El gigantesco reino de hongos bajo la Tierra ya tiene mapa global


Un estudio publicado en Science estima que las redes subterráneas de hongos micorrízicos alcanzan unos 110.000 billones de kilómetros y cumplen un papel clave en suelos, plantas y clima


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.


Bajo la superficie del planeta existe una red viva que no vemos, pero que sostiene parte esencial del funcionamiento de los ecosistemas terrestres. Está formada por filamentos microscópicos de hongos, llamados hifas, que se extienden por los suelos y se conectan con las raíces de las plantas. Una investigación reciente publicada en la revista Science ha estimado por primera vez la magnitud global de esas redes subterráneas.

La cifra resulta difícil de imaginar: los investigadores calculan que las hifas de los hongos micorrízicos arbusculares suman alrededor de 110.000 billones de kilómetros en los suelos del mundo. Esa distancia equivale a casi mil millones de veces la separación entre la Tierra y el Sol. Además, la masa total de ese entramado podría superar entre cuatro y seis veces la masa combinada de todos los seres humanos vivos.

Una red invisible conectada a las plantas

Los hongos micorrízicos arbusculares viven asociados a las raíces de la mayoría de las plantas terrestres. A través de sus filamentos, ayudan a las plantas a obtener agua y nutrientes, especialmente fósforo y nitrógeno. A cambio, reciben carbono producido por la fotosíntesis.

Esta relación convierte al suelo en un espacio de intercambio permanente. Las plantas no funcionan aisladas: bajo ellas existe una trama de organismos que interviene en la fertilidad, la estructura del suelo y la circulación de carbono. Por eso, comprender el papel de los hongos subterráneos es clave para estudiar la salud de los ecosistemas y la respuesta del planeta al cambio climático.

El hallazgo se conecta con investigaciones previas sobre redes de hongos desconocidos y cambio climático, que ya advertían que estos organismos cumplen funciones profundas en la estabilidad de los suelos y en la vida vegetal.

Cómo se midió una red que no se ve

El equipo internacional combinó datos de miles de muestras de suelo con técnicas de modelización y aprendizaje automático. La investigación utilizó información procedente de más de 16.000 núcleos de suelo y cientos de estudios previos para estimar la densidad de hifas en distintos ecosistemas del planeta.

El objetivo fue construir una primera cartografía global de estas redes fúngicas subterráneas. No se trata de un mapa definitivo, sino de una aproximación científica inicial a una estructura biológica inmensa que hasta ahora permanecía poco cuantificada a escala mundial.

Las hifas son extremadamente finas. Pueden avanzar por los poros del suelo, explorar espacios que las raíces no alcanzan y transportar nutrientes hacia las plantas. Aunque son invisibles para la mayoría de las personas, su acumulación global forma una infraestructura ecológica de dimensiones planetarias.

Carbono bajo tierra y estabilidad climática

Uno de los aspectos más importantes del estudio es el vínculo entre estas redes de hongos y el carbono. Los hongos micorrízicos reciben carbono de las plantas y parte de ese carbono queda incorporado al suelo, ya sea en sus filamentos vivos, en restos fúngicos o en compuestos que ayudan a estabilizar la materia orgánica.

La investigación estima que estas redes trasladan hacia los suelos alrededor de 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Esa función convierte a los hongos en actores importantes dentro del ciclo global del carbono, aunque durante mucho tiempo han recibido menos atención que los bosques, los océanos o los grandes reservorios visibles de biomasa.

El tema también se relaciona con el papel del microbioma del suelo en las pérdidas de carbono a la atmósfera. La vida microscópica del suelo puede retener carbono, transformarlo o liberarlo, dependiendo de las condiciones ambientales y del manejo del territorio.

Los pastizales aparecen como zonas clave

El mapa global muestra que algunas de las mayores densidades de redes fúngicas aparecen en grandes ecosistemas de pastizales y humedales. Entre las zonas destacadas figuran regiones como los Everglades de Florida, el Sudd de Sudán del Sur y áreas del altiplano tibetano.

Estos ambientes pueden almacenar grandes cantidades de carbono asociado a la actividad fúngica. Sin embargo, muchos pastizales del mundo reciben menos protección que otros ecosistemas más visibles, como los bosques tropicales. Esa diferencia plantea un desafío para las políticas de conservación, porque parte de la biodiversidad más importante del planeta está bajo tierra.

Proteger los suelos no significa únicamente evitar la erosión o conservar materia orgánica. También implica mantener redes vivas de hongos, bacterias, raíces e invertebrados que sostienen funciones ecológicas esenciales.

La agricultura intensiva reduce las redes de hongos

El estudio advierte que las prácticas agrícolas intensivas pueden disminuir la densidad de estas redes. El laboreo frecuente, el uso intensivo de fertilizantes y pesticidas, y la transformación de ecosistemas naturales en tierras de cultivo alteran la estructura del suelo y reducen la continuidad de los filamentos fúngicos.

En tierras agrícolas, la densidad de las redes puede ser muy inferior a la observada en ecosistemas naturales. Esta pérdida no solo afecta a los hongos, sino también a la capacidad del suelo para retener carbono, distribuir nutrientes y mantener resiliencia frente a sequías, erosión o degradación.

La relación entre manejo del suelo y vida subterránea también ha sido observada en estudios sobre micorrizas y recuperación de suelos degradados, donde los hongos cumplen un papel importante en la agregación del suelo y en la restauración de funciones ecológicas.

Un nuevo enfoque para conservar lo subterráneo

La investigación refuerza una idea que gana peso en la ciencia ambiental: la biodiversidad del suelo debe incorporarse con mayor fuerza a las estrategias de clima, restauración y conservación. Durante décadas, la protección ambiental se concentró sobre todo en especies visibles, bosques, fauna y paisajes. El mapa de hongos micorrízicos muestra que una parte decisiva del sistema terrestre opera fuera de la vista.

Los autores del trabajo consideran que estos mapas pueden ayudar a identificar zonas prioritarias para proteger redes fúngicas, restaurar suelos degradados y evaluar el impacto de prácticas agrícolas o cambios de uso del suelo. También pueden servir para mejorar los modelos climáticos, que todavía no incorporan de forma suficiente la complejidad biológica del subsuelo.

La salud del suelo se convierte así en una cuestión climática, ecológica y productiva. Un suelo con redes fúngicas activas puede sostener mejor a las plantas, almacenar más carbono y resistir mejor las presiones ambientales. Un suelo empobrecido pierde parte de esa capacidad.

Una vida planetaria bajo nuestros pies

El estudio no convierte a los hongos en una solución única frente al cambio climático, pero sí muestra que ignorarlos deja incompleta la comprensión del planeta. Las redes de hifas no son un detalle menor del suelo: forman una infraestructura biológica global que conecta plantas, nutrientes, agua y carbono.

El desafío ahora es ampliar las mediciones en regiones todavía poco estudiadas, como selvas tropicales, desiertos y zonas remotas. Cuanto más precisa sea la cartografía subterránea, mejor podrán entenderse los vínculos entre biodiversidad, clima y manejo del territorio.

En un momento de degradación acelerada de suelos, pérdida de biodiversidad y calentamiento global, mirar bajo tierra deja de ser una curiosidad científica. La red fúngica mundial muestra que una parte fundamental de la estabilidad ecológica del planeta se encuentra en silencio, bajo nuestros pies.

Fuente(s) referenciales

GEO: Forschende vermessen riesiges Pilznetzwerk im Boden der Erde