Una nueva investigación del Museo de Historia Natural de Londres cuestiona la identidad de un fósil de 408 millones de años que se utilizaba para fechar el origen de los insectos alados. El hallazgo obliga a revisar estimaciones evolutivas que podrían desplazarse hasta 80 millones de años.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
Un pequeño fósil descubierto hace un siglo en Escocia ha dejado de ser una referencia segura para establecer cuándo aparecieron los primeros insectos capaces de volar. Investigadores del Museo de Historia Natural de Londres, en el Reino Unido, examinaron nuevamente los restos de Rhyniognatha hirsti mediante microscopía avanzada y encontraron que sus características anatómicas no permiten clasificarlo con certeza como un insecto.
El estudio, publicado en la revista científica Scientific Reports y presentado por el museo el 29 de octubre de 2026, cuestiona una interpretación que durante más de dos décadas influyó en las reconstrucciones de la evolución de los insectos.
Hasta ahora, este fósil se había utilizado como una de las evidencias más antiguas de la existencia de insectos alados. Sin embargo, los nuevos análisis indican que los fragmentos conservados no contienen suficientes características diagnósticas para sostener esa identificación.
La consecuencia es importante: al retirar este ejemplar de las referencias cronológicas seguras, las estimaciones basadas en fósiles sobre la aparición de los insectos voladores podrían desplazarse hasta 80 millones de años hacia fechas más recientes.
Esto no demuestra que los insectos comenzaran a volar exactamente 80 millones de años después. Significa que una de las pruebas utilizadas para defender una antigüedad mayor ya no resulta suficientemente fiable.
Un fósil diminuto procedente de un antiguo humedal escocés
La historia comienza en Rhynie Chert, un yacimiento paleontológico del norte de Escocia conocido por la extraordinaria conservación de organismos que habitaron un ambiente húmedo durante el Devónico temprano.
Las rocas del lugar tienen aproximadamente 408 millones de años y contienen evidencias de algunos de los ecosistemas terrestres más antiguos que se conocen con un nivel excepcional de detalle.
Entre los materiales recuperados se encuentra Rhyniognatha hirsti, un fósil descubierto en 1926 que conserva únicamente parte de la cabeza de un antiguo artrópodo.
El ejemplar mide menos de un milímetro y no presenta un cuerpo completo, alas ni otras estructuras que permitan reconstruir directamente su apariencia o forma de desplazamiento.
Su importancia científica se concentró durante años en las mandíbulas, cuyas características fueron interpretadas como semejantes a las de ciertos insectos modernos.
El contexto geológico del yacimiento resulta especialmente valioso porque coincide con una etapa en la que los primeros ecosistemas terrestres experimentaban profundas transformaciones. La expansión de las plantas primitivas sobre los continentes modificó los suelos, los sedimentos y los ambientes disponibles para numerosos organismos.
Los fósiles de Rhynie permiten investigar precisamente algunas de esas comunidades tempranas, cuando las plantas terrestres y los artrópodos comenzaban a establecer relaciones ecológicas cada vez más complejas.
Por qué se consideró el insecto alado más antiguo
En 2004, una investigación sobre las piezas bucales de Rhyniognatha hirsti propuso que sus mandíbulas compartían características con las de los insectos alados.
La interpretación tuvo una repercusión considerable porque situaba la presencia de ese linaje en una época mucho más antigua que la documentada por otros fósiles inequívocos.
Desde entonces, el ejemplar comenzó a utilizarse como referencia en estudios destinados a calcular cuándo aparecieron diferentes grupos de insectos.
Estas investigaciones combinan información anatómica, genética y paleontológica para reconstruir relaciones evolutivas. Los fósiles cuya edad e identidad se conocen con suficiente seguridad ayudan a establecer límites temporales para los árboles evolutivos.
Si un organismo identificado como miembro de determinado grupo vivió hace 408 millones de años, ese linaje necesariamente debía existir entonces o haberse originado antes.
El problema aparece cuando la clasificación del fósil es incierta. En ese caso, su antigüedad geológica puede estar bien establecida, pero deja de ser una prueba fiable de que el grupo estudiado ya existiera en aquella época.
Esta diferencia entre la edad de una roca y la identidad de los organismos que contiene es fundamental para interpretar correctamente el registro paleontológico.
La microscopía láser reveló detalles antes desconocidos
Para resolver las dudas sobre la clasificación del fósil, un equipo dirigido por Emma J. Long, quien realizó la investigación en el Museo de Historia Natural de Londres, utilizó microscopía confocal.
Esta técnica emplea luz láser para obtener imágenes de estructuras diminutas a diferentes profundidades y permite elaborar reconstrucciones digitales tridimensionales.
Su aplicación resultó especialmente útil porque el ejemplar es extremadamente pequeño y conserva estructuras anatómicas difíciles de distinguir mediante observaciones convencionales.
Los investigadores examinaron con mayor precisión las articulaciones de las mandíbulas y compararon sus características con las de distintos grupos de artrópodos actuales.
El análisis mostró que esas articulaciones no corresponden de manera inequívoca a las observadas en los insectos alados modernos.
Tampoco permiten identificar al organismo con certeza como un ciempiés, otra posibilidad que había sido planteada en investigaciones anteriores.
Los científicos concluyeron que la evidencia disponible es insuficiente para asignar Rhyniognatha hirsti de forma segura a cualquiera de esos grupos.
La nueva interpretación no determina definitivamente qué clase de artrópodo era. Su principal resultado consiste en demostrar que la identificación anterior no estaba respaldada por características anatómicas suficientemente concluyentes.
La fecha del primer vuelo podría ser más reciente
La investigación plantea una revisión de las estimaciones sobre el origen de los insectos voladores.
Durante aproximadamente 22 años, Rhyniognatha hirsti fue utilizado como referencia para situar la aparición de estos animales en una etapa muy temprana del Devónico.
Al cuestionarse su identidad, los investigadores recomiendan excluirlo de los análisis que emplean fósiles para establecer fechas mínimas de aparición de los linajes.
La revisión podría desplazar hasta 80 millones de años la referencia paleontológica utilizada para fechar el origen de los insectos alados.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre la fecha del fósil más antiguo conocido y el momento real en que apareció una característica evolutiva.
El primer insecto capaz de volar pudo existir mucho antes de que quedaran restos conservados e identificables en las rocas.
Además, el registro fósil es incompleto. No todos los organismos tienen las mismas probabilidades de fosilizarse, y numerosos restos se destruyen por procesos geológicos antes de poder ser descubiertos.
Por esa razón, el estudio no establece una nueva fecha definitiva para el origen del vuelo. Lo que modifica es la solidez de una de las pruebas utilizadas para calcularlo.
Los insectos y la transformación de los ecosistemas terrestres
La aparición del vuelo entre los insectos constituye uno de los acontecimientos más importantes de la evolución animal.
Esta capacidad permitió aprovechar el espacio aéreo, desplazarse entre ambientes y desarrollar nuevas formas de interacción con otros organismos.
Con el paso del tiempo, los insectos voladores se diversificaron y participaron en procesos ecológicos fundamentales, como la polinización, la descomposición de materia orgánica y las cadenas alimentarias terrestres.
Los fósiles permiten reconstruir parte de esa historia, aunque la información disponible cambia considerablemente según la antigüedad y las condiciones de conservación de cada yacimiento.
En períodos posteriores, materiales como el ámbar preservaron insectos con detalles anatómicos extraordinarios. Un ejemplo es el depósito de ámbar del Mesozoico descubierto en Ecuador, donde quedaron atrapados artrópodos que habitaban un bosque tropical hace aproximadamente 112 millones de años.
Estos registros ofrecen información directa sobre la diversidad de insectos en ecosistemas antiguos, pero corresponden a una etapa mucho más reciente que la representada por el fósil escocés.
La comparación muestra por qué reconstruir el origen de un grupo es especialmente difícil: los fósiles abundantes de épocas posteriores pueden revelar una diversidad considerable sin indicar necesariamente cuándo aparecieron sus primeros representantes.
El problema de utilizar fósiles inciertos como relojes evolutivos
Los árboles evolutivos modernos suelen combinar características anatómicas y secuencias genéticas para estudiar el parentesco entre especies.
Algunos métodos incorporan modelos conocidos como relojes moleculares, que estiman tiempos de divergencia entre linajes a partir de cambios genéticos acumulados durante la evolución.
Para convertir esas diferencias en estimaciones temporales, los investigadores utilizan puntos de calibración procedentes del registro fósil.
La calidad de estas calibraciones depende de dos condiciones: que la edad del fósil esté bien establecida y que su posición evolutiva pueda justificarse mediante evidencias anatómicas.
En el caso de Rhyniognatha hirsti, el problema identificado no es la antigüedad de las rocas escocesas, sino la clasificación biológica del organismo.
Por ello, mantenerlo como una referencia segura podría introducir un sesgo en los cálculos sobre la aparición de los insectos.
La investigación demuestra que incluso un fósil diminuto puede influir en reconstrucciones científicas de alcance mundial cuando se utiliza repetidamente para establecer fechas evolutivas.
Las colecciones antiguas siguen proporcionando descubrimientos
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que no fue necesario descubrir un nuevo yacimiento para obtener información científica novedosa.
Los investigadores regresaron a un ejemplar conservado durante aproximadamente un siglo y aplicaron tecnologías que no estaban disponibles cuando fue encontrado.
Greg Edgecombe, coautor del trabajo e investigador del Museo de Historia Natural de Londres, destacó la importancia de revisar los materiales históricos mediante nuevas herramientas de observación.
Las colecciones paleontológicas funcionan como archivos de la historia natural. Su valor no depende exclusivamente de la cantidad de fósiles que contienen, sino también de la posibilidad de analizarlos nuevamente a medida que avanzan las técnicas científicas.
El desarrollo de métodos de microscopía, reconstrucción tridimensional y análisis de materiales permite detectar características que pudieron pasar inadvertidas durante décadas.
Algo semejante ocurre con el estudio de materiales geológicos muy antiguos. La identificación de resina fósil de 385 millones de años en China mostró cómo nuevas técnicas analíticas pueden revelar evidencias de procesos biológicos primitivos conservadas en rocas examinadas desde perspectivas diferentes.
En ambos casos, la investigación demuestra que el conocimiento de los ecosistemas antiguos depende tanto de nuevos hallazgos como de la revisión rigurosa de materiales ya disponibles.
Qué falta por conocer sobre Rhyniognatha hirsti
La principal incógnita sigue siendo la identidad exacta del organismo que dejó los restos encontrados en Escocia.
Los fragmentos disponibles conservan estructuras bucales, pero no incluyen suficientes características para reconstruir completamente su anatomía.
Los investigadores consideran que el fósil no debería utilizarse como referencia cronológica segura para la evolución de los insectos hasta que existan pruebas más concluyentes sobre su clasificación.
La posibilidad de obtener una identificación más precisa dependerá de nuevas observaciones, comparaciones anatómicas y, especialmente, del descubrimiento de materiales mejor conservados que permitan reconocer estructuras diagnósticas adicionales.
La revisión también plantea la necesidad de examinar los estudios evolutivos que utilizaron este ejemplar como punto de calibración.
La eliminación de una referencia no significa que todas las estimaciones anteriores sean incorrectas, pero sí obliga a comprobar cómo cambian los resultados cuando se utilizan únicamente fósiles cuya identificación está suficientemente respaldada.
El trabajo publicado en Scientific Reports establece así una corrección metodológica relevante para la paleontología: la antigüedad de un fósil no basta para convertirlo en una prueba del origen de un grupo animal si su identidad permanece sin resolver.
Fuentes referenciales:
Scientific Reports — Morphology of the Devonian mandibulate arthropod Rhyniognatha and its implications for the timing of insect evolution
Museo de Historia Natural de Londres — Comunicado científico del 29 de octubre de 2026




