CESTA advierte que lluvias extremas, sequías y degradación ambiental ya afectan agua y alimentos
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
El Salvador enfrenta una presión climática cada vez más visible sobre su territorio, su producción de alimentos y su acceso al agua. La ingeniera agrónoma Emma García, representante del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada, CESTA, advirtió que el país no está preparado para responder con suficiente anticipación a los impactos del cambio climático.
La advertencia se concentra en fenómenos que ya forman parte de la realidad salvadoreña: lluvias intensas, tormentas, inundaciones, sequías y pérdida de cobertura ambiental. Para García, estos eventos no actúan de forma aislada, sino que se agravan por la ocupación desordenada del suelo, la degradación de ecosistemas y la limitada capacidad preventiva ante emergencias climáticas.
El diagnóstico tiene especial peso porque El Salvador es un país pequeño, densamente poblado y con alta exposición a variaciones meteorológicas. Cuando las lluvias se concentran en periodos cortos, aumentan los riesgos de inundación y deslizamientos; cuando las sequías se prolongan, se reduce la disponibilidad de agua y se compromete la producción agrícola local.
La situación salvadoreña se conecta con una tendencia más amplia en Centroamérica, donde la alternancia entre sequías severas y lluvias torrenciales ha golpeado con fuerza a comunidades rurales y sistemas productivos, como ocurre en el Corredor Seco centroamericano.
Lluvias extremas y sequías en un mismo territorio
Uno de los puntos centrales señalados por CESTA es la combinación de extremos climáticos. El país puede enfrentar lluvias intensas que saturan suelos, dañan infraestructura y provocan emergencias, pero también periodos secos que reducen caudales, afectan cultivos y aumentan la presión sobre las fuentes de agua.
Esta doble amenaza dificulta la planificación agrícola y urbana. En el campo, los productores dependen de ciclos de lluvia cada vez menos previsibles. En las ciudades, la impermeabilización del suelo y la ocupación de zonas vulnerables aumentan el riesgo cuando llegan tormentas fuertes.
La alteración de los patrones de precipitación no es un fenómeno local aislado. Estudios recientes han advertido que los cambios en la lluvia ya presionan el agua y la agricultura en distintas regiones del planeta, una dinámica que también afecta a países tropicales y altamente expuestos como El Salvador. En ese contexto, la relación entre lluvia, agua y agricultura se vuelve cada vez más crítica.
Producción de alimentos bajo presión
La producción de alimentos aparece entre los sectores más sensibles. Las sequías reducen la humedad disponible para los cultivos, mientras que las lluvias intensas pueden erosionar suelos, destruir siembras, contaminar fuentes de agua y dificultar el acceso a parcelas rurales.
Emma García advirtió que la degradación ambiental ya presiona la capacidad del país para sostener su seguridad alimentaria. Esto implica que el problema climático no solo debe entenderse como una emergencia meteorológica, sino como una amenaza directa sobre la vida cotidiana, los precios, la disponibilidad de alimentos y la estabilidad de comunidades rurales.
El deterioro de suelos, cuencas y zonas de protección natural reduce la capacidad del territorio para absorber impactos. Cuando se pierde cobertura vegetal, el agua escurre con mayor rapidez, los suelos se empobrecen y la capacidad de recarga hídrica disminuye.
Agua y prevención, dos puntos críticos
El acceso al agua es otro eje de preocupación. En un escenario de sequías más frecuentes o prolongadas, las comunidades con menor infraestructura quedan más expuestas. A la vez, las lluvias extremas pueden afectar la calidad del agua disponible al arrastrar sedimentos, residuos y contaminantes hacia ríos y sistemas de abastecimiento.
La advertencia de CESTA apunta también a la prevención. Para García, el país necesita fortalecer su capacidad de anticipación, no limitarse a responder cuando el daño ya ocurrió. Esto incluye planificación territorial, protección de cuencas, educación ambiental, gestión del riesgo y medidas de adaptación climática.
La restauración de cuencas y ecosistemas puede ayudar a reducir impactos de sequías e inundaciones, una línea de trabajo que ha ganado importancia en distintos países por su capacidad para recuperar funciones naturales del territorio. La protección de cuencas fluviales frente a sequías e inundaciones aparece como una herramienta clave para territorios vulnerables.
Degradación ambiental y vulnerabilidad social
La degradación ambiental aumenta la vulnerabilidad climática porque debilita las barreras naturales del territorio. Bosques, suelos sanos, riberas protegidas y zonas de recarga hídrica cumplen funciones esenciales frente a eventos extremos. Cuando esos sistemas se deterioran, las comunidades quedan más expuestas.
En El Salvador, la presión sobre el suelo y los recursos naturales se suma a la necesidad de planificar con mayor rigor el crecimiento urbano y rural. La ocupación de zonas de riesgo puede convertir una lluvia intensa en una emergencia mayor, especialmente en áreas con drenajes insuficientes o laderas inestables.
La crisis climática, por tanto, no se expresa únicamente en temperaturas o lluvias. También se refleja en decisiones de ordenamiento territorial, protección ambiental, manejo del agua y capacidad institucional para actuar antes de que los impactos se acumulen.
Una alerta para actuar antes del daño
El mensaje de CESTA no se limita a describir un problema futuro. La advertencia señala que los efectos ya están presentes y que la respuesta debe pasar de la reacción a la prevención. En un país expuesto a tormentas, inundaciones, sequías y degradación ambiental, la adaptación climática necesita convertirse en una prioridad pública sostenida.
El Salvador requiere fortalecer sus sistemas de monitoreo, proteger sus ecosistemas estratégicos, mejorar la gestión del agua y apoyar a las comunidades más vulnerables. La presión climática sobre alimentos y recursos hídricos muestra que la crisis ambiental ya toca aspectos básicos de la vida diaria.
La aridificación y la pérdida de disponibilidad de agua son procesos que pueden avanzar de forma lenta, pero con efectos profundos sobre suelos, biodiversidad y población. Por eso, la experiencia salvadoreña debe leerse dentro de una tendencia global en la que la aridificación del clima se convierte en una amenaza silenciosa para los territorios más vulnerables.
Fuente(s) referenciales
Infobae: “El Salvador no está preparado para el cambio climático”, advierte CESTA
