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Panel de control planetario

Panorama Planetario

Martes, 8 de septiembre de 2026

Resumen ejecutivo. El sistema Tierra entra en septiembre bajo la influencia de un episodio de El Niño que continúa fortaleciéndose, océanos persistentemente cálidos y una distribución desigual de las lluvias. El calor acumulado favorece extremos hidrológicos, incendios y deterioro de la calidad del aire. La vigilancia debe concentrarse en el Pacífico tropical, las cuencas expuestas a lluvias intensas, las regiones con sequedad prolongada y las zonas afectadas por humo o ceniza volcánica.
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Temperatura global

El fondo térmico del planeta sigue elevado. Las anomalías más relevantes se concentran sobre grandes áreas oceánicas y regiones continentales que acumularon calor durante el verano boreal. No todos los territorios experimentan máximos simultáneos, pero la energía adicional eleva la probabilidad de olas de calor tardías, noches cálidas y estrés sobre ecosistemas.

Señal: calor persistente
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Océanos

El Pacífico ecuatorial continúa siendo el principal centro de atención debido al fortalecimiento de El Niño. El calor superficial altera patrones de convección, vientos y precipitación a escala mundial. Otras cuencas también conservan temperaturas elevadas, una condición que incrementa evaporación, humedad atmosférica y presión térmica sobre arrecifes y ecosistemas costeros.

Señal: redistribución del calor
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CO₂ atmosférico

La concentración de dióxido de carbono permanece en niveles históricamente altos y mantiene el desequilibrio energético que impulsa el calentamiento de largo plazo. Las variaciones estacionales no modifican la tendencia estructural. Reducir emisiones y proteger sumideros naturales continúa siendo esencial para limitar la acumulación futura de calor en la atmósfera y los océanos.

Tendencia: ascendente
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Hielo polar

El Ártico se acerca al tramo final de su temporada anual de deshielo. La extensión no describe por sí sola el estado del sistema: también importan el grosor, la edad del hielo y la duración de la cobertura. En la Antártida, la evolución del hielo marino y de las plataformas exige vigilancia por sus conexiones con ecosistemas y nivel del mar.

Vigilancia estacional alta
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Incendios y humo

El calor y la vegetación seca mantienen condiciones favorables para incendios en distintos territorios. El impacto no termina en el área quemada: el humo transporta partículas finas a largas distancias y puede revertir mejoras locales de la calidad del aire. La deposición de carbono negro también afecta nieve, hielo, aguas y suelos.

Riesgo combinado: fuego y aire
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Sequías

Persisten déficits de humedad en regiones de Europa y otros sectores expuestos a lluvias insuficientes y evaporación elevada. La sequía debe evaluarse como proceso acumulativo: afecta caudales, reservas, vegetación, agricultura y capacidad de respuesta ante incendios. Una tormenta aislada puede aliviar la superficie sin recuperar acuíferos ni embalses.

Impacto: recursos hídricos
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Tormentas y extremos

El elevado contenido de humedad atmosférica puede intensificar precipitaciones cuando coinciden inestabilidad y mecanismos de ascenso. Durante esta etapa del año también continúa la vigilancia ciclónica en el Atlántico y el Pacífico. El riesgo final depende de la trayectoria, la exposición costera, el relieve y la capacidad de drenaje de cada territorio.

Atención: lluvias concentradas
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Calidad del aire

La combinación de olas de calor, ozono troposférico, incendios y partículas transportadas representa una presión creciente. La Organización Meteorológica Mundial advierte que el humo puede contrarrestar avances obtenidos mediante menores emisiones industriales y del transporte. La gestión climática y la política de aire limpio necesitan respuestas coordinadas, no estrategias separadas.

Prioridad: monitoreo integrado

🔎 Señal planetaria destacada

El fortalecimiento de El Niño domina la lectura global del 8 de septiembre. La anomalía cálida del Pacífico tropical puede reorganizar lluvias, sequías y temperaturas durante los próximos meses. Sus efectos no son idénticos en todas las regiones ni ocurren al mismo tiempo; por ello, las autoridades deben traducir el diagnóstico global en escenarios locales para agricultura, agua, salud, incendios y protección civil.

📅 Perspectiva para los próximos 7–14 días

Se recomienda seguir la evolución de las lluvias asociadas a sistemas tropicales, el peligro de incendios en áreas con vegetación seca, la calidad del aire bajo influencia de humo y las anomalías térmicas marinas. En el Pacífico, la consolidación de El Niño seguirá condicionando los pronósticos estacionales. En zonas volcánicas de Indonesia, la dispersión de cenizas dependerá de los vientos y continuará afectando la seguridad aérea. Los avisos meteorológicos, hidrológicos y geológicos nacionales deben prevalecer para decisiones operativas.

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Las olas de calor que “devoran” la nieve avanzan en EE. UU.

Crédito: Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aeb3361

Un estudio identifica episodios cálidos capaces de duplicar el deshielo habitual y alterar la disponibilidad estacional de agua en las montañas del oeste estadounidense


Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz

Un equipo de científicos identificó una categoría de ola de calor que acelera intensamente la desaparición del manto nival en el oeste de Estados Unidos. Los investigadores denominaron a estos episodios “devoradores de nieve” y determinaron que se han vuelto más frecuentes, extensos y tempranos desde mediados del siglo XIX.

El estudio, publicado en la revista Science Advances, muestra que estos periodos cálidos pueden duplicar la tasa normal de deshielo primaveral. Su aparición modifica el momento en que el agua abandona las montañas, puede contribuir a inundaciones y adelanta la llamada sequía de nieve, con consecuencias para ríos, embalses, ecosistemas y abastecimiento durante los meses secos.

La investigación fue encabezada por Alan M. Rhoades, científico del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, y reunió a especialistas de numerosas instituciones estadounidenses. El análisis diferenció estos eventos de otras olas de calor según su capacidad para mantener temperaturas anormalmente altas sobre regiones cubiertas de nieve.

Qué caracteriza a una ola de calor “devoradora de nieve”

Los autores definieron estos episodios mediante la combinación de temperaturas superiores al punto de congelación durante el día y la noche, una anomalía térmica elevada y una duración mínima de tres jornadas consecutivas. Cuando esas condiciones aparecen sobre un manto nival, la pérdida de nieve puede acelerarse abruptamente.

Las noches cálidas son especialmente importantes porque impiden que la superficie vuelva a congelarse. Al permanecer por encima de 0 °C durante todo el ciclo diario, el calor continúa actuando sobre la nieve sin la pausa nocturna que normalmente reduce el derretimiento.

Esta categoría no debe confundirse necesariamente con los vientos Chinook, tradicionalmente conocidos como “devoradores de nieve” en las Montañas Rocosas. Esos vientos cálidos y secos pueden derretir o sublimar rápidamente la nieve, mientras que la nueva clasificación abarca olas de calor regionales identificadas mediante criterios de temperatura, duración, extensión territorial y potencial de deshielo.

La sublimación también puede contribuir a la pérdida del manto nival cuando el hielo pasa directamente a vapor bajo condiciones secas, soleadas y ventosas. Sin embargo, el estudio se concentró principalmente en estimar el deshielo provocado por temperaturas persistentemente elevadas.

Un análisis climático desde 1850 hasta 2015

Para reconstruir la evolución histórica de estos eventos, los investigadores emplearon datos del Reanálisis del Siglo XX, versión 3, que combina observaciones meteorológicas con modelos atmosféricos. El periodo analizado abarcó desde 1850 hasta 2015 en las regiones montañosas del oeste estadounidense.

El equipo utilizó el algoritmo TempestExtremes para localizar y seguir las olas de calor a través del espacio y el tiempo. Posteriormente, aplicó el modelo operativo SNOW-17, empleado para estimar el derretimiento de la nieve a partir de la temperatura y otras condiciones meteorológicas.

Los resultados indican que una ola “devoradora de nieve” suele mantenerse entre tres y cinco días. Durante una temporada de deshielo pueden presentarse entre tres y cinco episodios, capaces de duplicar en conjunto las tasas habituales de pérdida del manto nival.

Desde la década de 1850, estos eventos aumentaron su frecuencia y superficie afectada, aunque su duración individual disminuyó. También comenzaron a producirse más temprano dentro de la temporada de deshielo, una transformación que puede cambiar el calendario natural de almacenamiento y liberación del agua.

Siete grandes inundaciones coincidieron con estos episodios

El estudio examinó 11 inundaciones primaverales de gran magnitud ocurridas en el oeste de Estados Unidos y encontró que siete podían vincularse con olas de calor “devoradoras de nieve”. La asociación no significa que el calor fuera el único causante de cada desastre, pero muestra su importancia como factor capaz de intensificar el deshielo.

El riesgo aumenta cuando una gran cantidad de nieve se derrite en pocos días y el agua llega simultáneamente a ríos y arroyos. Si los suelos están saturados, todavía congelados o tienen poca capacidad de infiltración, una mayor proporción del caudal circula por la superficie y puede elevar rápidamente los niveles fluviales.

La relación entre las condiciones del suelo, la precipitación y la fusión nival también ha sido observada en otros territorios. Un análisis sobre la combinación de lluvia, nieve y suelos saturados en Asia Central mostró cómo la coincidencia de varios factores hidrológicos puede agravar inundaciones regionales.

Incorporar estas olas de calor al modelo SNOW-17 mejoró la representación de los episodios extremos de deshielo. Esta capacidad puede ayudar a los organismos encargados de pronosticar caudales y gestionar embalses a reconocer con mayor anticipación situaciones peligrosas.

Menos nieve disponible durante el verano

La nieve de montaña funciona como una reserva natural: acumula durante el invierno una parte de las precipitaciones y libera el agua gradualmente en primavera y verano. Cuando el deshielo ocurre antes y con mayor rapidez, el agua puede llegar a los embalses en un momento distinto al de mayor demanda.

Una liberación temprana no implica necesariamente que toda el agua se pierda, pero dificulta su administración. Los operadores pueden verse obligados a dejar espacio en los embalses para controlar inundaciones, mientras meses después aumenta la necesidad de suministro para consumo, generación hidroeléctrica, ecosistemas y actividades productivas.

La desaparición anticipada del manto nival también deja los suelos y la vegetación expuestos durante más tiempo al calor estival. Ese cambio puede favorecer un secado temprano del paisaje, aunque el nivel final de sequía y peligro de incendios dependerá de las lluvias, temperaturas y vientos posteriores.

El impacto de la pérdida de nieve sobre el suministro ya resulta visible en otras cordilleras. En Europa, el deshielo acelerado de la nieve y los glaciares alpinos ha generado preocupación por la disponibilidad hídrica y la exposición del hielo oscuro que absorbe más radiación solar.

La ola de marzo de 2026 mostró el fenómeno en tiempo real

El concepto adquirió especial relevancia durante marzo de 2026, cuando una ola de calor excepcional afectó el oeste estadounidense. Las temperaturas alcanzaron valores muy superiores a los habituales y aceleraron el derretimiento de una capa de nieve que ya era escasa.

Al finalizar marzo, la superficie cubierta de nieve en el oeste se había reducido a unos 81.000 kilómetros cuadrados, el valor más bajo de los 26 años de observaciones del satélite MODIS. La extensión había disminuido un 46 % respecto de los aproximadamente 149.000 kilómetros cuadrados registrados al terminar febrero, según el sistema estadounidense de vigilancia de la sequía.

El 1 de abril, 1.012 de las 1.570 estaciones y puntos de medición evaluados, equivalentes al 64 %, igualaron o marcaron nuevos mínimos históricos de agua contenida en la nieve. En una cuarta parte de esos casos, los récords pertenecían a series de observación con más de 70 años.

Estos datos describen el episodio de 2026, pero no forman parte del periodo histórico principal del estudio, que concluyó en 2015. La ola reciente ofrece, no obstante, un ejemplo de las condiciones que los investigadores clasificaron mediante su metodología.

Una herramienta para anticipar extremos de deshielo

El trabajo propone que los sistemas de vigilancia incorporen de manera explícita las olas “devoradoras de nieve” al evaluar inundaciones, sequía nival y disponibilidad de agua. El seguimiento exclusivo de la cantidad acumulada de nieve puede resultar insuficiente si no se considera la velocidad con que esa reserva puede desaparecer.

Los gestores necesitan conocer tanto el volumen de agua almacenado como la probabilidad de temperaturas anormalmente cálidas durante varios días y noches consecutivos. Esa información permitiría ajustar operaciones de embalses, advertencias de crecidas y proyecciones de caudal para el verano.

La vulnerabilidad de las reservas congeladas no se limita a Estados Unidos. Durante una campaña científica reciente en Svalbard, investigadores encontraron lluvia, flores y deshielo en pleno invierno ártico, evidencia de cómo los episodios cálidos pueden alterar rápidamente ambientes dependientes de la nieve.

Los autores plantean que reconocer esta categoría permite describir mejor una amenaza hidrológica que había recibido menos atención que los eventos de lluvia sobre nieve. La combinación de registros históricos, algoritmos de seguimiento y modelos operativos ofrece una base para anticipar cómo el calor extremo transforma la reserva de agua de las montañas.

Fuentes referenciales:
Phys.org
Science Advances
Sistema Nacional Integrado de Información sobre Sequías de Estados Unidos