Un estudio del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, publicado en Nature, revela que la Amazonía emitió una media neta de 1.170 millones de toneladas de dióxido de carbono al año entre 2010 y 2024. Los incendios forestales y la deforestación están debilitando su capacidad para regular el clima.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
La Amazonía, considerada uno de los principales reservorios de carbono del planeta, está liberando a la atmósfera más dióxido de carbono del que consigue absorber. Una investigación dirigida por científicos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) determinó que, entre 2010 y 2024, el balance medio anual del bioma fue de aproximadamente 1.170 millones de toneladas de CO₂ emitidas en términos netos, principalmente como consecuencia de los incendios forestales y las actividades humanas que degradan la vegetación.
El estudio, publicado el 21 de octubre de 2026 en la revista científica Nature, se basa en quince años de mediciones atmosféricas realizadas sobre distintas regiones de la cuenca amazónica. Los resultados indican que los incendios liberaron aproximadamente 1.470 millones de toneladas de CO₂ al año, mientras que la absorción neta asociada con los procesos restantes del ecosistema compensó solamente unos 300 millones de toneladas.
La investigación estuvo encabezada por la climatóloga Luciana Vanni Gatti, coordinadora del Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero del INPE, y contó con la participación de especialistas brasileños e internacionales.
Los científicos advierten que la pérdida de bosque, el aumento de las temperaturas y la reducción de las lluvias están creando condiciones que favorecen nuevos incendios, dificultando la recuperación de la selva y debilitando progresivamente su función climática.
Quince años de mediciones revelan un desequilibrio del carbono
Para conocer el comportamiento de la Amazonía, los investigadores analizaron concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono y monóxido de carbono obtenidas entre 2010 y 2024 mediante vuelos de pequeñas aeronaves.
Las muestras fueron recogidas en cuatro regiones estratégicas de la cuenca: noreste, sureste, suroeste y noroeste. Esta distribución permitió examinar diferencias entre territorios sometidos a distintos niveles de deforestación, incendios y estrés climático.
El equipo combinó las mediciones de gases con registros de temperatura, precipitaciones, pérdida de cobertura forestal, actividad del fuego y temperatura superficial de los océanos.
El resultado fue un balance medio de 0,32 petagramos de carbono al año, equivalente aproximadamente a 1.170 millones de toneladas de CO₂. La estimación incluye una incertidumbre estadística, por lo que debe interpretarse como un promedio científico y no como una cantidad idéntica para cada año.
Los incendios representaron la principal fuente identificada, con emisiones medias estimadas en 0,40 petagramos de carbono anuales, equivalentes a unos 1.470 millones de toneladas de CO₂.
La diferencia entre las emisiones del fuego y la absorción de carbono por otros procesos explica por qué el balance global del bioma resultó positivo en términos de liberación atmosférica.
Esto no significa que los árboles amazónicos hayan dejado de realizar fotosíntesis. Significa que la captación de carbono del ecosistema ya no fue suficiente para compensar las pérdidas asociadas principalmente con la combustión de biomasa.
Los incendios anulan gran parte de la capacidad de absorción del bosque
En condiciones favorables, los bosques absorben dióxido de carbono mediante la fotosíntesis y almacenan parte de ese carbono en troncos, raíces, hojas y suelos.
Cuando la vegetación se quema, una proporción importante del carbono acumulado regresa rápidamente a la atmósfera. El fuego también puede dañar árboles que sobreviven inicialmente, comprometiendo su crecimiento y aumentando la mortalidad posterior.
La investigación muestra que, después de separar las emisiones procedentes de los incendios, el intercambio neto de carbono del resto del ecosistema se aproximó a una situación de equilibrio durante los grupos de años estudiados.
Esto significa que el bosque apenas generó una absorción adicional suficiente para neutralizar el carbono liberado por el fuego.
El resultado es especialmente relevante porque la Amazonía había desempeñado históricamente un papel importante como sumidero de carbono, contribuyendo a retirar parte del CO₂ atmosférico.
Otros estudios han mostrado que proteger los bosques amazónicos existentes frente a incendios y degradación puede conservar tanto reservas de carbono como hábitats de gran valor para la biodiversidad.
El nuevo trabajo aporta mediciones atmosféricas que permiten cuantificar el efecto combinado de las actividades humanas y las condiciones climáticas sobre el balance de carbono de toda la región estudiada.
La deforestación también reduce las lluvias y aumenta las temperaturas
Además de medir las emisiones, los científicos analizaron cómo habían cambiado las condiciones climáticas de la Amazonía entre 1979 y 2024.
Encontraron que las precipitaciones anuales disminuyeron aproximadamente un 8 %, mientras que durante el período más seco, entre agosto y octubre, la reducción alcanzó el 20 %.
La temperatura media anual aumentó alrededor de 1,13 °C durante el período examinado. En los meses correspondientes al máximo de la estación seca, el incremento fue de aproximadamente 1,81 °C.
Estas tendencias son importantes porque el bosque amazónico participa activamente en el ciclo regional del agua. Los árboles absorben humedad del suelo y liberan vapor de agua a la atmósfera mediante la evapotranspiración, contribuyendo a la formación de precipitaciones.
Cuando desaparecen grandes superficies forestales, disminuye ese intercambio de humedad y se modifican las condiciones atmosféricas regionales.
La relación entre pérdida de vegetación y precipitaciones también ha sido examinada en investigaciones sobre los cambios en el transporte de humedad y las lluvias de Sudamérica.
El nuevo estudio relaciona estos cambios ambientales con una mayor vulnerabilidad de la vegetación frente a la sequía y el fuego.
En regiones más cálidas y secas, los materiales vegetales pueden perder humedad con mayor facilidad, aumentando las condiciones favorables para la propagación de incendios.
La actividad humana y las sequías extremas intensifican las emisiones
Para distinguir la influencia de la actividad humana de la variabilidad climática, los investigadores dividieron los quince años de observaciones en tres grupos.
El primero reunió seis años relativamente húmedos y con menores niveles de intervención humana: 2011, 2012, 2013, 2014, 2017 y 2018.
El segundo comprendió el período de 2019 a 2022, caracterizado por un aumento considerable de la deforestación y los incendios, aunque sin el mismo nivel de estrés climático extremo observado en otros años.
El tercero incluyó 2010, 2015, 2016, 2023 y 2024, cuando las condiciones cálidas y secas estuvieron asociadas con fenómenos como El Niño y el calentamiento del Atlántico Norte tropical.
El balance medio de emisiones fue de aproximadamente 400 millones de toneladas de CO₂ anuales en el primer grupo, frente a unos 1.580 millones en el segundo y 1.800 millones en el tercero.
La comparación muestra que el aumento de las actividades humanas puede transformar el balance del carbono incluso en años sin condiciones climáticas excepcionalmente adversas.
También demuestra que las sequías y las temperaturas elevadas pueden amplificar considerablemente las emisiones cuando se combinan con un paisaje previamente alterado.
Esta interacción coincide con investigaciones sobre el efecto simultáneo del calor y la sequía extrema sobre los bosques tropicales durante El Niño de 2023-2024, que documentaron la extensión del estrés climático sobre grandes superficies forestales.
El Niño y La Niña modifican el riesgo de incendios
La variabilidad natural del océano Pacífico también desempeña un papel importante en las condiciones meteorológicas de la Amazonía.
Durante determinados episodios de El Niño, las alteraciones de la circulación atmosférica pueden reducir las lluvias y favorecer temperaturas más elevadas en diferentes sectores de la cuenca.
Cuando estos episodios coinciden con deforestación y degradación acumuladas, el bosque puede quedar especialmente expuesto a condiciones favorables para los incendios.
En los años cálidos y secos agrupados por el estudio, la actividad del fuego aumentó notablemente respecto de los años húmedos de referencia.
La Niña, por su parte, puede favorecer condiciones más lluviosas en determinadas regiones amazónicas, aunque sus efectos no son uniformes en todo el territorio.
Según Luciana Vanni Gatti, durante el grupo de años comprendido entre 2019 y 2022, la absorción de carbono de la estación lluviosa compensó aproximadamente el 75 % de las emisiones registradas durante la estación seca.
La investigadora considera que la influencia de La Niña pudo evitar un balance todavía más desfavorable durante ese período.
Sin embargo, la presencia de años más húmedos no elimina los efectos acumulados de la pérdida de bosque ni garantiza que la Amazonía recupere automáticamente su capacidad histórica de almacenar carbono.
La Amazonía brasileña acumula más de 41.000 focos de fuego en 2026
La publicación de los resultados coincide con una nueva temporada de incendios en Brasil.
Según los datos del INPE citados por la Agencia FAPESP, hasta octubre de 2026 se habían registrado más de 41.200 focos de fuego en la Amazonía brasileña, una cifra cercana a los 43.130 contabilizados durante todo 2025.
Aproximadamente el 58 % de los registros de 2026 se concentró entre septiembre y octubre, período que coincide con condiciones particularmente secas en diferentes sectores del bioma.
Los focos detectados por los sistemas de monitoreo satelital no equivalen necesariamente al número de incendios independientes ni permiten calcular directamente la superficie quemada. Constituyen indicadores de actividad térmica que ayudan a seguir la evolución del fuego.
En el estado brasileño de Amazonas, el humo ha afectado distintas localidades, incluida Manaos, donde se han comunicado alteraciones de actividades escolares y una mayor presión sobre los servicios sanitarios por problemas respiratorios.
La situación contrasta con la reducción de la superficie quemada registrada en la Amazonía brasileña durante 2025, cuando MapBiomas documentó uno de los niveles más bajos de su serie histórica.
Esta diferencia ilustra por qué resulta necesario distinguir entre focos de calor, superficie afectada, intensidad de los incendios y emisiones de carbono. Son indicadores relacionados, pero no intercambiables.
El deterioro del bosque puede alimentar nuevos episodios de fuego
Los científicos advierten sobre una posible retroalimentación ambiental en la que la pérdida de vegetación reduce la humedad regional, eleva las temperaturas y favorece condiciones más propicias para nuevos incendios.
A su vez, el fuego degrada el bosque restante, puede aumentar la mortalidad de árboles y reduce la capacidad de recuperación de las áreas afectadas.
Este mecanismo puede operar junto con otras presiones, como la expansión de actividades agropecuarias, la tala, la apertura de infraestructuras y las sequías asociadas con la variabilidad climática.
Investigaciones previas ya habían advertido que la pérdida de cobertura forestal puede debilitar la capacidad de la Amazonía para sostener su propio régimen de lluvias.
El nuevo análisis incorpora una dimensión adicional: el impacto de esos cambios sobre el balance atmosférico de carbono medido directamente durante quince años.
Los investigadores consideran que la combinación de deforestación, degradación y calentamiento puede acercar partes del ecosistema a condiciones difíciles de revertir.
No obstante, el estudio no establece una fecha exacta para un eventual punto de inflexión ni demuestra que toda la Amazonía haya alcanzado ya un estado irreversible.
La respuesta del bosque dependerá de la intensidad de las presiones ambientales, de las condiciones climáticas futuras y de las medidas que se adopten para conservar la vegetación restante.
El equipo investiga por qué disminuye la absorción de carbono
Una de las preguntas que permanece abierta es por qué la Amazonía está perdiendo capacidad para compensar sus emisiones.
Los científicos necesitan determinar en qué proporción intervienen una posible reducción de la fotosíntesis, el aumento de la respiración y descomposición de materia orgánica, la mortalidad de árboles y las emisiones directas de las actividades humanas.
Para avanzar en esta cuestión, el equipo del INPE desarrolla una nueva línea de investigación basada en mediciones de sulfuro de carbonilo, conocido por su fórmula química COS.
Este compuesto atmosférico puede utilizarse como trazador de determinados procesos relacionados con la fotosíntesis y ayudar a separar componentes del intercambio de carbono que resultan difíciles de distinguir mediante mediciones exclusivas de CO₂.
El objetivo es comprender con mayor precisión si los cambios observados se deben principalmente a una menor captación de carbono por la vegetación, a un aumento de las emisiones del ecosistema o a la combinación de ambos procesos.
El equipo también subraya la necesidad de reducir drásticamente los incendios, detener la deforestación y recuperar áreas degradadas para proteger la función climática de la selva.
Los resultados publicados en Nature indican que la Amazonía continúa almacenando enormes cantidades de carbono en sus árboles y suelos, pero que ese patrimonio natural está sometido a presiones crecientes. La conservación del bosque existente y la reducción del fuego serán determinantes para evitar que sus emisiones sigan superando la capacidad de absorción del ecosistema.
Fuentes referenciales:
Nature — Amazon carbon emissions driven by human actions amplified by droughts (21 de octubre de 2026)
Agencia FAPESP — Investigación sobre las emisiones de carbono de la Amazonía
Phys.org — Wildfires cause Amazon to emit 1.17 billion more metric tons of CO₂ than it absorbs (22 de octubre de 2026)




