Un estudio de 2.118 impactos en condados de Estados Unidos detectó un deterioro inicial y una aparente mejora posterior que también podría reflejar desplazamiento y gentrificación
Redactor: Luis Ortega
Editor: Karem Díaz S.
Los ciclones tropicales pueden modificar la vulnerabilidad social de las comunidades afectadas durante al menos 15 años, según una investigación publicada en la revista GeoHealth. El estudio analizó 2.118 casos en los que algún condado de Estados Unidos fue alcanzado por uno o más ciclones entre 2005 y 2018.
El equipo dirigido por Lingke Jiang comparó la evolución de esos territorios con la de comunidades semejantes que no estuvieron expuestas a ciclones. Los resultados muestran que la vulnerabilidad aumentó aproximadamente un 2 % durante los primeros años posteriores al desastre, pero la tendencia se invirtió nueve años después.
A los 15 años, el índice promedio era cerca de un 2 % menor en los condados afectados que en los territorios de comparación. Sin embargo, los investigadores advierten que esa reducción estadística no necesariamente representa una recuperación equitativa para los habitantes originales.
El impacto social continúa después de la emergencia
Los ciclones pueden destruir viviendas, interrumpir servicios, deteriorar la salud y dejar a numerosas personas sin seguridad económica o habitacional. Las comunidades que ya disponían de pocos recursos antes del evento suelen experimentar mayores dificultades para afrontar estas consecuencias.
La exposición tampoco se limita a las costas ni depende únicamente de la velocidad máxima del viento. Las lluvias, las inundaciones, la marejada ciclónica y los daños sobre infraestructuras pueden extender los efectos hacia el interior y afectar de manera desigual a barrios y grupos sociales.
Esta combinación de amenazas explica por qué mejorar el pronóstico de la intensificación rápida de los huracanes puede aportar tiempo adicional para organizar evacuaciones, proteger instalaciones esenciales y distribuir recursos antes de la llegada de una tormenta.
El nuevo trabajo amplía ese enfoque al examinar lo que ocurre mucho después del impacto inmediato. En lugar de limitarse a contabilizar víctimas o daños materiales, estudia cómo cambia la capacidad de una comunidad para resistir nuevas presiones sociales, económicas y ambientales.
El índice incorporó condiciones sociales de los condados
Los investigadores utilizaron índices de vulnerabilidad social que reúnen distintas características demográficas y habitacionales. Entre ellas se encuentran el dominio del inglés, el porcentaje de minorías étnicas y la proporción de personas que viven en hogares con condiciones de hacinamiento.
Estos indicadores permiten aproximarse a las dificultades que puede afrontar una población para prepararse, evacuar, acceder a ayuda y recuperarse. Un mismo fenómeno meteorológico puede producir consecuencias muy diferentes según la calidad de las viviendas, los ingresos, la movilidad, el acceso a servicios y las redes de apoyo existentes.
Para aislar mejor el efecto de los ciclones, los 2.118 casos observados entre 2005 y 2018 fueron comparados con condados de características similares que no habían experimentado esas tormentas. El análisis siguió la evolución de los indicadores antes y después de cada exposición.
El aumento inicial de aproximadamente un 2 % coincide con un periodo en el que pueden acumularse pérdida de vivienda, problemas sanitarios, desempleo y otras formas de inseguridad. La posterior reducción comienza a observarse después de nueve años, un plazo considerablemente mayor que el utilizado habitualmente para evaluar la recuperación de un desastre.
Una menor vulnerabilidad estadística puede ocultar desplazamientos
Quince años después del ciclón, el índice promedio de los condados afectados era alrededor de un 2 % inferior al de las comunidades no expuestas. Una interpretación superficial podría presentar este resultado como evidencia de que la reconstrucción dejó territorios más resistentes.
Los autores señalan, no obstante, que los proyectos de reconstrucción pueden aumentar el atractivo económico de determinados barrios y generar oportunidades para promotores inmobiliarios. El encarecimiento de la vivienda puede terminar desplazando a residentes que no consiguen afrontar los nuevos costos.
En ese escenario, el indicador mejora porque la composición social de la comunidad cambió, no necesariamente porque las personas más vulnerables recuperaron estabilidad. Parte de la población original puede trasladarse a otros lugares y llevar consigo las condiciones de precariedad que existían antes del desastre.
La investigación relaciona este posible resultado con la urbanización impulsada por crisis, un proceso en el que habitantes de territorios rurales se desplazan hacia áreas urbanas después de emergencias ambientales. Por tanto, la recuperación territorial y la recuperación de quienes habitaban el territorio no siempre son equivalentes.
La intensidad del ciclón no determina por sí sola el desastre
El riesgo social depende de la interacción entre la amenaza física, la exposición y las condiciones previas de la población. Incluso una temporada con pocas tormentas puede causar daños graves si un solo sistema alcanza una zona densamente poblada o con infraestructura frágil, como recuerda la advertencia de que una temporada menos activa no elimina el peligro.
Los cambios climáticos pueden aumentar además algunas amenazas asociadas. Simulaciones para el Pacífico suroccidental proyectaron que las lluvias extremas de los ciclones podrían intensificarse bajo escenarios de mayor calentamiento, ampliando el peligro de inundaciones y daños prolongados.
La destrucción causada por el viento también puede coincidir con crecidas, contaminación del agua, interrupciones eléctricas y pérdida de servicios sanitarios. Estos efectos encadenados suelen perjudicar con mayor intensidad a quienes carecen de ahorros, transporte privado, seguros o alternativas de alojamiento.
El análisis de vulnerabilidad aporta así una dimensión complementaria a los modelos meteorológicos. Saber dónde tocará tierra una tormenta y con qué intensidad continúa siendo esencial, pero no basta para anticipar quién podrá abandonar el área, quién regresará y quién permanecerá desplazado años después.
La recuperación debe seguir a las personas y no solo al territorio
Los resultados sugieren que las evaluaciones posteriores a un ciclón deberían distinguir entre reconstrucción física, recuperación económica y permanencia de la población original. Un condado puede mostrar mejores indicadores agregados mientras antiguos residentes continúan afrontando precariedad en otros municipios.
El seguimiento a largo plazo permitiría conocer si las ayudas llegan a quienes sufrieron las pérdidas, si la vivienda reconstruida continúa siendo asequible y si los servicios restaurados responden a las necesidades de los grupos más expuestos.
También resulta necesario incorporar desplazamientos entre condados, cambios en el costo de la vivienda y transformaciones demográficas. Sin esas variables, una reducción del índice de vulnerabilidad puede atribuirse erróneamente a una mejora general cuando refleja, al menos parcialmente, la salida de hogares con menos recursos.
La preparación anticipada conserva un papel decisivo. Las alertas y evacuaciones pueden reducir la exposición inmediata, mientras que las políticas de vivienda, salud, asistencia económica y reconstrucción inclusiva determinan cómo se distribuye la recuperación durante los años siguientes.
Fuentes referenciales:
Phys.org
GeoHealth
Eos, American Geophysical Union
