Especialistas en volcanes y desastres reconstruyen un escenario hipotético basado en la erupción ocurrida hace unos 631.000 años, desde las primeras señales geológicas hasta sus posibles efectos globales
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Raúl Méndez C.
Una supererupción del sistema volcánico de Yellowstone, en el noroeste de Wyoming, Estados Unidos, podría alterar profundamente el territorio norteamericano y provocar repercusiones climáticas, económicas y sociales a escala mundial. Dos especialistas elaboraron un escenario hipotético, sustentado en conocimientos volcanológicos y experiencias recientes de gestión de desastres, para explorar cómo podría desarrollarse un acontecimiento extremo comparable con la gran erupción que transformó Yellowstone hace aproximadamente 631.000 años.
El ejercicio fue elaborado por Ilan Kelman, especialista en desastres, y Matthew Blackett, vulcanólogo. No constituye una predicción de una erupción próxima. De hecho, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sostiene que Yellowstone no sigue un calendario eruptivo y que una supererupción constituye un escenario extraordinariamente improbable. La diferencia entre peligro posible y riesgo inmediato es especialmente importante porque existen numerosos mitos sobre Yellowstone y las grandes erupciones volcánicas que pueden distorsionar la percepción pública de su actividad.
La gran erupción que formó la caldera de Yellowstone
Hace unos 631.000 años, una secuencia de enormes erupciones expulsó materiales volcánicos sobre extensas áreas de América del Norte y produjo la caldera de Yellowstone. Los depósitos asociados con aquel episodio muestran la magnitud que pueden alcanzar los procesos volcánicos explosivos, aunque no implican que un acontecimiento equivalente vaya a repetirse en tiempos humanos.
Yellowstone permanece geológicamente activo. Su sistema incluye terremotos, deformación del terreno, circulación de fluidos hidrotermales, emisiones de gases, géiseres y fuentes termales. Esa actividad es vigilada mediante redes de sismómetros, estaciones GPS, instrumentos que miden la deformación de la corteza, observaciones satelitales y análisis químicos.
Los enjambres sísmicos, por sí solos, tampoco significan que una erupción sea inminente. Los científicos buscan combinaciones de señales y su evolución en el tiempo. Esta necesidad de interpretar múltiples indicadores explica el interés por mejorar los sistemas de vigilancia; investigaciones recientes han mostrado que alertas volcánicas más tempranas podrían ampliar el tiempo disponible para evacuar, aunque una mayor sensibilidad también implica aceptar más falsas alarmas.
Cómo podrían aparecer las primeras señales
En el escenario hipotético desarrollado por los especialistas, las primeras anomalías comenzarían aproximadamente dos meses antes de la erupción con un enjambre de pequeños terremotos bajo la caldera. Su persistencia y migración progresiva hacia zonas menos profundas llamarían la atención de los equipos encargados de la vigilancia.
Un mes antes del episodio extremo aparecerían otras señales: aceleración del levantamiento del terreno, cambios detectados por estaciones GPS y radar satelital, alteraciones en la química de aguas termales y mayores aportes de dióxido de carbono y gases de azufre al sistema hidrotermal.
La interpretación de estos indicadores exigiría cautela. Yellowstone ha experimentado anteriormente deformaciones y actividad sísmica sin que se produjera una erupción. Entre 2013 y 2014, por ejemplo, sectores de la caldera se elevaron a tasas superiores a 15 centímetros por año y se registró un terremoto de magnitud 4,8. Posteriormente, el terreno comenzó a descender y el episodio fue relacionado con movimientos de fluidos hidrotermales.
Los gases desempeñan un papel esencial en el comportamiento del magma. Estudios sobre el papel de los gases en grandes erupciones de volcanes ricos en sílice han mostrado cómo la liberación de componentes volátiles puede influir decisivamente en la dinámica eruptiva.
De la actividad hidrotermal a una erupción explosiva
En el escenario extremo, el comienzo de la crisis no implicaría que toda la caldera explotara simultáneamente. El ascenso de magma hacia el sistema hidrotermal superficial podría calentar rápidamente grandes cantidades de agua y desencadenar explosiones impulsadas por vapor, roca fragmentada, barro y ceniza.
Horas después, si magma rico en gases alcanzara la superficie, la pérdida de presión permitiría la expansión violenta de los gases disueltos. La fragmentación del magma produciría piedra pómez y ceniza, mientras una gran columna eruptiva podría elevarse entre 30 y 50 kilómetros en la atmósfera dentro del escenario planteado por los autores.
Si el volumen expulsado alcanzara las dimensiones consideradas en el ejercicio, el acontecimiento podría entrar en la categoría 8 del Índice de Explosividad Volcánica (VEI), utilizada para los mayores episodios explosivos conocidos. Una erupción de esta escala es lo que habitualmente se denomina supererupción.
Yellowstone, sin embargo, no debe interpretarse como una bomba geológica con una fecha de vencimiento. La actividad de sus sistemas hidrotermales puede cambiar sin intervención directa de grandes masas de magma; incluso géiseres individuales muestran ciclos variables, como se ha observado en la actividad reciente del géiser Echinus en Yellowstone.
Ceniza y flujos piroclásticos transformarían el entorno
Uno de los mayores peligros en las proximidades de una gran erupción serían las corrientes de densidad piroclástica: mezclas extremadamente calientes de gases, cenizas y fragmentos de roca que pueden desplazarse rápidamente desde los centros eruptivos. En el escenario analizado, estas corrientes recorrerían decenas de kilómetros, destruyendo vegetación e infraestructura y acumulando espesos depósitos volcánicos.
Más lejos, la ceniza se convertiría en el principal problema. El material fino podría extenderse cientos o miles de kilómetros y afectar carreteras, aeropuertos, redes eléctricas, sistemas de abastecimiento de agua, maquinaria y edificios. Su acumulación sobre techos aumentaría las cargas estructurales y, al humedecerse, incrementaría considerablemente su peso.
Los autores utilizan modelos publicados previamente para ilustrar el posible alcance: Billings, en Montana, podría acumular más de un metro de ceniza bajo determinadas condiciones, mientras ciudades como Salt Lake City, en Utah, y Boise, en Idaho, podrían recibir decenas de centímetros. Las cantidades reales dependerían de la magnitud y duración de la erupción, la dirección de los vientos y otras condiciones atmosféricas.
Los aerosoles volcánicos podrían enfriar temporalmente el planeta
Los efectos no terminarían con la caída de ceniza. Una gran cantidad de dióxido de azufre introducida en la estratosfera podría transformarse en aerosoles de sulfato capaces de reflejar parte de la radiación solar y reducir temporalmente las temperaturas superficiales.
Este mecanismo está documentado en el registro climático. Investigaciones sobre grandes erupciones y episodios de enfriamiento durante el Holoceno han encontrado asociaciones entre importantes eventos volcánicos, expansión del hielo y reorganizaciones posteriores de la circulación oceánica y atmosférica.
Para el escenario de Yellowstone, los especialistas señalan que los modelos no respaldan necesariamente una nueva edad de hielo. Un episodio extremo podría reducir la temperatura media global en alrededor de 1,5 °C como máximo en las estimaciones consideradas, aunque determinadas regiones y estaciones experimentarían cambios más intensos.
Las consecuencias tampoco serían uniformes para las precipitaciones. La ciencia climática ha comprobado que los aerosoles volcánicos pueden modificar patrones regionales de lluvia mediante interacciones con la circulación oceánica y atmosférica.
Agricultura, agua y transporte afrontarían impactos prolongados
En las semanas posteriores, la acumulación de ceniza podría cubrir pastos y cultivos, contaminar fuentes de agua y afectar al ganado en las regiones más expuestas. Carreteras, ferrocarriles y aeropuertos tendrían dificultades para funcionar, mientras la interrupción de las cadenas logísticas complicaría el suministro de alimentos, combustible y otros bienes esenciales.
Los autores plantean que una reducción importante de las exportaciones agrícolas de Estados Unidos y Canadá podría elevar los precios internacionales de cereales y oleaginosas. Se trataría de una consecuencia indirecta del desastre: además de destruir producción, la erupción dañaría las redes de transporte, energía, almacenamiento y distribución necesarias para colocar los alimentos en los mercados.
Meses después, el material depositado seguiría representando un problema. Los vientos podrían volver a levantar la ceniza seca y las precipitaciones convertir los depósitos en lodos densos. Los sistemas de tratamiento de agua y las plantas eléctricas también enfrentarían contaminación, desgaste de equipos y dificultades para obtener piezas y suministros.
Un escenario extremo no equivale a una predicción
El ejercicio de Kelman y Blackett lleva deliberadamente las consecuencias hasta un escenario de máxima gravedad para analizar la capacidad de respuesta de sociedades modernas ante un desastre volcánico excepcional. Sus estimaciones sobre mortalidad, migraciones, enfermedades, cambios económicos o población mundial a largo plazo forman parte de ese experimento hipotético y no deben interpretarse como pronósticos.
La distinción resulta fundamental en Yellowstone. El USGS señala que las tres grandes erupciones ocurridas aproximadamente hace 2,08 millones, 1,3 millones y 631.000 años no establecen una periodicidad que permita calcular cuándo debería producirse otra. La actividad eruptiva más reciente del sistema consistió en flujos de lava ocurridos hace unos 70.000 años.
La evidencia disponible tampoco indica que exista actualmente una masa suficiente de magma eruptible concentrada bajo Yellowstone para alimentar una supererupción. Entre los fenómenos volcánicos posibles, los científicos consideran mucho más plausibles las explosiones hidrotermales o los flujos de lava que otro episodio capaz de formar una gran caldera.
El valor del escenario reside, por tanto, en explorar las conexiones entre volcanismo, clima, infraestructura, agricultura, salud y capacidad de respuesta ante desastres. Las grandes erupciones del pasado muestran que los procesos geológicos pueden alterar el sistema terrestre durante periodos prolongados; también existen evidencias de que episodios volcánicos antiguos modificaron profundamente el clima y los ecosistemas mediante mecanismos distintos según los gases emitidos, la duración del vulcanismo y las condiciones ambientales existentes.
Yellowstone continúa siendo uno de los sistemas volcánicos mejor vigilados del planeta. Esa observación permanente permite distinguir su actividad geológica habitual de cambios que pudieran requerir una respuesta adicional y, al mismo tiempo, estudiar cómo funcionaría la gestión de riesgos frente a fenómenos cuya probabilidad es extremadamente baja pero cuyas consecuencias potenciales serían extraordinariamente amplias.
Fuentes referenciales:
Phys.org




