Un estudio basado en más de dos décadas de observaciones satelitales concluye que la gestión del Tigris y el Éufrates influye más que la lluvia local sobre las marismas mesopotámicas
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
La conservación de las marismas mesopotámicas de Irak depende principalmente del agua que reciben de los ríos Tigris y Éufrates, más que de las precipitaciones registradas dentro del propio humedal. Esta es la principal conclusión de una investigación dirigida por la Universidad de Swansea y publicada en la revista Scientific Reports.
El equipo examinó más de dos décadas de datos satelitales para determinar qué factores controlan la presencia de agua superficial y vegetación en uno de los sistemas de humedales más importantes del mundo. Los resultados muestran que las decisiones adoptadas aguas arriba, incluidas la regulación del caudal y la operación de presas, pueden determinar directamente la salud ecológica de las marismas del sur de Irak.
Las marismas mesopotámicas están reconocidas como Patrimonio Mundial de la UNESCO y albergan una biodiversidad singular, además de comunidades humanas cuya historia, cultura y medios de vida mantienen una relación estrecha con los ambientes acuáticos de la región.
El hallazgo adquiere especial relevancia en una cuenca sometida a una intensa presión hídrica. Irak y Turquía han buscado mecanismos de cooperación para aumentar el caudal disponible y responder a la sequía que afecta a los ríos Tigris y Éufrates, cuyos recursos son compartidos por varios países.
Datos satelitales entre 2000 y 2023
Los investigadores analizaron los cambios experimentados por la vegetación y las superficies cubiertas de agua entre 2000 y 2023. Para ello combinaron imágenes obtenidas por diferentes sistemas de observación terrestre con registros de precipitaciones y caudales fluviales.
El estudio utilizó información del instrumento MODIS de la NASA, del satélite Sentinel-2 del programa Copernicus de la Unión Europea y del conjunto de datos Global Surface Water del Centro Común de Investigación europeo. Estos registros permitieron reconstruir la evolución espacial y temporal del humedal.
El análisis mostró que la vegetación y el agua superficial aumentaron en términos generales después de la reinundación de las marismas iniciada en 2003. Sin embargo, esa recuperación no fue constante y estuvo interrumpida por períodos de pérdidas severas.
Los retrocesos más intensos se produjeron entre 2008 y 2009 y nuevamente entre 2022 y 2023. Ambos períodos coincidieron con sequías regionales, operaciones de presas situadas aguas arriba y decisiones relacionadas con la distribución y administración del agua.
La lluvia local no explica la extensión de la vegetación
El caudal de los ríos apareció como el factor dominante para determinar la extensión de la vegetación dentro de las marismas. Cuando aumentaba el flujo procedente del Tigris y el Éufrates, la cobertura vegetal tendía a presentar mejores condiciones.
En cambio, los investigadores no encontraron una influencia estadísticamente significativa de las precipitaciones locales sobre la vegetación del humedal. Esto indica que la lluvia recibida directamente en el sur de Irak no es suficiente para compensar una reducción importante de los aportes fluviales.
La conclusión refuerza la necesidad de gestionar los sistemas hídricos desde una perspectiva de cuenca completa. Experiencias aplicadas en otras regiones muestran que los planes integrales de gestión de cuencas deben considerar el uso del suelo, las extracciones, las zonas de recarga y las necesidades ecológicas situadas aguas abajo.
La reducción del caudal puede estar vinculada tanto a las sequías como a la construcción de infraestructuras, el almacenamiento en embalses, la expansión del riego y otras decisiones humanas. La investigación permite distinguir con mayor claridad la influencia climática de las intervenciones realizadas sobre el sistema fluvial.
La pérdida de vegetación eleva la temperatura superficial
El estudio también identificó una relación directa entre la cobertura vegetal y la temperatura de la superficie terrestre. Las zonas con mayor presencia de vegetación registraron temperaturas más bajas, mientras que la desaparición de plantas fue seguida por un calentamiento del terreno.
Esta dinámica puede generar un ciclo de deterioro. Cuando disminuye el caudal, se reduce la superficie inundada y se pierde vegetación; a su vez, el suelo expuesto absorbe más calor y las temperaturas elevadas incrementan el estrés sobre las plantas y los ambientes acuáticos restantes.
Los humedales cumplen funciones relevantes en la regulación térmica, el almacenamiento de agua, el mantenimiento de hábitats y la protección de la biodiversidad. La degradación de estos sistemas reduce su capacidad para moderar condiciones ambientales extremas.
Problemas similares se observan en otros humedales sometidos a la extracción intensiva de agua, la transformación del territorio y las alteraciones del régimen hídrico. En la región mediterránea, la sobreexplotación del agua y la modificación de los flujos naturales figuran entre las principales causas de degradación ecológica.
Una recuperación marcada por avances y retrocesos
Las marismas mesopotámicas sufrieron una desecación extensa durante las últimas décadas del siglo XX. Después de 2003 se emprendieron trabajos de reinundación y recuperación que permitieron restablecer parte de la superficie acuática y de la vegetación.
Los datos satelitales confirman que esos esfuerzos produjeron avances, pero también muestran que la recuperación continúa siendo vulnerable a las reducciones del caudal. La restauración local no puede sostenerse cuando el agua disponible disminuye de manera prolongada en toda la cuenca.
La experiencia de otros territorios indica que los humedales restaurados pueden recuperar funciones importantes en períodos relativamente breves cuando cuentan con suficiente agua. Un estudio sobre humedales de llanuras aluviales restaurados documentó mejoras en retención hídrica, resiliencia frente a la sequía y almacenamiento de carbono.
Sin embargo, esas ventajas dependen de mantener las condiciones hidrológicas necesarias. Si el agua deja de llegar con la frecuencia, volumen y duración adecuados, las comunidades vegetales pueden retroceder y el ecosistema pierde gradualmente su capacidad para prestar servicios ambientales.
Los satélites permiten separar clima y gestión humana
Akram Alqaraghuli, autor principal e investigador doctoral del grupo de Modelización Ambiental Global y Observación de la Tierra de la Universidad de Swansea, destacó que conservar los caudales resulta esencial para proteger las marismas y mantener su función reguladora de la temperatura regional.
Peter North, coautor y supervisor de la investigación, explicó que los registros satelitales de largo plazo permiten separar cada vez mejor los efectos de la intervención humana de los relacionados con el clima.
Esta distinción es fundamental para diseñar políticas eficaces. Una disminución atribuida únicamente a la falta de lluvia podría conducir a medidas insuficientes, mientras que identificar la importancia de la regulación fluvial orienta la atención hacia presas, extracciones, acuerdos internacionales y asignaciones de agua.
La reducción de caudales causada por usos intensivos también se ha documentado en otros sistemas fluviales. En Brasil, la explotación excesiva de aguas subterráneas amenaza el flujo de numerosos ríos, con consecuencias para ecosistemas, abastecimiento humano y actividades productivas.
La cooperación entre países será determinante
El sistema Tigris-Éufrates atraviesa territorios de Turquía, Siria, Irán e Irak, por lo que las decisiones adoptadas en un país pueden modificar la cantidad de agua disponible en los territorios situados aguas abajo.
Las presas, los sistemas de riego y las derivaciones construidas en las cabeceras y cursos superiores afectan el volumen y la estacionalidad de los flujos que alcanzan el sur iraquí. Durante las sequías, estas intervenciones pueden intensificar la escasez dentro de las marismas.
Los autores sostienen que la protección del humedal requiere cooperación internacional para garantizar que llegue suficiente agua durante los períodos secos. La coordinación debería considerar tanto las necesidades humanas como los caudales ambientales indispensables para sostener la vegetación, la fauna y las comunidades locales.
Los resultados proporcionan una base científica para evaluar las consecuencias de futuras decisiones sobre almacenamiento y distribución del agua. También permiten identificar momentos críticos en los que una reducción adicional del flujo podría provocar pérdidas extensas de vegetación y un aumento de la temperatura superficial.
El seguimiento satelital continuará siendo una herramienta clave para medir los cambios en las marismas mesopotámicas. No obstante, la investigación concluye que su supervivencia dependerá principalmente de mantener los aportes del Tigris y el Éufrates mediante una gestión coordinada de toda la cuenca.
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