El calentamiento, las sequías y la degradación del suelo aumentan el riesgo para la salud, la agricultura, el transporte y la generación fotovoltaica
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Santiago Duarte
Australia necesita reforzar su preparación frente a las tormentas de arena y polvo, fenómenos capaces de interrumpir el transporte, erosionar los suelos agrícolas, dañar maquinaria y reducir el rendimiento de los paneles solares. Investigadoras australianas advierten que el calentamiento y las sequías prolongadas pueden favorecer nuevos episodios en un país con extensas regiones áridas y semiáridas.
El análisis fue elaborado por Tegan Clark e Isabelle Finlay y publicado originalmente en The Conversation. El trabajo examina los principales corredores de polvo del territorio australiano, los daños observados durante tormentas anteriores y las medidas necesarias para mejorar el monitoreo, la gestión del suelo y la protección de la infraestructura.
Las tormentas se producen cuando vientos intensos encuentran superficies secas, sueltas y con poca vegetación. La arena, más pesada, suele desplazarse cerca del suelo y recorrer distancias relativamente cortas. Las partículas finas de polvo pueden elevarse hacia capas superiores de la atmósfera y viajar entre regiones, continentes y océanos.
La cuenca del lago Eyre alimenta grandes nubes de polvo
Una de las principales fuentes australianas se encuentra en la cuenca del lago Eyre, una extensa región interior donde alternan inundaciones y periodos de fuerte sequedad. Kati Thanda-Lake Eyre y Mudna-Lake Frome son lagos efímeros: reciben agua de manera intermitente y posteriormente vuelven a secarse.
Las inundaciones depositan nuevos sedimentos en el fondo. Cuando el agua desaparece, el material queda expuesto, se seca y puede ser levantado por los vientos. El proceso transforma las superficies lacustres en fuentes temporales de polvo mineral.
También se originan tormentas en las regiones semiáridas de Australia Meridional y en zonas agrícolas intensivas de Victoria y el oeste de Nueva Gales del Sur. La remoción de vegetación, el pastoreo excesivo y la degradación del suelo pueden aumentar la cantidad de partículas disponibles para ser transportadas.
El polvo australiano sigue dos corredores ampliamente reconocidos: uno desde la cuenca del lago Eyre hacia el sudeste del país y otro desde Australia central hacia Australia Occidental. Evidencias recientes proponen una tercera ruta, menos estudiada, que se extendería desde la misma cuenca hasta el norte de Queensland y otras zonas septentrionales.
Las partículas pueden atravesar océanos y continentes
Las partículas más pequeñas permanecen suspendidas durante periodos prolongados. Se ha identificado polvo procedente de Australia incluso en la Antártida, una demostración de que el fenómeno no termina en la región donde se origina.
Durante el transporte, la composición mineral condiciona la forma en que las partículas absorben o reflejan radiación. Investigaciones apoyadas en observaciones desde la Estación Espacial Internacional han mostrado que los minerales presentes en el polvo modifican su efecto sobre el clima, especialmente cuando contienen óxidos de hierro.
El polvo también puede interactuar con las nubes, depositar nutrientes en ecosistemas terrestres y marinos u oscurecer superficies cubiertas por hielo y nieve. Sus efectos no son uniformes: dependen del tamaño de las partículas, su color, composición, altitud y superficie sobre la cual se depositan.
Carreteras, granjas y reservas de agua quedan expuestas
Una tormenta intensa reduce la visibilidad y puede volver resbaladiza la superficie de las carreteras, elevando el riesgo de colisiones. La operación de aeropuertos también puede verse afectada cuando las partículas limitan la visibilidad o penetran en motores y equipos.
En las explotaciones agrícolas, la arena actúa como un abrasivo sobre maquinaria, bombas y sistemas de riego. Los vientos pueden arrancar cercas, dañar cultivos y retirar la capa superficial del suelo, donde se concentra una parte importante de la materia orgánica y de los nutrientes.
La pérdida de suelo fértil puede prolongarse mucho más que la tormenta. Una parcela erosionada retiene menos agua, queda más expuesta a nuevas ráfagas y puede registrar una disminución de productividad. El polvo también alcanza depósitos, canales y embalses, aumentando las necesidades de limpieza y tratamiento.
Después de la tormenta conocida como “Red Dawn”, que cubrió el este de Australia en septiembre de 2009, los propietarios rurales de Nueva Gales del Sur gastaron aproximadamente 5,1 millones de dólares australianos en reconstruir instalaciones y recuperar sus explotaciones, según las estimaciones citadas por las autoras.
El polvo reduce la producción de los paneles solares
La energía fotovoltaica afronta dos impactos diferentes. Las partículas suspendidas reducen la radiación solar que atraviesa la atmósfera, mientras el material depositado sobre los módulos bloquea parte de la luz que debería llegar hasta las células.
La acumulación sobre las superficies se conoce como ensuciamiento o soiling. Un estudio citado en el análisis australiano calculó que el polvo redujo aproximadamente un 4,5 % la generación mensual de los paneles examinados. La magnitud de la pérdida depende de la cantidad y composición del material, la inclinación de los módulos, la lluvia y la frecuencia de limpieza.
Este riesgo no corresponde únicamente a Australia. El análisis de las tormentas saharianas y su impacto sobre la energía solar europea ha mostrado que las previsiones eléctricas necesitan incorporar el polvo atmosférico y no limitarse a la cobertura de nubes.
La limpieza recupera parte de la producción, pero genera costos, consumo de agua y riesgos de rayado si se realiza con procedimientos inadecuados. En regiones áridas, donde el agua es escasa, la operación de grandes plantas solares necesita equilibrar la pérdida energética con los recursos requeridos para retirar el polvo.
El riesgo sanitario permanece después de perderse la visibilidad
Las partículas microscópicas pueden entrar en el sistema respiratorio y algunas alcanzar el torrente sanguíneo. La exposición agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares, especialmente entre niños, adultos mayores, trabajadores al aire libre y personas con afecciones previas.
El material transportado puede contener hierro, aluminio y otros metales, además de adherir microorganismos y contaminantes procedentes de las zonas atravesadas. Se ha documentado que patógenos vegetales viables pueden desplazarse sobre partículas de polvo, con posibles implicaciones para ecosistemas y agricultura.
Durante una tormenta, las recomendaciones básicas incluyen permanecer en espacios cerrados, sellar puertas y ventanas, reducir la entrada de aire exterior y evitar desplazamientos innecesarios. Las autoridades sanitarias deben vigilar la concentración de partículas y emitir mensajes comprensibles para la población expuesta.
El problema posee una escala internacional. Las tormentas de arena y polvo afectan a unos 330 millones de personas en más de 150 países, de acuerdo con datos presentados por organismos de Naciones Unidas.
Sequía, incendios y polvo pueden coincidir
Australia padeció durante la década de 1940 una sucesión de tormentas severas vinculadas, entre otros factores, al deterioro de las tierras por el pastoreo intensivo. El periodo recibió el nombre de “cuenco de polvo australiano” e impulsó nuevas políticas de conservación del suelo.
Las medidas de manejo territorial redujeron posteriormente la intensidad del problema en el sudeste. Sin embargo, los episodios de polvo aumentan durante sequías prolongadas, cuando desaparece la humedad superficial y la vegetación ofrece menos protección frente al viento.
La tormenta Red Dawn de 2009 y la sequía de 2017 a 2019 mostraron esa relación. El segundo episodio coincidió con los incendios del Verano Negro, creando una emergencia compuesta en la que sequía, polvo, calor y fuego presionaron simultáneamente a comunidades y servicios de respuesta.
Los eventos recientes demuestran que el peligro continúa activo. Sídney quedó nuevamente bajo polvo rojizo durante 2025; trabajadores de una mina afrontaron una tormenta intensa en el desierto de Tanami, y en mayo de 2026 fuertes vientos y polvo causaron daños en Port Pirie, Australia Meridional.
La prevención comienza con la protección del suelo
Las autoras piden ampliar la investigación sobre las fuentes, rutas y efectos económicos del polvo. El monitoreo satelital permite localizar las superficies emisoras, seguir las columnas atmosféricas y estimar qué comunidades, carreteras o instalaciones energéticas pueden quedar expuestas.
La gestión del territorio continúa siendo una medida esencial. Mantener cobertura vegetal, evitar el sobrepastoreo, reducir la erosión agrícola y restaurar suelos degradados disminuye la disponibilidad de partículas. Estas intervenciones deben adaptarse a ecosistemas donde la aridez forma parte del funcionamiento natural.
Los sistemas de alerta también pueden integrar pronósticos de viento, humedad del suelo, visibilidad y concentración de partículas. Para el sector solar, esa información ayuda a anticipar caídas de producción, programar mantenimiento y ajustar la operación de las redes eléctricas.
El cambio climático no actúa como causa única de cada tormenta, pero puede intensificar condiciones que favorecen su formación, como sequías prolongadas, calor y pérdida de humedad. La respuesta requiere combinar reducción de emisiones, conservación del suelo, vigilancia atmosférica, protección sanitaria y diseño de infraestructura preparada para ambientes polvorientos.
Fuentes referenciales:
Phys.org
The Conversation
