El nuevo episodio de El Niño podría ubicarse entre los más fuertes registrados y volver a poner bajo presión la seguridad alimentaria, el agua, la salud y los sistemas de alerta temprana.
Redactor: Luis Ortega
Editor: Eduardo Schmitz
Los científicos de predicción climática anunciaron en junio de 2026 la formación de El Niño, un ciclo climático que ocurre cada dos a siete años y altera la circulación del océano Pacífico tropical. Las proyecciones apuntaban a que el episodio podía convertirse en uno de los más fuertes registrados, un “super El Niño”.
El fenómeno se produce cuando la superficie del Pacífico se calienta de forma inusual. Ese calentamiento puede modificar patrones meteorológicos en distintas regiones del mundo y favorecer eventos extremos como sequías, inundaciones y olas de calor.
África ante un nuevo episodio extremo
En África austral, El Niño suele provocar condiciones cálidas y secas. En un ciclo anterior, esa combinación empujó a 18 millones de personas hacia el hambre. En África oriental y central, el fenómeno ha estado asociado a lluvias intensas e inundaciones que destruyeron más de 600.000 viviendas, además de tierras agrícolas y servicios de salud.
En África occidental, los impactos han incluido cosechas reducidas, aumento de precios de alimentos y escasez alimentaria que puede prolongarse durante años después del evento. La amenaza vuelve a colocar en primer plano la relación entre El Niño 2026, seguridad alimentaria, agua y salud pública.
Un “super El Niño” se asocia a temperaturas del Pacífico muy por encima de lo normal. Partes del océano podrían ubicarse cerca de 3 °C por encima del promedio hacia finales de 2026. Desde 1982 solo se han registrado tres eventos de esa magnitud en los registros modernos.
El antecedente de 2015-2016
El episodio de 2015-2016 dejó una señal clara de vulnerabilidad. Más de 36 millones de personas en África oriental y austral fueron empujadas hacia el hambre, con efectos en seguridad alimentaria, nutrición, acceso al agua, salud y medios de vida.
Ese antecedente explica la preocupación actual. África combina alta exposición climática, pobreza, infraestructura débil y sistemas productivos sensibles a sequías e inundaciones. Sin embargo, el continente también ha acumulado décadas de experiencia en adaptación frente a ciclos repetidos de lluvia irregular, escasez de agua e inseguridad alimentaria.
La discusión científica sobre un posible super El Niño no solo apunta al riesgo, sino también a la necesidad de preparar respuestas antes de que los impactos se transformen en emergencias humanitarias.
Primera lección: anticiparse antes de responder
La primera lección acumulada en África es que la preparación resulta más eficaz que la respuesta tardía. Gobiernos, investigadores, organizaciones humanitarias y comunidades han reconocido el valor de actuar antes de que los desastres ocurran.
Los sistemas de alerta temprana, los planes de contingencia y el apoyo logístico previo pueden reducir pérdidas antes de que una sequía, una inundación o una crisis alimentaria escalen. Aunque todavía existen brechas, los sistemas nacionales y regionales de alerta multiamenaza se han fortalecido, con el financiamiento como principal limitación.
En un episodio extremo, las sequías, la inseguridad alimentaria y los daños a los sistemas de salud pueden ser más severos. La preparación permite proteger medios de vida y evitar que las familias agoten sus ahorros o se endeuden para recuperarse.
Segunda lección: diversificar los cultivos
La segunda lección se relaciona con la agricultura. El futuro alimentario africano no puede depender únicamente de cultivos básicos como maíz y trigo, cada vez más vulnerables al estrés climático.
Cultivos indígenas y subutilizados como sorgo, mijo, bambara y caupí han sido cultivados durante generaciones por comunidades africanas. Estas especies están mejor adaptadas a condiciones difíciles que muchos cultivos convencionales y pueden reforzar la resiliencia alimentaria.
La diversificación agrícola es una respuesta práctica frente a un clima más variable. En regiones expuestas a sequías o lluvias extremas, reduce la dependencia de pocas especies y distribuye mejor el riesgo de pérdida de cosechas.
Tercera lección: agua, energía, alimentos y salud están conectados
Los impactos climáticos rara vez quedan confinados a un solo sector. Una sequía reduce la producción agrícola; las cosechas menores elevan precios y afectan la nutrición; la falta de agua presiona los servicios sanitarios; y las interrupciones energéticas pueden afectar riego, hospitales y actividad económica.
Por eso, la respuesta no puede tratar por separado agua, energía, alimentos y salud. El Niño muestra cómo los efectos pueden encadenarse en sistemas interdependientes. La experiencia africana indica que las soluciones más eficaces son aquellas que integran esos sectores, no las que actúan de forma aislada.
La vigilancia climática global ya ha señalado que El Niño activa alertas por su capacidad de reorganizar lluvias, temperaturas y riesgos extremos en distintas regiones del planeta.
Cuarta lección: falta dinero, no conocimiento
La cuarta lección es que la principal limitación no es la ausencia de soluciones, sino la falta de financiamiento. Investigadores, agricultores, técnicos e instituciones africanas han desarrollado formas de anticipar y gestionar riesgos climáticos, pero muchas no logran escalarse.
La financiación para adaptación climática, los créditos concesionales y las subvenciones pueden ayudar a comunidades vulnerables a invertir en riego, salud, caminos, seguros agrícolas y protección social. También permiten sostener transferencias de efectivo y redes de seguridad cuando llega el desastre.
El problema es que la financiación climática para África sigue por debajo de lo necesario. Los fondos comprometidos suelen liberarse lentamente, con condiciones estrictas y sistemas contables que no siempre encajan con las capacidades locales.
Quinta lección: alianzas sin paternalismo
La quinta lección es política e institucional. La resiliencia climática no puede construirse mediante relaciones unidireccionales donde las soluciones se diseñan fuera y se entregan a comunidades africanas sin apropiación local.
Las respuestas eficaces dependen de instituciones confiables, liderazgo comunitario, capacidades nacionales y soluciones adaptadas al contexto. África necesita asociaciones basadas en aprendizaje mutuo, objetivos compartidos y reconocimiento de la experiencia existente.
Este enfoque cobra relevancia porque los impactos de El Niño en el calentamiento global pueden amplificarse en un planeta ya más cálido, aumentando la presión sobre agua, alimentos, salud e infraestructura.
África como fuente de conocimiento climático
Un super El Niño pondrá nuevamente a prueba sistemas, instituciones y comunidades africanas. Pero también puede mostrar que el continente no es solo un territorio vulnerable, sino una fuente de conocimiento climático, experiencia adaptativa y soluciones prácticas desarrolladas bajo condiciones difíciles.
La preparación temprana, la diversificación agrícola, la gestión integrada de sectores críticos, el financiamiento adecuado y las alianzas locales ofrecen una hoja de ruta aplicable más allá de África, en un mundo donde los extremos climáticos son cada vez más costosos.
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