Investigadores de la Universidad de California en Berkeley analizan cómo los incendios forestales se propagan desde áreas naturales hacia comunidades urbanas
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
California, en Estados Unidos, enfrenta una crisis de incendios que ya no puede entenderse únicamente como un problema de bosques, matorrales o montañas. El crecimiento de la población, la expansión urbana hacia zonas propensas al fuego y la acumulación de combustible vegetal han transformado el riesgo: cada vez más incendios avanzan desde áreas naturales hasta barrios, calles y viviendas.
La población del estado pasó de unos 10 millones de habitantes en 1950 a más de 40 millones en la actualidad. Ese crecimiento impulsó la construcción de millones de viviendas y edificios comerciales, muchos de ellos ubicados en zonas expuestas a incendios forestales. Como resultado, más comunidades viven hoy en territorios donde el fuego puede pasar del paisaje natural al entorno construido.
Los incendios de Palisades y Eaton, registrados en Los Ángeles en 2025, mostraron la magnitud de ese riesgo. Más de 16.000 edificios fueron destruidos y 31 personas murieron. Cuando termine la recuperación, el costo total de reparación de los daños podría acercarse a un cuarto de billón de dólares.
Cuando el bosque y la ciudad se encuentran
El trabajo difundido por la Universidad de California en Berkeley se centra en la llamada interfaz urbano-forestal, el espacio donde edificios, carreteras e infraestructura se mezclan con áreas naturales. En esas zonas, una vivienda puede estar cerca de vegetación inflamable, pero también de otras casas que actúan como combustible cuando el fuego entra en una comunidad.
Michael Gollner, profesor asociado de ingeniería mecánica en UC Berkeley, advierte que California está en el centro de la crisis de incendios. El problema no se limita a la frecuencia de los fuegos, sino a la forma en que se desplazan cuando alcanzan zonas urbanas. Comprender esa propagación requiere una física distinta a la de los incendios en áreas silvestres.
Hasta hace poco, muchos modelos matemáticos usados para predecir la propagación del fuego trataban las comunidades urbanas como superficies que no ardían. Esa simplificación dejaba fuera una parte crítica del riesgo, porque los edificios sí pueden incendiarse y, una vez encendidos, pueden transmitir el fuego a otras estructuras cercanas.
La situación se relaciona con una tendencia más amplia: el riesgo de incendios forestales aumenta en muchas regiones del planeta por la combinación de calor, sequía, cambios en la vegetación y exposición humana creciente.
Un paisaje más inflamable que hace décadas
La expansión urbana no es la única causa del problema. Históricamente, gran parte de California ardía cada 7 a 15 años. Esos incendios frecuentes cumplían una función ecológica: reducían el combustible acumulado en el suelo, abrían los bosques y favorecían paisajes más resistentes al fuego.
Scott Stephens, profesor del Rausser College of Natural Resources, señala que ese fuego periódico era restaurativo. Durante mucho tiempo, los bosques californianos estuvieron dominados por pinos resistentes al fuego y a la sequía, capaces de sombrear el suelo y limitar la acumulación de material inflamable.
Un siglo de políticas de supresión del fuego y de tala modificó esa composición. Al desaparecer muchos de los pinos más grandes y aumentar la densidad del bosque, prosperaron especies menos resistentes al fuego. El resultado es un paisaje más cerrado, más cargado de combustible y más inflamable que el de hace varias décadas.
Stephens resume la escala del cambio con un dato contundente: en California se apaga más del 98 % de los incendios, pero el 2 % que no puede ser controlado termina quemando el 95 % de la superficie afectada. Desde 2013, más de 12 millones de acres han ardido en el estado, un área superior al doble del tamaño de Nueva Jersey.
Modelar el fuego dentro de los barrios
Gollner trabaja en modelos capaces de representar cómo el fuego se mueve entre vegetación y edificios. En una investigación publicada en 2024, su equipo desarrolló un modelo a escala de paisaje para estimar la propagación de incendios en la interfaz urbano-forestal. A diferencia de otros enfoques, el modelo conectaba en una misma simulación el fuego en la vegetación y el fuego en las estructuras.
El sistema incorpora mecanismos clave de propagación: contacto directo de las llamas, radiación térmica y pavesas, es decir, fragmentos encendidos transportados por el aire. Estas pavesas son responsables de muchas igniciones en edificios durante incendios forestales.
El modelo también incluye el flujo de calor, que permite estimar cuánta energía térmica atraviesa materiales y cuánto peligro representa para casas cercanas. El equipo probó el modelo con datos de los incendios Tubbs y Thomas, ocurridos en California en 2017, y logró predecir la extensión del fuego con más del 85 % de precisión y el número de viviendas dañadas con alrededor del 70 %.
Este enfoque ayuda a entender por qué los incendios urbanos no pueden abordarse solo con más equipos de extinción. Cuando el fuego entra en una ciudad, las pavesas pueden encender miles de edificios. Ningún cuerpo de bomberos puede controlar de forma simultánea cientos o miles de estructuras en llamas.
Las pavesas y la protección de las viviendas
Uno de los resultados más relevantes del trabajo es que casi un tercio de las igniciones de viviendas se debió a pavesas. Esa información es importante porque apunta a medidas concretas que las comunidades pueden adoptar antes de que ocurra el incendio.
Gollner distingue dos tipos básicos de mitigación. El primero es el espacio defendible: retirar materiales inflamables alrededor de la vivienda y reducir el combustible disponible. El segundo es el endurecimiento de la casa, que busca hacer más difícil la ignición mediante cambios en ventanas, revestimientos, ventilaciones resistentes a pavesas y materiales menos combustibles.
El costo de estas medidas varía. Instalar revestimientos resistentes al fuego en una construcción nueva no necesariamente resulta mucho más caro que usar madera tradicional, pero reemplazar materiales en millones de viviendas existentes puede ser costoso. Por eso, los modelos ayudan a identificar en qué zonas la inversión tendría mayor impacto.
Las lecciones son especialmente relevantes para comunidades que ya han sufrido grandes incendios, como ocurrió con la reconstrucción tras los incendios de Los Ángeles, donde la pérdida de viviendas, el desplazamiento y la recuperación lenta muestran que el fuego urbano deja consecuencias prolongadas.
Berkeley prueba una ordenanza contra las pavesas
La ciudad de Berkeley, ubicada en un paisaje propenso al fuego, comenzó a aplicar en enero de 2026 una ordenanza llamada Effective Mitigations for Berkeley Ember Resilience, conocida como EMBER. La norma exige una franja libre de vegetación de cinco pies alrededor de las casas y prioriza la aplicación en áreas de mayor riesgo.
La medida ha generado debate local porque las multas por incumplimiento pueden llegar hasta 500 dólares diarios. Algunos opositores consideran que la ordenanza es demasiado intrusiva. Sin embargo, los datos del equipo de Gollner ofrecen una base científica para explicar por qué esa franja inmediata alrededor de la vivienda puede marcar una diferencia.
En un estudio publicado en 2025, Gollner analizó datos de campo recogidos tras cinco grandes incendios históricos en la interfaz urbano-forestal de California: Tubbs y Thomas en 2017, Camp en 2018, Kincade en 2019 y Glass en 2020. El análisis encontró que las casas con una zona libre de vegetación tenían muchas más probabilidades de sobrevivir.
La diferencia fue clara: solo el 20 % de las viviendas sin franja de protección sobrevivió a esos incendios, frente al 37 % de las viviendas que sí contaban con ese espacio. En un incendio urbano mayor, una diferencia de 17 puntos porcentuales puede representar cientos o miles de casas salvadas.
Mitigación antes de la emergencia
El trabajo también calculó que combinar endurecimiento de viviendas y espacio defendible podría evitar la pérdida del 52 % de las estructuras destruidas en los grandes incendios urbanos estudiados. Esa cifra no elimina el riesgo, pero muestra que la prevención física puede reducir de forma sustancial el daño.
Dave Winnacker, exjefe de bomberos y responsable de apoyar la implementación de EMBER en Berkeley, sostiene que el fuego es oportunista y siempre busca una vía para propagarse. Cada vivienda que no arde corta una cadena de igniciones y reduce la posibilidad de que el incendio avance hacia otras casas.
El desafío es que muchas medidas parecen pequeñas frente a la magnitud de un incendio urbano. Retirar vegetación cercana, cambiar ventilaciones o usar materiales menos inflamables puede parecer insuficiente, pero los modelos muestran que esas acciones modifican las rutas por las que el fuego se mueve dentro de una comunidad.
La prevención adquiere más importancia en un contexto de clima más cálido y seco. En regiones con patrones similares, los incendios se ven favorecidos por sequías, vientos intensos y acumulación de combustible, como se observó en análisis sobre zonas mediterráneas expuestas a incendios forestales.
Una ciencia necesaria para decidir dónde actuar
El objetivo final de Gollner es construir una especie de manual práctico para incendios urbanos, una guía que permita a las comunidades decidir qué medidas aplicar primero y dónde invertir recursos. Hoy, muchas ciudades no cuentan con una herramienta de ese tipo.
Los datos permiten pasar de recomendaciones generales a prioridades más concretas. No todas las viviendas enfrentan el mismo riesgo, ni todas las inversiones producen el mismo beneficio. Una casa pegada al bosque requiere medidas distintas a otra ubicada varias calles dentro de una comunidad, pero todavía falta conocer con precisión hasta dónde deben extenderse las acciones de mitigación.
La ciencia del fuego urbano está avanzando porque el paisaje también cambió. En California, el incendio ya no termina al llegar a la ciudad. Puede continuar por techos, cercas, jardines, revestimientos, vehículos y viviendas próximas entre sí. Comprender esa cadena de propagación es esencial para reducir pérdidas humanas, económicas y ambientales.
El mensaje central del trabajo es operativo: cuando el fuego alcanza su máxima intensidad, la capacidad humana de apagarlo es limitada. Por eso, la reducción del riesgo debe comenzar antes, con viviendas menos inflamables, espacios defendibles, planificación urbana y modelos que ayuden a ubicar las medidas donde puedan salvar más estructuras.
Fuente(s) referenciales
Phys.org. From forest to front door: Understanding how wildfire spreads through communities.
