Un estudio internacional analizó 590 turberas de Austria, Alemania y Suiza y encontró diferencias con los mapas oficiales. Casi el 90 % de los lugares examinados mostraba señales visibles de alteración humana.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
Una investigación internacional ha encontrado que numerosas turberas de los Alpes europeos podrían ocupar superficies menores de las que indican los mapas oficiales. El estudio, publicado en octubre de 2026 en la revista científica Communications Earth & Environment, utilizó observaciones satelitales y datos de campo para analizar 590 turberas distribuidas entre Austria, Alemania y Suiza. Los resultados también revelaron señales generalizadas de alteración del territorio, especialmente en lugares afectados por drenajes, infraestructuras y cambios en la vegetación.
El trabajo contó con investigadores de la Universidad de Gotinga, en Alemania, y de la Universidad Mendel, en la República Checa, entre otras instituciones. Su principal aportación consiste en desarrollar un procedimiento de observación que permite identificar y evaluar pequeños humedales de montaña utilizando información obtenida mediante diferentes sensores.
La comparación con los registros oficiales mostró que el modelo delimitaba muchas turberas con una extensión considerablemente inferior a la cartografiada. Esta diferencia fue especialmente frecuente en lugares donde las fotografías aéreas mostraban intervenciones humanas.
Los investigadores consideran que los resultados plantean interrogantes sobre el estado real de conservación de estos ecosistemas y sobre la necesidad de actualizar los inventarios utilizados para planificar su protección.
Los mapas oficiales podrían sobreestimar algunas turberas
Las turberas alpinas suelen ocupar pequeñas superficies dispersas entre valles, laderas y depresiones de montaña. Su tamaño reducido, la complejidad del relieve y las dificultades de acceso hacen que muchas sean difíciles de estudiar mediante campañas convencionales.
En determinados lugares, la información cartográfica disponible procede de levantamientos realizados años atrás. Desde entonces, el terreno puede haber experimentado transformaciones que no aparecen reflejadas en los registros.
Para investigar esta situación, el equipo científico examinó 590 turberas que ya figuraban en los inventarios de Austria, Alemania y Suiza.
Los investigadores no se limitaron a buscar humedales desconocidos. Su objetivo fue comprobar hasta qué punto las superficies representadas en los mapas coincidían con las características que podían identificarse mediante observaciones recientes.
El resultado fue una discrepancia frecuente: el procedimiento satelital delimitó superficies menores que las consignadas oficialmente.
La diferencia no significa necesariamente que toda la superficie ausente en el nuevo modelo haya desaparecido físicamente. Los límites detectados por sensores remotos pueden variar según la vegetación, la humedad, la resolución de las imágenes y los criterios empleados para identificar un ecosistema.
Sin embargo, la coincidencia entre esas discrepancias y las señales de intervención humana llevó a los autores a considerar que parte de las diferencias podría reflejar procesos reales de degradación.
El estudio combinó observaciones ópticas y de radar
Una de las características centrales de la investigación fue la integración de diferentes fuentes de información.
El equipo desarrolló un modelo que utiliza datos de satélites capaces de observar la superficie terrestre mediante luz visible y otros que emplean radar. Las observaciones correspondieron al período comprendido entre 2019 y 2023.
Las imágenes ópticas permiten examinar características de la cobertura vegetal y reconocer diferencias en el aspecto de la superficie. Su utilidad, sin embargo, puede verse limitada por las nubes, las sombras y las condiciones de iluminación.
Los sensores de radar aportan información complementaria mediante señales electromagnéticas que interactúan con la superficie y su estructura. En determinadas condiciones, permiten obtener observaciones incluso cuando existe nubosidad.
La combinación de ambos tipos de sensores ofrece una visión más completa que la obtenida mediante una sola fuente de datos.
Los investigadores incorporaron además información procedente de estudios de campo, necesaria para relacionar las señales registradas desde el espacio con las características reales de los humedales.
El procedimiento se diseñó para funcionar a través de las fronteras nacionales, evitando depender exclusivamente de criterios cartográficos que pueden variar entre países.
Esta armonización resulta importante en los Alpes, una cordillera compartida por diferentes Estados donde los ecosistemas no siguen los límites administrativos.
Casi el 90 % de los lugares mostraba señales de alteración
El análisis de fotografías aéreas recientes permitió identificar indicios de perturbación en casi el 90 % de los lugares examinados.
Entre las señales observadas figuraban la expansión de árboles y arbustos sobre áreas anteriormente abiertas, la presencia de nuevas infraestructuras y los drenajes relacionados con actividades agrícolas.
Los investigadores identificaron también zanjas construidas para evacuar agua de terrenos utilizados, entre otros fines, para la producción de heno.
Estas intervenciones pueden modificar el funcionamiento hidrológico de una turbera, cuyo equilibrio depende de mantener condiciones de elevada humedad durante períodos prolongados.
El drenaje reduce la saturación del suelo y facilita la entrada de oxígeno en capas de materia orgánica que normalmente permanecen anegadas.
Cuando esto sucede, la descomposición de la turba puede acelerarse, alterando tanto las características del terreno como su capacidad de conservar carbono.
Los cambios en la vegetación también pueden indicar transformaciones del ecosistema, aunque su interpretación requiere considerar las condiciones locales.
La aparición de árboles y arbustos no constituye por sí sola una prueba definitiva de degradación en todos los humedales. Algunas turberas presentan vegetación leñosa de manera natural. Su importancia depende del tipo de ecosistema y de las modificaciones observadas a lo largo del tiempo.
En este estudio, los investigadores utilizaron la combinación de fotografías, observaciones satelitales y antecedentes del terreno para interpretar las diferencias encontradas.
Las zanjas y los caminos ayudan a explicar las discrepancias
Marian Schönauer, investigador de la Universidad Mendel y autor principal del estudio, explicó que inicialmente el equipo sospechó que el modelo estaba produciendo resultados incorrectos.
La razón era que numerosas turberas aparecían considerablemente más pequeñas que en los registros oficiales.
Sin embargo, al revisar las fotografías aéreas, los científicos encontraron que muchos de esos lugares presentaban alteraciones visibles, como zanjas de drenaje y caminos.
Esta observación modificó la interpretación de los resultados.
Las diferencias entre mapas dejaron de considerarse únicamente un posible problema de clasificación y pasaron a constituir una señal que justificaba investigar el estado de conservación de las turberas.
La presencia de una zanja puede afectar la circulación del agua incluso cuando la infraestructura ocupa una fracción pequeña de la superficie.
El agua retenida en el suelo es esencial para mantener las condiciones que permiten la acumulación de materia orgánica. Cuando se modifica el drenaje, sus efectos pueden extenderse más allá del área directamente intervenida.
Por esta razón, el análisis de las turberas necesita considerar no solo sus límites visibles, sino también las estructuras que condicionan su funcionamiento hidrológico.
Las turberas alpinas almacenan carbono durante largos períodos
Las turberas son humedales en los que se acumulan restos vegetales parcialmente descompuestos. La presencia persistente de agua reduce la disponibilidad de oxígeno y ralentiza los procesos biológicos responsables de la descomposición.
Con el paso del tiempo, este mecanismo permite formar depósitos de turba capaces de conservar carbono durante siglos o milenios.
Su importancia climática no depende únicamente de la superficie que ocupan. También intervienen la profundidad de los depósitos, la cantidad de materia orgánica acumulada y las condiciones que permiten mantenerla estable.
Investigaciones anteriores han mostrado que la estabilidad física de las turberas puede imponer restricciones adicionales a su capacidad de almacenamiento.
En los Alpes, estos ecosistemas presentan una importancia particular porque se distribuyen en paisajes de montaña donde la disponibilidad de agua, la pendiente y las condiciones del suelo pueden cambiar considerablemente entre lugares cercanos.
La degradación de una turbera puede comprometer parte de su función como depósito de carbono, aunque determinar las emisiones reales requiere mediciones específicas.
El estudio satelital no cuantificó directamente cuánto dióxido de carbono se ha liberado en las 590 turberas analizadas.
Sus resultados permiten identificar posibles alteraciones espaciales y orientar nuevas investigaciones, pero no deben interpretarse como una estimación directa de pérdidas de carbono.
La regulación del agua también depende de estos humedales
Además de conservar carbono, las turberas participan en el funcionamiento hidrológico de los paisajes de montaña.
Sus suelos orgánicos pueden retener cantidades importantes de agua y contribuir a regular los intercambios entre la superficie, el suelo y los sistemas de drenaje circundantes.
El comportamiento concreto depende de factores como el tipo de turba, su grado de saturación, la pendiente y las características de la cuenca.
Cuando se construyen zanjas o se modifica la cobertura vegetal, pueden producirse cambios en la velocidad y las rutas por las que circula el agua.
Estas transformaciones pueden afectar tanto al propio humedal como a las comunidades biológicas que dependen de él.
La importancia de conservar niveles adecuados de humedad también ha sido destacada por investigaciones sobre la respuesta de las turberas al calentamiento, que muestran cómo la posición del nivel freático influye en las emisiones de dióxido de carbono.
Los resultados del nuevo estudio aportan una dimensión territorial a esta cuestión: para proteger el funcionamiento de un humedal es necesario conocer con precisión dónde se encuentra, cuál es su extensión y qué alteraciones presenta.
Los pequeños humedales sostienen biodiversidad especializada
Las turberas alpinas proporcionan hábitats para especies vegetales y animales adaptadas a condiciones ambientales particulares.
La combinación de humedad persistente, suelos orgánicos y características químicas específicas favorece comunidades que no siempre pueden establecerse en los terrenos circundantes.
Algunas plantas dependen de ambientes con elevada disponibilidad de agua y escasos nutrientes, mientras que determinados invertebrados utilizan estos espacios durante diferentes etapas de su ciclo vital.
La pérdida de superficie funcional puede fragmentar los hábitats y modificar las condiciones necesarias para su conservación.
En paisajes montañosos, donde los humedales pueden aparecer como pequeñas unidades aisladas, la desaparición o degradación de una zona puede tener consecuencias locales importantes.
Simon Drollinger, investigador del área de Bioclimatología de la Universidad de Gotinga, destacó que estos ecosistemas cumplen funciones relevantes en el almacenamiento de carbono, la regulación del agua y la conservación de especies especializadas.
El científico señaló que los resultados sugieren un estado de alteración potencialmente más grave del que se había considerado y subrayó la importancia de disponer de información actualizada para orientar las intervenciones.
Esta perspectiva coincide con una preocupación más amplia sobre la transformación ambiental de los ecosistemas de montaña, donde el cambio climático y las actividades humanas pueden modificar simultáneamente el suelo, la vegetación y los recursos hídricos.
Los mapas actualizados pueden mejorar la restauración ecológica
Los inventarios ambientales permiten identificar áreas prioritarias para la conservación, evaluar cambios en el territorio y planificar actuaciones de restauración.
Cuando un mapa representa una turbera con una extensión mayor que la que conserva actualmente sus características ecológicas, las decisiones de gestión pueden basarse en una imagen incompleta del terreno.
Por el contrario, una delimitación más precisa puede ayudar a localizar zonas alteradas que necesitan inspecciones de campo.
Los investigadores proponen utilizar el nuevo procedimiento como herramienta de seguimiento periódico, complementaria a las observaciones realizadas directamente sobre el terreno.
Su aplicación permitiría detectar diferencias entre períodos de observación y seleccionar lugares donde resulte necesario investigar las causas de los cambios.
También facilitaría la coordinación entre países alpinos mediante criterios de análisis comparables.
La disponibilidad pública del método representa una ventaja para las instituciones encargadas de actualizar inventarios y evaluar intervenciones de conservación.
Sin embargo, la información satelital no sustituye las mediciones de campo necesarias para determinar la profundidad de la turba, su composición, las condiciones hidrológicas o el estado de las comunidades biológicas.
Una evaluación completa necesita combinar ambas aproximaciones.
La restauración exige identificar primero las causas del deterioro
La recuperación de una turbera degradada suele requerir actuaciones dirigidas a restablecer su funcionamiento hidrológico.
En lugares afectados por zanjas de drenaje, una intervención puede consistir en reducir la evacuación artificial del agua, siempre que las condiciones ambientales y los usos del territorio lo permitan.
En otros casos, puede ser necesario limitar nuevas perturbaciones, recuperar vegetación característica o proteger las áreas todavía conservadas.
Las medidas deben adaptarse a las características de cada lugar, porque una actuación adecuada para una turbera puede resultar inapropiada para otra.
La experiencia de restauración de turberas en las colinas Pennine del Reino Unido muestra cómo las intervenciones sobre la circulación del agua pueden formar parte de programas destinados a recuperar su funcionamiento ecológico.
En los Alpes, la presencia de actividades agrícolas, caminos e infraestructuras plantea la necesidad de coordinar la conservación con los usos existentes del territorio.
El estudio no establece que todas las turberas identificadas deban recibir la misma intervención ni que todas las diferencias cartográficas representen pérdidas irreversibles.
Su principal contribución consiste en proporcionar una herramienta para reconocer posibles problemas y dirigir las evaluaciones hacia los lugares donde las señales de alteración son más evidentes.
La observación satelital abre una nueva etapa de seguimiento
El procedimiento desarrollado por el equipo internacional permite abordar una dificultad persistente en la investigación de las turberas: conocer su distribución y estado en regiones extensas, complejas y divididas entre diferentes administraciones.
La comparación de 590 humedales de Austria, Alemania y Suiza muestra que los mapas existentes pueden presentar diferencias importantes respecto a las delimitaciones obtenidas mediante observaciones recientes.
La elevada proporción de lugares con señales visibles de alteración refuerza la necesidad de comprobar esas diferencias sobre el terreno y de mantener actualizados los registros ambientales.
La investigación también se relaciona con el desafío internacional de identificar y cartografiar las turberas, muchas de las cuales todavía carecen de información suficiente para evaluar su conservación.
Los autores recomiendan ampliar los estudios de estos ecosistemas alpinos y mejorar la coordinación de las medidas de protección y restauración.
El uso combinado de sensores ópticos, radar y datos de campo puede contribuir a que las decisiones ambientales se apoyen en observaciones más recientes y comparables.
El resultado central no es una medición definitiva de cuánto territorio húmedo han perdido los Alpes, sino la identificación de discrepancias significativas entre mapas y observaciones actuales, asociadas frecuentemente con señales de intervención humana.
Para los investigadores, esa información constituye una base para dirigir nuevos estudios y evitar que pequeños ecosistemas de gran importancia ambiental permanezcan insuficientemente vigilados.
Fuentes referenciales:
Phys.org — Satellite model finds Alpine peatlands may be smaller than official maps show
Communications Earth & Environment — Peatlands mapped across the European Alps with a harmonised multi-sensor workflow show widespread degradation




