El MIT probó en Alaska una red de bajo costo capaz de registrar sonidos y enviar información mediante campos magnéticos
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Javier Morales O.
Investigadores del Laboratorio Lincoln del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) probaron en el océano Ártico sensores comerciales integrados para escuchar el entorno submarino y transmitir información a través del hielo. Los ensayos, realizados durante la Operación Ice Camp de la Marina de Estados Unidos, buscan facilitar la vigilancia continua de una región remota donde el clima extremo, la deriva del hielo y el agua salada dificultan las comunicaciones convencionales.
Los datos recogidos durante una campaña de 2024 permitieron reconocer un paisaje acústico compuesto por fenómenos naturales y actividades humanas. Entre las señales registradas aparecen el crujido y la fractura del hielo marino, vocalizaciones de belugas y otros mamíferos, así como el ruido producido por motores de embarcaciones.
Esta capacidad de escucha ofrece aplicaciones científicas para estudiar las transformaciones del hielo, seguir la presencia de fauna y medir la presión sonora asociada a la navegación. También puede complementar las observaciones que documentan cómo la evolución reciente del hielo marino condiciona las proyecciones para el Ártico.
Una red acústica de bajo costo para el océano Ártico
El equipo empleó componentes disponibles comercialmente con la intención de construir nodos relativamente económicos que puedan distribuirse sobre áreas extensas. La propuesta consiste en combinar distintos instrumentos dentro de una misma plataforma y obtener series continuas de información sin depender permanentemente de personal en el terreno.
En marzo de 2026, los investigadores regresaron al Ártico con un geófono de mayor fidelidad destinado a captar las vibraciones que atraviesan el hielo. Ben Evans y David Whelihan participaron en el desarrollo junto con Ella Wawrzynek y Ryan Saenger, de acuerdo con la información difundida por el MIT.
Uno de los desafíos consiste en separar señales que pueden compartir características acústicas. Una fractura del hielo y la llamada de un mamífero marino, por ejemplo, deben clasificarse correctamente antes de utilizar los registros para estudiar procesos físicos o biológicos. Los investigadores consideran que técnicas de aprendizaje automático podrían ayudar a reconocer esas firmas y ordenar grandes volúmenes de grabaciones.
El seguimiento acústico cobra relevancia en un territorio donde los cambios no ocurren de forma aislada. El calentamiento, el deshielo y la alteración del permafrost pueden modificar simultáneamente el océano, las costas y los ecosistemas, como muestran las investigaciones sobre los flujos subterráneos que trasladan sustancias desde el permafrost hacia el Ártico.
Comunicación magnética donde las ondas de radio pierden eficacia
Además de escuchar el entorno, el proyecto evaluó una tecnología para mover datos entre sensores situados debajo y encima del hielo. Las ondas de radio convencionales se atenúan rápidamente en el agua salada, una limitación que complica la conexión con instrumentos submarinos. Como alternativa, el equipo probó un módem de la empresa noruega Havguard que transmite mediante campos magnéticos.
El ensayo se desarrolló con apoyo de UIC Science sobre hielo fijo cerca de Utqiaġvik, en el norte de Alaska. Los técnicos perforaron una abertura de aproximadamente 0,6 por 0,9 metros a través de una capa de hielo de unos 1,1 metros de espesor. Un vehículo operado a distancia transportó el transmisor magnetoinductivo bajo la superficie, mientras el receptor permanecía arriba.
El vehículo incorporaba un registrador de velocidad Doppler y un sonar de cuatro haces. Esas mediciones, combinadas con imágenes tomadas desde un dron, permitieron establecer su posición y relacionarla con el rendimiento de la comunicación. El prototipo alcanzó una velocidad cercana a 1,2 kilobytes por segundo, suficiente para demostrar el funcionamiento del enlace, aunque todavía limitada para transferencias de gran volumen.
Los responsables plantean que futuras redes podrían hacer llegar los datos desde los nodos submarinos hasta drones y, posteriormente, a satélites. Esa arquitectura permitiría vigilar zonas extensas sin instalar infraestructura fija en un ambiente donde el hielo se desplaza, se fractura y cambia de espesor.
El clima extremo condiciona el trabajo sobre el hielo
La Operación Ice Camp es organizada cada dos años por el Laboratorio Submarino del Ártico de la Marina estadounidense. Durante aproximadamente tres semanas se instala un campamento temporal sobre hielo a la deriva, con tiendas y una pista preparada para recibir aeronaves y equipos científicos.
La campaña de 2026 mostró las dificultades operativas de este tipo de despliegue. El grupo trabajó con temperaturas de alrededor de −32 °C, vientos sostenidos de entre 40 y 48 kilómetros por hora y ráfagas próximas a 64 kilómetros por hora. Las ventiscas retrasaron una semana el primer traslado e interrumpieron los vuelos durante cinco días, por lo que solo pudo instalarse cerca de una cuarta parte de los sensores previstos.
Reducir el tiempo que las personas deben permanecer sobre el hielo es, por tanto, una prioridad técnica y de seguridad. Antes de la campaña programada para 2028, el equipo prevé desarrollar nodos que puedan lanzarse desde aeronaves, reforzar el encapsulado del módem magnético e integrar el sistema de comunicación con el conjunto de sensores.
La obtención continua de registros también puede aportar contexto a los estudios sobre la conexión entre el clima tropical y la pérdida de hielo en el Ártico. Sin embargo, los investigadores todavía deben probar la resistencia de los equipos, ampliar el alcance de la transmisión y validar la clasificación automática de los sonidos en condiciones reales.
Fuentes referenciales:
Phys.org
MIT Lincoln Laboratory




