La salinidad cayó por debajo del límite crítico para los mejillones en la ría de Arousa, mientras el calor y la falta de oxígeno elevaron hasta el 90 % la mortalidad de ostras en Hiroshima
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
Dos regiones acuícolas separadas por miles de kilómetros afrontan mortandades extraordinarias de moluscos asociadas a condiciones ambientales extremas. En la ría de Arousa, en Galicia, España, los productores encontraron mejillones muertos a dos metros de profundidad después de una sucesión de borrascas, mientras la bahía interior de Hiroshima, en Japón, registró pérdidas de hasta el 90 % en algunos cultivos de ostras.
Los episodios no obedecen al mismo mecanismo inmediato. En Galicia, las lluvias redujeron drásticamente la salinidad del agua; en Japón, el calentamiento marino favoreció la estratificación y disminuyó la disponibilidad de oxígeno y alimento. Ambos casos muestran, sin embargo, la vulnerabilidad de los bivalvos ante alteraciones intensas y prolongadas del medio.
El análisis fue presentado por Antonio Figueras Huerta, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo. Su advertencia se centra en la necesidad de incorporar el cambio climático a la planificación acuícola, en lugar de considerar cada episodio como una anomalía meteorológica aislada.
La lluvia llevó agua casi dulce hasta las bateas gallegas
Entre el 3 y el 7 de febrero de 2026, la estación de control de Cortegada registró durante más de cinco días consecutivos una salinidad inferior a diez partes por mil. El límite crítico para la supervivencia del mejillón mediterráneo o gallego, Mytilus galloprovincialis, se sitúa alrededor de doce partes por mil.
En dos ocasiones, la salinidad descendió incluso por debajo de cinco partes por mil. La persistencia de esos valores aumentó considerablemente la probabilidad de mortandad y explica que los bateeiros encontraran ejemplares muertos a dos metros de profundidad, no solamente en la capa superficial habitualmente más expuesta al agua dulce de las lluvias.
La intensidad del episodio estuvo relacionada con diez borrascas sucesivas durante un periodo de 45 días. Según los datos citados por el investigador, dejaron un volumen de agua equivalente a 290 litros por metro cuadrado al día. La acumulación alteró el equilibrio habitual entre los aportes fluviales y el agua marina dentro de la ría.
Los mejillones pueden cerrar temporalmente sus valvas para protegerse de condiciones desfavorables, pero esa respuesta reduce la alimentación y el intercambio con el agua. Cuando la baja salinidad se prolonga, el organismo consume sus reservas, pierde capacidad de recuperación y queda expuesto a un mayor riesgo de muerte.
La producción gallega acumula tres años en niveles bajos
La crisis de febrero se produjo sobre una actividad que ya mostraba una reducción sostenida. De acuerdo con cifras del Instituto Galego de Estatística citadas en el análisis, la acuicultura marina gallega, compuesta mayoritariamente por mejillón, pasó de 231.973 toneladas en 2022 a 190.407 toneladas en 2023.
La producción apenas se recuperó hasta 191.219 toneladas en 2024 y volvió a descender a 189.252 toneladas en 2025. Esos tres ejercicios representan los niveles más bajos de la serie iniciada en 2007.
La concentración geográfica aumenta la exposición del sector. Galicia aporta cerca del 97 % del mejillón español, por lo que una alteración ambiental grave en unas pocas rías puede tener efectos sobre la mayor parte de la producción nacional.
Esta dependencia de condiciones costeras relativamente estables convierte las lluvias extremas, el calentamiento y los cambios en la circulación del agua en amenazas productivas. La situación coincide con señales más amplias de calor y acidificación simultáneos en los océanos, aunque la mortalidad gallega descrita estuvo vinculada directamente al descenso de la salinidad.
Hiroshima perdió hasta el 90 % de sus ostras
En la bahía interior de Hiroshima, los acuicultores contabilizaron tasas de mortalidad de hasta el 90 % en sus parques de cultivo de ostra japonesa, Crassostrea gigas. La prefectura concentra casi dos tercios de la producción de esta especie en Japón.
Los productores están habituados a pérdidas de entre el 30 % y el 50 % durante una campaña normal, pero el episodio reciente superó ampliamente ese intervalo. El verano de 2025 fue el más cálido registrado en Japón desde que comenzaron las mediciones en 1898.
La temperatura media estival se situó 2,36 °C por encima de la normal, frente a los 1,76 °C del récord anterior. Entre julio y octubre, las aguas superficiales frente a Hiroshima permanecieron entre 1,5 y 1,9 °C por encima del promedio correspondiente al periodo 1991-2020.
El calentamiento de las aguas costeras forma parte de una tendencia observada en diferentes regiones. Estudios sobre zonas oceánicas que se calientan con mayor rapidez muestran que el aumento térmico no se distribuye uniformemente y puede concentrar impactos en ecosistemas especialmente sensibles.
La estratificación reduce oxígeno y alimento
Cuando la superficie marina se calienta intensamente, el agua más cálida y ligera puede permanecer separada de las capas profundas. Esta estratificación dificulta la mezcla vertical que transporta oxígeno y nutrientes a través de la columna de agua.
Las ostras cultivadas quedan entonces sometidas a una combinación de factores adversos. La reducción del oxígeno afecta su metabolismo, mientras la menor circulación de nutrientes puede limitar la productividad del fitoplancton del que se alimentan.
El debilitamiento fisiológico también puede aumentar la susceptibilidad frente a patógenos. Esto no significa que toda mortalidad durante una ola de calor responda a una única causa: la temperatura, el oxígeno, el alimento, las enfermedades y las condiciones locales pueden actuar simultáneamente.
La interacción entre diferentes presiones constituye una de las principales preocupaciones científicas. Los efectos combinados del calentamiento, la acidificación y la pérdida de oxígeno pueden producir respuestas ecológicas más difíciles de anticipar que cada alteración por separado.
Japón activó apoyo financiero para los productores
La magnitud de las pérdidas llevó al Gobierno japonés a habilitar en diciembre de 2025 un paquete de emergencia. Las medidas incluyeron préstamos con intereses casi nulos y plazos de cinco años, concedidos mediante instituciones financieras públicas para sostener a los productores afectados.
La asistencia económica permite atender las consecuencias inmediatas, pero no elimina los factores ambientales que originaron el episodio. La recuperación de los cultivos requiere tiempo, disponibilidad de semilla, vigilancia sanitaria y condiciones marinas compatibles con el crecimiento de los animales.
La experiencia de Hiroshima muestra que una región especializada puede quedar expuesta cuando las temperaturas superan durante meses los rangos históricos. La restauración de bancos de moluscos también necesita planificación ecológica, como muestran los proyectos que reutilizan conchas de ostras para recuperar arrecifes marinos.
La acuicultura necesita anticipar condiciones menos estables
Las mortandades de Galicia y Japón revelan dos expresiones distintas de un clima más extremo. Un océano más cálido puede sufrir estratificación y pérdida de oxígeno, mientras una atmósfera con mayor capacidad para retener humedad puede favorecer precipitaciones intensas capaces de alterar rápidamente la salinidad de rías y estuarios.
Atribuir un episodio concreto al cambio climático exige analizar tendencias, mecanismos y probabilidades, no solamente observar una tormenta o una temporada cálida. En estos casos, los registros muestran condiciones que superaron ampliamente los rangos habituales y afectaron directamente procesos esenciales para la supervivencia de los moluscos.
La adaptación puede incluir estaciones de vigilancia con datos en tiempo real, alertas de temperatura, oxígeno y salinidad, diversificación de zonas de cultivo, revisión de densidades, selección de ejemplares resistentes y protocolos para responder antes de que las condiciones críticas se prolonguen.
También resulta necesario proteger la calidad del agua y reducir otras presiones locales. La contaminación, el exceso de nutrientes, las enfermedades y la degradación de hábitats pueden disminuir la capacidad de los ecosistemas para soportar un episodio climático severo.
La concentración de la producción en áreas muy especializadas aporta eficiencia y conocimiento acumulado, pero también crea una vulnerabilidad sistémica. Incorporar escenarios climáticos a las decisiones acuícolas será determinante para proteger los ecosistemas costeros, la actividad económica y el abastecimiento de alimentos procedentes del mar.
Fuentes referenciales:
The Conversation España
elDiario.es




