La mayor frecuencia y persistencia de sistemas de alta presión ha reducido las lluvias y acelerado el secado de los suelos europeos desde la década de 1980
Redactor: Luis Ortega
Editor: Javier Morales O.
Los cambios en la circulación atmosférica explican alrededor del 55 % de la tendencia observada hacia veranos más secos en Europa, de acuerdo con una investigación dirigida por científicos de la Universidad de Leipzig. El estudio identifica el aumento de los sistemas persistentes de alta presión como una causa decisiva del descenso de la humedad del suelo y de la reducción de las precipitaciones estivales.
El trabajo, publicado en Nature Geoscience, analizó la evolución de la humedad del suelo europeo entre 1980 y 2024. Los investigadores separaron los efectos directos del calentamiento global de aquellos relacionados con cambios en los patrones de circulación que determinan la llegada de condiciones húmedas o secas al continente.
Los resultados muestran que los sistemas de alta presión se han vuelto más frecuentes y duraderos durante el verano, mientras que las bajas presiones capaces de transportar lluvia aparecen con menor frecuencia. Esta reorganización atmosférica favorece cielos despejados, temperaturas elevadas, menos precipitaciones y una pérdida más rápida de agua almacenada en los suelos.
El patrón coincide con el aumento de las olas de calor más intensas y frecuentes en Europa, donde los episodios extremos abarcan superficies mayores y comienzan a registrarse fuera del período tradicionalmente más cálido del verano.
El calentamiento y la circulación actúan de manera conjunta
El secado de los suelos europeos responde a dos mecanismos principales. El primero es termodinámico: el aumento de las concentraciones de dióxido de carbono modifica el balance energético del planeta, eleva las temperaturas y aumenta la evaporación desde la superficie terrestre.
El segundo mecanismo es dinámico y depende de la circulación atmosférica. La posición, frecuencia y duración de los sistemas de alta y baja presión determinan si una región recibe lluvias o permanece bajo condiciones estables, secas y cálidas durante días o semanas.
El equipo de Leipzig cuantificó por separado estas contribuciones e incorporó los cambios atmosféricos observados a un modelo climático. Este procedimiento permitió establecer una relación causal entre la reorganización de los patrones meteorológicos y la tendencia hacia una mayor sequedad estival.
Hasta ahora, los estudios basados en observaciones habían identificado que los cambios de circulación y las sequías ocurrían simultáneamente, pero no habían conseguido determinar cuánto contribuía cada mecanismo al descenso de la humedad del suelo.
Los anticiclones estivales son más frecuentes y persistentes
Los sistemas de alta presión generan movimientos descendentes del aire que dificultan la formación de nubes y precipitaciones. Cuando permanecen estacionarios durante períodos prolongados, pueden bloquear el avance de frentes lluviosos y mantener regiones extensas bajo calor y sequedad.
Europa ha experimentado en los últimos años varios episodios de este tipo. Un domo de calor asociado con altas presiones persistentes elevó las temperaturas en Europa occidental al atrapar aire cálido procedente del norte de África.
El estudio determinó que estas configuraciones atmosféricas estivales se han vuelto más comunes desde la década de 1980. Al mismo tiempo, los sistemas de baja presión que suelen transportar nubes y lluvias hacia el continente han disminuido.
La combinación reduce la cantidad total de lluvia y prolonga los períodos durante los cuales el suelo pierde humedad sin recibir aportes suficientes para recuperarla.
La influencia climática varía de un verano a otro
István Dunkl, investigador del Instituto de Meteorología de la Universidad de Leipzig y autor principal del trabajo, explicó que el efecto del cambio climático sobre la humedad del suelo no es idéntico todos los años.
Durante los veranos con pocas precipitaciones, el calentamiento ejerce un efecto de secado especialmente intenso. Las temperaturas elevadas aumentan la evaporación y agravan un déficit de agua que ya había comenzado por la escasez de lluvias.
En los años más húmedos, parte del secado puede quedar compensado por episodios de precipitación intensa. Aunque la lluvia total tiende a disminuir, los eventos extremos pueden aportar una fracción considerable del agua acumulada durante determinadas temporadas.
Esta diferencia anual complica la interpretación de la tendencia. Un verano lluvioso puede aliviar temporalmente la sequía superficial, pero no elimina el proceso de fondo asociado con el calentamiento y la mayor persistencia de los anticiclones.
Los modelos aún no reproducen plenamente el cambio observado
Una de las principales dificultades científicas es que los modelos climáticos no han conseguido reproducir adecuadamente los cambios observados en la circulación atmosférica europea. Esta limitación introduce incertidumbre en las proyecciones de sequía para las próximas décadas.
Los mecanismos directos del calentamiento global son relativamente bien conocidos: una atmósfera más cálida incrementa la demanda evaporativa y acelera la pérdida de humedad del suelo. Sin embargo, existe menos certeza sobre las causas exactas de la mayor frecuencia de sistemas de alta presión sobre Europa.
Los investigadores todavía no pueden determinar cuánto de esa reorganización responde al cambio climático causado por las actividades humanas y cuánto pertenece a la variabilidad natural del sistema climático.
Esta diferencia será decisiva para establecer si la sequía europea continuará intensificándose de forma sostenida o si podría experimentar períodos temporales de estabilización o alivio.
La Península Ibérica muestra la influencia de las altas presiones
La relación entre sistemas anticiclónicos persistentes y déficit de lluvias también se ha observado en el Mediterráneo occidental. Una investigación anterior concluyó que la sequía en España y Portugal no tenía precedentes en 1.200 años y la vinculó con la expansión del sistema de alta presión de las Azores.
Ese anticiclón regula buena parte de las lluvias que llegan a Europa occidental. Su expansión favorece el descenso de aire seco y limita la entrada de sistemas lluviosos hacia Portugal, España y otras zonas mediterráneas.
El nuevo estudio amplía esta perspectiva al conjunto del continente europeo y demuestra que las transformaciones de la circulación no constituyen un factor secundario, sino que explican más de la mitad de la tendencia de secado observada durante los veranos.
Las diferencias regionales siguen siendo importantes. Las zonas mediterráneas suelen registrar daños superiores por su clima naturalmente más seco y su mayor exposición a períodos prolongados sin precipitaciones.
El descenso de la humedad afecta agua, cultivos y energía
El aumento de la sequedad del suelo tiene consecuencias directas sobre la agricultura. Los cultivos disponen de menos agua durante las etapas de crecimiento y pueden sufrir pérdidas de rendimiento cuando las lluvias no compensan la evaporación provocada por las temperaturas elevadas.
La reducción de la humedad también afecta la disponibilidad de agua superficial y subterránea. Los suelos secos absorben y almacenan menos agua para sostener caudales, recargar acuíferos y mantener los ecosistemas durante períodos sin lluvia.
Los datos satelitales ya habían revelado una pérdida persistente de agua en Europa, incluida una disminución de las reservas subterráneas registrada durante varios años consecutivos.
El sector energético también resulta vulnerable. La menor disponibilidad de agua puede limitar la generación hidroeléctrica, dificultar la refrigeración de centrales y aumentar simultáneamente la demanda eléctrica asociada con los episodios de calor.
Las sequías causan pérdidas anuales de 9.000 millones de euros
Las sequías generan pérdidas económicas medias cercanas a los 9.000 millones de euros al año en Europa. Los daños son considerablemente mayores en la región mediterránea, donde el déficit de agua se combina con temperaturas más altas y una elevada exposición agrícola.
Estas pérdidas incluyen reducciones en los rendimientos de cultivos, restricciones al abastecimiento, disminución de la generación energética y daños sobre bosques, ríos y otros ecosistemas.
Los períodos secos también aumentan la vulnerabilidad ante los incendios forestales. La vegetación pierde humedad, los combustibles naturales se secan y las llamas pueden propagarse con mayor rapidez cuando coinciden altas temperaturas y viento.
Los meteorólogos de la Universidad de Leipzig trabajan actualmente en tres investigaciones sobre la relación entre cambio climático y riesgo de incendios, incluidos los fuegos registrados en España y Portugal durante el verano de 2025.
La incertidumbre no reduce la necesidad de adaptación
El equipo considera que las proyecciones futuras deberán representar conjuntamente los procesos termodinámicos y dinámicos. Analizar únicamente el aumento de temperatura dejaría fuera el papel decisivo de los cambios en la circulación atmosférica.
El marco desarrollado permite evaluar qué modelos reproducen mejor las tendencias observadas, estimar los márgenes de incertidumbre y diseñar estrategias de adaptación que funcionen bajo distintos escenarios de sequía.
Estas medidas pueden incluir una gestión más eficiente del agua, la recuperación de suelos, la adaptación de los sistemas agrícolas, la protección de los ecosistemas y la preparación de las redes energéticas para veranos más cálidos y secos.
Los investigadores también estudiarán cómo distintas dimensiones de la biodiversidad pueden amortiguar los efectos del calor y la sequía. La capacidad de los ecosistemas para retener agua, mantener cobertura vegetal y moderar temperaturas podría influir en la intensidad local de los impactos.
El hallazgo central establece que la sequía estival europea no puede atribuirse exclusivamente al aumento directo de las temperaturas. La reorganización de los sistemas de presión explica alrededor del 55 % de la tendencia observada desde la década de 1980 y constituye una fuente clave de incertidumbre para anticipar el futuro hídrico del continente.
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