El hallazgo en el valle del río Upano transformó la visión sobre las antiguas sociedades amazónicas y reveló una de las primeras grandes redes urbanas de la región
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Eduardo Schmitz
Durante cerca de dos milenios, el valle del río Upano, en la Amazonía ecuatoriana, conservó bajo la vegetación una de las mayores redes urbanas precolombinas descubiertas en la región. La selva cubrió calles, plataformas, plazas y caminos hasta convertir aquel paisaje transformado por sociedades antiguas en una superficie aparentemente intacta.
El descubrimiento cambió la forma de interpretar la historia amazónica. Durante décadas se sostuvo que la densidad del bosque, las lluvias constantes y la baja fertilidad de muchos suelos impedían el desarrollo de grandes poblaciones permanentes. El caso del Upano mostró que la Amazonía antigua también fue escenario de planificación urbana, agricultura organizada y modificación sostenida del paisaje.
Un mapa invisible bajo la selva
La clave del hallazgo fue el uso de LiDAR, una tecnología de teledetección que utiliza millones de pulsos láser para reconstruir el relieve del terreno bajo la vegetación. Desde el aire, donde solo se veía bosque, aparecieron líneas rectas, plataformas geométricas y caminos que conectaban asentamientos separados por kilómetros.
La investigación, liderada por el arqueólogo francés Stéphen Rostain y publicada en la revista Science, reveló que no se trataba de aldeas aisladas, sino de un paisaje urbano planificado siglos antes de la llegada europea. Las imágenes identificaron cerca de 6.000 plataformas artificiales distribuidas en al menos quince asentamientos principales, cinco de ellos de mayores dimensiones.
Entre esos núcleos se extendía una red de caminos rectilíneos que, en algunos casos, recorría más de veinte kilómetros sin desviarse de forma significativa. La precisión de esas vías sorprendió a los especialistas porque atravesaban quebradas y elevaciones sin seguir necesariamente el recorrido natural del terreno.
Una ciudad construida con tierra, agua y ceniza
El valle del Upano se encuentra en las estribaciones orientales de los Andes ecuatorianos, en la actual provincia de Morona Santiago, bajo la influencia del volcán Sangay, uno de los más activos del planeta. Durante siglos, sus erupciones cubrieron el territorio con cenizas.
Lejos de representar solo destrucción, esos depósitos volcánicos enriquecieron los suelos y favorecieron una agricultura capaz de sostener comunidades numerosas. Los arqueólogos consideran que los primeros asentamientos comenzaron a desarrollarse alrededor del año 500 antes de Cristo y crecieron hasta formar una compleja red de centros habitados.
Sobre las plataformas se levantaban viviendas, edificios comunales y espacios ceremoniales. Las excavaciones permitieron encontrar fogones, cerámicas, herramientas de piedra y semillas carbonizadas. También aparecieron recipientes con residuos de bebidas fermentadas elaboradas a partir de maíz.
La Amazonía no era un vacío
Los investigadores describen el modelo del Upano como un “urbanismo de jardines”. Las áreas residenciales y los espacios agrícolas no estaban separados, sino integrados en un mismo paisaje. Los habitantes sembraban principalmente maíz, yuca y camote, mientras aprovechaban recursos del bosque y de los ríos cercanos.
El agua también formó parte de la planificación territorial. Diversas excavaciones identificaron canales y sistemas de drenaje destinados a controlar el exceso de humedad propio de un clima tropical. Esa organización muestra que sus habitantes no se limitaron a adaptarse al entorno, sino que modificaron el paisaje para hacerlo más productivo.
La escala de la intervención recuerda que las selvas tropicales no son espacios estáticos ni ajenos a la historia humana. En distintas regiones amazónicas, las investigaciones recientes han reforzado la idea de que los bosques actuales conservan señales de ocupación, manejo agrícola y transformación ambiental acumulada durante siglos.
Población, abandono y conservación
Las estimaciones sobre la población varían entre especialistas. El equipo que publicó el estudio en Science calcula que entre 15.000 y 30.000 personas pudieron habitar el sistema urbano en su momento de mayor desarrollo. Otros investigadores consideran que, si se toma en cuenta toda la red regional de asentamientos relacionados, la cifra pudo haber sido mayor.
Aunque todavía se desconoce cómo se organizaba políticamente esta sociedad, el mantenimiento de miles de plataformas, caminos elevados y espacios públicos durante generaciones sugiere formas complejas de cooperación, autoridad y coordinación territorial.
En algún momento entre los siglos IV y VI de nuestra era, los asentamientos comenzaron a ser abandonados. Una de las hipótesis apunta al incremento de la actividad del volcán Sangay, cuyas erupciones pudieron alterar las condiciones de vida en el valle. También es posible que factores sociales y ambientales actuaran de manera simultánea.
Con el abandono, las construcciones dejaron de mantenerse, los caminos desaparecieron bajo sedimentos y la vegetación volvió a ocupar el espacio transformado. Esa misma cobertura vegetal permitió conservar muchas estructuras con una integridad extraordinaria, en una región donde la selva amazónica sigue siendo clave para comprender las relaciones entre clima, biodiversidad, territorio e historia humana.
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