Océanos: conservar exige confianza local


De cara al Día Mundial de los Océanos, investigadores advierten que las metas globales solo funcionan si incorporan comunidades, relaciones y gobernanza equitativa


Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz


La conservación de los océanos no depende únicamente de fijar porcentajes, ampliar áreas protegidas o medir avances en mapas globales. En vísperas del Día Mundial de los Océanos, que se conmemora el 8 de junio, investigadores vinculados a The Conversation plantean que la protección marina necesita algo más difícil de cuantificar: relaciones sólidas entre comunidades costeras, gobiernos, científicos, organizaciones e industrias.

El análisis, elaborado por Derek Armitage y Ella-Kari Muhl y difundido por Phys.org, parte de una idea central: los objetivos internacionales son necesarios, pero pueden ocultar el elemento humano que determina si una política de conservación realmente funciona. La salud del océano no se decide solo en conferencias, sino también en territorios costeros donde comunidades pesqueras, pueblos locales y actores institucionales conviven con ecosistemas sometidos a presión.

Metas globales con límites locales

La agenda internacional cuenta con instrumentos ambiciosos. El Decenio de las Naciones Unidas de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible, vigente entre 2021 y 2030, impulsa diez grandes desafíos, entre ellos proteger y restaurar ecosistemas y biodiversidad. A la vez, el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal busca que al menos el 30 % de las zonas marinas y costeras esté efectivamente conservado y gestionado para 2030.

Ese horizonte del 30 % se ha convertido en una referencia política global, especialmente en debates sobre áreas marinas protegidas, alta mar y biodiversidad. En Noticias de la Tierra ya se ha abordado la relevancia del tratado de alta mar como herramienta para crear áreas protegidas más allá de las jurisdicciones nacionales.

Sin embargo, Armitage y Muhl advierten que los objetivos de superficie, financiamiento o impacto económico no bastan por sí solos. La efectividad de la conservación marina depende de cómo se diseñan las decisiones, quién participa, qué conocimientos se reconocen y si las comunidades que administran o dependen del entorno marino ocupan un lugar real en el proceso.

La conservación marina empieza con relaciones

Los investigadores sostienen que la conservación debe pasar de una lógica centrada únicamente en metas a otra basada en relaciones de confianza. Esto implica construir redes entre personas y organizaciones capaces de colaborar, compartir responsabilidades y tomar decisiones adaptadas a contextos específicos.

El punto no es menor. En muchas zonas costeras, las comunidades poseen reglas locales, prácticas consuetudinarias y conocimientos acumulados sobre pesca, mareas, especies y cambios ambientales. Ignorar esos sistemas puede debilitar la gobernanza marina, incluso cuando los objetivos internacionales estén bien formulados.

La discusión coincide con debates más amplios sobre la gestión de los océanos, donde los enfoques basados en ecosistemas buscan superar modelos sectoriales centrados solo en pesca, navegación o explotación de recursos. La conservación efectiva requiere mirar el sistema completo: ambiente, economía local, cultura, ciencia y gobernanza.

Comunidades costeras en el centro de la acción

El análisis recupera una advertencia formulada seis años atrás, cuando se discutía el marco global de biodiversidad posterior a 2020: las metas internacionales solo tendrían éxito si la conservación colocaba a las comunidades costeras en el centro. Esa idea cobra fuerza al llegar a la mitad del Decenio de los Océanos de Naciones Unidas.

Armitage y Muhl señalan que los avances suelen medirse por superficie protegida, pero la conservación real depende de los vínculos entre las personas y los ambientes que las sostienen. Por eso defienden enfoques situados, diseñados junto a las comunidades, con ciencia transdisciplinaria y alianzas entre actores locales, industria, gobiernos e investigadores.

La necesidad de esa participación también aparece en temas de alfabetización oceánica. Comprender cómo el océano influye en la vida humana y cómo las actividades humanas influyen en el océano es una condición para exigir mejores decisiones. Ese desafío ya ha sido tratado en relación con el conocimiento de los ecosistemas marinos, especialmente entre jóvenes y comunidades alejadas de los procesos de decisión.

Pesca artesanal, poder y aprendizaje compartido

Uno de los trabajos recientes citados por los autores se centra en los desafíos de la pesca a pequeña escala en África y Asia. Allí, las redes de gobernanza dependen de vínculos concretos: compartir una ubicación geográfica, pertenecer a organizaciones, tener objetivos comunes o defender valores similares.

La enseñanza principal es que las alianzas basadas en una idea compartida de comunidad pueden favorecer la custodia responsable del océano y abrir caminos de transformación. Pero esa colaboración exige algo más que convocar reuniones: necesita equilibrar relaciones de poder entre comunidades, investigadores, autoridades y organizaciones.

La coproducción de conocimiento aparece como una pieza clave. No se trata solo de transferir información científica hacia las comunidades, sino de construir estrategias donde distintos saberes dialoguen y produzcan respuestas ajustadas a situaciones sociales y ecológicas específicas.

Ciencia oceánica transformadora

Otro estudio reciente mencionado por los autores sintetiza la experiencia del proyecto Integrated Marine Biosphere Research, una iniciativa científica global orientada a promover la sostenibilidad oceánica. Su lección principal es que la ciencia transformadora surge con más fuerza cuando comunidades diversas, incluida la comunidad científica, participan en la custodia del océano.

Esa mirada resulta especialmente relevante en un momento en que los mares enfrentan presiones simultáneas: calentamiento, pérdida de biodiversidad, contaminación, expansión de usos industriales, cambios en la pesca y tensiones por el espacio marino. La necesidad de monitoreo también se ha vuelto más urgente, como muestra la presión sobre la red que vigila los océanos del mundo.

El mensaje de fondo es que la ciencia oceánica no puede limitarse a producir datos desde lejos. Para responder a transformaciones rápidas en zonas costeras, necesita trabajar con quienes viven esos cambios, dependen del mar y pueden aportar conocimiento territorial sobre los impactos cotidianos.

Proteger el océano también es decidir cómo gobernarlo

La conservación marina actual no se enfrenta solo a un problema ecológico, sino también a un problema de gobernanza. Los autores advierten que sin relaciones justas y colaborativas, incluso las metas mejor diseñadas pueden quedar fuera de alcance.

Esto resulta especialmente visible cuando aumenta la presión sobre espacios marinos. La expansión de actividades humanas, infraestructuras, explotación de recursos y nuevas demandas económicas puede intensificar conflictos ambientales y sociales. En ese contexto, los océanos más ocupados exigen decisiones que combinen conservación, justicia y participación.

La protección del océano, entonces, no depende solo de elegir qué zonas conservar. También depende de cómo se construyen los acuerdos, qué actores tienen voz, cómo se distribuyen responsabilidades y si las comunidades locales participan como socias reales y no como receptoras pasivas de decisiones externas.

Una agenda para el Día Mundial de los Océanos

La cercanía del Día Mundial de los Océanos ofrece un marco para revisar la ambición global de conservación. Las metas de 2030, el Decenio de los Océanos y los tratados internacionales son herramientas importantes, pero su éxito dependerá de su capacidad para sostener relaciones duraderas entre ciencia, política y comunidades.

Armitage y Muhl resumen esa idea con claridad: el futuro del océano compartido dependerá no solo de lo que se elija proteger, sino de cómo las sociedades decidan relacionarse entre sí y con el mundo vivo que las sostiene.

Ese enfoque desplaza la conservación desde una pregunta puramente técnica hacia una pregunta social y política. No basta con contar áreas protegidas. Hay que construir confianza, reconocer conocimientos locales, equilibrar poder y diseñar formas de gobernanza capaces de cuidar ecosistemas marinos sin dejar fuera a las personas que viven junto a ellos.

Fuente(s) referenciales

Phys.org / The Conversation: Ocean conservation needs strong relationships, not just targets