Las señales del Pacífico tropical elevan la vigilancia climática, aunque la evolución del fenómeno dependerá de la interacción entre el océano y los vientos en las próximas semanas
Redactor: Javier Morales O.
Editor: Karem Díaz S.
La posibilidad de que se forme un “súper El Niño” durante 2026 comienza a ganar atención internacional por sus posibles efectos sobre lluvias extremas, calor, sequías e inundaciones destructivas en distintas regiones del planeta. Sin embargo, el escenario todavía no puede darse por seguro: en esta etapa del año, las predicciones del fenómeno El Niño siguen siendo especialmente inciertas.
El análisis fue escrito por Pedro DiNezio, científico especializado en la interacción océano-atmósfera y en el estudio de El Niño, y republicado por Phys.org desde The Conversation el 14 de mayo de 2026. Su punto central es claro: las señales oceánicas actuales justifican preparación, pero no permiten afirmar con certeza que el Pacífico tropical vaya a evolucionar hacia un episodio extremo.
El interés se explica porque el Pacífico ecuatorial se está calentando y varios modelos informáticos proyectan condiciones intensas hacia finales de año. Esa vigilancia se suma a advertencias recientes sobre el posible regreso del fenómeno de El Niño durante 2026, con impactos que pueden amplificarse en un planeta ya más cálido por el cambio climático.
Por qué mayo todavía es una ventana de alta incertidumbre
El punto de partida de cualquier pronóstico de El Niño es el calor acumulado bajo la superficie del Pacífico ecuatorial oriental. En este momento, existe un reservorio excepcionalmente grande de agua cálida bajo la superficie, una señal que en principio podría favorecer el desarrollo del fenómeno.
Pero El Niño no depende solo del océano. Para consolidarse, necesita que la atmósfera responda de forma coordinada. Los vientos alisios normalmente soplan de este a oeste sobre el ecuador, empujando agua cálida hacia Asia y permitiendo que aguas más frías afloren cerca de Sudamérica. A comienzos de 2026, una actividad inusual de vientos, vinculada a un par de ciclones a ambos lados del ecuador, invirtió temporalmente esa dirección.
Esa inversión activó una onda Kelvin descendente, una pulsación de energía que se desplaza bajo la superficie del océano hacia el este. Al llegar al Pacífico oriental, esa señal ayudó a alimentar un calentamiento intenso frente a Sudamérica. En la superficie, este patrón puede parecer el inicio de un El Niño fuerte, pero todavía falta un elemento decisivo: la retroalimentación sostenida entre océano y atmósfera.
El sistema necesita una retroalimentación que aún no está asegurada
Para que El Niño se desarrolle plenamente, las aguas superficiales más cálidas deben debilitar los vientos alisios. Ese debilitamiento favorece nuevas ondas Kelvin, empuja más agua cálida hacia el este y refuerza el calentamiento. Es un circuito que, una vez activado, puede sostenerse y amplificar el fenómeno.
El problema es que ese circuito no se enciende automáticamente. Requiere ráfagas repetidas de vientos hacia el este en el momento adecuado. Hasta mediados de mayo de 2026, los patrones de viento necesarios para ampliar el calentamiento no habían aparecido con claridad. Incluso se esperaba una fase de vientos en dirección contraria durante la segunda mitad de mayo, lo que podría actuar como freno al calentamiento oceánico.
Esta limitación ayuda a explicar por qué los pronósticos de primavera boreal suelen tener menor confiabilidad. En años anteriores, como 2014 y 2017, los modelos apuntaban a condiciones fuertes de El Niño hacia mediados de año, pero los vientos esperados no se consolidaron y el evento terminó débil o regresó a condiciones neutras.
La misma cautela aparece en otros análisis recientes sobre la temporada de El Niño, que subrayan que cada episodio tiene una evolución propia y que el calentamiento global puede amplificar sus impactos sin convertir todos los eventos en fenómenos extremos.
Qué sugieren los pronósticos para 2026 y 2027
Las proyecciones disponibles a mediados de mayo aún muestran un rango amplio: desde condiciones débiles hasta un episodio fuerte de El Niño. La evolución dependerá de cómo se comporten los vientos en las próximas semanas. Si los alisios vuelven a debilitarse en el momento adecuado, el sistema podría avanzar hacia un calentamiento autosostenido más difícil de detener.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos mantiene una vigilancia elevada sobre la posibilidad de que El Niño se desarrolle y se fortalezca más adelante en el año. El panorama debería quedar más claro hacia la actualización de mediados de junio, cuando la barrera de predictibilidad de primavera empiece a reducirse.
El debate también se cruza con estudios que han explorado la predicción anticipada del sistema ENSO, como el trabajo sobre un modelo basado en datos oceánicos que proyectaba un El Niño potente a partir de observaciones de temperatura y altura de la superficie del mar. Aun así, DiNezio insiste en que la señal oceánica debe ser confirmada por la respuesta atmosférica.
La intensidad marcaría la diferencia para el clima mundial
La diferencia entre un El Niño débil y uno extremo no es menor. Un evento fuerte puede reorganizar patrones de lluvia, temperatura y tormentas en regiones muy distantes del Pacífico tropical. Si el episodio de 2026 se intensificara, podría favorecer sequía en la Amazonía, incendios en Indonesia, inundaciones en Perú y lluvias intensas en partes de California y el sur de Sudamérica.
En India, el riesgo tiene implicaciones inmediatas. Los monzones sostienen la agricultura y el abastecimiento de agua de cientos de millones de personas, y los eventos fuertes de El Niño han estado históricamente asociados a un debilitamiento de esas lluvias. Una reducción modesta del monzón puede traducirse en presión sobre alimentos, agua y economías regionales.
Al mismo tiempo, El Niño suele reducir la actividad de huracanes en el Atlántico, aunque esto no elimina el riesgo de tormentas destructivas. En contraste, el Pacífico oriental puede volverse más activo. Estos cambios muestran por qué el sistema ENSO sigue siendo una pieza central en la vigilancia de ciclones tropicales y fenómenos meteorológicos extremos.
Prepararse sin esperar certeza absoluta
El Niño no impacta en todas las regiones al mismo tiempo. Sus efectos sobre el monzón indio y la actividad de huracanes del Atlántico suelen desarrollarse entre el verano y el inicio del otoño boreal. En cambio, las lluvias extremas en partes de Sudamérica pueden aparecer hacia noviembre, diciembre y enero, cuando el fenómeno normalmente alcanza su máximo. En el sudeste asiático, las olas de calor intensas pueden emerger incluso más tarde, hacia abril del año siguiente.
Por eso, la gestión del riesgo no puede esperar a que exista certeza total. Regiones expuestas a sequías, inundaciones, fallas del monzón, incendios o calor extremo necesitan revisar infraestructura hídrica, planes de emergencia, sistemas de alerta y protección de cultivos antes de que el evento quede plenamente definido.
El mensaje científico no es que un “súper El Niño” sea inevitable, sino que las condiciones actuales cargan el sistema hacia un mayor riesgo. En un contexto de récords recientes de temperatura y eventos extremos, la preparación temprana puede reducir daños aunque el fenómeno final resulte más débil de lo temido.
Referencias
Phys.org / The Conversation. “A ‘super El Niño?’ Why it’s too early to forecast one with certainty, but not too soon to prepare”. Publicado el 14 de mayo de 2026. https://phys.org/news/2026-05-super-el-nio-early-certainty.html
