La OMM determinó que el episodio de 2025 fue uno de los menos intensos desde 1992, favorecido por cambios en los vientos y un calentamiento de la estratosfera que frenó la destrucción química del ozono
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Karem Díaz S.
El agujero de la capa de ozono sobre la Antártida registró en 2025 una de sus temporadas menos intensas de las últimas dos décadas. El nuevo Boletín de Ozono y Radiación Ultravioleta de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) determinó que tanto la profundidad como la extensión general del agotamiento fueron significativamente inferiores al promedio del período 1990-2010, en medio de una recuperación de largo plazo impulsada por la reducción internacional de sustancias que destruyen el ozono.
El resultado no se explica únicamente por la disminución progresiva de los compuestos químicos responsables del deterioro. Las condiciones meteorológicas de 2025 también desempeñaron un papel decisivo: grandes ondas atmosféricas elevaron rápidamente la temperatura de la estratosfera antártica durante septiembre y debilitaron las condiciones que favorecen las reacciones químicas capaces de destruir el ozono.
El déficit de ozono cayó más de un 25 % frente al promedio histórico
Uno de los indicadores utilizados para evaluar la intensidad del agujero es el déficit de masa de ozono, que expresa la cantidad de este gas que falta respecto de un nivel de referencia. En 2025, el déficit máximo alcanzó 36,7 millones de toneladas el 29 de septiembre, más de un 25 % por debajo del promedio de 50,1 millones de toneladas registrado entre 1990 y 2010.
La OMM situó el agujero de 2025 entre el cuarto y el quinto menos intenso desde que comenzaron a observarse los patrones severos de agotamiento en 1992. Además, fue el segundo año consecutivo en el que tanto su profundidad como su extensión quedaron claramente por debajo de la media histórica utilizada en la comparación.
La mejora refuerza una tendencia observada durante los últimos años. Investigaciones anteriores ya habían encontrado evidencia estadística de que el agujero de ozono antártico está recuperándose por la reducción mundial de los CFC, aunque la variabilidad atmosférica puede hacer que unas temporadas sean considerablemente mejores o peores que otras.
Temperaturas más altas frenaron la destrucción química
El ciclo de 2025 comenzó de manera relativamente normal a mediados de julio. El agotamiento se aceleró hacia finales de agosto y las mayores tasas de pérdida de ozono aparecieron a comienzos de septiembre, antes de lo habitual. Posteriormente, las condiciones cambiaron de manera significativa.
A mediados de septiembre, ondas atmosféricas de gran escala produjeron aumentos rápidos de temperatura en la parte inferior de la estratosfera antártica. Ese calentamiento dificultó la continuidad de los procesos químicos que destruyen el ozono y contribuyó a que el déficit disminuyera durante el resto de la temporada.
Las temperaturas extremadamente bajas son esenciales para la formación de nubes estratosféricas polares. En sus partículas se desarrollan reacciones que transforman compuestos de cloro en formas químicamente activas. Cuando la luz solar regresa a la Antártida después del invierno austral, esas sustancias pueden desencadenar una destrucción rápida del ozono.
La relación entre química y dinámica atmosférica es fundamental para comprender por qué el tamaño del agujero varía cada año. Un estudio publicado este año mostró que el agotamiento del ozono modificó durante décadas los vientos sobre el océano Austral, demostrando que los cambios en la estratosfera pueden extender sus efectos hacia la circulación atmosférica y oceánica.
El vórtice polar se debilitó antes de lo habitual
Otro factor favorable apareció hacia finales de octubre. El vórtice polar estratosférico, una extensa circulación de aire frío que aísla la atmósfera sobre la Antártida durante el invierno y la primavera austral, se disipó con mayor rapidez que en temporadas anteriores.
Al debilitarse esa circulación, ingresó hacia la región polar aire procedente de latitudes más bajas con mayores concentraciones de ozono. El proceso contribuyó a acelerar la recuperación estacional y a limitar la duración del episodio.
Los vientos antárticos responden a múltiples factores atmosféricos y climáticos. Estudios realizados en la región también han detectado cambios de largo plazo en la velocidad del viento sobre la península antártica, asociados a una combinación de variabilidad natural, circulación atmosférica, gases de efecto invernadero y ozono estratosférico.
La recuperación de largo plazo está vinculada al Protocolo de Montreal
Las condiciones meteorológicas ayudaron a reducir el agujero de 2025, pero la tendencia de fondo está relacionada con la disminución de las sustancias agotadoras del ozono. El Protocolo de Montreal, adoptado en 1987, estableció la eliminación progresiva de compuestos como los clorofluorocarbonos (CFC), utilizados ampliamente durante décadas en refrigeración, aerosoles, espumas y otras aplicaciones industriales.
Cuando los CFC alcanzan la estratosfera, la radiación solar puede descomponerlos y liberar cloro, capaz de participar repetidamente en reacciones que destruyen moléculas de ozono. Debido a la larga permanencia atmosférica de estos compuestos, sus efectos continúan durante décadas después de reducirse las emisiones.
La reconstrucción histórica del problema también ha revelado que la intervención humana comenzó antes de que el agujero antártico fuera descubierto en la década de 1980. Una investigación encabezada por científicos del MIT encontró que las señales del agotamiento del ozono atribuible a actividades humanas podían detectarse desde 1957, inicialmente en la estratosfera tropical.
Desde aproximadamente el año 2000, las observaciones muestran una tendencia de recuperación del ozono estratosférico. La OMM advierte, sin embargo, que serán necesarias varias décadas para regresar plenamente a los niveles anteriores al deterioro causado por las sustancias reguladas.
Las emisiones residuales todavía pueden retrasar la recuperación
El éxito del Protocolo de Montreal no significa que todas las fuentes de sustancias destructoras del ozono hayan desaparecido. Algunas continúan utilizándose como materias primas en determinados procesos industriales y pueden escapar accidentalmente a la atmósfera.
Una investigación publicada en 2026 calculó que, si las fugas asociadas a esas materias primas permanecieran alrededor del 3,6 %, el retorno del ozono antártico a los niveles de 1980 podría retrasarse aproximadamente siete años. El análisis mostró que las emisiones industriales no controladas podrían ralentizar la recuperación de la capa de ozono, pese a los avances alcanzados mediante las restricciones internacionales.
La vigilancia atmosférica sigue siendo por ello un componente esencial del proceso. Las redes de observación permiten comprobar las concentraciones de ozono y detectar emisiones inesperadas de compuestos regulados, además de separar los cambios asociados con la química atmosférica de las fluctuaciones causadas por las condiciones meteorológicas.
La recuperación del ozono también influye en el océano Austral
Las consecuencias de la recuperación pueden extenderse más allá de la propia estratosfera. La pérdida de ozono alteró durante décadas los vientos que rodean la Antártida y modificó procesos de circulación del océano Austral, uno de los principales componentes del sistema climático mundial.
Modelos climáticos indican que, a medida que el agujero se recupere, parte de esas alteraciones atmosféricas podría revertirse. Un estudio dirigido por la Universidad de East Anglia encontró que la recuperación del ozono puede favorecer la capacidad del océano Austral para absorber carbono, aunque el efecto dependerá también de la evolución de las emisiones de gases de efecto invernadero.
La interacción demuestra que el ozono, los vientos, la circulación oceánica y el clima forman parte de un sistema conectado. Una recuperación de la composición química de la estratosfera puede modificar procesos atmosféricos que posteriormente influyen sobre el océano y su intercambio de carbono con la atmósfera.
Más radiación ultravioleta en Europa pese a la recuperación global
El boletín de la OMM también advierte que una capa de ozono en recuperación no implica necesariamente una reducción uniforme de la radiación ultravioleta que alcanza la superficie. Desde mediados de la década de 1990, algunas estaciones europeas han registrado incrementos de hasta un 20 % en la dosis anual de radiación UV.
En este caso, el principal factor no ha sido un nuevo deterioro generalizado del ozono. El análisis atribuye aproximadamente el 80 % del incremento observado a una reducción de la nubosidad y al consiguiente aumento de las horas de sol, mientras que alrededor del 20 % restante se relaciona con la disminución de aerosoles atmosféricos que bloquean parte de la radiación solar.
La diferencia entre ambos fenómenos es relevante: el agujero antártico de 2025 constituye una señal favorable dentro de la recuperación a largo plazo, mientras que la exposición a radiación UV en superficie también depende de nubes, aerosoles y condiciones meteorológicas regionales.
La OMM considera indispensable mantener las observaciones durante las próximas décadas. La historia reciente de la recuperación progresiva de la capa de ozono demuestra que las restricciones internacionales pueden modificar una tendencia ambiental global, pero también que la respuesta de la atmósfera requiere seguimiento continuo debido a la larga vida de los compuestos químicos involucrados y a la variabilidad natural del sistema.
Fuentes referenciales:
Infobae
Organización Meteorológica Mundial




