El Servicio Geológico de Estados Unidos identificó el origen de la lava que emergió en septiembre de 2026 en Hawái. Los análisis químicos, las muestras de roca y las mediciones satelitales muestran que el magma procedía de un reservorio superficial sometido a una elevada presión.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
El volcán Kilauea, situado en la isla de Hawái, Estados Unidos, abrió seis nuevas fisuras eruptivas entre el 14 y el 16 de septiembre de 2026. Un análisis publicado el 15 de octubre por el Observatorio Vulcanológico de Hawái, perteneciente al Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), ha permitido identificar el origen del material expulsado y explicar por qué la lava encontró nuevas salidas hacia la superficie sin producir una deformación importante del terreno ni una actividad sísmica destacada.
La investigación combina mediciones de inclinación del suelo, observaciones mediante sistemas de navegación por satélite, imágenes de radar interferométrico y análisis químicos y microscópicos de muestras de lava recogidas mientras todavía estaban fundidas.
Los resultados indican que las nuevas fisuras no fueron alimentadas por una llegada de magma fresco desde grandes profundidades. El material procedía, con mayor probabilidad, del mismo sistema de almacenamiento magmático relativamente superficial que alimenta los episodios habituales de fuentes de lava en el cráter Halemaʻumaʻu.
La diferencia estuvo en la forma de alcanzar la superficie. Tras varias semanas de recuperación y aumento de la presión interna, el magma encontró nuevas vías de salida a lo largo de la pared occidental del cráter.
El episodio proporciona información importante sobre el funcionamiento de los volcanes activos porque demuestra que la apertura de nuevos conductos eruptivos no siempre necesita producir señales sísmicas intensas o desplazamientos superficiales fácilmente detectables.
La presión del magma aumentó después de una erupción en agosto
El Kilauea mantiene una actividad eruptiva episódica en su caldera desde el 23 de diciembre de 2024. Durante este período, las fuentes de lava han alternado con intervalos de relativa tranquilidad, mientras el sistema magmático continúa recibiendo y redistribuyendo material fundido.
El 25 de agosto de 2026 se produjo el episodio eruptivo número 54 de esta secuencia. Durante la emisión de lava, los instrumentos del observatorio registraron una disminución de la presión en el reservorio situado bajo la zona de la cumbre.
Uno de los equipos utilizados fue el inclinómetro de Uēkahuna, identificado como UWD. Este instrumento detectó un cambio aproximado de 13 microrradianes en la inclinación del terreno hacia el centro del cráter.
Un microrradián representa una variación angular extremadamente pequeña. Aunque estos movimientos no suelen percibirse directamente, los instrumentos geodésicos pueden medirlos y utilizarlos para estudiar la expansión o contracción de estructuras volcánicas.
En este caso, la inclinación observada fue interpretada como una señal de pérdida de presión durante la salida del magma.
Después de finalizar el episodio, el sistema comenzó a recuperar presión. Para el 7 de septiembre, las mediciones del inclinómetro habían regresado aproximadamente a los valores anteriores a las fuentes de lava de agosto.
En ese momento, la lava empezó a desbordarse desde los conductos existentes, una señal de que el sistema de almacenamiento había recuperado presión.
Sin embargo, a diferencia de otros episodios, esos desbordamientos no fueron seguidos inmediatamente por nuevas fuentes eruptivas importantes.
La presión continuó aumentando de manera intermitente y terminó favoreciendo la apertura de las seis fisuras entre el 14 y el 16 de septiembre.
Las nuevas fisuras aparecieron en la pared occidental del cráter
Las seis aberturas se localizaron al norte del conjunto principal de conductos eruptivos de Halemaʻumaʻu, en una franja situada aproximadamente entre 250 y 1.000 metros de distancia.
Los nuevos puntos de emisión se encontraban unos 45 metros por debajo del nivel de la base del conducto septentrional principal.
Esta disposición resulta relevante porque la topografía y la estructura de las rocas pueden influir en las rutas que sigue el magma cuando aumenta la presión interna.
En lugar de continuar saliendo únicamente por los conductos habituales, el material fundido aprovechó una zona diferente del sistema volcánico.
Los científicos consideran que la presión acumulada pudo impulsar el magma a través de fracturas preexistentes o facilitar la formación de una nueva conexión hacia la superficie sin provocar una ruptura considerable de las rocas circundantes.
La existencia de caminos preferentes para el movimiento del magma es uno de los aspectos fundamentales de la dinámica volcánica. En otros sistemas se ha demostrado que las deformaciones del terreno permiten investigar la acumulación de magma y las posibles rutas de ascenso antes de determinados episodios eruptivos.
Sin embargo, cada volcán presenta una estructura geológica particular. Por ello, las señales que preceden a una erupción no tienen necesariamente la misma intensidad ni siguen una secuencia idéntica en todos los casos.
Los satélites no detectaron desplazamientos importantes junto a las fisuras
Uno de los aspectos más interesantes del episodio fue la ausencia de una deformación superficial significativa asociada directamente con la apertura de los nuevos conductos.
El Observatorio Vulcanológico de Hawái examinó imágenes obtenidas mediante radar de apertura sintética interferométrico, una técnica conocida como InSAR.
Este procedimiento permite comparar observaciones de radar tomadas en diferentes fechas para detectar desplazamientos muy pequeños de la superficie terrestre.
Los investigadores utilizaron datos de la constelación italiana COSMO-SkyMed de segunda generación, correspondientes al período comprendido entre el 11 y el 27 de septiembre.
Las imágenes no mostraron desplazamientos superficiales significativos alrededor de las nuevas fisuras ni en otras zonas examinadas del área de la cumbre durante el intervalo estudiado.
Este resultado contrasta con el aumento de presión registrado previamente mediante inclinómetros y sistemas de posicionamiento satelital.
La diferencia se explica porque los instrumentos no estaban observando exactamente el mismo proceso ni el mismo intervalo temporal.
Las mediciones geodésicas registraron la recuperación y el incremento de presión del sistema magmático durante las semanas anteriores. El radar permitió examinar si la apertura de las nuevas fisuras había producido deformaciones adicionales detectables.
La combinación de ambas observaciones sugiere que el magma pudo desplazarse hacia la superficie sin abrir grandes fracturas nuevas capaces de modificar apreciablemente la geometría del terreno.
Las técnicas satelitales también se utilizan para estudiar otros fenómenos geológicos. Por ejemplo, las observaciones de radar permiten identificar desplazamientos de la corteza asociados con terremotos, incluso cuando los movimientos presentan patrones espaciales complejos.
En el Kilauea, el resultado demuestra la importancia de combinar los datos satelitales con observaciones directas y mediciones instrumentales continuas.
Las muestras de lava permitieron identificar su procedencia
Para determinar de dónde había llegado el material expulsado por las nuevas fisuras, los geólogos del USGS recogieron muestras mientras la lava todavía estaba fundida.
La técnica consistió en introducir pequeñas cantidades de material incandescente en agua para enfriarlas rápidamente.
Este procedimiento, conocido como enfriamiento brusco o templado en agua, permite conservar determinadas características químicas y texturales que podrían modificarse si la lava se enfriara lentamente sobre el terreno.
Cuando el material volcánico pierde temperatura, pueden crecer cristales y producirse transformaciones que dificultan la reconstrucción de algunas propiedades originales del magma.
El enfriamiento rápido limita parte de esos cambios y facilita el análisis posterior de las muestras.
Los investigadores estudiaron la composición química de la lava y examinaron sus características microscópicas, prestando especial atención a la presencia o ausencia de cristales.
Las muestras recogidas en las nuevas fisuras presentaron una textura predominantemente vítrea, con una cantidad muy reducida de cristales.
Su composición también fue semejante a la del material expulsado durante el episodio eruptivo número 54.
En particular, las mediciones identificaron aproximadamente un 6,9 % en peso de óxido de magnesio, conocido por su fórmula química MgO.
La proporción de este compuesto constituye uno de los indicadores utilizados para comparar magmas basálticos y estudiar su evolución.
El magma no procedía de una nueva inyección profunda
La composición química permitió descartar, como explicación más probable, que las seis fisuras hubieran sido alimentadas por una llegada reciente de magma mucho más profundo.
Según el análisis del observatorio, un material de ese origen habría presentado normalmente una mayor concentración de magnesio y temperaturas más elevadas.
Las muestras tampoco mostraron las características esperadas si la lava hubiera procedido de restos antiguos de un lago volcánico enterrado que hubieran sido expulsados por el aumento de presión.
La baja cantidad de cristales y la semejanza química con el material eruptivo anterior favorecieron otra interpretación.
El magma probablemente procedía del mismo reservorio superficial situado bajo Halemaʻumaʻu que alimenta los episodios habituales de fuentes de lava.
Por tanto, el acontecimiento no representa necesariamente la incorporación de un sistema magmático nuevo, sino una reorganización de las rutas de salida dentro de una estructura volcánica que ya se encontraba activa.
Este tipo de análisis se relaciona con una línea de investigación que utiliza las propiedades de los minerales para reconstruir procesos subterráneos. Los científicos han demostrado, por ejemplo, que determinados cristales volcánicos conservan señales de los movimientos y transformaciones del magma antes de alcanzar la superficie.
En el Kilauea, la combinación de química y textura permitió distinguir entre varias explicaciones posibles para el origen de la lava.
La ausencia de terremotos importantes ofrece una pista geológica
El ascenso de magma puede provocar terremotos cuando rompe o desplaza las rocas que encuentra a su paso.
Sin embargo, los seis conductos de septiembre se abrieron sin una actividad sísmica significativa asociada directamente con su formación.
Esta circunstancia llevó a los investigadores a considerar dos mecanismos posibles.
El primero es que el magma aprovechara fracturas o conductos ya existentes dentro de la estructura volcánica.
En ese escenario, parte del desplazamiento podría haberse producido sin necesidad de romper grandes volúmenes adicionales de roca.
La segunda posibilidad es que el magma abriera una nueva vía de salida, pero que la deformación de las rocas circundantes fuera demasiado pequeña para generar señales sísmicas o geodésicas destacadas.
Ambas explicaciones son compatibles con la información disponible, aunque el observatorio no presentó una identificación definitiva de cada conducto subterráneo.
El episodio recuerda que una ausencia de terremotos intensos no significa necesariamente que el magma permanezca inmóvil.
En determinadas condiciones, la presión interna y las propiedades mecánicas de las rocas permiten movimientos que producen señales superficiales relativamente discretas.
Por esta razón, la vigilancia volcánica no puede depender exclusivamente del número o magnitud de los terremotos registrados.
Otro movimiento de magma produjo más de cien terremotos
El comportamiento de las fisuras de mediados de septiembre contrastó con otro acontecimiento ocurrido pocos días después en el mismo volcán.
Entre el 30 de septiembre y el 1 de octubre se registró una intrusión magmática al nordeste de los conductos eruptivos de Halemaʻumaʻu.
En esa ocasión, el magma no consiguió alcanzar la superficie.
Sin embargo, el movimiento subterráneo estuvo acompañado por más de cien terremotos y una deformación significativa del terreno.
El contraste entre ambos acontecimientos resulta especialmente informativo.
En el primero, el magma alcanzó la superficie y produjo nuevas fisuras eruptivas sin señales sísmicas o geodésicas locales importantes.
En el segundo, el magma permaneció bajo tierra, pero generó una respuesta instrumental mucho más evidente.
Los investigadores interpretan que las diferencias reflejan la manera en que el material fundido interactúa con las estructuras geológicas que encuentra durante su desplazamiento.
Cuando el magma utiliza una vía favorable, puede avanzar con una fracturación relativamente limitada. Cuando necesita abrir nuevas grietas en rocas resistentes, puede generar terremotos y deformaciones más intensas.
Esta distinción es importante para comprender por qué no todos los episodios de intrusión magmática terminan en erupciones y por qué algunas erupciones pueden comenzar sin una secuencia precursora especialmente llamativa.
La vigilancia volcánica necesita combinar diferentes instrumentos
El estudio del Kilauea muestra la utilidad de integrar varias fuentes de información para reconstruir la evolución de un sistema volcánico.
Los inclinómetros registran cambios angulares del terreno que pueden relacionarse con variaciones de presión en profundidad.
Las estaciones GNSS permiten medir desplazamientos horizontales y verticales de la superficie con gran precisión.
El radar interferométrico proporciona mapas de deformación que ayudan a identificar patrones espaciales difíciles de reconocer mediante instrumentos instalados en puntos aislados.
Los sismómetros detectan vibraciones relacionadas con fracturación de rocas, movimientos de fluidos y otros procesos internos.
Por su parte, los análisis químicos y microscópicos de la lava permiten investigar la composición y la historia del material que finalmente llega a la superficie.
La interpretación conjunta de estos datos es más completa que la obtenida mediante un único procedimiento.
En diferentes regiones volcánicas, los sistemas de vigilancia y alerta temprana todavía presentan diferencias importantes de cobertura y capacidad técnica, lo que condiciona la detección de cambios subterráneos.
La experiencia de Hawái ofrece un ejemplo de cómo una red instrumental diversificada puede contribuir a explicar acontecimientos eruptivos incluso cuando algunas señales resultan débiles o aparentemente contradictorias.
El Kilauea continúa bajo vigilancia por su elevada presión interna
En su actualización del 15 de octubre de 2026, el Observatorio Vulcanológico de Hawái indicó que la región de la cumbre del Kilauea permanecía sometida a una presión elevada.
Durante la semana anterior, los conductos norte y sur de Halemaʻumaʻu habían presentado emisiones intermitentes de salpicaduras y coladas de lava, con incandescencia visible durante la noche.
El observatorio también informó de emisiones de dióxido de azufre comprendidas aproximadamente entre 1.000 y 5.000 toneladas diarias.
Estas cifras describen las condiciones comunicadas para ese período y pueden cambiar con la evolución de la actividad volcánica.
El nivel de alerta del USGS para el Kilauea se mantenía en WATCH, una categoría de vigilancia que indica una actividad volcánica elevada o condiciones que requieren seguimiento especializado.
Los científicos señalaron que las condiciones continuaban siendo favorables para otro episodio de fuentes de lava o para modificaciones de la actividad eruptiva.
Sin embargo, esta evaluación no establece una fecha concreta para una próxima erupción ni permite asegurar qué conductos podrían activarse.
El observatorio tampoco había detectado actividad inusual en las zonas de rift oriental y suroccidental del volcán.
En cuanto al vecino Mauna Loa, el USGS indicó que no se encontraba en erupción y mantenía su nivel de alerta en NORMAL.
Las nuevas fisuras ayudan a comprender la dinámica de los volcanes activos
La principal aportación de la investigación es demostrar que el origen de una nueva emisión de lava puede identificarse mediante la combinación de observaciones geodésicas y análisis directos del material volcánico.
En el Kilauea, los datos indican que las seis fisuras abiertas en septiembre de 2026 fueron alimentadas por un reservorio magmático ya activo y sometido a una presión considerable.
La composición química de las muestras permitió diferenciar ese material de una posible inyección profunda de magma nuevo, mientras las imágenes satelitales y los registros sísmicos mostraron que la apertura de las fisuras produjo escasas señales superficiales adicionales.
El contraste con la intrusión registrada entre finales de septiembre y comienzos de octubre demuestra que el movimiento del magma puede generar respuestas geológicas muy diferentes incluso dentro de un mismo volcán.
Los resultados no permiten predecir con exactitud la siguiente erupción, pero aportan información para interpretar futuras variaciones de presión, deformación y actividad sísmica.
Para los científicos del Observatorio Vulcanológico de Hawái, comprender estas diferencias es fundamental porque el sistema de la cumbre continúa activo y puede experimentar nuevas reorganizaciones de sus conductos.
La evolución del Kilauea seguirá proporcionando observaciones sobre la manera en que la presión, las fracturas de las rocas y las propiedades del magma determinan dónde y cómo se producen las erupciones volcánicas.




