción.
Para muchas especies, entrar en la lista federal cambia el escenario de supervivencia. Abre la puerta a planes de recuperación, revisión de proyectos que afecten su hábitat, restricciones de actividades dañinas y asignación de recursos públicos. Sin esa protección, las especies quedan en una zona de espera que puede prolongarse durante años.
El problema no es solo jurídico. La demora en proteger especies puede acelerar pérdidas ecológicas irreversibles, especialmente cuando las poblaciones ya son pequeñas o están aisladas. En otros contextos, estudios sobre extinción de especies han mostrado que la desaparición de un organismo puede alterar redes ecológicas completas.
El caso del arrendajo de piñón
Entre las especies pendientes aparece el arrendajo de piñón, un ave vinculada a ecosistemas de pinos piñoneros en el oeste de Estados Unidos. Su población ha disminuido por factores como el cambio climático, la pérdida de hábitat, la tala y el sobrepastoreo.
El ave cumple un papel ecológico importante porque ayuda a dispersar semillas de pino piñonero. Su declive no afecta solo a una especie aislada: también puede alterar la regeneración de bosques y matorrales, así como las relaciones entre aves, árboles, suelos y comunidades humanas que dependen de esos paisajes.
Organizaciones como Defenders of Wildlife y el Center for Biological Diversity han denunciado retrasos en las decisiones de protección. Para estos grupos, el caso del arrendajo de piñón representa un patrón más amplio: especies con evidencia científica suficiente permanecen sin una respuesta federal definitiva.
Un “purgatorio” administrativo para la biodiversidad
El proceso de evaluación de una especie puede extenderse durante años. Primero se presentan peticiones, luego se revisa la información científica disponible, se evalúan amenazas, se publican propuestas y finalmente se adopta o rechaza una decisión. La ley establece plazos, pero en la práctica muchas decisiones quedan acumuladas.
Ese retraso genera lo que organizaciones ambientales describen como un “purgatorio” administrativo. Las especies son reconocidas como candidatas o potencialmente amenazadas, pero no reciben aún las herramientas legales completas para frenar la pérdida de hábitat o reducir amenazas.
La acumulación de expedientes también revela un problema de capacidad institucional. El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos debe revisar cientos de casos con recursos limitados, mientras enfrenta presiones políticas, judiciales y económicas. La conservación de la biodiversidad depende, en buena medida, de que esas evaluaciones se realicen con rapidez y base científica.
Trump y la menor cantidad de nuevas protecciones
Los datos citados por organizaciones conservacionistas muestran que la administración de Donald Trump ha protegido menos especies bajo la ESA que cualquier otra desde la creación de la ley. La crítica principal es que la baja velocidad de inclusión coincide con intentos de limitar el alcance de la norma, especialmente en materia de hábitat y obligaciones federales.
En marzo de 2026, una corte federal anuló medidas asociadas al debilitamiento de protecciones bajo la Ley de Especies en Peligro de Extinción y restauró valores centrales de la norma. Sin embargo, el litigio no resuelve por sí solo el atraso acumulado de especies que siguen esperando una decisión.
La discusión tiene un componente político evidente, pero su consecuencia ambiental es concreta: cada año sin protección puede significar menos individuos, menor diversidad genética, más fragmentación y menor capacidad de recuperación. La presión es especialmente grave en anfibios, peces, plantas raras, moluscos, aves y pequeños mamíferos con distribución limitada.
La amenaza no siempre es visible
Muchas especies pendientes no son animales emblemáticos. Algunas son plantas, moluscos, anfibios, insectos o peces de hábitats muy específicos. Su baja visibilidad pública dificulta movilizar apoyo, aunque su papel ecológico pueda ser importante para ríos, humedales, bosques, cuevas, dunas o desiertos.
La pérdida de hábitat sigue siendo una de las causas centrales del declive. A ella se suman contaminación, especies invasoras, sobreexplotación y cambio climático. En algunos casos, los eventos extremos modifican la dinámica de poblaciones y comportamientos, como se ha observado en investigaciones sobre fenómenos climáticos extremos y animales.
El riesgo aumenta cuando una especie depende de un área pequeña. Si su hábitat se degrada por una carretera, una mina, una urbanización, una sequía prolongada o una actividad industrial, la población puede colapsar antes de que el proceso legal concluya.
Proteger tarde puede ser insuficiente
Los especialistas en conservación advierten que proteger una especie cuando su población ya está muy reducida suele ser más costoso y menos eficaz. La recuperación exige restaurar hábitat, controlar amenazas, monitorear poblaciones, limitar actividades dañinas y sostener programas durante años.
Por eso la oportunidad de la protección es clave. Una especie con poblaciones todavía funcionales puede recuperarse con medidas relativamente más directas. En cambio, una especie llevada al borde de la extinción puede necesitar intervenciones intensivas, cría en cautiverio o incluso conservación genética avanzada.
El debate sobre herramientas como bancos genómicos o biobancos de especies amenazadas muestra hasta qué punto la conservación está entrando en una fase de emergencia. Pero ninguna tecnología sustituye la protección temprana del hábitat ni la aplicación efectiva de la ley.
Una señal para la política ambiental
El caso de las más de 400 especies en espera muestra que la crisis de biodiversidad no depende solo de descubrimientos científicos o de fondos para conservación. También depende de decisiones administrativas, plazos legales y voluntad política.
Cuando una especie queda años sin protección, la pérdida no se detiene. Los bosques se fragmentan, los humedales se degradan, los ríos cambian y las poblaciones siguen disminuyendo. La demora burocrática puede convertirse en una amenaza ambiental tan real como la tala, la contaminación o el calentamiento global.
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