El 75 % de los bosques tropicales del planeta soportó simultáneamente calor y sequía extremos durante el El Niño de 2023-2024, unas condiciones que podrían volverse habituales en las próximas décadas incluso fuera de los años dominados por este fenómeno climático
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Karem Díaz S.
El episodio de El Niño de 2023-2024 sometió a los bosques tropicales del planeta a una combinación de calor y sequía sin precedentes en las últimas décadas. Aproximadamente tres cuartas partes de estas áreas forestales experimentaron ambos extremos simultáneamente durante una media de seis meses, según un estudio internacional publicado el 7 de octubre de 2026 en la revista científica Earth’s Future.
La investigación, encabezada por Johanna Van Passel, de la Universidad de Gante, en Bélgica, examinó cómo evolucionaron las condiciones climáticas de los bosques tropicales durante el último gran episodio de El Niño y comparó esos registros con proyecciones obtenidas mediante 24 modelos del sistema terrestre. El resultado plantea que el episodio reciente no debe interpretarse únicamente como una anomalía aislada: temperaturas similares podrían convertirse en condiciones habituales dentro de unas dos décadas bajo escenarios de emisiones intermedias o elevadas.
La Amazonía aparece como la región tropical especialmente vulnerable. El estudio proyecta que, bajo escenarios de altas emisiones, las sequías comparables con las observadas durante 2023-2024 podrían llegar a ser hasta nueve veces más probables en el bioma amazónico hacia finales de siglo, incluso durante años sin El Niño.
La advertencia coincide con señales detectadas directamente en la región. Investigaciones recientes han identificado que más de 700.000 kilómetros cuadrados de la Amazonía central y septentrional presentan un rápido aumento de los extremos de calor y estrés hídrico, mostrando que la combinación de temperaturas elevadas y falta de agua ya está transformando el entorno climático del bosque.
Tres de cada cuatro bosques tropicales sufrieron ambos extremos
El equipo analizó las condiciones registradas durante el El Niño que comenzó en 2023 y se prolongó aproximadamente hasta mediados de 2024. Aunque el episodio no alcanzó la intensidad oceánica de algunos grandes eventos anteriores, coincidió con temperaturas globales excepcionalmente elevadas.
Los resultados muestran que todos los bosques tropicales experimentaron temperaturas superiores a lo habitual y permanecieron anormalmente calientes durante unos 18 meses en promedio. Alrededor del 80 % de las áreas forestales tropicales también fue más seco de lo normal, con reducciones mensuales de precipitación de entre 22 y 56 milímetros durante varios meses.
Cuando los investigadores analizaron la coincidencia de ambos factores, encontraron que aproximadamente el 75 % de los bosques tropicales experimentó simultáneamente calor y sequía extremos durante una media de seis meses.
En algunas regiones la anomalía hídrica fue mucho más prolongada. Sectores de la Amazonía soportaron aproximadamente dos años de condiciones de sequía inusuales, mientras el nivel de los grandes ríos descendía de manera extraordinaria. En el puerto de Manaos, Brasil, las aguas llegaron a niveles mínimos dentro de una serie de observaciones que supera un siglo.
Estos resultados son consistentes con otras evaluaciones regionales. Estudios realizados en Brasil han concluido que la estación seca amazónica ya se está prolongando y puede extenderse de cuatro a seis meses en determinadas zonas, acompañada por déficits hídricos capaces de alterar el funcionamiento del bosque.
El Niño actuó sobre un planeta mucho más caliente
El Niño es una variación natural del sistema climático caracterizada por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial. Los cambios en la temperatura del océano alteran la circulación atmosférica y modifican las precipitaciones y las temperaturas en numerosas regiones.
El episodio de 2023-2024 no fue el más intenso registrado cuando se considera únicamente el calentamiento del Pacífico. Sin embargo, se desarrolló sobre un planeta que ya había acumulado un calentamiento considerable debido al aumento de gases de efecto invernadero.
La combinación produjo impactos especialmente fuertes. El año 2023 registró una temperatura media global aproximadamente 1,45 °C superior al nivel preindustrial, mientras que 2024 alcanzó alrededor de 1,55 °C por encima de ese referente y se convirtió en el primer año calendario con una temperatura media claramente superior a 1,5 °C respecto a 1850-1900.
Esto ayuda a explicar por qué un El Niño que no alcanzó la intensidad de los episodios de 1997-1998 o 2015-2016 pudo generar condiciones terrestres tan severas. El fenómeno natural proporcionó un impulso adicional sobre una temperatura de fondo considerablemente más elevada.
La Amazonía concentra algunos de los mayores riesgos
Las proyecciones realizadas con los 24 modelos climáticos indican que las condiciones observadas recientemente pueden aparecer cada vez con mayor frecuencia sin necesidad de que exista un episodio de El Niño.
Incluso bajo una trayectoria en la que las emisiones globales de CO₂ alcancen aproximadamente el nivel neto cero hacia 2075, las temperaturas anuales comparables con las de 2023 y 2024 serían al menos seis veces más probables en todas las regiones tropicales hacia 2100 que durante los últimos 25 años.
Las diferencias entre escenarios de emisiones son particularmente importantes para la Amazonía. Bajo las trayectorias más elevadas, el estudio proyecta que las sequías con una intensidad comparable a las del episodio reciente podrían multiplicar hasta nueve veces su probabilidad hacia finales de siglo.
La sensibilidad del bioma ha sido documentada experimentalmente. En el Bosque Nacional de Caxiuanã, en Pará, un experimento que lleva décadas reduciendo artificialmente la disponibilidad de agua encontró que una sequía prolongada terminó reduciendo aproximadamente un 40 % la biomasa y el carbono almacenado en una parcela de selva amazónica.
Ese experimento estudia principalmente la reducción de agua en el suelo, mientras los eventos climáticos reales combinan múltiples factores. Durante 2023-2024 los árboles estuvieron expuestos simultáneamente a escasez de agua, temperaturas excepcionalmente altas y una atmósfera más seca, una combinación capaz de ejercer una presión fisiológica adicional.
Los bosques necesitan tiempo para recuperarse entre extremos
Una preocupación central del nuevo estudio no es únicamente la intensidad de cada episodio, sino la posibilidad de que el intervalo entre eventos extremos se reduzca progresivamente. Los árboles pueden sobrevivir a una sequía y recuperar parte de su funcionamiento posteriormente, pero esa capacidad disminuye cuando una nueva perturbación aparece antes de completar la recuperación.
El calor incrementa además la demanda atmosférica de agua. Cuando el aire está muy caliente y seco, las plantas pierden agua con mayor rapidez y regulan la apertura de sus estomas para limitar esa pérdida, lo que puede reducir simultáneamente la entrada de CO₂ necesaria para la fotosíntesis.
La vulnerabilidad no es idéntica en todos los bosques. La composición de especies, la profundidad de las raíces, el estado previo de degradación y la disponibilidad de agua influyen en la resistencia. Un análisis de decenas de miles de parcelas forestales mostró que los bosques con mayor diversidad de árboles pueden resistir mejor los episodios simultáneos de calor y sequía y recuperar con mayor eficacia su productividad.
En los trópicos, donde algunos ecosistemas ya se encuentran cerca de sus límites térmicos e hídricos, la repetición de eventos extremos puede aumentar la mortalidad de árboles, modificar la composición de especies y elevar la vulnerabilidad frente a incendios.
Sequía, fuego y degradación pueden reforzarse mutuamente
Los bosques tropicales alterados por actividades humanas pueden resultar especialmente sensibles a los extremos climáticos. La tala selectiva, los incendios anteriores y los efectos de borde fragmentan el dosel, permiten una mayor entrada de radiación solar y pueden secar la vegetación cercana al suelo.
Un bosque degradado puede entonces quedar más expuesto al fuego durante una sequía intensa. A su vez, los incendios matan árboles, abren todavía más el dosel y generan condiciones que facilitan nuevas quemas.
La combinación ya se ha observado durante episodios anteriores de El Niño. Investigaciones en la Amazonía brasileña encontraron que la coincidencia de sequía extrema y grandes incendios provocó una mortalidad masiva de árboles y mantuvo elevadas las pérdidas de vegetación durante años después del evento.
La degradación también tiene consecuencias climáticas. Un análisis global de estudios sobre bosques tropicales mostró que los incendios, la tala selectiva y los efectos de borde pueden producir importantes pérdidas de carbono incluso cuando el bosque no ha sido completamente deforestado.
El almacenamiento de carbono también queda bajo presión
Los bosques tropicales contienen enormes reservas de carbono en troncos, ramas, raíces y suelos. Mientras crecen, los árboles retiran CO₂ de la atmósfera mediante fotosíntesis y almacenan parte de ese carbono durante años o décadas.
El calor y la sequía pueden reducir esa función al disminuir la fotosíntesis, frenar el crecimiento y aumentar la mortalidad. Cuando los árboles muertos se descomponen o arden, una parte del carbono acumulado vuelve a la atmósfera.
Esto crea una interacción relevante para el sistema climático: el calentamiento incrementa el estrés sobre los bosques y, si estos almacenan menos carbono o liberan mayores cantidades, queda una fracción superior de CO₂ en la atmósfera.
El nuevo estudio no establece que los bosques tropicales vayan a colapsar de manera uniforme ni fija una fecha para semejante escenario. Sus proyecciones describen cambios en la frecuencia de las condiciones climáticas que afectan a estos ecosistemas. La respuesta final dependerá también de factores como biodiversidad, degradación, incendios, deforestación y capacidad de adaptación de las especies.
Las emisiones determinan cuánto se alejará el clima del pasado
Las simulaciones muestran diferencias importantes entre las distintas trayectorias de emisiones. En escenarios con reducciones más rápidas de gases de efecto invernadero, el incremento de la frecuencia de calor y sequía extremos es menor que cuando las emisiones continúan aumentando durante gran parte del siglo.
Esta diferencia permite interpretar el episodio de 2023-2024 como una referencia observable de condiciones que podrían repetirse con mucha mayor frecuencia. Lo excepcional del último El Niño no fue solamente el fenómeno oceánico, sino su interacción con un nivel de calentamiento global que ya elevó considerablemente las temperaturas de fondo.
Para los bosques tropicales, la frecuencia puede resultar tan importante como la intensidad. Un episodio extremo seguido por varios años relativamente favorables permite cierto grado de recuperación; condiciones severas repetidas anualmente o cada pocos años reducen ese margen.
La investigación sitúa así al último El Niño como una ventana hacia un posible clima tropical futuro: lo que entre 2023 y 2024 necesitó la coincidencia de una fuerte variabilidad natural con temperaturas globales récord podría convertirse progresivamente en una característica mucho más frecuente de los bosques tropicales si continúa aumentando la concentración de gases de efecto invernadero.
Fuentes referenciales:
Earth’s Future — The 2023–2024 El Niño as a Preview of Future Tropical Forest Climate
Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo — Extreme drought and heat from the last El Niño signal a “new normal” for tropical forests
American Geophysical Union — For tropical forests, record 2024 heat and drought could become annual norm within 20 years
Phys.org — Extreme drought and heat from the last El Niño signal a new normal for tropical forests




