Un estudio detectó partículas plásticas en los valles secos de McMurdo, incluso en terrenos situados a más de 100 kilómetros de las bases científicas más cercanas
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
La Antártida ya no puede considerarse completamente aislada de la contaminación plástica. Una investigación publicada en la revista científica Scientific Reports identificó nanoplásticos en suelos de los valles secos de McMurdo, una de las regiones más áridas, frías y remotas del continente.
El hallazgo demuestra que las partículas plásticas de tamaño microscópico pueden alcanzar terrenos interiores muy alejados de los asentamientos humanos. Los puntos examinados se encuentran aproximadamente a entre 100 y 120 kilómetros de instalaciones como McMurdo Station, Scott Base, Ross Island y Marble Point Weather Station.
Hasta ahora, la presencia de plásticos en la Antártida había sido documentada principalmente en el océano, las costas, los sedimentos, la nieve y el hielo. Investigaciones anteriores también habían encontrado fibras sintéticas en el aire, el agua de mar y el hielo antártico, pero existían pocos datos sobre la contaminación de los suelos interiores.
Partículas invisibles en los valles Taylor y Wright
Los investigadores recogieron las muestras en enero de 2023 en los valles Taylor y Wright, pertenecientes al sistema de los valles secos de McMurdo. El trabajo incluyó 13 muestras superficiales y cuatro muestras obtenidas a profundidades superiores a los 20 centímetros.
Los nanoplásticos fueron detectados por encima del límite de medición en el 54 % de los puntos superficiales estudiados. Las concentraciones alcanzaron hasta 295 nanogramos de plástico por cada gramo de suelo.
Las partículas también aparecieron en la mitad de las muestras tomadas a mayor profundidad, aunque en cantidades inferiores. Su presencia bajo la superficie podría responder al movimiento vertical de los materiales, al enterramiento progresivo o a procesos propios del suelo que todavía deben investigarse.
Los nanoplásticos tienen dimensiones inferiores a un micrómetro, por lo que su identificación requiere técnicas analíticas especialmente sensibles. Su reducido tamaño también facilita su desplazamiento por el aire y dificulta determinar con precisión su procedencia.
Una técnica capaz de detectar concentraciones mínimas
El equipo empleó desorción térmica acoplada a espectrometría de masas por reacción de transferencia de protones. Mediante este procedimiento, las partículas presentes en las muestras son calentadas hasta liberar compuestos con firmas químicas características de cada polímero.
La metodología permitió identificar concentraciones que podrían pasar inadvertidas con otros sistemas de análisis. Sin embargo, los autores reconocen que el procedimiento no recupera la totalidad de las partículas, por lo que las cantidades reales podrían ser superiores a las registradas.
La medición de estas partículas continúa siendo uno de los principales desafíos de la investigación ambiental. Estudios realizados en otros lugares han mostrado que los microplásticos y nanoplásticos presentes en el aire pueden proceder del desgaste de neumáticos, los textiles sintéticos, los frenos, los residuos urbanos y otras superficies sometidas a abrasión.
Seis tipos de materiales plásticos
Los análisis identificaron seis clases de materiales: polietileno, polipropileno, tereftalato de polietileno, poliestireno, cloruro de polivinilo y partículas relacionadas con el desgaste de neumáticos.
El polipropileno representó el 41,9 % de la masa plástica detectada. Las partículas procedentes del desgaste de neumáticos alcanzaron el 29,6 %, mientras que el polietileno aportó el 14,6 %.
Estos materiales se utilizan habitualmente en envases, fibras textiles, embalajes, componentes industriales, equipos y sistemas de transporte. Una vez liberados al ambiente, pueden fragmentarse progresivamente hasta formar partículas microscópicas capaces de circular por diferentes compartimentos ambientales.
La presencia de residuos asociados a neumáticos resulta especialmente relevante porque sugiere que la actividad logística puede contribuir a la dispersión local. Los vehículos y equipos empleados en las estaciones científicas liberan partículas durante su funcionamiento, aunque esa fuente no explicaría por sí sola todos los resultados.
Fuentes locales y transporte de larga distancia
Los investigadores utilizaron modelos atmosféricos inversos para reconstruir las posibles rutas seguidas por las masas de aire antes de llegar a los puntos de muestreo. Los resultados indican que la contaminación podría proceder de una combinación de emisiones regionales y transporte atmosférico a gran distancia.
Durante el verano antártico aumenta la actividad en las bases, los campamentos científicos y las rutas utilizadas por investigadores y visitantes. Esa presencia humana puede liberar fibras, fragmentos de embalajes, partículas de equipos y residuos derivados del transporte.
En invierno, cuando la actividad local disminuye considerablemente, el modelado señala una mayor influencia de partículas transportadas desde regiones alejadas. Los fragmentos de entre 100 y 1.000 nanómetros pueden permanecer suspendidos y recorrer distancias extensas antes de depositarse sobre el suelo.
La circulación atmosférica ya había sido señalada como una vía capaz de llevar contaminantes hacia las regiones polares. Las investigaciones sobre microplásticos que viajan por la atmósfera muestran que estas partículas no permanecen limitadas a ciudades, ríos u océanos, sino que pueden alcanzar montañas, desiertos y territorios polares.
La contaminación entra en los ecosistemas antárticos
La presencia de partículas plásticas en el suelo plantea interrogantes sobre su interacción con microorganismos, líquenes, musgos y pequeños invertebrados. El conocimiento sobre sus posibles efectos ecológicos en los valles secos continúa siendo limitado.
En otros ambientes antárticos ya se han observado señales de incorporación biológica. Un estudio confirmó que el único insecto nativo del continente estaba ingiriendo microplásticos presentes en su hábitat, lo que demuestra que estas partículas pueden entrar en las redes ecológicas de la región.
Los nanoplásticos presentan una superficie elevada en relación con su masa y pueden adsorber sustancias químicas presentes en el ambiente. También son lo suficientemente pequeños como para interactuar con tejidos y membranas celulares, aunque sus efectos concretos dependen del tipo de polímero, la concentración y las condiciones de exposición.
Una distribución irregular que exige más estudios
El número limitado de muestras y la desigual distribución de las concentraciones impiden extrapolar los resultados a todo el continente antártico. Los investigadores subrayan que los datos representan una primera línea de referencia para estudiar la evolución de la contaminación en los suelos interiores.
La detección tampoco permite establecer todavía qué proporción procede de las operaciones desarrolladas dentro de la Antártida y qué cantidad llegó desde otros continentes. Resolver esa cuestión requerirá ampliar los puntos de muestreo, analizar las partículas durante distintas estaciones y perfeccionar los modelos de circulación atmosférica.
Los autores consideran necesario revisar las prácticas de gestión de residuos y las normas operativas de las estaciones científicas. La reducción de materiales plásticos, el control de las fibras textiles y el seguimiento del desgaste de vehículos podrían limitar las emisiones generadas localmente.
El descubrimiento confirma que los residuos plásticos fragmentados pueden superar barreras geográficas y climáticas que durante mucho tiempo parecieron proteger a los lugares más aislados del planeta. Incluso los suelos interiores de la Antártida forman ya parte del mapa global de la contaminación por partículas plásticas.
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