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14 DE OCTUBRE DE 2026 · OBSERVATORIO PLANETARIO

🌍 Panorama Planetario

El sistema Tierra atraviesa una etapa en la que el calentamiento acumulado, la respuesta de los océanos y la variabilidad atmosférica interactúan con los ciclos estacionales. La lectura científica requiere distinguir entre las tendencias persistentes y los fenómenos meteorológicos de corta duración.

Este panel presenta una evaluación cualitativa de los principales componentes planetarios. No sustituye las mediciones diarias de los servicios oficiales ni atribuye valores actuales que no hayan sido contrastados.

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Temperatura global

Calentamiento acumulado

La temperatura media mundial debe interpretarse mediante anomalías respecto de un período de referencia, no únicamente mediante valores absolutos. El calentamiento de largo plazo continúa siendo el contexto fundamental para evaluar los registros térmicos recientes.

Las oscilaciones oceánicas, los cambios en la circulación atmosférica y las diferencias regionales pueden modificar temporalmente la distribución del calor sin alterar por sí solos la tendencia climática de fondo.

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Océanos

Reserva térmica planetaria

Los océanos absorben la mayor parte del exceso de energía acumulado en el sistema climático. Esta función amortiguadora no elimina las consecuencias del calentamiento: modifica la estratificación del agua, condiciona los ecosistemas marinos y contribuye a la expansión térmica.

Las temperaturas superficiales deben analizarse junto con el contenido de calor oceánico, porque ambos indicadores describen dimensiones diferentes del estado del mar.

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CO₂ atmosférico

Forzamiento climático

El dióxido de carbono constituye uno de los principales factores del calentamiento antropogénico. Su concentración atmosférica refleja el balance entre emisiones, absorción terrestre y absorción oceánica.

El ciclo estacional de la vegetación genera fluctuaciones mensuales que no deben confundirse con una reversión de la acumulación a largo plazo. Para conocer la concentración correspondiente a esta fecha es necesario consultar observaciones instrumentales actualizadas.

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Hielo polar

Transición estacional

En octubre, el hielo marino del Ártico se encuentra normalmente en su etapa de recuperación otoñal, mientras que la Antártida transita la fase posterior a su máximo invernal habitual.

La extensión diaria debe compararse con los promedios históricos de cada hemisferio. La extensión del hielo marino, su espesor y la masa de los mantos continentales son indicadores distintos y no deben interpretarse como equivalentes.

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Incendios

Combustible y meteorología

El peligro de incendio depende de la combinación entre humedad de la vegetación, temperatura, viento y disponibilidad de combustible. Un período seco puede aumentar la vulnerabilidad de un territorio incluso cuando la temperatura no alcanza valores extremos.

Los satélites permiten detectar anomalías térmicas, pero una detección de calor no equivale automáticamente a la confirmación de un incendio forestal activo.

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Sequías

Déficit acumulativo

La sequía meteorológica comienza con precipitaciones inferiores a lo habitual, pero sus efectos sobre suelos, caudales y reservas de agua pueden aparecer en momentos diferentes.

La vigilancia planetaria necesita integrar lluvia acumulada, humedad del suelo, evapotranspiración y disponibilidad hídrica. Un episodio lluvioso aislado puede aliviar temporalmente las condiciones superficiales sin resolver necesariamente un déficit prolongado.

⛈️

Tormentas y fenómenos extremos

Riesgo multivariable

La intensidad de las precipitaciones, la velocidad del viento, la saturación del suelo y la exposición de las comunidades determinan conjuntamente el impacto de los episodios meteorológicos extremos.

Durante octubre continúa la temporada oficial de huracanes del Atlántico, aunque la existencia de una temporada activa no implica que haya una tormenta concreta amenazando una localidad en esta fecha.

🔎 Señal planetaria destacada

La acumulación de calor en el sistema climático conecta procesos que a menudo se estudian por separado: temperaturas atmosféricas, cambios oceánicos, evaporación, precipitaciones intensas y evolución de la criosfera. La señal relevante es la interacción entre estos componentes y su capacidad para amplificar riesgos cuando coinciden condiciones desfavorables.

Por ello, el seguimiento del planeta no debe limitarse a identificar un récord térmico aislado. Resulta más informativo examinar series temporales comparables, indicadores independientes y los márgenes de incertidumbre de cada observación.

📅 Perspectiva de vigilancia: 14–28 de octubre

Durante los próximos siete a catorce días conviene seguir la evolución de las anomalías térmicas, las trayectorias de sistemas tropicales, las precipitaciones persistentes y los cambios estacionales del hielo marino. Estas son prioridades de observación, no predicciones de eventos específicos.

Las evaluaciones deben actualizarse con los boletines del Centro Nacional de Huracanes, los servicios meteorológicos nacionales y los organismos de observación climática. Las previsiones probabilísticas y sus cambios de trayectoria requieren atención especial cuando afectan zonas costeras o cuencas vulnerables.

La perspectiva general sigue marcada por la necesidad de relacionar la información meteorológica inmediata con el estado acumulado de océanos, suelos y ecosistemas.

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COP30: por qué debemos ser cautos ante el fondo de 125 000 millones de dólares para conservar bosques tropicales

Selva amazónica en el Parque Nacional Yasuní, Ecuador. Maris Maskalans/Shutterstock

Víctor Resco de Dios, Universitat de Lleida


Los bosques absorben en torno al 30 % de las emisiones de gases con efecto invernadero. Lamentablemente, no sabemos cuánto tiempo durará este “sumidero” de carbono. A raíz de su creciente degradación, los bosques tropicales y boreales podrían liberar cantidades colosales de dióxido de carbono (CO₂) a la atmósfera. Si esto llegara a ocurrir, el cambio climático se aceleraría y amplificaría.

Algunos indicios sugieren que este proceso podría haber empezado ya: las emisiones de CO₂ batieron récords de crecimiento en 2024 debido a los megaincendios tropicales.

Preservar los bosques frente a su degradación y a la deforestación cuesta dinero. Por desgracia, muchos aumentan su valor tras ser transformados en cultivos o minas, o incluso después de un incendio, dado que se pueden cobrar créditos de carbono por la repoblación posterior. La clave para la conservación de los bosques pasa, por tanto, en lograr que el bosque en pie, sano y en buen estado de conservación valga más que un bosque quemado o roturado.

En la cumbre climática de Brasil, la COP30, se presentará un nuevo mecanismo financiero desarrollado con ese fin: la Tropical Forest Forever Facility (TFFF). Antes de explicar en qué consiste, conviene recordar que la TFFF no es la primera iniciativa financiera probiodiversidad.

Gestión por comunidades rurales e indígenas

Los bosques no son ambientes puramente naturales, sino también culturales. Más del 90 %, incluso de los tropicales, han sido gestionados por el hombre durante los últimos 10 000 años. Lo que determina su estado de conservación, por tanto, no es la presencia o ausencia del ser humano, sino qué han hecho los humanos que gestionaban esos ambientes.

Ancestralmente, la preservación de los bosques estaba ligada al aprovechamiento por parte de las comunidades rurales o indígenas, y al posterior desarrollo de cadenas de valor. Esto es, la necesidad de leñas durante muchas generaciones, por ejemplo, fomentaba una gestión de los bosques sostenible en el tiempo.

Esta gestión se vio reforzada a partir del siglo XIX, con la creación de escuelas especializadas como la de los ingenieros de montes, que evaluaron y elevaron el conocimiento tradicional a conocimientos científicos y técnicos. Otro cambio importante lo encontramos en los años 90: se desarrollaron sistemas de certificación forestal que acreditan la sostenibilidad ambiental y social del aprovechamiento y, por ende, aumentan el valor de los productos.

“Canjear deuda por naturaleza”

Durante el siglo XX, sobre todo en la segunda mitad, surge una conciencia ambiental en la sociedad que es capitalizada por oenegés ambientalistas. Estas oenegés han sido muy creativas a la hora de encontrar fuentes de financiación. Un ejemplo lo encontramos en la operativa “canjear deuda por naturaleza”, iniciada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). A través de esta medida, un país del sur global puede ver reducida su deuda exterior (que es adquirida por una ONG o por los gobiernos de otros países) si acomete actuaciones de restauración de la naturaleza.

En 2021, por ejemplo, Belice redujo su deuda exterior en 216 millones de dólares tras comprometerse a destinar 107 millones a la conservación. En la actualidad existen más de 100 proyectos similares. Una parte importante de estos presupuestos se redirigen hacia entidades ambientalistas, que son las encargadas de acometer, o certificar, las actuaciones de restauración en colaboración con los gobiernos.

Los problemas con las entidades ambientalistas

Si bien los objetivos ambientales de estas iniciativas son positivos, se han denunciado los conflictos de interés y prácticas deficientes detrás de esos proyectos.

Este tipo de operativas implican, en la mayoría de casos, la sustitución de comunidades ancestrales por oenegés ambientalistas, tanto en su función como gestores de la tierra como en la recepción de los fondos. Como no podía ser de otra manera, estas medidas han desembocado en una gran tensión entre las oenegés y las comunidades rurales e indígenas.

En el año 2004, el antropólogo Mac Chapin ya advertía sobre cómo las entidades ambientalistas estaban abusando de las comunidades rurales e indígenas. En el tercer congreso de la Unión Internacional de la Naturaleza, Martin Saning’o, portavoz de los masái, declaraba abiertamente que eran enemigos de la conservación de la naturaleza: les estaban echando de sus tierras en pro de una supuesta conservación. Y en 2019 los periodistas Tom Warren y Katie Baker documentaron cómo esas expulsiones estaban siendo agravadas por violaciones, torturas y asesinatos a indígenas por parte de los guardas de reservas naturales, pertenecientes a grupos paramilitares, financiados por WWF.

Además, disciplinas científicas como la ecología o la dasonomía, junto con disciplinas sociales como la historia o la antropología, han documentado que la mejor forma de preservar los bosques está en su gestión por parte de las comunidades rurales o indígenas que de ella dependen.

Las oenegés ecologistas siempre han sido reticentes a admitir esta realidad: si el mejor gestor de la naturaleza está en las comunidades locales, estas entidades dejan de tener sentido. En la actualidad, las evidencias científicas sobre cómo las comunidades locales son las mejores gestoras tan abrumadoras, que han tenido que dar su brazo a torcer y admitirlo abiertamente.

El fondo que se lanzará en la COP30

Para conservar la biodiversidad, y asegurar que las comunidades rurales e indígenas siguen gestionando sus ecosistemas ancestrales, se ha diseñado la Tropical Forest Forever Facility (TFFF).

La TFFF sigue un esquema que en esencia ya se esbozó hace más de dos décadas: consiste en pagar por la preservación de los servicios que nos prestan los ecosistemas. Ahora bien, este mecanismo se articula a través de bonos.

En primer lugar, se crea un fondo de inversión alimentado por gobiernos e inversores privados que espera movilizar 125 000 millones de dólares. Este invierte su capital en un portafolio basado en mercados emergentes y economías en desarrollo, de manera que parte de las ganancias van a parar a los países con bosques tropicales seleccionados para recibir pagos.

Se utilizan sistemas de seguimiento forestal para vigilar si ha habido deforestación. Si se cumplen los objetivos, el país receptor recibe 4 dólares por cada hectárea forestal preservada, mientras que la deforestación y la degradación suponen una reducción de los pagos.

La creación de fondos financieros para la conservación de la biodiversidad no es nueva, ni tampoco lo es la venta de bonos, pero sí hay algunos detalles importantes del TFFF que son novedosos. El primero es que, por fin, las comunidades locales serán compensadas por su buen hacer: el 20 % de los ingresos, como mínimo, deben ir a esos gestores ancestrales.

El segundo es que no se financian proyectos particulares, sino políticas públicas. Esto es importante porque, a priori, garantiza que el Gobierno del país velará por su aplicación a escala nacional.

Ahora bien, tenemos que dejar bien claro que se trata de un fondo de inversión que, como cualquier otro, busca ganar dinero preservando la biodiversidad. El fondo especifica que los beneficios irán, en primer lugar, a los inversores y patrocinadores y el remanente, a pagos forestales.

Fondos de inversión parecidos a TFFF están en auge. A principios de año, Golden Sachs desarrolló un fondo que pretende movilizar 500 millones de dólares, nuevamente para preservar la naturaleza.

Estos fondos de inversión siguen la estela marcada por el Convenio de la ONU sobre Biodiversidad, que busca movilizar 200 000 millones de dólares anualmente para conservar la biodiversidad. Estamos hablando de mucho dinero y, en consecuencia, de un negocio colosal.

Necesitamos que los bosques cuidados valgan más que los destrozados. No sabemos si la TFFF, o el fondo de Goldman Sachs, servirá para tal fin. Lo que sí sabemos es que iniciativas similares estaban llenas de buenas intenciones y de grandes fracasos. Esperemos que esta vez sea diferente y que, por una vez, sean las comunidades locales, rurales e indígenas quienes resulten beneficiadas.

Víctor Resco de Dios, Catedrático de Ingeniería Forestal y Cambio Global, Universitat de Lleida

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.