El investigador Iván Cherrez advierte que el índice de calor supera niveles de riesgo en zonas húmedas del país, con efectos directos sobre la población vulnerable y la economía rural
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
Colombia enfrenta una alerta climática que ya no se limita a la falta de lluvias. El posible impacto del fenómeno de El Niño se combina con temperaturas elevadas, alta humedad y una temporada seca que amenaza tanto la salud humana como la producción rural, especialmente en la región Caribe. Las advertencias apuntan a un escenario en el que el calor extremo empieza a formar parte de la vida cotidiana en zonas donde la infraestructura de adaptación todavía es limitada.
Las autoridades colombianas han emitido alertas por el posible avance de El Niño, con especial atención en el Caribe, donde se prevé una disminución de las lluvias. Esa reducción agravaría la crisis ganadera que ya preocupa a productores y gremios, en un país donde la seguridad alimentaria depende de la estabilidad de los sistemas rurales y de la disponibilidad de agua para animales, cultivos y comunidades.
El docente e investigador Iván Cherrez, de la Universidad Espíritu Santo, explicó que el problema climático dejó de ser un fenómeno aislado para algunas zonas y se convirtió en una señal de riesgo regional. Durante años, las olas de calor fueron vistas como episodios excepcionales, pero la acumulación de temperaturas extremas muestra que esa percepción está cambiando para millones de personas.
Un índice de calor que supera niveles peligrosos
La preocupación principal no se concentra únicamente en la temperatura medida por los termómetros, sino en el índice de calor, que combina temperatura y humedad para reflejar lo que realmente siente el cuerpo humano. En algunas regiones de Colombia, ese indicador superó de forma sostenida los 39 °C. Durante marzo se registraron picos de hasta 44 °C y en abril las condiciones se mantuvieron cerca de los 43 °C, sin días fuera del nivel de riesgo.
Esta combinación de calor y humedad es especialmente peligrosa porque reduce la capacidad del cuerpo para enfriarse mediante la sudoración. Cuando el sudor pierde efectividad, la temperatura corporal puede superar los 40 °C, aumentando el riesgo de golpes de calor, daños neurológicos e incluso muerte. Los grupos más vulnerables son niños, adultos mayores, personas con enfermedades preexistentes y trabajadores expuestos al aire libre.
La advertencia se conecta con una tendencia más amplia de olas de calor extremo, que ya no pueden analizarse solo como episodios pasajeros. En ciudades tropicales, la humedad, la falta de sombra, la alta densidad poblacional y el acceso limitado a sistemas de refrigeración pueden convertir una jornada calurosa en una emergencia sanitaria silenciosa.
Ciudades latinoamericanas con poca adaptación térmica
El monitoreo realizado por Cherrez y su equipo forma parte del proyecto “Evaluación Integral de la Calidad Ambiental y Biodiversidad”, orientado a analizar cómo el aumento sostenido de la temperatura impacta la salud y la calidad de vida de la población. El enfoque no se limita a Colombia, sino que observa el comportamiento del calor extremo en América Latina, donde las olas prolongadas han aumentado en distintos territorios.
El investigador advierte que las ciudades latinoamericanas todavía no están completamente preparadas para enfrentar esta nueva realidad climática. Los sectores urbanos con poca cobertura vegetal, alta concentración de población y acceso reducido a sistemas de refrigeración son los más expuestos. En ese contexto, la adaptación no puede depender solo de recomendaciones individuales, sino también de decisiones urbanas, refugios térmicos, planificación verde y protección de los grupos más expuestos.
La relación entre vegetación urbana y temperatura resulta clave en este debate. La evidencia sobre bosques urbanos y reducción del calor extremo apunta a que las zonas verdes pueden funcionar como una herramienta concreta de adaptación, sobre todo en barrios donde el cemento, la falta de sombra y la humedad intensifican el estrés térmico.
El Caribe colombiano y el riesgo para la economía rural
La alerta también tiene una dimensión productiva. La Asociación de Ganaderos de la Costa Norte advirtió que al menos 6.400 productores podrían verse afectados por la temporada seca en Córdoba, Sucre, Bolívar, Atlántico y Magdalena. El impacto sería especialmente fuerte entre pequeños ganaderos, ya que el 80 % de los productores en riesgo tiene menos de 50 reses.
Jorge Rodríguez, director ejecutivo de Asoganorte, señaló que el calor extremo ya golpea al sector y que muchos campesinos no tuvieron tiempo suficiente para prepararse. La falta de agua y alimento empieza a afectar a los animales, lo que puede empujar a pequeños productores hacia una situación de quiebra si la crisis se agrava.
Este escenario coincide con los impactos descritos para América Central y del Sur, donde las variaciones climáticas extremas afectan medios de vida rurales, producción agrícola y seguridad alimentaria. En el caso colombiano, el vínculo entre sequía, calor, ganadería y abastecimiento convierte el episodio de El Niño en un desafío que trasciende la meteorología y entra directamente en la economía rural.
El Niño, sequía y seguridad alimentaria
El fenómeno de El Niño suele alterar los patrones de lluvia y temperatura, con efectos distintos según la región. En Colombia, la reducción de precipitaciones prevista para el Caribe puede intensificar la presión sobre fuentes de agua, pasturas y sistemas ganaderos. Cuando el calor se combina con sequía, los animales reducen su consumo, pierden condición corporal y aumentan los riesgos sanitarios.
La situación también se relaciona con la expansión de sequías más frecuentes y severas, un fenómeno que afecta embalses, cultivos, biodiversidad y producción de alimentos. Para pequeños productores, la falta de margen económico hace que una temporada seca intensa pueda traducirse rápidamente en pérdida de ingresos, endeudamiento o reducción del hato.
En la vida cotidiana, las recomendaciones inmediatas incluyen evitar la exposición solar entre las 10:00 a. m. y las 4:00 p. m., mantener hidratación constante, usar ropa ligera y reforzar medidas de protección para trabajadores al aire libre. Pero esas acciones individuales solo cubren una parte del problema. La adaptación climática exige infraestructura, alertas tempranas, acceso a agua, planificación rural y medidas urbanas que reduzcan el riesgo térmico.
Una señal climática que ya alcanzó la vida diaria
El caso colombiano muestra cómo el calor extremo dejó de ser una advertencia futura para convertirse en una presión concreta sobre la salud, el trabajo y la producción de alimentos. Las temperaturas elevadas no afectan a todos por igual: golpean con más fuerza a quienes trabajan al aire libre, viven en zonas húmedas, tienen menos acceso a refrigeración o dependen directamente del agua y del pasto para sostener su actividad productiva.
La experiencia reciente de América del Sur confirma que los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más difíciles de separar de la planificación sanitaria, urbana y rural. En ese contexto, Colombia enfrenta una temporada en la que El Niño, el calor húmedo y la vulnerabilidad ganadera exigen respuestas coordinadas antes de que la emergencia se mida solo en pérdidas económicas o daños a la salud.
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