Una revisión científica internacional liderada por la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, identifica ecosistemas del Ártico y la Antártida con potencial para almacenar carbono durante largos períodos. Los investigadores advierten que todavía faltan mediciones y normas adecuadas para incorporar estos procesos a las estrategias climáticas.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Karem Díaz S.
Los ecosistemas marinos del Ártico y la Antártida desempeñan funciones importantes en el almacenamiento y transporte de carbono, pero su contribución todavía no está suficientemente representada en las políticas internacionales de protección del clima. Esta es la principal conclusión de una revisión científica publicada el 9 de octubre de 2026 por un equipo internacional coordinado desde la Universidad de Aarhus, en Dinamarca.
El trabajo, publicado en la revista Global Change Biology, examina el estado del conocimiento sobre el denominado carbono azul polar: el carbono que los ecosistemas marinos de altas latitudes capturan, almacenan o transportan mediante procesos biológicos y físicos.
Los investigadores identificaron hábitats con potencial para conservar carbono durante períodos prolongados, pero también importantes vacíos científicos relacionados con su extensión, la cantidad de carbono almacenada y la estabilidad de esos depósitos frente al calentamiento global.
El análisis forma parte del proyecto europeo POMP, siglas de Polar Ocean Mitigation Potential, y plantea que las políticas climáticas deberían prestar mayor atención a los ecosistemas polares sin presentar su capacidad de almacenamiento como una alternativa a la reducción de emisiones.
El carbono azul polar amplía la mirada sobre los ecosistemas marinos
El concepto de carbono azul se utiliza para describir el carbono capturado y almacenado por determinados ecosistemas marinos y costeros. Tradicionalmente, las estrategias de conservación asociadas con este concepto se han concentrado en manglares, marismas saladas y praderas de pastos marinos de regiones tropicales y templadas.
Estos hábitats pueden retirar dióxido de carbono del entorno mediante la fotosíntesis y favorecer su acumulación en la vegetación y los sedimentos.
La revisión dirigida por Nadescha Zwerschke, investigadora del Departamento de Biología de la Universidad de Aarhus, sostiene que los ambientes polares merecen una evaluación más amplia porque también contienen sistemas capaces de participar en el almacenamiento de carbono.
El Ártico y la Antártida representan conjuntamente alrededor de una quinta parte de la superficie oceánica mundial, según la delimitación utilizada por los autores.
Sin embargo, sus ecosistemas presentan características muy diferentes de las regiones costeras que tradicionalmente han servido de referencia para desarrollar políticas de carbono azul.
La presencia estacional o permanente de hielo, las bajas temperaturas, las grandes plataformas continentales y las condiciones particulares de circulación oceánica influyen en el destino del carbono.
Por esta razón, los científicos consideran que las herramientas utilizadas para evaluar manglares o praderas marinas de latitudes inferiores no pueden trasladarse automáticamente a los océanos polares.
Los científicos identifican hábitats con potencial de almacenamiento
La revisión reúne diferentes ambientes y mecanismos que podrían contribuir a conservar carbono en las regiones polares.
Entre ellos figuran las marismas saladas y las praderas de pastos marinos del Ártico, los bosques de grandes algas, el fitoplancton, las algas asociadas al hielo marino, los fiordos, las plataformas continentales y los sedimentos de aguas profundas.
Cada uno participa de manera distinta en el ciclo del carbono.
Las plantas y las algas pueden incorporar carbono mediante la fotosíntesis. Una parte de esa materia orgánica es consumida por otros organismos, mientras que otra puede desplazarse hacia el fondo marino y quedar enterrada en los sedimentos.
Los fiordos y determinadas cuencas sedimentarias pueden actuar como zonas de acumulación de materiales orgánicos transportados desde la superficie oceánica o desde los continentes.
Sin embargo, la existencia de carbono en un ecosistema no significa necesariamente que todo ese material permanezca almacenado durante siglos.
Una parte puede descomponerse y regresar al agua o a la atmósfera mediante procesos biológicos y químicos.
Por ello, los autores distinguen entre la captura inicial de carbono, su transporte y el almacenamiento suficientemente prolongado como para tener relevancia en las evaluaciones climáticas.
El fitoplancton conecta la superficie con el fondo oceánico
Uno de los mecanismos más importantes del ciclo marino del carbono comienza con el fitoplancton, formado por organismos microscópicos capaces de realizar fotosíntesis.
Estos organismos utilizan dióxido de carbono disuelto en el agua y lo transforman en materia orgánica. Posteriormente, parte de ese carbono circula por las redes alimentarias y otra fracción desciende hacia capas más profundas.
Este proceso forma parte de la denominada bomba biológica de carbono.
Su eficiencia depende de numerosos factores, como la disponibilidad de nutrientes, la luz, las corrientes, la temperatura y la actividad de los organismos que consumen o descomponen la materia orgánica.
En las regiones polares, la dinámica del hielo marino puede modificar las condiciones de crecimiento del fitoplancton y la manera en que el material orgánico alcanza el fondo.
Una investigación reciente realizada en el mar de Chukchi, en el Ártico, mostró que determinadas convergencias de corrientes pueden acelerar el transporte de fitoplancton hacia el fondo marino.
Ese estudio identificó un mecanismo físico que puede trasladar materia orgánica a mayor velocidad de la que alcanzaría mediante su hundimiento habitual.
El nuevo análisis internacional amplía esta perspectiva al señalar que los procesos de transporte deben evaluarse junto con la permanencia del carbono en los sedimentos y con las condiciones ecológicas que permiten su acumulación.
Los sedimentos del Ártico pueden conservar carbono durante largos períodos
El fondo marino constituye uno de los componentes menos visibles del ciclo del carbono.
Cuando los restos de organismos y otros materiales orgánicos alcanzan los sedimentos, pueden quedar enterrados y permanecer separados de la circulación superficial durante períodos prolongados.
Sin embargo, los microorganismos también pueden descomponer parte de esa materia y transformarla en dióxido de carbono u otros compuestos.
La proporción que permanece almacenada depende de las características del sedimento, la disponibilidad de oxígeno, la temperatura y otros procesos ambientales.
En el Ártico canadiense, investigadores del Instituto Alfred Wegener y de la Universidad de Bremen estudiaron la conservación de carbono procedente del permafrost en sedimentos costeros.
Los resultados mostraron que una parte considerable del carbono orgánico depositado frente a la isla de Qikiqtaruk permanecía almacenada, mientras que aproximadamente una décima parte era transformada en gases por la actividad microbiana.
Este tipo de investigaciones permite comprender por qué no basta con medir la cantidad de carbono que llega al fondo marino.
También es necesario determinar cuánto permanece allí, durante cuánto tiempo y cómo puede cambiar ese equilibrio cuando se modifican las condiciones ambientales.
El calentamiento puede fortalecer unos depósitos y debilitar otros
Los ecosistemas polares están experimentando transformaciones rápidas relacionadas con el aumento de las temperaturas, la pérdida de hielo y los cambios en la circulación oceánica.
Según Nadescha Zwerschke, algunos hábitats podrían adquirir mayor importancia como depósitos de carbono, mientras que otros podrían debilitarse debido al calentamiento, la erosión y las presiones humanas.
Por ejemplo, la reducción del hielo marino puede modificar la cantidad de luz disponible para organismos fotosintéticos y alterar la duración de sus períodos de crecimiento.
Sin embargo, una mayor producción biológica no garantiza automáticamente un aumento equivalente del carbono almacenado a largo plazo.
Los cambios en las corrientes, la disponibilidad de nutrientes y la descomposición de materia orgánica pueden modificar el resultado.
En algunas regiones, la erosión costera y el deshielo del permafrost también pueden movilizar carbono previamente almacenado en ambientes terrestres.
Una parte de ese material puede quedar retenida en sedimentos marinos, mientras que otra puede descomponerse.
La revisión advierte que estas respuestas no son uniformes y que todavía existen incertidumbres importantes sobre el balance final de carbono de numerosos hábitats polares.
El océano Austral también presenta incertidumbres climáticas
Las aguas que rodean la Antártida desempeñan una función destacada en los intercambios de dióxido de carbono entre la atmósfera y el océano.
Su capacidad para absorber carbono depende de procesos físicos y biogeoquímicos, entre ellos la circulación de aguas profundas, la temperatura superficial y la actividad de los organismos marinos.
Una investigación publicada en septiembre de 2026 mostró, mediante simulaciones climáticas, que el océano Austral podría pasar de absorber carbono a liberarlo bajo determinadas trayectorias de reducción de emisiones.
Los resultados procedían de un modelo y no constituían una predicción inevitable de que ese cambio vaya a producirse.
El trabajo de la Universidad de Aarhus aborda una cuestión complementaria: cómo reconocer el carbono asociado con ecosistemas y hábitats marinos polares dentro de las políticas de conservación y clima.
Ambas investigaciones muestran que el balance del carbono en altas latitudes depende de procesos diferentes que deben analizarse sin confundir el intercambio general de dióxido de carbono entre océano y atmósfera con el almacenamiento de carbono orgánico en hábitats específicos.
Las políticas actuales no reconocen adecuadamente estos sistemas
Los autores señalan que las políticas relacionadas con el carbono azul se han desarrollado principalmente a partir de ecosistemas costeros relativamente bien estudiados.
Los manglares, las marismas y las praderas marinas cuentan con metodologías más consolidadas para estimar reservas de carbono y evaluar determinadas intervenciones de conservación.
En contraste, numerosos hábitats polares carecen todavía de información suficiente para calcular sus reservas y establecer cuánto carbono adicional podría conservarse mediante medidas específicas.
Esta ausencia de datos dificulta su incorporación a inventarios, estrategias de mitigación y mecanismos de financiación climática.
La revisión también identifica problemas de gobernanza. Las regiones polares están sujetas a diferentes acuerdos internacionales, jurisdicciones nacionales y mecanismos de cooperación científica.
Por ello, reconocer la importancia climática de un hábitat no implica que exista automáticamente una autoridad o un instrumento jurídico capaz de garantizar su protección.
Los investigadores consideran necesario desarrollar marcos de gestión que integren la conservación de la biodiversidad con el mantenimiento de las funciones de almacenamiento de carbono.
Por qué los océanos polares todavía no deben utilizarse como compensación de emisiones
Una de las advertencias más importantes del estudio se refiere a los mercados de compensación de carbono.
Estos mecanismos buscan asignar un valor cuantificable a determinadas actividades que reducen emisiones o aumentan la retirada de dióxido de carbono de la atmósfera.
Para que un proyecto de compensación sea científicamente sólido, debe demostrar cuánto carbono se conserva o elimina, qué parte del beneficio es adicional respecto a lo que habría ocurrido sin la intervención y durante cuánto tiempo se mantiene.
En numerosos ecosistemas polares todavía no existen mediciones suficientemente robustas para responder a esas preguntas.
Además, el cambio climático puede modificar la estabilidad de los depósitos y aumentar la incertidumbre sobre su permanencia.
Los autores también señalan dificultades relacionadas con la gobernanza y la atribución de responsabilidades sobre determinados espacios marinos.
Por estas razones, el estudio desaconseja presentar actualmente el carbono azul polar como una solución convencional para compensar emisiones industriales.
La prioridad inmediata, sostienen los investigadores, debe ser proteger los ecosistemas vulnerables y mejorar las bases científicas que permitan adoptar decisiones futuras.
La biodiversidad y el carbono deben protegerse conjuntamente
Los ecosistemas marinos polares albergan comunidades biológicas adaptadas a condiciones ambientales particulares.
Las algas, los organismos bentónicos, el plancton y numerosas especies de peces e invertebrados participan en redes alimentarias que también influyen en el movimiento del carbono.
La protección de estos hábitats puede aportar beneficios ecológicos que van más allá de la cantidad de carbono almacenada.
Los autores consideran que las estrategias de conservación deben reconocer ambas dimensiones: la capacidad de mantener biodiversidad y la función de conservar depósitos naturales de carbono.
Esta aproximación resulta especialmente importante en zonas donde la actividad humana puede alterar el fondo marino o modificar las comunidades biológicas.
Un análisis reciente sobre la integridad del fondo oceánico como componente del sistema terrestre destacó que los sedimentos y las comunidades bentónicas intervienen en el almacenamiento de carbono y el reciclaje de nutrientes.
El estudio también advirtió sobre las perturbaciones que determinadas actividades pueden provocar en el lecho marino.
La revisión sobre carbono azul polar refuerza la necesidad de evaluar esas funciones antes de adoptar decisiones que puedan alterar hábitats todavía insuficientemente estudiados.
Cuatro prioridades para mejorar la protección del carbono polar
El equipo internacional propone cuatro líneas de actuación coordinadas para avanzar en el reconocimiento de estos ecosistemas.
La primera consiste en aumentar la inversión científica destinada a medir las reservas de carbono, los flujos entre hábitats y la duración del almacenamiento.
La segunda plantea proteger de manera preventiva los ambientes que ya se conocen como vulnerables o potencialmente ricos en carbono, incluso cuando todavía existen incertidumbres sobre su contribución exacta.
La tercera recomienda desarrollar estrategias de gestión que consideren simultáneamente el almacenamiento de carbono y la biodiversidad.
La cuarta propone establecer vías políticas y regulatorias más claras para reconocer los depósitos naturales de carbono presentes en los ecosistemas marinos polares.
Estas prioridades no equivalen a una propuesta inmediata de crear nuevos mercados de créditos de carbono.
Los investigadores consideran que primero deben fortalecerse las observaciones, las metodologías de evaluación y los mecanismos de conservación.
La reducción de emisiones sigue siendo la principal prioridad climática
Mikael Sejr, coordinador del proyecto POMP e investigador del Departamento de Ecosciencia de la Universidad de Aarhus, subrayó que el carbono azul polar no debe interpretarse como una alternativa a la reducción de las emisiones de dióxido de carbono.
El investigador señaló que abandonar progresivamente los combustibles fósiles continúa siendo la prioridad fundamental de la acción climática.
La protección de ecosistemas capaces de almacenar carbono puede complementar esa estrategia, pero no reemplazarla.
La distinción resulta esencial porque conservar un depósito natural de carbono no equivale necesariamente a retirar una cantidad adicional de dióxido de carbono atmosférico.
Además, los ecosistemas marinos responden a procesos complejos que pueden cambiar con el tiempo y que todavía no están suficientemente cuantificados en numerosas regiones polares.
El valor de la conservación debe evaluarse teniendo en cuenta esas limitaciones y evitando convertir estimaciones preliminares en promesas de compensación climática.
La ciencia polar necesita mediciones comparables y observaciones prolongadas
La revisión identifica la falta de datos como uno de los principales obstáculos para avanzar.
Las campañas de investigación en el Ártico y la Antártida presentan dificultades logísticas debido al hielo, las condiciones meteorológicas, la distancia respecto a los centros científicos y los elevados costos operativos.
Además, numerosos procesos de almacenamiento de carbono ocurren a profundidades o escalas temporales difíciles de observar mediante campañas breves.
Los investigadores consideran necesario combinar estudios de campo, análisis de sedimentos, mediciones oceanográficas y modelos que permitan representar los procesos de transporte y conservación del carbono.
También será importante establecer metodologías comparables entre regiones, de manera que las estimaciones obtenidas en diferentes hábitats puedan interpretarse de forma coherente.
Las observaciones prolongadas permitirán determinar si determinados depósitos permanecen estables o experimentan cambios asociados con el calentamiento, la pérdida de hielo y las actividades humanas.
La protección no tiene que esperar a resolver todas las incertidumbres
La principal conclusión de los investigadores es que los océanos polares contienen ecosistemas potencialmente importantes para la conservación del carbono, pero el conocimiento disponible todavía resulta insuficiente para incorporarlos de forma generalizada a los mecanismos climáticos actuales.
El trabajo no ofrece una cifra global definitiva sobre cuánto carbono azul almacenan el Ártico y la Antártida ni calcula una cantidad de emisiones que podría compensarse mediante su protección.
Su aportación consiste en identificar los hábitats relevantes, las principales lagunas de información y las decisiones científicas y políticas necesarias para avanzar.
Zwerschke y sus colaboradores sostienen que las incertidumbres no deben utilizarse como motivo para aplazar la protección de los ecosistemas más vulnerables.
En regiones sometidas a cambios ambientales acelerados, conservar los hábitats existentes puede evitar perturbaciones mientras se desarrollan métodos más precisos para evaluar sus funciones climáticas.
La revisión sitúa así el carbono azul polar dentro de una estrategia más amplia que combina investigación, protección de la biodiversidad y reducción de emisiones, sin atribuir a los océanos una capacidad de mitigación que todavía no ha sido demostrada cuantitativamente.
Fuentes referenciales:
Global Change Biology: Status of Polar Blue Carbon: Toward Recognition and Integration in Marine Policy
Universidad de Aarhus: Polar oceans store carbon—but policy is not yet ready to count it




