El planeta registró una de las temporadas de fuego más destructivas pese a una baja superficie global quemada
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Karem Díaz S.
Un nuevo análisis internacional sobre la actividad global de incendios forestales en 2025 muestra una paradoja climática cada vez más visible: el planeta quemó menos superficie que en la mayoría de los años recientes, pero sufrió algunos de los incendios más destructivos, costosos y mortales de la historia moderna.
El trabajo, liderado por la Universidad de East Anglia, resume los eventos de fuego de 2025 en un artículo Year in Review publicado dentro de la serie Climate Chronicles de la revista Nature Reviews Earth & Environment. La investigación indica que en 2025 ardieron 335 millones de hectáreas en todo el mundo, un 16% por debajo del promedio de largo plazo y la segunda cifra más baja desde 2002.
Sin embargo, esa reducción de superficie quemada no significó menor daño humano, económico ni ambiental. Los incendios vinculados a Canadá, Estados Unidos, Europa y Corea del Sur provocaron más de 300.000 evacuaciones y más de 90 muertes, mientras que las pérdidas aseguradas por incendios alcanzaron un récord global.
Menos área quemada, más impacto humano
El dato central del estudio es que la superficie quemada ya no basta para medir la gravedad real de una temporada de incendios. En 2025, las emisiones mundiales asociadas al fuego descendieron a 11.000 millones de toneladas métricas de CO₂, la tercera cifra más baja desde 2002, pero el daño social aumentó de forma marcada.
El investigador Matthew Jones, del Tyndall Centre for Climate Change Research de la Universidad de East Anglia, explicó que un año aparentemente “tranquilo” en términos de área global quemada puede ser devastador cuando los incendios ocurren cerca de zonas pobladas, se propagan con gran intensidad o coinciden con condiciones extremas de calor, sequía y viento.
Esta desconexión entre hectáreas quemadas e impacto real refuerza un cambio que ya se observa en la crisis climática: los incendios no solo importan por cuánto territorio consumen, sino por dónde ocurren, qué tipo de ecosistemas afectan y cuánta población o infraestructura queda expuesta. En ese contexto, el avance de los incendios sobre zonas forestales, áreas periurbanas y territorios con alta carga de combustible vuelve más urgente comprender el vínculo entre cambio climático y riesgo de incendios forestales.
Canadá, California y la carga de carbono
Uno de los focos más preocupantes fue Canadá. El análisis señala que los bosques boreales canadienses entraron en un tercer año consecutivo de actividad extrema de incendios. Entre 2023 y 2025, los incendios en Canadá liberaron más CO₂ que durante todo el periodo de 15 años anterior.
En 2025, las emisiones más elevadas se concentraron en Saskatchewan, Manitoba y Ontario. La preocupación científica es que estos ecosistemas, históricamente adaptados a incendios poco frecuentes, están experimentando una repetición inusual del fuego, con posibles efectos sobre la pérdida de carbono, la degradación ecológica y la recuperación de los bosques.
En Estados Unidos, los incendios de Palisades y Eaton, registrados en enero de 2025, fueron descritos como el evento de incendios forestales más destructivo en la historia del país. Alimentados por vegetación extremadamente seca y vientos intensos, causaron 31 muertes, destruyeron cerca de 12.000 viviendas, obligaron a evacuar a más de 150.000 personas y generaron contaminación peligrosa del aire que afectó a unos 10 millones de residentes.
La investigadora Crystal Kolden, de la Universidad de California, Merced, vinculó estos episodios con un patrón más amplio: incendios provocados por actividades humanas en California, Europa y Corea del Sur coincidieron con la quema extensa de reservas de carbono en Canadá causada por rayos. Esa simultaneidad revela cómo el calentamiento climático favorece condiciones para incendios extremos en distintos biomas y estaciones.
Europa y Corea del Sur bajo presión
El Mediterráneo también concentró una parte importante del impacto de 2025. La combinación de sequía severa y olas de calor repetidas impulsó grandes brotes de incendios en el sur de Europa, con 28 muertes confirmadas, más de 120.000 evacuaciones y solicitudes simultáneas de ayuda de emergencia por parte de seis países europeos.
España registró su mayor superficie quemada desde 2002, con más de 350.000 hectáreas afectadas hasta agosto y ocho fallecidos. Portugal enfrentó incendios grandes y de propagación rápida, incluido el mayor incendio forestal de su historia nacional. Grecia, Türkiye y Chipre sufrieron incendios destructivos asociados a olas de calor prolongadas, mientras Francia vivió su mayor incendio desde 1949.
El Reino Unido también registró su mayor superficie quemada desde que existen datos comparables, incluido su primer “megaincendio” documentado en Escocia, con más de 10.000 hectáreas afectadas. Estos episodios muestran que los incendios extremos ya no son un fenómeno limitado a regiones tradicionalmente secas, sino una amenaza que se desplaza hacia paisajes templados y de latitudes altas.
Corea del Sur vivió el brote de incendios más mortal y extenso de su historia, con 32 muertes, más de 37.000 residentes desplazados y más de 100.000 hectáreas quemadas. Los vientos extremos y las temperaturas inusualmente altas facilitaron la propagación rápida del fuego por áreas montañosas donde se mezclan espacios silvestres, viviendas e infraestructura.
El clima extremo cambia la escala del riesgo
El estudio plantea que el mundo está entrando en una nueva era de riesgo de incendios. A medida que disminuyen los incendios de sabana en algunas regiones, aumentan los incendios extremos y destructivos en bosques templados y de alta latitud, donde la acumulación de combustible vegetal puede generar fuegos de gran intensidad.
El aumento de población en los límites entre zonas urbanas y áreas silvestres incrementa la exposición humana. A la vez, los recursos de respuesta se tensionan cuando varios países o regiones enfrentan incendios simultáneos. Esa combinación reduce la capacidad de compartir equipos, brigadas y apoyo logístico en momentos críticos.
La investigación también conecta el problema con la necesidad de adaptación. Los autores señalan que la reducción rápida de emisiones fósiles es esencial para limitar el calentamiento futuro, pero también reclaman una gestión más fuerte de la vegetación, infraestructura resiliente y planificación de evacuaciones adaptada a incendios más rápidos y difíciles de controlar.
La tecnología puede ayudar, pero no sustituye la prevención territorial. Herramientas de monitoreo y predicción, como los sistemas capaces de anticipar la propagación de incendios forestales en tiempo real, ganan importancia en un escenario donde los minutos iniciales pueden cambiar el resultado de una emergencia.
Daños económicos y efectos ambientales persistentes
El balance económico de 2025 fue especialmente severo. Los incendios representaron el 38% de todas las pérdidas aseguradas por amenazas naturales en el mundo. Solo los incendios de Los Ángeles alcanzaron 40.000 millones de dólares en pérdidas aseguradas y 140.000 millones de dólares en pérdidas totales, ubicándose como el quinto desastre natural más costoso de la historia en términos de pérdidas aseguradas.
El impacto no termina cuando se apagan las llamas. Los incendios pueden alterar suelos, cursos de agua, calidad del aire y recuperación forestal durante años. En paisajes quemados, los residuos del fuego pueden llegar a fuentes hídricas, un riesgo que también se relaciona con la contaminación posterior de agua potable durante años.
Además, los incendios modifican el balance climático al liberar gases y partículas. Investigaciones recientes han mostrado que compuestos como el carbono marrón de incendios pueden influir en el calentamiento atmosférico, lo que añade otra capa de complejidad al vínculo entre fuego, atmósfera y cambio climático.
Bosques más vulnerables en un planeta más caliente
Los bosques cumplen un papel clave como reservas de carbono, reguladores del agua y refugio de biodiversidad. Cuando los incendios extremos se vuelven más frecuentes, no solo se pierde vegetación: también se debilita la capacidad de los ecosistemas para recuperarse y sostener funciones climáticas esenciales.
La presión sobre los bosques como reguladores del clima se vuelve más grave cuando los incendios se repiten en intervalos cortos. En ecosistemas boreales y templados, esa recurrencia puede comprometer la regeneración, aumentar la pérdida de carbono del suelo y transformar paisajes que antes funcionaban como amortiguadores climáticos.
El análisis de 2025 deja una lectura clara: el mundo puede tener menos superficie quemada y, aun así, sufrir incendios más dañinos. La métrica decisiva ya no es solo cuántas hectáreas arden, sino cuántas vidas, hogares, ecosistemas y reservas de carbono quedan expuestas a fuegos más rápidos, intensos y costosos.
Fuente(s) referenciales
