Un análisis de 1980 a 2025 detectó menos días con episodios de frío y temperaturas extremas menos severas, aunque estos fenómenos todavía pueden producirse por alteraciones de la circulación atmosférica
Redactor: Luis Ortega
Editor: Eduardo Schmitz
Las olas de frío invernales se han vuelto menos frecuentes e intensas en gran parte del hemisferio norte durante las últimas décadas, según una investigación encabezada por científicos de la Universidad de Leeds, en Reino Unido. El estudio examinó la evolución de estos episodios entre 1980 y 2025 y encontró que el calentamiento de las temperaturas medias explica una parte fundamental de la tendencia.
El trabajo, publicado en Geophysical Research Letters, analizó episodios prolongados de temperaturas extremadamente bajas ocurridos entre noviembre y marzo. Los investigadores no concluyen que las irrupciones de aire frío hayan desaparecido: fenómenos capaces de producir nieve, heladas y temperaturas muy bajas continúan siendo posibles, pero el registro muestra que, en promedio, son menos frecuentes y menos intensos que hace varias décadas.
Uno de los ejemplos más conocidos ocurrió entre febrero y marzo de 2018, cuando el llamado “Beast from the East” llevó aire continental muy frío sobre Reino Unido y otras zonas de Europa. Aquel episodio estuvo relacionado con alteraciones de la circulación atmosférica y del vórtice polar, mecanismos que siguen teniendo capacidad para generar frío extremo incluso dentro de un clima más cálido.
Unos 19 días menos de frío extremo por década
Weronika Osmolska y sus colaboradores estudiaron la frecuencia, intensidad, persistencia y extensión espacial de las olas de frío mediante anomalías diarias de temperatura cerca de la superficie obtenidas de datos de reanálisis.
Para el conjunto del hemisferio norte, la investigación calculó una disminución de 19,3 días de ola de frío por década, con un margen de incertidumbre de ±4,2 días. El área anual acumulada afectada por estos episodios también disminuyó de manera considerable durante el periodo estudiado.
En Europa, los episodios regionales de frío están reduciendo su frecuencia a un ritmo cercano a un día por año. La tendencia no significa que cada invierno sea necesariamente más cálido que el anterior, porque la variabilidad atmosférica puede producir temporadas excepcionalmente frías incluso dentro de una tendencia climática de calentamiento.
Esa coexistencia entre calentamiento de largo plazo y episodios invernales severos ya ha sido objeto de investigaciones sobre cómo diferentes configuraciones del vórtice polar pueden favorecer irrupciones de frío intenso en latitudes medias.
Los extremos fríos también se están calentando
La investigación encontró que no solo disminuye el número de días afectados. La intensidad de las olas de frío también está cambiando. En promedio, las temperaturas asociadas con estos episodios extremos en el hemisferio norte se han calentado aproximadamente 0,3 °C por década.
El cambio es todavía mayor en Europa, donde los investigadores estimaron un calentamiento de aproximadamente 0,6 a 0,9 °C por década en las temperaturas asociadas con las olas de frío. Tendencias de calentamiento comparables aparecen también en Norteamérica y Asia oriental.
En el norte de Norteamérica y el sur de Europa, además, la persistencia de los episodios fríos disminuyó aproximadamente una décima de día por año. En el norte de Norteamérica también se redujo el área geográfica cubierta por las olas de frío.
Los resultados encajan dentro de una transformación climática más amplia en las regiones de altas latitudes. El Ártico, que se calienta más rápidamente que el promedio planetario, también está experimentando cambios profundos en su criosfera. En 2026, por ejemplo, el hielo marino ártico volvió a registrar una de las extensiones mínimas más bajas de la era satelital.
La corriente en chorro sigue transportando aire polar hacia el sur
Las grandes irrupciones de frío del hemisferio norte están estrechamente relacionadas con la circulación atmosférica. Una de las piezas fundamentales es la corriente en chorro polar, una banda de fuertes vientos situada en niveles altos de la troposfera que se desplaza generalmente de oeste a este alrededor de las latitudes medias y altas.
Cuando esa circulación desarrolla grandes ondulaciones, masas de aire muy frío pueden desplazarse desde las regiones polares hacia latitudes más bajas. El resultado puede ser un descenso rápido de las temperaturas sobre Europa, Norteamérica o Asia.
El “Beast from the East” de 2018 mostró este mecanismo de forma particularmente clara. Durante aquel invierno se produjo un calentamiento súbito estratosférico que alteró el vórtice polar. Los cambios se propagaron posteriormente hacia niveles inferiores de la atmósfera y favorecieron una circulación capaz de transportar aire continental extremadamente frío hacia Europa occidental.
La relación entre calentamiento del Ártico, corriente en chorro y episodios meteorológicos extremos ha generado un prolongado debate científico. Algunas hipótesis han planteado que la reducción del contraste térmico entre el Ártico y latitudes inferiores podría favorecer una corriente en chorro más ondulada. Sin embargo, la relación entre el rápido calentamiento ártico y los cambios persistentes en la corriente en chorro continúa siendo objeto de discusión científica.
El calentamiento medio explica gran parte de la tendencia
Los investigadores realizaron un segundo análisis para separar el efecto del aumento progresivo de las temperaturas medias. Para ello eliminaron estadísticamente la tendencia de calentamiento de largo plazo y volvieron a estudiar las anomalías restantes.
En la mayoría de las regiones, una vez retirado ese calentamiento de fondo, no apareció una tendencia detectable en las características de las olas de frío. El resultado indica que el aumento de la temperatura media es el principal factor detrás de la disminución general de frecuencia e intensidad observada en el hemisferio norte.
El norte de Norteamérica fue la excepción más clara. Allí, incluso después de retirar estadísticamente la tendencia de calentamiento medio, los episodios de frío continuaron mostrando disminuciones significativas en frecuencia, intensidad, extensión y persistencia.
Los autores plantean que este comportamiento residual podría estar relacionado con una reducción de la variabilidad de la temperatura asociada a la pérdida de hielo marino. Bajo ese mecanismo, los extremos fríos podrían calentarse más rápidamente que los extremos cálidos en determinadas regiones norteamericanas.
La cubierta helada del Ártico ha experimentado cambios importantes que pueden modificar los intercambios de energía entre el océano y la atmósfera. Una revisión reciente encontró que la temporada de deshielo ártico se ha prolongado aproximadamente 7,4 días por década desde 1979, al tiempo que disminuyeron el espesor del hielo y la profundidad de la nieve.
Menos hielo no produce una respuesta atmosférica sencilla
Relacionar directamente la pérdida de hielo marino con cada episodio de frío extremo sería una simplificación. La atmósfera responde simultáneamente a numerosos procesos y la circulación de un invierno concreto puede estar condicionada por el estado del océano, la estratosfera, los patrones de presión y la variabilidad natural.
La evolución reciente del hielo también presenta variaciones importantes de un año a otro. Un análisis basado en observaciones satelitales entre 1979 y 2023 determinó que la temporada de deshielo del Ártico es alrededor de 40 días más larga que en 1979, aunque su duración media dejó de aumentar aproximadamente desde 2010 y actualmente presenta una elevada variabilidad interanual.
Esta complejidad ayuda a explicar por qué un invierno concreto todavía puede producir nevadas intensas o temperaturas excepcionalmente bajas en una región mientras el promedio del hemisferio continúa calentándose. Clima y tiempo meteorológico operan en escalas diferentes: una irrupción fría de varios días no contradice por sí misma una tendencia climática medida durante décadas.
El frío extremo seguirá siendo un riesgo meteorológico
La disminución observada tampoco significa que las sociedades puedan dejar de prepararse para episodios severos. Una configuración atmosférica favorable todavía puede transportar aire polar hacia regiones densamente pobladas y producir impactos sobre el transporte, las redes eléctricas, la agricultura y la salud.
El estudio se concentra en tendencias observadas entre 1980 y 2025 y no establece que episodios comparables al de 2018 sean imposibles. Su conclusión central es estadística: a medida que aumenta la temperatura media, las olas de frío del hemisferio norte están ocurriendo con menor frecuencia y sus temperaturas extremas son, en promedio, menos bajas que en décadas anteriores.
Los cambios de la nieve y el hielo forman parte de esa transformación del sistema climático. La reducción de la criosfera ya afecta tanto a las condiciones físicas del Ártico como a las comunidades que dependen de ella, un proceso documentado en estudios sobre el papel de la nieve en el clima y los rápidos cambios observados en las regiones polares.
Las nuevas mediciones permiten así distinguir dos ideas que pueden coexistir: el calentamiento global está haciendo menos frecuentes e intensas muchas olas de frío, pero la dinámica atmosférica conserva la capacidad de generar irrupciones invernales severas. El riesgo no desaparece; cambia su frecuencia, intensidad y distribución geográfica conforme se modifica el clima de fondo.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Geophysical Research Letters
Met Office




