La cuenca llegó al pico climatológico de la temporada sin formar huracanes, una anomalía asociada a El Niño, la fuerte cizalladura vertical y otras condiciones atmosféricas desfavorables
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
El Atlántico Norte atraviesa en 2026 una temporada ciclónica excepcionalmente tranquila. Durante la primera mitad de septiembre, cuando estadísticamente se concentra una parte importante de la actividad anual, ninguna de las tormentas tropicales formadas había conseguido alcanzar intensidad de huracán. La ausencia de huracanes hasta ese momento no se observaba tan avanzada la temporada desde 1941.
La anomalía resulta especialmente significativa porque el máximo climatológico de actividad en el Atlántico se sitúa alrededor del 10 de septiembre. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC) señala que la mayor parte de los ciclones de esta cuenca se desarrolla entre mediados de agosto y mediados de octubre, precisamente el período que en 2026 ha transcurrido bajo condiciones atmosféricas poco favorables para la organización de tormentas intensas.
El Niño está aumentando la cizalladura sobre el Atlántico
Uno de los principales factores detrás de esta baja actividad es El Niño. El calentamiento del Pacífico ecuatorial modifica la circulación atmosférica a gran escala y suele incrementar la cizalladura vertical del viento sobre partes del Atlántico tropical. En Noticias de la Tierra ya se había analizado cómo El Niño estaba reduciendo la actividad prevista de huracanes en el Atlántico durante 2026.
La cizalladura aparece cuando la velocidad o la dirección del viento cambia considerablemente con la altura. Para un ciclón tropical, una atmósfera con poca cizalladura favorece que la circulación permanezca organizada verticalmente. Cuando esos vientos son intensos, pueden desplazar las tormentas eléctricas respecto del centro de circulación e impedir que el sistema consolide un núcleo estable.
Este mecanismo explica por qué disponer de agua cálida no garantiza por sí solo la formación de huracanes. Los ciclones también necesitan abundante humedad, una perturbación inicial suficientemente organizada y una estructura atmosférica que permita mantener alineada su circulación desde los niveles bajos hasta las capas superiores.
Investigaciones sobre la intensificación de estos sistemas han mostrado precisamente que la alineación vertical de la circulación es una de las señales que preceden al fortalecimiento de los ciclones tropicales. Una cizalladura persistente dificulta esa organización y puede mantener una perturbación débil incluso sobre aguas capaces de suministrarle energía.
El Atlántico combina varios factores desfavorables
La situación de 2026 no responde a una única variable. La NOAA había identificado desde agosto una combinación de condiciones que favorecía una temporada por debajo de lo normal. Además del fortalecimiento de El Niño, el organismo observó vientos alisios más intensos en partes de la principal región de desarrollo ciclónico y una configuración del monzón de África occidental que no resultaba especialmente favorable para generar tormentas.
La agencia estadounidense actualizó el 6 de agosto su previsión y asignó una probabilidad del 75 % a que la temporada terminara por debajo de lo normal. El rango previsto pasó a ser de entre 7 y 13 tormentas con nombre, entre 2 y 6 huracanes y entre cero y dos huracanes mayores.
Las condiciones oceánicas también han contribuido al escenario. Durante el verano se observó simultáneamente el fortalecimiento de El Niño en el Pacífico y un Atlántico tropical relativamente menos favorable que en temporadas recientes. La combinación fue examinada en un análisis sobre cómo El Niño y el enfriamiento relativo del Atlántico podían frenar los huracanes de 2026.
La temperatura superficial del mar es importante porque los ciclones obtienen energía del océano mediante la transferencia de calor y humedad hacia la atmósfera. Sin embargo, la formación depende de que esa energía pueda organizarse dentro de una circulación cerrada y persistente, algo que los fuertes vientos en altura pueden impedir.
El pico climatológico llegó sin ningún huracán
La excepcionalidad de 2026 se hizo particularmente visible al llegar septiembre. Según la climatología del NHC, el 10 de septiembre representa aproximadamente el máximo estadístico de la temporada atlántica, aunque los ciclones pueden formarse en cualquier momento durante el período oficial comprendido entre el 1 de junio y el 30 de noviembre.
Hasta mediados de septiembre se habían registrado cinco tormentas con nombre, pero ninguna había alcanzado la categoría de huracán. La situación superó el récord de la era moderna de observación satelital para la fecha más tardía sin que apareciera el primer huracán de una temporada atlántica.
El precedente histórico comparable se remonta a 1941. La comparación, sin embargo, debe interpretarse teniendo en cuenta las diferencias en la capacidad de observación. Antes de la vigilancia sistemática mediante satélites, algunos ciclones que permanecían sobre mar abierto podían pasar inadvertidos, por lo que los registros más antiguos presentan mayores incertidumbres que los actuales.
El Pacífico muestra el comportamiento opuesto
La escasa actividad atlántica contrasta con lo ocurrido durante 2026 en el Pacífico. El Niño tiende a modificar de forma opuesta las condiciones de ambas cuencas: mientras puede incrementar la cizalladura que limita los huracanes atlánticos, favorece determinados patrones atmosféricos y oceánicos asociados con una mayor actividad en el Pacífico.
A comienzos de septiembre, por ejemplo, varios ciclones coincidieron simultáneamente sobre el Pacífico. Noticias de la Tierra documentó cómo tres sistemas tropicales avanzaban por esa cuenca bajo la influencia de un potente El Niño, en marcado contraste con la calma que dominaba el Atlántico.
La diferencia entre ambas cuencas permite observar el alcance global del fenómeno ENSO. El Niño no actúa simplemente calentando una zona del Pacífico: reorganiza patrones de presión, convección y circulación atmosférica capaces de modificar las condiciones meteorológicas a miles de kilómetros de distancia.
Los satélites siguen vigilando una temporada atípica
La ausencia de huracanes durante el período climatológicamente más activo no reduce la importancia de la vigilancia. Satélites, boyas, modelos numéricos, radares y aeronaves especializadas permiten seguir continuamente las perturbaciones y evaluar si encuentran condiciones favorables para organizarse.
En 2026, esa capacidad de observación cuenta además con nuevas herramientas. Los satélites Sentinel-6B y Sentinel-6 Michael Freilich están realizando mediciones coordinadas de la altura del océano, información utilizada para estimar el contenido de calor disponible bajo la superficie. El funcionamiento de estos satélites para mejorar la vigilancia de huracanes durante El Niño resulta especialmente útil para detectar zonas donde un ciclón podría encontrar suficiente energía para intensificarse.
La energía acumulada de los ciclones, conocida como ACE por sus siglas en inglés, es otro indicador empleado para valorar la temporada. A diferencia del simple recuento de tormentas, el ACE incorpora tanto la intensidad como la duración de los sistemas, de manera que una temporada con pocas tormentas duraderas puede producir valores diferentes a otra con numerosos ciclones débiles y breves.
Una temporada tranquila no elimina el riesgo de un ciclón tardío
La NOAA insiste en que los pronósticos estacionales describen la actividad general de una cuenca y no permiten determinar con meses de anticipación dónde se producirá un impacto. Las trayectorias dependen de patrones atmosféricos que solo pueden pronosticarse con suficiente precisión cuando un ciclón ya existe y se aproxima a una región.
El fortalecimiento de El Niño tampoco significa que la formación de huracanes sea imposible. Las condiciones pueden variar durante días o semanas y abrir temporalmente ventanas con menor cizalladura, mayor humedad y temperaturas oceánicas favorables. La relación entre ambos fenómenos es probabilística, no absoluta.
Ese comportamiento ya había llevado a los meteorólogos a subrayar que una temporada atlántica menos activa no elimina el peligro de un huracán destructivo. Un solo sistema que atraviese una zona densamente poblada puede causar impactos graves aunque el balance final de toda la temporada resulte inferior al promedio.
La temporada oficial continúa hasta el 30 de noviembre y el Caribe puede mantener aguas suficientemente cálidas durante el otoño boreal. Por esa razón, la excepcional calma registrada durante el pico de septiembre describe el comportamiento observado hasta ese momento, pero no permite descartar la aparición de ciclones durante las semanas restantes.
Fuentes referenciales:
La Voz de Galicia
NOAA Climate Prediction Center
National Hurricane Center




