Registros de ceras vegetales y simulaciones climáticas vinculan la pérdida de lluvias hace unos 5.500 años con una anomalía térmica cerca de Groenlandia y el mar de Noruega
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Camila Herrera R.
El final del último gran periodo húmedo del Sáhara pudo acelerarse por un enfriamiento ocurrido a miles de kilómetros de África, entre Groenlandia y el mar de Noruega. La anomalía habría modificado la circulación atmosférica y debilitado las lluvias que mantenían verdes amplias zonas del actual desierto hace unos 5.500 años.
La explicación procede de una investigación publicada originalmente en 2017 en la revista Nature Communications y retomada en nuevos análisis divulgativos. El trabajo no atribuye la desertificación a una única causa, sino que identifica el enfriamiento de las latitudes medias y altas del hemisferio norte como un posible detonante de cambios amplificados posteriormente por la vegetación, el polvo y otros componentes del sistema climático.
El Sáhara albergó lagos, ríos y extensas sabanas
Durante el Periodo Húmedo Africano, grandes extensiones del norte de África presentaban condiciones muy diferentes a las actuales. La región contenía lagos, cursos de agua, pastizales y una fauna que incluía especies asociadas con ambientes húmedos.
Los registros geológicos y arqueológicos sitúan la etapa húmeda más reciente aproximadamente entre hace 14.800 y 5.500 años, aunque su duración y evolución variaron según la zona estudiada. Pinturas y grabados rupestres conservados en el desierto muestran escenas de animales, actividades humanas y paisajes incompatibles con la aridez extrema contemporánea.
La existencia de aquel paisaje estuvo relacionada principalmente con cambios orbitales que intensificaron la radiación solar recibida durante el verano boreal. El mayor calentamiento continental favorecía la penetración del monzón africano hacia el norte y llevaba humedad a territorios que actualmente reciben precipitaciones muy escasas.
La respuesta del norte de África a la disponibilidad de agua continúa siendo visible en escalas mucho más cortas. Las lluvias que reverdecieron el norte de Marruecos durante 2026 mostraron mediante imágenes satelitales la rapidez con la que la vegetación de regiones secas puede responder a un aumento temporal de las precipitaciones.
Las ceras de las hojas conservaron la historia de las lluvias
Para reconstruir el cambio climático, los investigadores analizaron un núcleo de sedimentos marinos extraído en el golfo de Guinea. Esos materiales contienen ceras producidas por las hojas de plantas que fueron transportadas hasta el océano y quedaron acumuladas en capas sucesivas durante miles de años.
La composición de los isótopos estables de hidrógeno presentes en las ceras funciona como un indicador indirecto de las precipitaciones recibidas por la vegetación. El equipo empleó estos datos para reconstruir la evolución hidrológica de Camerún y del cinturón central formado por el Sahel y el Sáhara.
Los resultados señalaron una reducción rápida de las lluvias entre hace aproximadamente 5.800 y 4.800 años. Una señal semejante identificada en el noreste de África sugirió que el proceso no estaba limitado a un único punto, sino que respondía a una reorganización atmosférica de gran escala.
Otros archivos climáticos no muestran exactamente el mismo ritmo. Los sedimentos y el polen del lago Yoa, en Chad, describen cambios más graduales en determinados lugares. Esta diferencia indica que la transición hacia la aridez no ocurrió de manera uniforme ni simultánea en todo el norte africano.
El frío del Atlántico Norte alteró los vientos africanos
Los investigadores encontraron evidencias de un descenso de las temperaturas estivales entre hace 6.000 y 5.000 años en la región comprendida entre Groenlandia y el mar de Noruega. Para examinar sus posibles consecuencias, realizaron simulaciones que enfriaron el Atlántico Norte entre 0,5 y 2,5 grados Celsius.
Los modelos reprodujeron una cadena de cambios capaz de alcanzar África. El enfriamiento debilitó la corriente en chorro tropical del este, un flujo de vientos de gran altitud relacionado con las precipitaciones estivales. Al mismo tiempo, favoreció condiciones que reforzaron la corriente africana del este, asociada con una mayor sequedad regional.
La disminución de las lluvias enfrió también la superficie del Sáhara y dificultó que el monzón avanzara hacia el norte. La pérdida de vegetación y el aumento del polvo habrían amplificado posteriormente el cambio, al modificar la cantidad de radiación absorbida y reflejada por la superficie.
La conexión muestra que una alteración climática regional puede transmitirse mediante las circulaciones oceánica y atmosférica. El principio también aparece en investigaciones sobre el papel de la geología y la vegetación en el paleoclima, donde procesos aparentemente distantes interactúan durante periodos prolongados.
La desertificación no tuvo una causa única
El estudio plantea que el enfriamiento septentrional actuó como desencadenante, pero no sostiene que Groenlandia fuera por sí sola la “culpable” de convertir el Sáhara en desierto. La disminución gradual de la radiación solar estival causada por los ciclos orbitales ya estaba debilitando el monzón africano.
Sobre esa tendencia actuaron la anomalía térmica del Atlántico Norte, los cambios en las corrientes atmosféricas y las retroalimentaciones entre vegetación, suelo y polvo. La combinación pudo empujar al sistema húmedo hacia un estado mucho más árido en algunas zonas durante unos pocos siglos.
El avance de la aridez transformó ecosistemas y recursos hídricos, obligando a las poblaciones a concentrarse cerca de oasis, montañas, lagos y grandes ríos. La reducción de los paisajes habitables también influyó en la movilidad humana y en el desarrollo de asentamientos en el valle y el delta del Nilo.
En el presente, el polvo procedente de la región sigue conectando continentes. Un episodio reciente documentó cómo el polvo sahariano alcanzó Europa y favoreció lluvias de barro, además de alterar la radiación disponible para instalaciones solares.
Los archivos paleoclimáticos ayudan a entender cambios abruptos
Reconstruir el final del Sáhara verde permite estudiar cómo responden las lluvias tropicales a perturbaciones originadas en otras latitudes. Sin embargo, los científicos advierten que estos acontecimientos antiguos no pueden trasladarse directamente al clima actual.
Las concentraciones contemporáneas de gases de efecto invernadero, la extensión del hielo continental, el nivel del mar y otras condiciones son diferentes. Por esa razón, el episodio de hace 5.500 años sirve para identificar mecanismos y sensibilidades, pero no constituye una predicción exacta sobre la evolución futura del Sáhara.
La investigación sí refuerza la necesidad de representar correctamente las conexiones entre el Atlántico Norte y el monzón africano en los modelos climáticos. Cambios en la circulación oceánica, el hielo marino o las temperaturas polares pueden modificar la distribución de precipitaciones lejos de su lugar de origen.
Comprender esas conexiones resulta especialmente importante para el Sahel, donde millones de personas dependen de lluvias estacionales variables. Las estrategias actuales contra la degradación territorial, incluida la Gran Muralla Verde africana, deben considerar que la restauración depende de agua, suelos y especies compatibles con cada ecosistema. La experiencia de la muralla verde de China frente al desierto del Gobi evidencia tanto el potencial como los límites hídricos de las intervenciones masivas.
Fuentes referenciales:
El Confidencial
Nature Communications
Centro Alemán de Investigación en Geociencias GFZ
Universidad de Colonia




