El calentamiento del Pacífico central y oriental favorece lluvias superiores a lo normal en el sudeste del continente, mientras aumenta el riesgo de sequedad en el noroeste
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
El rápido calentamiento del océano Pacífico ecuatorial está consolidando un episodio fuerte de El Niño con capacidad para reorganizar las lluvias, las temperaturas y las rutas de las tormentas durante los próximos meses. La señal mantiene bajo vigilancia a Sudamérica, donde los efectos esperados serán diferentes según cada territorio.
La región Niño 3.4, utilizada para seguir la evolución del fenómeno en el Pacífico central, registró una anomalía térmica cercana a 1,8 °C por encima del promedio, según los datos citados por especialistas. En algunas áreas de la masa de agua cálida del Pacífico central y oriental se han reportado diferencias de hasta 2,6 °C.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que se desarrolla un El Niño fuerte y que continuará intensificándose durante el trimestre agosto-octubre de 2026. Sus modelos estacionales anticipan temperaturas superiores a lo habitual en buena parte del planeta y una redistribución marcada de las precipitaciones.
“Súper El Niño” no es una categoría meteorológica oficial
La magnitud del calentamiento ha extendido el uso de la expresión “súper El Niño”, pero este término no forma parte del sistema operativo de clasificación de la OMM. El organismo internacional divide estos episodios en débiles, moderados, fuertes o muy fuertes.
Por esa razón, los registros actuales permiten confirmar un fenómeno fuerte en intensificación, pero no describir oficialmente un “súper El Niño”. La intensidad definitiva dependerá de la persistencia del calentamiento, la respuesta de la atmósfera y la evolución del sistema durante los meses en que habitualmente alcanza su punto máximo.
En junio de 2026, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estimó una probabilidad del 63 % de que las temperaturas superficiales superaran los 2 °C sobre el promedio en la región monitoreada durante el periodo noviembre-enero. Ese valor correspondería a un episodio muy fuerte si se mantiene durante el intervalo requerido.
Las señales actuales confirman la intensificación que ya mostraban las ondas de agua cálida que atravesaron el Pacífico durante los primeros meses del año. La observación satelital permitió seguir su desplazamiento hacia las costas de Sudamérica antes de que se consolidara el acoplamiento entre océano y atmósfera.
El sudeste de Sudamérica afronta más probabilidad de lluvias
La perspectiva de la OMM para agosto-octubre muestra condiciones más húmedas de lo normal en el sudeste de Sudamérica. Esa señal comprende territorios donde un aumento de las precipitaciones puede elevar la amenaza de tormentas, crecidas, inundaciones repentinas y deslizamientos.
Argentina se encuentra entre los países que deberán seguir la evolución del fenómeno, especialmente en el noreste, el litoral y la región pampeana. Sin embargo, una perspectiva estacional no permite afirmar que una ciudad concreta sufrirá una inundación ni atribuir automáticamente cada tormenta a El Niño.
El noroeste de Sudamérica presenta una señal diferente. Para esa zona, la OMM proyecta una mayor probabilidad de precipitaciones inferiores al promedio, lo que podría presionar el abastecimiento de agua, la vegetación, los cultivos y la generación hidroeléctrica si el déficit se mantiene.
Esta distribución desigual coincide con el análisis sobre los riesgos regionales del fortalecimiento de El Niño: algunas áreas pueden recibir lluvias excesivas mientras otras experimentan sequedad, calor y condiciones más propicias para incendios.
El calentamiento del Pacífico altera la circulación atmosférica
El Niño se forma cuando la superficie del Pacífico ecuatorial central y oriental permanece más cálida de lo normal y ese cambio se combina con una respuesta sostenida de la atmósfera. Los vientos alisios se debilitan, las zonas de formación de nubes y tormentas se desplazan y la circulación tropical modifica su comportamiento.
Estas alteraciones pueden propagarse mucho más allá del océano donde comienza el fenómeno. Los cambios alcanzan las corrientes en chorro y las rutas de las tormentas, modificando la probabilidad de lluvia, sequía, calor o frío en regiones separadas por miles de kilómetros.
Los impactos no dependen únicamente de la anomalía térmica del Pacífico. También intervienen la estación del año, la duración del episodio, las condiciones del Atlántico, los patrones atmosféricos regionales y otros sistemas oceánicos, como el dipolo del océano Índico.
La OMM prevé que un dipolo positivo del Índico se desarrolle junto con El Niño. La coincidencia de ambos patrones puede amplificar algunos riesgos regionales, especialmente las sequías, inundaciones e incendios alrededor de la cuenca del Índico, aunque sus efectos tampoco serán uniformes.
El fenómeno se superpone al calentamiento global
El Niño es un patrón natural y recurrente, pero en 2026 se desarrolla sobre océanos excepcionalmente cálidos y una atmósfera calentada por la acumulación de gases de efecto invernadero. Esa combinación eleva la base térmica desde la cual comienzan los episodios extremos.
El fenómeno redistribuye hacia la atmósfera parte del calor almacenado en el Pacífico y puede impulsar temporalmente la temperatura media global. La mayor influencia sobre los registros mundiales suele aparecer varios meses después del comienzo del episodio, por lo que el efecto podría prolongarse durante 2027.
El análisis de la relación entre El Niño y la temperatura global muestra que episodios intensos anteriores contribuyeron a récords de calor, pero no explican la tendencia sostenida observada durante las últimas décadas. El calentamiento provocado por las actividades humanas sigue siendo el factor de fondo.
La presencia de El Niño tampoco permite atribuirle fenómenos aislados sin un análisis específico. Nevadas, olas de frío, lluvias torrenciales o sequías pueden estar influidas por numerosos patrones atmosféricos; determinar la contribución de cada factor requiere estudios meteorológicos y climáticos posteriores.
Los pronósticos permiten anticipar riesgos territoriales
Los servicios meteorológicos pueden utilizar las perspectivas estacionales para revisar embalses, drenajes, sistemas de alerta y protocolos de evacuación. En las áreas con señal húmeda, la prioridad incluye vigilar cuencas, laderas inestables y zonas urbanas propensas a anegamientos.
En los territorios con probabilidad de déficit de lluvia, las medidas deben concentrarse en las reservas de agua, el riesgo de incendios, la planificación agrícola y la protección de ecosistemas sensibles. Las decisiones locales necesitan combinar el pronóstico global con información actualizada sobre suelos, ríos y condiciones atmosféricas regionales.
Los precedentes históricos ofrecen orientación, pero no constituyen una réplica exacta de lo que ocurrirá en 2026. Los episodios de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016 produjeron impactos importantes en varios continentes, aunque cada uno presentó diferencias en intensidad, duración y distribución geográfica.
La posibilidad de un episodio muy intenso ya había sido examinada en las primeras proyecciones sobre El Niño en 2026. La confirmación de un fenómeno fuerte refuerza ahora la necesidad de preparar respuestas, sin presentar como certezas locales los escenarios que todavía se expresan en términos de probabilidad.
Fuentes referenciales:
Infobae
Organización Meteorológica Mundial
Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos
