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17 de agosto de 2026

Panorama Planetario

El sistema climático mundial entra en la segunda mitad de agosto bajo la influencia de un episodio de El Niño en intensificación, océanos excepcionalmente cálidos y contrastes muy marcados entre sequedad e inundaciones. El calor acumulado en el mar está reforzando las temperaturas terrestres y aumentando la capacidad de la atmósfera para transportar humedad. Esta combinación eleva simultáneamente el riesgo de incendios, lluvias torrenciales, estrés hídrico, noches cálidas y alteraciones ecológicas.

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Temperatura global

Calor generalizado sobre continentes y océanos

Las probabilidades estacionales continúan inclinadas hacia temperaturas superiores a lo normal en gran parte del planeta. El oeste y el sur de Europa mantienen una combinación especialmente delicada de calor, suelos secos y vegetación inflamable. También persisten anomalías cálidas en amplias zonas de Asia, Norteamérica y el norte de África. Las noches cálidas prolongan el estrés térmico porque reducen la recuperación de personas, cultivos y ecosistemas.

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Océanos

El calor marino amplifica los extremos

Amplias áreas del Atlántico, el Pacífico y el Mediterráneo occidental conservan temperaturas elevadas. Las olas de calor marinas pueden desplazar especies, favorecer la pérdida de oxígeno y aumentar el estrés de corales, pastos marinos y pesquerías. El agua cálida también aporta más vapor a la atmósfera, por lo que una perturbación favorable puede producir lluvias más intensas. No implica que todos los territorios recibirán más precipitación: algunos permanecerán bajo subsidencia y sequedad.

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CO₂ atmosférico

La concentración permanece en niveles récord

El dióxido de carbono continúa muy por encima del nivel preindustrial y mantiene un forzamiento climático de larga duración. Las variaciones diarias o estacionales no cambian la tendencia estructural: el CO₂ emitido se acumula y parte de él permanece durante siglos. Bosques, suelos y océanos absorben una fracción importante, pero el calentamiento, los incendios y la degradación ambiental pueden debilitar esos sumideros naturales.

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Hielo polar

El Ártico sigue atravesando su temporada de deshielo

Agosto es un mes decisivo para la extensión mínima anual del hielo marino ártico, que habitualmente se alcanza en septiembre. La atención se concentra tanto en la superficie total como en la edad y el grosor del hielo. La pérdida de hielo antiguo deja una cubierta más vulnerable a vientos, oleaje y agua cálida. En la Antártida, la vigilancia se centra en la evolución invernal del hielo marino y en los márgenes de las plataformas.

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Incendios

Europa mantiene una emergencia forestal severa

Los incendios registrados en Bélgica, Grecia, España y otros sectores europeos muestran el efecto combinado de vegetación seca, altas temperaturas y cambios repentinos del viento. El fuego en los Altos Fagnes belgas alcanzó una escala excepcional y movilizó apoyo internacional. Además de la pérdida directa de hábitat, el humo degrada la calidad del aire, afecta a comunidades alejadas y deposita partículas sobre suelos, ríos y zonas urbanas.

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Sequías

La humedad del suelo se convierte en variable crítica

En zonas de Europa y del Mediterráneo, la falta de humedad superficial reduce la evaporación que normalmente modera el calor. El resultado es una mayor transferencia de energía hacia el calentamiento del aire. En la Amazonia crece la preocupación ante la posible coincidencia entre la estación seca y el fortalecimiento de El Niño. La vigilancia debe incluir caudales, agua para consumo, humedad de combustibles y estrés de la vegetación.

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Fenómenos extremos

Inundaciones y deslizamientos mantienen bajo presión a Asia

China ha afrontado durante el verano inundaciones, tifones y deslizamientos con graves consecuencias humanas. El riesgo no depende únicamente del volumen de lluvia: también intervienen la saturación previa del suelo, la pendiente, la ocupación de cauces y la capacidad de drenaje urbano. En una atmósfera más cálida, episodios breves pueden descargar grandes cantidades de agua, por lo que las alertas tempranas deben traducirse rápidamente en medidas locales.

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Controladores climáticos

El Niño y el dipolo del Índico reorganizan las lluvias

La Organización Meteorológica Mundial prevé que El Niño continúe fortaleciéndose durante agosto–octubre. Paralelamente, un dipolo positivo del océano Índico puede modificar las precipitaciones alrededor de esa cuenca. Estos patrones no determinan por sí solos un evento concreto, pero alteran las probabilidades regionales de sequía, inundación, calor y actividad ciclónica. Los servicios meteorológicos nacionales deben seguir siendo la referencia para decisiones operativas.

🔎 Señal planetaria destacada

La señal central del 17 de agosto es la coincidencia de un El Niño fuerte en desarrollo con mares anormalmente cálidos y suelos secos en territorios vulnerables. Esta superposición conecta fenómenos que a primera vista parecen opuestos: el mismo exceso de energía puede agravar incendios donde domina la sequedad y favorecer precipitaciones extremas donde existe humedad disponible y mecanismos de ascenso atmosférico.

Perspectiva para los próximos 7–14 días

Se recomienda mantener vigilancia reforzada sobre incendios y humo en Europa, calor terrestre y marino, lluvias intensas y deslizamientos en sectores del monzón asiático, y señales de déficit hídrico en la Amazonia. El fortalecimiento de El Niño obliga a preparar medidas preventivas en agricultura, agua, salud y protección civil, sin atribuir automáticamente cada episodio extremo al fenómeno. Los pronósticos regionales y las alertas de corto plazo determinarán dónde se materializan los mayores impactos.

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¿Un “súper El Niño” en 2026? Por qué aún es pronto para confirmarlo, pero no para prepararse


Las señales del Pacífico tropical elevan la vigilancia climática, aunque la evolución del fenómeno dependerá de la interacción entre el océano y los vientos en las próximas semanas


Redactor: Javier Morales O.
Editor: Karem Díaz S.

La posibilidad de que se forme un “súper El Niño” durante 2026 comienza a ganar atención internacional por sus posibles efectos sobre lluvias extremas, calor, sequías e inundaciones destructivas en distintas regiones del planeta. Sin embargo, el escenario todavía no puede darse por seguro: en esta etapa del año, las predicciones del fenómeno El Niño siguen siendo especialmente inciertas.

El análisis fue escrito por Pedro DiNezio, científico especializado en la interacción océano-atmósfera y en el estudio de El Niño, y republicado por Phys.org desde The Conversation el 14 de mayo de 2026. Su punto central es claro: las señales oceánicas actuales justifican preparación, pero no permiten afirmar con certeza que el Pacífico tropical vaya a evolucionar hacia un episodio extremo.

El interés se explica porque el Pacífico ecuatorial se está calentando y varios modelos informáticos proyectan condiciones intensas hacia finales de año. Esa vigilancia se suma a advertencias recientes sobre el posible regreso del fenómeno de El Niño durante 2026, con impactos que pueden amplificarse en un planeta ya más cálido por el cambio climático.

Por qué mayo todavía es una ventana de alta incertidumbre

El punto de partida de cualquier pronóstico de El Niño es el calor acumulado bajo la superficie del Pacífico ecuatorial oriental. En este momento, existe un reservorio excepcionalmente grande de agua cálida bajo la superficie, una señal que en principio podría favorecer el desarrollo del fenómeno.

Pero El Niño no depende solo del océano. Para consolidarse, necesita que la atmósfera responda de forma coordinada. Los vientos alisios normalmente soplan de este a oeste sobre el ecuador, empujando agua cálida hacia Asia y permitiendo que aguas más frías afloren cerca de Sudamérica. A comienzos de 2026, una actividad inusual de vientos, vinculada a un par de ciclones a ambos lados del ecuador, invirtió temporalmente esa dirección.

Esa inversión activó una onda Kelvin descendente, una pulsación de energía que se desplaza bajo la superficie del océano hacia el este. Al llegar al Pacífico oriental, esa señal ayudó a alimentar un calentamiento intenso frente a Sudamérica. En la superficie, este patrón puede parecer el inicio de un El Niño fuerte, pero todavía falta un elemento decisivo: la retroalimentación sostenida entre océano y atmósfera.

El sistema necesita una retroalimentación que aún no está asegurada

Para que El Niño se desarrolle plenamente, las aguas superficiales más cálidas deben debilitar los vientos alisios. Ese debilitamiento favorece nuevas ondas Kelvin, empuja más agua cálida hacia el este y refuerza el calentamiento. Es un circuito que, una vez activado, puede sostenerse y amplificar el fenómeno.

El problema es que ese circuito no se enciende automáticamente. Requiere ráfagas repetidas de vientos hacia el este en el momento adecuado. Hasta mediados de mayo de 2026, los patrones de viento necesarios para ampliar el calentamiento no habían aparecido con claridad. Incluso se esperaba una fase de vientos en dirección contraria durante la segunda mitad de mayo, lo que podría actuar como freno al calentamiento oceánico.

Esta limitación ayuda a explicar por qué los pronósticos de primavera boreal suelen tener menor confiabilidad. En años anteriores, como 2014 y 2017, los modelos apuntaban a condiciones fuertes de El Niño hacia mediados de año, pero los vientos esperados no se consolidaron y el evento terminó débil o regresó a condiciones neutras.

La misma cautela aparece en otros análisis recientes sobre la temporada de El Niño, que subrayan que cada episodio tiene una evolución propia y que el calentamiento global puede amplificar sus impactos sin convertir todos los eventos en fenómenos extremos.

Qué sugieren los pronósticos para 2026 y 2027

Las proyecciones disponibles a mediados de mayo aún muestran un rango amplio: desde condiciones débiles hasta un episodio fuerte de El Niño. La evolución dependerá de cómo se comporten los vientos en las próximas semanas. Si los alisios vuelven a debilitarse en el momento adecuado, el sistema podría avanzar hacia un calentamiento autosostenido más difícil de detener.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos mantiene una vigilancia elevada sobre la posibilidad de que El Niño se desarrolle y se fortalezca más adelante en el año. El panorama debería quedar más claro hacia la actualización de mediados de junio, cuando la barrera de predictibilidad de primavera empiece a reducirse.

El debate también se cruza con estudios que han explorado la predicción anticipada del sistema ENSO, como el trabajo sobre un modelo basado en datos oceánicos que proyectaba un El Niño potente a partir de observaciones de temperatura y altura de la superficie del mar. Aun así, DiNezio insiste en que la señal oceánica debe ser confirmada por la respuesta atmosférica.

La intensidad marcaría la diferencia para el clima mundial

La diferencia entre un El Niño débil y uno extremo no es menor. Un evento fuerte puede reorganizar patrones de lluvia, temperatura y tormentas en regiones muy distantes del Pacífico tropical. Si el episodio de 2026 se intensificara, podría favorecer sequía en la Amazonía, incendios en Indonesia, inundaciones en Perú y lluvias intensas en partes de California y el sur de Sudamérica.

En India, el riesgo tiene implicaciones inmediatas. Los monzones sostienen la agricultura y el abastecimiento de agua de cientos de millones de personas, y los eventos fuertes de El Niño han estado históricamente asociados a un debilitamiento de esas lluvias. Una reducción modesta del monzón puede traducirse en presión sobre alimentos, agua y economías regionales.

Al mismo tiempo, El Niño suele reducir la actividad de huracanes en el Atlántico, aunque esto no elimina el riesgo de tormentas destructivas. En contraste, el Pacífico oriental puede volverse más activo. Estos cambios muestran por qué el sistema ENSO sigue siendo una pieza central en la vigilancia de ciclones tropicales y fenómenos meteorológicos extremos.

Prepararse sin esperar certeza absoluta

El Niño no impacta en todas las regiones al mismo tiempo. Sus efectos sobre el monzón indio y la actividad de huracanes del Atlántico suelen desarrollarse entre el verano y el inicio del otoño boreal. En cambio, las lluvias extremas en partes de Sudamérica pueden aparecer hacia noviembre, diciembre y enero, cuando el fenómeno normalmente alcanza su máximo. En el sudeste asiático, las olas de calor intensas pueden emerger incluso más tarde, hacia abril del año siguiente.

Por eso, la gestión del riesgo no puede esperar a que exista certeza total. Regiones expuestas a sequías, inundaciones, fallas del monzón, incendios o calor extremo necesitan revisar infraestructura hídrica, planes de emergencia, sistemas de alerta y protección de cultivos antes de que el evento quede plenamente definido.

El mensaje científico no es que un “súper El Niño” sea inevitable, sino que las condiciones actuales cargan el sistema hacia un mayor riesgo. En un contexto de récords recientes de temperatura y eventos extremos, la preparación temprana puede reducir daños aunque el fenómeno final resulte más débil de lo temido.

Referencias

Phys.org / The Conversation. “A ‘super El Niño?’ Why it’s too early to forecast one with certainty, but not too soon to prepare”. Publicado el 14 de mayo de 2026. https://phys.org/news/2026-05-super-el-nio-early-certainty.html