Satélites de la NASA, CNES y ESA registraron señales extremas en el Pacífico y nuevos datos sobre olas fluviales a gran escala
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
Las olas gigantes dejaron de pertenecer únicamente al terreno de los relatos de marinos. Nuevas observaciones satelitales confirmaron que el océano Pacífico puede producir muros de agua mucho más altos de lo que los modelos tradicionales consideraban posible, con estimaciones de olas individuales de hasta 35 metros durante eventos extremos.
El registro más llamativo se produjo en diciembre de 2024, cuando la misión SWOT, desarrollada por la NASA y el CNES de Francia, atravesó la tormenta tropical Eddie en el Pacífico Norte. El satélite midió una altura significativa de ola de 19,7 metros, una cifra equivalente aproximadamente a un edificio de seis pisos.
La altura significativa no corresponde a la ola más alta observada, sino al promedio del tercio superior de las olas medidas. En oceanografía, ese dato permite estimar que algunas crestas individuales pueden duplicar ese valor en condiciones extremas. Por eso, los científicos calcularon que durante la tormenta Eddie pudieron formarse olas cercanas a los 35 metros.
Un salto en la observación del océano
La clave del avance está en la tecnología del satélite SWOT, equipado con el radar interferométrico en banda Ka, conocido como KaRIn. A diferencia de los altímetros tradicionales, este instrumento puede cartografiar la superficie marina en dos dimensiones con una resolución aproximada de 200 a 250 metros.
Esta capacidad permite medir no solo la altura de las olas, sino también su longitud, dirección y evolución espacial. Para la ciencia oceánica, el cambio es importante porque transforma fenómenos antes difíciles de observar en datos concretos, especialmente en regiones remotas donde los barcos, boyas o estaciones costeras no siempre pueden medir el riesgo real.
El hallazgo también se apoya en archivos previos del proyecto GlobWave, financiado por la ESA y el CNES, que reunió 26 años de datos de misiones satelitales como ERS-1, ERS-2 y Envisat. Esa información permitió estudiar la rugosidad marina, las ondas internas y los procesos que pueden alimentar la formación de olas extremas.
En este contexto, la vigilancia espacial del océano se vuelve cada vez más relevante para comprender cómo se comportan los sistemas marinos en un planeta con mayor energía acumulada. En Noticias de la Tierra ya se ha abordado cómo la red que vigila los océanos del mundo resulta clave para interpretar señales climáticas y riesgos extremos.

La energía de una tormenta puede viajar miles de kilómetros
La tormenta Eddie no solo produjo olas gigantes en el Pacífico Norte. También mostró que la energía generada por un evento extremo puede desplazarse enormes distancias. Las marejadas asociadas a la tormenta viajaron hasta 24.000 kilómetros, cruzaron el Paso Drake y llegaron al Atlántico tropical entre el 21 de diciembre de 2024 y el 6 de enero de 2025.
Estas marejadas, conocidas como swells, funcionan como mensajeras de la energía oceánica. Pueden mantener su fuerza mucho después de que la tormenta original se haya disipado y afectar costas muy alejadas del punto donde se formaron. Para la navegación, los puertos y las infraestructuras marítimas, este comportamiento obliga a mirar el océano como un sistema conectado, no como una suma de eventos aislados.
La investigación fue liderada por Fabrice Ardhuin, oceanógrafo del Laboratorio de Oceanografía Física y Espacial de Francia, y publicada en 2025 en la revista PNAS. El equipo combinó observaciones satelitales con análisis multidimensionales y transformadas de Fourier para seguir la trayectoria de la energía de las olas durante miles de kilómetros.
Uno de los resultados más importantes fue la corrección de modelos previos que podían sobrestimar hasta 20 veces la energía transportada por olas largas. Esa mejora puede ayudar a diseñar rutas marítimas más seguras y a revisar cálculos de riesgo en zonas expuestas a oleaje extremo.
Riesgo para barcos, puertos y plataformas
Las olas gigantes representan una amenaza directa para embarcaciones, plataformas energéticas, cables submarinos, puertos y comunidades costeras. La ESA ha advertido que, en promedio, tres barcos se hunden cada semana en aguas internacionales, muchos de ellos en zonas donde la interacción entre viento, corrientes y oleaje crea condiciones especialmente peligrosas.
La corriente de Agulhas y la corriente del Golfo fueron identificadas como regiones donde las olas pueden multiplicar su altura en áreas de intenso tráfico marítimo. Esa combinación de oleaje, corrientes fuertes y rutas comerciales convierte a ciertos corredores oceánicos en puntos críticos para la seguridad global.
El calentamiento del océano añade otra capa de complejidad, porque las aguas más cálidas pueden almacenar más energía y favorecer tormentas más intensas. Noticias de la Tierra ha explicado previamente cómo las temperaturas oceánicas récord influyen en tormentas, lluvias extremas y otros fenómenos climáticos conectados con la energía marina.
Olas fluviales vistas desde el espacio
El mismo instrumento que permitió observar olas oceánicas extremas también abrió una nueva línea de investigación en grandes ríos. Científicos de la NASA y Virginia Tech detectaron por primera vez olas fluviales a escala continental desde el espacio, un avance relevante para el monitoreo de inundaciones.
A diferencia de las olas del océano, impulsadas principalmente por viento y mareas, las olas fluviales se forman por lluvias extremas, deshielos o crecidas repentinas. Pueden desplazarse cientos de kilómetros río abajo y modificar el comportamiento de una cuenca durante horas o días.
Entre 2023 y 2024, SWOT identificó tres episodios destacados en Estados Unidos. En abril de 2023, una cresta de 2,8 metros avanzó por el río Yellowstone, en Montana, hacia el Misuri. En enero de 2024, una ola de más de 9 metros y 267 kilómetros de extensión fue detectada en el río Colorado, asociada con la mayor inundación del año en esa región. Otro episodio, de más de 6 metros y 165 kilómetros, se originó en el río Ocmulgee, en Georgia.
Estos datos muestran que la observación satelital puede ayudar a entender mejor el comportamiento de las crecidas y reforzar sistemas de alerta en territorios vulnerables. El monitoreo de inundaciones también se conecta con investigaciones sobre la fuerza del agua en eventos extremos, donde pequeños cambios de altura pueden traducirse en impactos enormes sobre comunidades e infraestructuras.
Preguntas abiertas sobre clima y olas extremas
El estudio no reduce la formación de olas gigantes a una sola causa. Fabrice Ardhuin ha planteado que el calentamiento global puede ser un factor, pero no el único. También influyen la topografía del fondo marino, las trayectorias de las tormentas, las corrientes oceánicas y la variabilidad climática natural.
Lo que sí aparece con claridad es que los océanos más cálidos almacenan más energía y pueden alimentar tormentas capaces de producir vientos y oleajes extremos. Esa relación no significa que cada ola gigante sea consecuencia directa del cambio climático, pero sí refuerza la necesidad de estudiar cómo cambia la frecuencia, intensidad y distribución de estos fenómenos.
La investigación sobre tormentas y océanos también tiene implicaciones para regiones polares y subantárticas, donde el oleaje puede interactuar con hielo marino, plataformas costeras y ecosistemas sensibles. En esa línea, los estudios sobre tormentas más intensas en el Océano Austral muestran cómo el equilibrio entre clima, océano y biodiversidad puede alterarse cuando aumenta la energía de los sistemas atmosféricos y marinos.
Una nueva etapa para medir riesgos naturales
El registro de olas extremas en el Pacífico y la detección de olas fluviales desde el espacio marcan una nueva etapa en la observación de la Tierra. La información obtenida por SWOT no solo confirma que el océano puede superar límites considerados improbables por los modelos clásicos, sino que también permite mejorar la predicción de riesgos en mares y ríos.
Para la ingeniería marítima, estos datos pueden influir en el diseño de plataformas, puertos, cables submarinos y rutas de navegación. Para la gestión de inundaciones, abren la posibilidad de monitorear crecidas extensas en cuencas donde las mediciones terrestres son insuficientes.
El valor principal del hallazgo está en convertir fenómenos antes invisibles o anecdóticos en mediciones precisas. Las olas gigantes ya no son solo relatos de alta mar: son señales físicas que los satélites pueden registrar, analizar y transformar en información útil para la ciencia, la navegación y la protección de comunidades expuestas.
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