Un nuevo análisis advierte que la pesca de arrastre ya altera hasta el 2% del lecho oceánico cada año y reclama proteger sus funciones en el almacenamiento de carbono y el reciclaje de nutrientes
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
El fondo de los océanos no constituye únicamente una superficie sobre la que se asientan organismos e infraestructuras. Investigadores del Instituto Leibniz para la Investigación del Mar Báltico de Warnemünde (IOW) y otras instituciones sostienen que su integridad debe entenderse como una parte funcional del sistema terrestre, debido a su participación en el almacenamiento de carbono, los ciclos de nutrientes y el mantenimiento de las redes alimentarias marinas.
El análisis forma parte del Planetary Health Check 2026 e incorpora un capítulo dedicado específicamente a la integridad del fondo marino. Los autores llaman la atención sobre el aumento de las presiones humanas en zonas que durante mucho tiempo permanecieron relativamente protegidas por su profundidad y difícil acceso.
Los océanos cubren aproximadamente dos tercios de la superficie del planeta y tienen una profundidad media cercana a cuatro kilómetros. Sin embargo, la pesca de arrastre de fondo alcanza actualmente profundidades de alrededor de 4.000 metros y puede perturbar hasta el 2% del lecho marino mundial cada año.
El lecho oceánico regula carbono y nutrientes
Arrecifes, bancos de esponjas y mejillones, organismos excavadores y comunidades microbianas convierten el fondo oceánico en un ecosistema dinámico. Estos componentes intervienen en el intercambio de carbono, nitrógeno y fósforo entre los sedimentos y el agua, por lo que una alteración física persistente puede afectar procesos que van mucho más allá del lugar directamente perturbado.
La importancia climática de estos ambientes está relacionada, entre otros mecanismos, con el carbono acumulado en los sedimentos. Investigaciones sobre la interacción entre los sedimentos marinos y la absorción de dióxido de carbono muestran que las reacciones biológicas y minerales que ocurren bajo el agua participan en la capacidad del océano para almacenar carbono.
Los autores del nuevo análisis señalan que las capas sedimentarias de las plataformas continentales almacenan cientos de miles de millones de toneladas de carbono orgánico. Cuando esos sedimentos son removidos repetidamente, parte del carbono puede movilizarse y eventualmente transformarse en dióxido de carbono.
Los modelos globales citados por los investigadores sugieren que la pesca de arrastre podría liberar de los sedimentos más de 100 millones de toneladas de carbono al año. Existe, no obstante, una incertidumbre considerable sobre qué proporción termina finalmente incorporándose a la atmósfera como CO₂ adicional, por lo que los científicos advierten contra interpretaciones simplificadas de esa estimación.
Pesca, minería e infraestructuras aumentan la presión
La pesca de arrastre no es la única actividad capaz de modificar físicamente el lecho oceánico. Una operación de minería de nódulos de manganeso podría afectar directamente más de 200 kilómetros cuadrados de fondo marino, mientras que anclajes, rutas marítimas, cables, tuberías y otras infraestructuras extienden la intervención humana desde las costas hasta profundidades superiores a 6.000 metros.
Los efectos de la extracción de minerales constituyen una preocupación particular debido a la lenta recuperación de muchos ecosistemas abisales. Un estudio sobre el impacto de una prueba de minería en aguas profundas encontró una reducción del 37% en la abundancia de macrofauna dentro de los sedimentos directamente afectados por las huellas de la maquinaria, después de considerar las variaciones naturales.
Otros experimentos han mostrado que las alteraciones pueden mantenerse durante décadas. Los nódulos polimetálicos y los sedimentos profundos proporcionan hábitats a organismos adaptados a condiciones muy específicas, mientras las plumas de material levantadas durante una intervención pueden extender sus efectos más allá de la superficie directamente trabajada.
Los antecedentes sobre la recuperación biológica después de perturbaciones mineras en aguas profundas muestran precisamente la necesidad de considerar escalas temporales largas al evaluar estos ecosistemas, donde algunos procesos de recuperación son mucho más lentos que en ambientes superficiales.
El mar Báltico muestra los efectos de múltiples presiones
El Planetary Health Check utiliza el mar Báltico como ejemplo de lo que puede suceder cuando diferentes presiones humanas y ambientales actúan simultáneamente durante largos períodos. En esta cuenca confluyen calentamiento global, acidificación, eutrofización, agotamiento del oxígeno y alteraciones directas del fondo.
Al considerar conjuntamente la estructura del lecho marino, su biogeoquímica y los ecosistemas bentónicos, los investigadores concluyen que no queda un solo metro cuadrado del fondo del Báltico que pueda considerarse prístino y libre de alteración humana. Algunas modificaciones se han acumulado durante décadas o siglos y pueden ser irreversibles.
La transformación de las comunidades bentónicas también puede producirse mediante procesos biológicos. En el Ártico europeo, por ejemplo, la expansión del cangrejo real rojo ha alterado comunidades del fondo marino, demostrando cómo cambios en los organismos dominantes pueden reorganizar ecosistemas bentónicos a gran escala.
La integridad del fondo marino aún carece de un umbral global
El concepto de integridad del fondo marino contempla la conservación de su estructura física, las comunidades biológicas y las funciones químicas. Pese a su importancia, todavía no se reconoce como un límite planetario adicional y tampoco existe un indicador global establecido ni un valor umbral científicamente consolidado que permita determinar cuándo la alteración alcanza niveles críticos para el sistema terrestre.
Los investigadores consideran necesario mejorar las observaciones sobre intensidad de las perturbaciones, sensibilidad de los ecosistemas y velocidad de recuperación. Esos datos permitirían desarrollar parámetros más robustos y distinguir las áreas que requieren una protección especialmente estricta.
La biodiversidad bentónica puede responder de maneras muy diferentes según el tipo de presión. Incluso contaminantes que no provocan inmediatamente daños visibles pueden modificar procesos fisiológicos, como han mostrado investigaciones sobre los efectos prolongados de los microplásticos en gorgonias mediterráneas, organismos que contribuyen a estructurar hábitats del fondo marino.
La protección exige evaluar los impactos acumulativos
Los autores proponen que la planificación espacial marina y las evaluaciones ambientales no se concentren exclusivamente en especies y hábitats visibles. También deberían considerar funciones ecológicas como el secuestro de carbono y los ciclos de nutrientes, prestando especial atención a los sedimentos ricos en carbono y a los ecosistemas profundos con tiempos de regeneración muy prolongados.
La regulación representa otro desafío porque pesca, navegación, minería y conservación de la biodiversidad suelen gestionarse mediante marcos jurídicos diferentes, aunque sus impactos puedan acumularse sobre un mismo territorio submarino.
El Acuerdo de las Naciones Unidas sobre la Conservación y el Uso Sostenible de la Diversidad Biológica Marina de las Zonas situadas fuera de la Jurisdicción Nacional, conocido como acuerdo BBNJ, entró en vigor en enero de 2026. Entre sus instrumentos se encuentran las áreas marinas protegidas y mayores exigencias para las evaluaciones de impacto ambiental. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, por su parte, mantiene la responsabilidad sobre la regulación de los recursos minerales en las áreas internacionales del lecho oceánico.
El debate sobre los riesgos ecológicos y económicos de la minería de los fondos marinos refleja la dificultad de regular actividades capaces de producir efectos persistentes en ecosistemas que todavía son insuficientemente conocidos.
La investigación plantea que el siguiente paso será desarrollar métodos comparables para medir la integridad del fondo marino a escala global. Comprender qué zonas almacenan grandes cantidades de carbono, cuáles sostienen funciones biogeoquímicas esenciales y cuáles presentan menor capacidad de recuperación permitiría orientar la protección hacia los sectores más sensibles antes de que las perturbaciones sean difíciles o imposibles de revertir.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Planetary Health Check 2026




