Un equipo internacional aclara por qué las columnas no son humo, los depósitos de magma no son cavernas líquidas y los terremotos aislados no anuncian necesariamente una erupción
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
Un equipo internacional de vulcanólogos identificó y examinó 18 ideas equivocadas que aparecen con frecuencia en noticias, documentales, producciones audiovisuales y redes sociales. El trabajo, publicado en Journal of Applied Volcanology, analiza conceptos relacionados con las columnas eruptivas, la ceniza, los sistemas magmáticos, los terremotos, el Cinturón de Fuego, los megatsunamis y Yellowstone.
La investigación fue dirigida por la vulcanóloga neozelandesa Janine Krippner y Sam Poppe, antiguo investigador de la Universidad Libre de Bruselas. Su objetivo es precisar qué pueden establecer los científicos mediante el monitoreo, cuáles son los escenarios posibles y dónde persiste una incertidumbre que debe comunicarse sin alarmismo.
Las columnas volcánicas no están formadas por humo
Una nube oscura sobre un volcán suele describirse como humo, pero ese término resulta impreciso. Durante una erupción explosiva, la columna puede contener vapor de agua, gases volcánicos, ceniza y fragmentos de roca o magma enfriado.
La ceniza volcánica tampoco es el residuo blando producido por la combustión de madera u otros materiales. Está compuesta por partículas diminutas y abrasivas de roca, minerales y vidrio volcánico, capaces de viajar grandes distancias dependiendo de su tamaño, la altura de la columna y las condiciones del viento.
La diferencia tiene consecuencias prácticas. La ceniza puede reducir la visibilidad, afectar motores de aeronaves, contaminar agua, dañar cultivos e infraestructuras y ocasionar problemas respiratorios. Referirse a ella simplemente como humo puede inducir a subestimar riesgos que requieren protección y protocolos específicos.
Los volcanes también emiten gases sin encontrarse necesariamente en una erupción explosiva. El caso del monte Erebus y sus columnas de gas y vapor ilustra cómo los materiales volcánicos transportan partículas y minerales desde el interior terrestre.
Una cámara de magma no es una gran cueva llena de líquido
Los esquemas escolares suelen representar una cavidad bajo el volcán completamente llena de roca fundida. La realidad se parece más a una zona extensa de roca caliente que contiene cristales, gases, fracturas y proporciones variables de material fundido.
Por esta razón, los vulcanólogos prefieren hablar de sistemas o depósitos magmáticos. Estos pueden ocupar diferentes profundidades, estar conectados por fracturas y conductos, y evolucionar durante periodos prolongados sin generar una erupción.
La presencia de magma tampoco significa que el depósito esté acumulándose como un recipiente próximo a desbordarse. Antes de una erupción pueden ocurrir cambios de presión, temperatura, composición y contenido de gases, además de interacciones entre nuevas aportaciones y material previamente almacenado.
Los estudios sísmicos sobre la reinyección de magma en la caldera japonesa de Kikai muestran cómo la geofísica permite caracterizar estos sistemas sin convertir la detección de material fundido en un anuncio automático de erupción.
Los terremotos volcánicos no funcionan como una cuenta regresiva
Los sismos son una herramienta central para conocer lo que ocurre bajo un volcán. Pueden originarse por fracturación de roca, movimiento de fluidos, cambios de presión o ajustes tectónicos. Sin embargo, un terremoto o un enjambre sísmico no determina por sí solo que una erupción sea inminente.
Los observatorios combinan la actividad sísmica con mediciones de deformación del terreno, emisiones de gases, temperatura, imágenes satelitales y observaciones visuales. La interpretación depende además del comportamiento histórico de cada volcán.
Una intensificación simultánea y sostenida de varios indicadores puede elevar el nivel de alerta, pero incluso entonces el pronóstico se expresa mediante escenarios y probabilidades. Los científicos no siempre pueden establecer con exactitud cuándo comenzará una erupción, cuánto durará o qué magnitud alcanzará.
Los avances en sismología permiten mejorar esa evaluación. Un estudio reciente utilizó miles de pequeños terremotos para reconstruir estructuras tectónicas de Alaska, demostrando que los registros sísmicos aportan información compleja y no una señal única de peligro.
El Cinturón de Fuego no es un solo sistema volcánico
El Cinturón de Fuego del Pacífico concentra numerosos volcanes y terremotos, pero no constituye una estructura continua capaz de activarse como una cadena. Es una región extensa donde interactúan diferentes placas, zonas de subducción, fallas y arcos volcánicos.
Dos erupciones ocurridas aproximadamente al mismo tiempo en lugares separados por miles de kilómetros no prueban que una haya provocado la otra. Cada episodio debe analizarse dentro de su contexto tectónico local y regional.
La coincidencia temporal puede parecer extraordinaria porque la región mantiene una actividad geológica constante. La explicación detallada de la tectónica de placas como motor del volcanismo permite entender por qué existe una concentración de volcanes sin asumir que todos están directamente conectados.
Yellowstone no está atrasado para una supererupción
El uso de la palabra “supervolcán” ha favorecido la idea de que Yellowstone acumula magma hasta alcanzar una fecha límite. El Servicio Geológico de Estados Unidos señala que los volcanes no siguen calendarios regulares y que calcular un periodo de recurrencia con los intervalos entre tres grandes erupciones carece de valor predictivo.
Las grandes erupciones explosivas de Yellowstone ocurrieron aproximadamente hace 2,08 millones, 1,3 millones y 631.000 años. Esos tres acontecimientos no establecen un ciclo periódico ni demuestran que una nueva erupción de igual magnitud deba producirse.
La actividad volcánica más reciente consistió en flujos de lava que se formaron hace unos 70.000 años. El USGS sostiene que, si hubiera una nueva erupción, no tendría que ser gigantesca: los flujos de lava y las explosiones hidrotermales son escenarios más probables que una erupción capaz de formar otra caldera.
Yellowstone contiene dos grandes cuerpos magmáticos. El depósito superior se extiende aproximadamente entre cinco y 17 kilómetros de profundidad, pero se estima que solo entre 5% y 15% de su volumen está fundido. El reservorio basáltico más profundo contendría alrededor de 2% de material fundido.
Una gran erupción sería grave, pero su probabilidad es muy baja
Una erupción formadora de caldera en Yellowstone tendría efectos regionales severos y repercusiones climáticas mundiales. Las áreas cercanas de Wyoming, Montana e Idaho podrían recibir flujos piroclásticos, mientras la ceniza se distribuiría por otras zonas de Estados Unidos.
La liberación de grandes cantidades de aerosoles volcánicos también podría alterar temporalmente el clima. Investigaciones históricas muestran que grandes erupciones contribuyeron a periodos de enfriamiento durante el Holoceno, aunque la intensidad y duración de cada respuesta dependieron del azufre emitido, la latitud y la circulación atmosférica.
Reconocer esos efectos potenciales no significa presentar la catástrofe como próxima. El USGS considera extremadamente pequeña la probabilidad de una erupción gigante en Yellowstone durante los próximos miles de años y no ha identificado suficiente magma eruptible reunido para alimentar un acontecimiento de esa escala.
El término supervolcán puede distorsionar la percepción del riesgo
“Supervolcán” suele emplearse para describir un centro que produjo alguna vez una erupción de magnitud 8 en el Índice de Explosividad Volcánica, con más de 1.000 kilómetros cúbicos de material expulsado. El término describe un acontecimiento pasado, no el comportamiento habitual o inevitable del sistema.
Concentrarse exclusivamente en la posibilidad más extrema puede desviar la atención de amenazas más probables, como explosiones hidrotermales, caída de ceniza, gases, lahares, flujos de lava o deslizamientos. La gestión del riesgo debe atender la actividad característica de cada territorio.
Los autores también cuestionan la tendencia a relacionar erupciones con megatsunamis globales sin considerar la geometría del colapso, el volumen desplazado y la propagación real de las olas. Aunque determinadas erupciones o deslizamientos volcánicos pueden generar tsunamis peligrosos, no todo colapso produce un fenómeno transoceánico.
Pronosticar no es indicar una fecha exacta
La vigilancia moderna puede detectar cambios en un volcán y ayudar a evaluar si su comportamiento se aparta de los niveles habituales. Esa capacidad ha permitido emitir alertas, delimitar zonas peligrosas y organizar evacuaciones antes de numerosas erupciones.
Sin embargo, el pronóstico volcánico no funciona como una predicción exacta. Una señal puede aumentar la probabilidad de varios escenarios sin determinar cuál ocurrirá. Algunos periodos de agitación terminan sin erupción, mientras otros evolucionan con rapidez.
Comunicar la incertidumbre no significa que la ciencia carezca de conocimiento. Significa distinguir entre una observación confirmada, su interpretación más probable y las alternativas que todavía no pueden descartarse. Esa separación permite informar sin minimizar el peligro ni convertir cualquier anomalía en una catástrofe inminente.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Journal of Applied Volcanology
Servicio Geológico de Estados Unidos
