El calentamiento global está alterando el ciclo del agua: las lluvias caen con más intensidad, pero los suelos se secan más rápido
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
Estados Unidos vive una aparente contradicción climática: mientras cerca de dos tercios del país atraviesan algún grado de sequía a finales de la primavera de 2026, también se registran aguaceros más intensos en distintas regiones. La explicación no está en fenómenos aislados, sino en una alteración del ciclo del agua asociada al aumento de las temperaturas globales.
El análisis publicado originalmente por David Boutt, hidrólogo de la Universidad de Massachusetts Amherst, explica que ambos extremos pueden ocurrir al mismo tiempo porque el calentamiento global modifica la forma en que el agua circula entre la atmósfera, el suelo, los ríos, los acuíferos y la vegetación. El aire más cálido puede contener más humedad, pero también acelera la evaporación y seca los paisajes con mayor rapidez.
Cuando las lluvias caen de forma moderada durante varios días, una parte importante del agua puede infiltrarse en el suelo, alimentar la vegetación y recargar las aguas subterráneas. Pero cuando llega en forma de aguaceros muy intensos, el terreno no siempre logra absorberla a tiempo. Entonces, gran parte del agua escurre por la superficie, aumenta el riesgo de inundaciones y deja menos humedad disponible para el suelo.
Un ciclo hidrológico fuera de sincronía
El ciclo hidrológico terrestre depende de dos grandes procesos: la precipitación, que incorpora agua al sistema, y la evapotranspiración, que devuelve humedad a la atmósfera desde el suelo y las plantas. Cuando esa relación se altera, cambia también la disponibilidad de agua en arroyos, ríos, suelos y acuíferos.
El problema no es únicamente cuánto llueve en un año, sino cómo, cuándo y con qué intensidad cae esa lluvia. En un clima más cálido, más precipitación puede llegar concentrada en tormentas intensas, con largos periodos secos entre eventos. Esa combinación puede producir inundaciones repentinas y, al mismo tiempo, favorecer sequías más severas.
Este patrón coincide con otros estudios sobre precipitaciones extremas, que muestran cómo el aumento de temperatura favorece lluvias más fuertes. La física detrás del fenómeno es clara: el aire cálido retiene más vapor de agua y, cuando las condiciones favorecen la condensación, puede descargar más lluvia en menos tiempo.
Por qué más lluvia no siempre significa más agua útil
Una de las claves del artículo es que la lluvia intensa no equivale automáticamente a mayor disponibilidad de agua. Si el agua cae demasiado rápido, el suelo no logra retenerla y una parte importante termina como escorrentía. Esto puede alimentar crecidas, erosión, daños en infraestructura y pérdida de agua que no llega a recargar acuíferos.
En cambio, durante los periodos secos, las temperaturas más altas hacen que el agua se evapore más rápido. La vegetación también libera humedad mediante transpiración. El resultado es un paisaje que puede pasar de inundado a seco con mayor rapidez, incluso en regiones que históricamente han sido relativamente húmedas.
La investigación mencionada por Boutt en el noreste de Estados Unidos muestra señales de esa nueva variabilidad: años húmedos más frecuentes, pero también años secos más frecuentes. En los años con más agua, se acumula humedad en el suelo poco profundo, suben los niveles freáticos y aumentan las inundaciones. En los periodos secos, el terreno pierde agua con rapidez, lo que favorece restricciones, incendios y daños agrícolas.
Sequía, tormentas y planificación del agua
La sequía no debe entenderse solo como ausencia total de lluvia. También puede aparecer cuando el agua disponible no alcanza para sostener suelos, cultivos, ecosistemas, ríos y consumo humano. Esa idea es especialmente importante en un contexto de sequía y gestión del agua, porque los periodos de abundancia pueden generar una falsa sensación de seguridad.
El caso estadounidense muestra que el calentamiento global exige mirar el agua como un sistema completo. No basta con medir la lluvia anual. También hay que observar la infiltración, la evaporación, la humedad del suelo, el flujo de los ríos, la recarga de acuíferos y la frecuencia de eventos extremos.
Esta lectura conecta con la evidencia sobre cómo el cambio climático está intensificando el ciclo del agua. Los extremos húmedos y secos pueden crecer al mismo tiempo, aunque no de manera uniforme en todas las regiones. En algunos lugares aumentarán las inundaciones; en otros, la sequedad; y en muchos, la alternancia rápida entre ambos riesgos.
El papel de la adaptación climática
El artículo también subraya que varias regiones ya están incorporando ciencia climática en decisiones de infraestructura y uso del suelo. Massachusetts, por ejemplo, creó un centro de datos climáticos para facilitar el acceso a información y apoyar decisiones de comunidades, agricultores y responsables de planificación.
Ese tipo de herramientas puede ayudar a anticipar escenarios de almacenamiento de agua en el paisaje, riesgos de inundación y periodos de sequía. Para comunidades rurales, ciudades, gestores de cuencas y productores, el desafío consiste en prepararse para un clima donde el agua puede llegar con demasiada fuerza y desaparecer con demasiada rapidez.
La adaptación debe incluir suelos con mayor capacidad de infiltración, protección de humedales, infraestructura de drenaje adecuada, planificación urbana que reduzca escorrentías y sistemas agrícolas capaces de conservar humedad. En términos prácticos, la gestión del agua debe pasar de la reacción ante emergencias a la prevención basada en datos.
Reducir emisiones también cambia el futuro del agua
El texto recuerda que la adaptación es necesaria, pero no suficiente. Un estudio citado en la publicación indica que esfuerzos más agresivos para reducir los motores del cambio climático, especialmente las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de combustibles fósiles, pueden revertir con el tiempo la tendencia de las precipitaciones extremas y acercarlas nuevamente a tasas observadas en el siglo XX.
Hasta que eso ocurra, la sociedad tendrá que convivir con un ciclo hidrológico más variable. Esto significa que las políticas de agua, agricultura, infraestructura y protección civil deberán considerar escenarios más amplios que los registrados en el pasado. La historia climática ya no basta como guía única para dimensionar el riesgo futuro.
La señal central es que tormentas más fuertes y sequías más severas no se excluyen entre sí. Son dos expresiones de un mismo sistema climático en transformación. En Estados Unidos, esa combinación ya está mostrando sus efectos sobre suelos, agua subterránea, infraestructura, incendios, agricultura y comunidades que dependen de una disponibilidad hídrica más estable.
Fuente(s) referenciales
Phys.org – The US is seeing stronger storms, so why are droughts getting worse?
