Océanos: el gran escudo climático bajo presión


En el Día Mundial de los Océanos, científicos y organizaciones advierten sobre calentamiento, contaminación y pérdida de biodiversidad marina


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.

Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos recuerda una realidad central para la vida en la Tierra: los mares cubren más del 70% del planeta, producen al menos la mitad del oxígeno que respiramos, regulan el clima y sostienen la biodiversidad más extensa del mundo. También son fuente de proteínas para más de mil millones de personas y una base económica para comunidades costeras, pesquerías y actividades productivas en distintas regiones.

La fecha, establecida por Naciones Unidas, busca reconocer ese papel vital y advertir sobre las amenazas que pesan sobre los ecosistemas marinos. La contaminación, la sobreexplotación, el calentamiento global, la acidificación y la pérdida de especies muestran que el océano ya no puede tratarse como un recurso inagotable.

La advertencia internacional es directa: el océano necesita más apoyo que nunca. Los datos citados por organizaciones asociadas a la ONU indican que el 90% de las grandes especies de peces se encuentra mermado y que el 50% de los arrecifes de coral fue destruido. Estos indicadores reflejan una presión acumulada que compromete la capacidad de recuperación de los ecosistemas marinos.

Un regulador climático decisivo

Los océanos absorben calor y carbono, redistribuyen energía por medio de corrientes y ayudan a moderar el clima global. Sin esa función, el calentamiento del planeta tendría efectos todavía más extremos sobre continentes, atmósfera y ecosistemas terrestres.

Pero esa capacidad reguladora está bajo tensión. El calentamiento global y la disminución de algunas corrientes oceánicas ya afectan el funcionamiento del sistema de circulación marina. Estos cambios pueden alterar la distribución de especies, modificar zonas de pesca, intensificar eventos extremos y reducir la resiliencia de ecosistemas costeros.

La ciencia ha mostrado que el calentamiento, la acidificación y la pérdida de oxígeno en los mares avanzan mientras todavía existen vacíos importantes de conocimiento sobre sus efectos combinados. Esa incertidumbre no reduce la urgencia; por el contrario, refuerza la necesidad de monitoreo y protección.

El Mar Patagónico como ejemplo de resiliencia

El artículo pone especial atención en el Mar Patagónico, una región del Atlántico Sudoccidental donde el océano cumple una función crítica frente a la crisis climática. Sus aguas absorben calor y carbono, conectan ecosistemas de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil, y sostienen rutas migratorias de ballenas, tiburones, aves marinas, tortugas y pingüinos.

Argentina figura entre los países con mayor superficie oceánica del mundo, con jurisdicción sobre 1.782.500 kilómetros cuadrados y gestión exclusiva de sus recursos. Aproximadamente el 8% de esa superficie está protegida mediante el Sistema Nacional de Áreas Marinas Protegidas, que incluye sitios como Namuncurá-Banco Burdwood y Yaganes.

La presión climática ya se expresa en el sur. Las aguas del Atlántico Sudoccidental absorben más dióxido de carbono que cualquier mar tropical, pero esa función se debilita a medida que el océano se calienta y se acidifica. Al mismo tiempo, las especies marinas desplazan sus áreas de distribución hacia el sur y los frentes oceánicos modifican su dinámica.

Áreas protegidas conectadas, no aisladas

El Foro para la Conservación del Mar Patagónico y Áreas de Influencia, integrado por 30 organizaciones de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil desde 2004, sostiene que la conservación marina debe pensarse a escala regional, con base científica rigurosa y gobernanza colaborativa.

La razón es ecológica y práctica. El océano funciona como un sistema conectado. Las especies migran, las corrientes transportan nutrientes y los impactos no respetan fronteras administrativas. Por eso, una sola área protegida o una decisión aislada de un país no alcanza para sostener la resiliencia climática de una región marina completa.

Las Áreas Marinas Protegidas bien gestionadas pueden funcionar como refugios climáticos. Allí los ecosistemas tienen más oportunidades de recuperarse, conservar productividad y seguir ofreciendo servicios esenciales para las comunidades costeras, incluyendo pesca artesanal, regulación del clima local y mantenimiento de biodiversidad.

Arrecifes, especies y contaminación bajo amenaza

El deterioro oceánico no afecta solo a zonas remotas. La pérdida de arrecifes de coral, la reducción de grandes especies de peces, la contaminación plástica y los cambios en la temperatura del mar golpean cadenas alimentarias, economías locales y sistemas de vida costeros.

Los arrecifes son un ejemplo claro de vulnerabilidad. Aunque ocupan una parte pequeña del océano, concentran enorme biodiversidad y protegen costas frente a oleajes y tormentas. Trabajos recientes sobre arrecifes, biodiversidad y costas bajo amenaza muestran que su degradación tiene efectos ecológicos y sociales que van mucho más allá del paisaje submarino.

La contaminación añade otra presión persistente. Los plásticos, químicos y residuos que llegan al mar pueden afectar organismos, sedimentos y cadenas tróficas. Investigaciones sobre tortugas marinas y huellas de contaminación en los océanos muestran cómo algunas especies registran señales de alteración ambiental en sus propios tejidos o estructuras biológicas.

El océano también sostiene economías y culturas

Las consecuencias de la crisis oceánica no son únicamente ambientales. Las comunidades pesqueras artesanales ya observan cambios en especies capturadas, temporadas y caladeros. Cuando se modifica la distribución de la vida marina, también cambian los ingresos, las prácticas culturales, los alimentos disponibles y la planificación económica local.

El programa regional Mar Patagónico Resiliente busca avanzar hacia un mar climáticamente inteligente, capaz de incorporar proyecciones climáticas y fortalecer refugios marinos ante los impactos de una crisis multidimensional. La meta es anticipar cambios, reducir daños y proteger ecosistemas que sostienen beneficios ecológicos, sociales y económicos.

En este punto, la conservación marina deja de ser una agenda sectorial. Proteger el océano implica defender sistemas alimentarios, economías regionales, biodiversidad, estabilidad climática y modos de vida que dependen directamente del mar.

Reimaginar la relación con el mar

El lema del Día Mundial de los Océanos 2026, “Reimagina”, plantea un cambio de enfoque: pasar de considerar el océano como proveedor ilimitado a asumir una responsabilidad activa en su cuidado. La meta es informar sobre el impacto humano, construir apoyo social y promover una gestión sostenible de los mares.

Ese cambio requiere reducir contaminación, frenar la sobreexplotación, ampliar y conectar áreas protegidas, mejorar la gobernanza regional y fortalecer la ciencia aplicada. También exige reconocer que un océano sano es parte de la respuesta climática, no un tema separado de la crisis ambiental.

La evidencia disponible indica que los ecosistemas íntegros se adaptan mejor que los degradados. Por eso, proteger el océano no es solamente una causa ambiental: es una decisión climática, social y económica. El futuro del clima también se juega en la superficie marina, en sus corrientes, en sus profundidades y en la vida que todavía sostiene.

Fuente(s) referenciales

Infobae: Día Mundial de los Océanos: su rol frente a la crisis climática y las amenazas que preocupan a científicos