Lectura global 🌍 Panorama Planetario + Evolución ambiental 📈 Tendencias de la Tierra +
×
17 de septiembre de 2026 · Panorama Planetario

El pulso del sistema Tierra

Resumen ejecutivo

El balance planetario combina calor excepcional, una atmósfera cargada de gases de efecto invernadero y riesgos que cambian de una región a otra. El último mes completo analizado por Copernicus, agosto de 2026, igualó el máximo de temperatura media mundial de su registro. Este panel distingue los indicadores climáticos consolidados de las condiciones meteorológicas, que requieren avisos locales y se actualizan con mayor frecuencia.

🌡️ Temperatura global

Señal: calor excepcional. Agosto de 2026 fue, junto con julio de 2023, el mes más cálido registrado a escala mundial por el Servicio de Cambio Climático de Copernicus. Un mes extremadamente cálido describe el estado reciente del planeta; no permite calcular por sí solo la temperatura media de todo 2026 ni la exposición de cada localidad.

🌊 Océanos

Señal: vigilancia térmica. Las temperaturas superficiales del mar influyen en evaporación, ecosistemas y energía disponible para algunas tormentas. Las condiciones varían entre cuencas, por lo que conviene observar mapas regionales y anomalías respecto de su climatología, en lugar de asignar al océano entero una misma temperatura o nivel de riesgo.

🫧 CO₂ atmosférico

Señal: acumulación persistente. El dióxido de carbono continúa siendo un indicador central del calentamiento de largo plazo. Las mediciones de NOAA permiten seguir sus variaciones estacionales y su tendencia. Una lectura tomada en una estación concreta no equivale automáticamente al promedio mundial ni representa una medición realizada en todas las regiones el 17 de septiembre.

🧊 Hielo polar

Señal: transición estacional ártica. Septiembre es el período en el que suele alcanzarse el mínimo anual de extensión del hielo marino ártico. La fecha y la magnitud definitivas se establecen tras examinar las observaciones. En la Antártida rige otra fase estacional; mezclar ambos polos en una sola cifra ocultaría procesos distintos.

🔥 Incendios

Señal: condiciones desiguales. El calor, la falta de humedad y el viento pueden favorecer la propagación del fuego donde coinciden con vegetación combustible. La presencia de focos en un mapa satelital no mide por sí misma la superficie quemada ni confirma daños. Para decisiones inmediatas deben consultarse los servicios de protección civil y los organismos forestales competentes.

🌾 Sequías

Señal: persistencia regional. El monitor estadounidense de sequía muestra afectación en partes del país en su actualización reciente. Una semana de lluvia puede aliviar condiciones superficiales sin recuperar de inmediato acuíferos o reservas. El seguimiento útil combina precipitación, humedad del suelo, caudales y duración del déficit.

⛈️ Tormentas y extremos

Señal: consultar avisos vigentes. Lluvias intensas, viento, inundaciones y calor extremo dependen de sistemas locales y cambian en pocas horas. Una perspectiva mundial no sustituye una alerta operativa. La severidad de cada episodio debe describirse con pronósticos de los servicios meteorológicos nacionales y con información de las autoridades de emergencia.

📡 Señal planetaria destacada

El calor sigue siendo el contexto de fondo. El balance de agosto publicado por Copernicus añade una observación mensual a la serie de calentamiento global. Su importancia está en la continuidad de las mediciones: comparar meses, océanos y regiones permite reconocer patrones sin atribuir cualquier tormenta o incendio individual a una sola causa.

Perspectiva para los próximos 7–14 días

Entre el 17 de septiembre y comienzos de octubre, el seguimiento debe concentrarse en los avisos de lluvia y calor por territorio, la evolución del hielo marino ártico al cierre de su temporada de deshielo y la actualización de los mapas de sequía. Esta es una guía de observación, no un pronóstico global de eventos concretos. Las alertas para personas e infraestructuras deben verificarse cada día en los servicios nacionales correspondientes.

Fuentes de referencia: Copernicus Climate Change Service, NOAA Global Monitoring Laboratory, NSIDC y Drought.gov. Fecha editorial: 17 de septiembre de 2026.

×

Los árboles de las ciudades, algo más que testigos silenciosos de la vida urbana

En los albores del siglo que vivimos peligrosamente algunos cálculos preconizaban que más de 3/5 partes de la población del planeta (unos 2 500 millones de personas) vivirían en concentraciones urbanas en 2025.


Ángel Lora González, Universidad de Córdoba


Estas previsiones se cumplen. Los números para 2020 procedentes del Banco Mundial son elocuentes: el 56,15 % de la población es urbana. Y la curva es creciente, salvo muy pocas excepciones, en todas las economías y en todas las zonas geográficas del mundo.

A una escala más doméstica, en España más de 30 millones de personas somos urbanas porque, según el Instituto Nacional de Estadística, vivimos en núcleos mayores de 10 000 habitantes. Un tercio de la población se concentra en cinco áreas metropolitanas.

La magnitud del fenómeno de “lo urbano” se entiende con facilidad recurriendo a un par de cifras más: en 1900 residían en las urbes alrededor de 233 millones de habitantes. Un siglo después lo hacían más de 3 000 millones, según los datos del Centre for Human Settelments de Naciones Unidas.

Resulta evidente que somos mayoritariamente urbanitas. Pero no estamos solos. Junto a nosotros nacen y se desarrollan no sin dificultades los bosques urbanos, cuya importancia también es creciente.

Árboles dentro y fuera de las ciudades

Decía Azorín que el odio, la antipatía o el rencor hacia los árboles se configuran como una tradición castiza, neta e innegable sustentada en la incapacidad para entender la complejidad de la relación de los árboles con nuestro paisaje. Y esto resulta tanto más evidente cuanto más cerca vivimos los unos de los otros. Algo que ocurre sobre todo en las ciudades. Allí los seres humanos cohabitamos con una multitud de organismos que, en términos de biomasa, se sustentan en los individuos más grandes del reino de las plantas, los árboles.

Buscando las fuentes de biodiversidad del planeta, algunos autores inmersos en proyectos de mucho calado estimaron hacia finales del pasado siglo que en una ciudad de tamaño medio como Córdoba, de alrededor de 300 000 habitantes, más del 90 % de la biomasa corresponde a sus árboles, mientras que los habitantes humanos representamos alrededor del 7 %.

Ocupamos con nuestras ciudades menos del 0,5 % de la Tierra emergida del planeta. Así, dejamos mucho territorio para que sea ocupado por otras especies, cultivadas y domesticadas o no, entre las que están los árboles. Pero si éstos son extremadamente importantes en el medio natural, lo son aún más en un medio claramente hostil para su supervivencia como el urbano. Allí los llevamos por su multifuncionalidad estética, urbanística, ecológica, ambiental, protectora, paisajística, social, histórica, simbólica, cultural o recreativa.

Proveedores de servicios valiosos

En años recientes es frecuente encontrar ciudades que reconocen a sus árboles más ilustres, los identificados como singulares, así llamados por diferentes motivos que los hacen únicos. Pero resulta necesario entender qué hacen por nosotros todos aquellos que de forma mayoritariamente anónima sobreviven entre nuestras calles, a veces cuidadosamente planificadas y otras veces originadas por el transcurrir del tiempo, pero siempre asociadas al carácter fuertemente gregario del ser humano.

La longevidad y la plasticidad de los árboles los convierten en fedatarios vivos de los acontecimientos naturales y no naturales a los que sobreviven. En el entramado urbano son palimpsestos cultivados (término antes aplicado a los infinitos olivos andaluces), que relatan con altísima precisión la vida de la ciudad a la par que prestan servicios que pasan desapercibidos pero que resultan trascendentes para todos nosotros.

Un árbol adulto cualquiera de hoja no acicular puede tener un volumen medio de 1 000 m³ de copa y unos 400 kg de raíces. Entre sus hojas y ramas puede filtrar unos 7 000 kg/año de partículas, puede retener en el suelo más de 60 000 l/año de agua y producir 1 000 de mantillo. Además, puede generar alrededor de 350 l/hora de O₂, constituyéndose en valiosísimos puntos para repostar los aproximadamente 8 000 l de este gas vital que a modo de combustible necesitamos diariamente cada ser humano. Y, finalmente, puede secuestrar hasta 150 kg/año de CO₂ para contribuir decididamente en la mitigación del cambio climático.

La gestión de los bosques urbanos

En situaciones urbanas, en la que nos encontramos ya la mayor parte de la población del planeta, los árboles han sido grandes perdedores en las decisiones de planificación. En demasiadas ocasiones los han tenido en cuenta tan solo como un elemento más que, por motivos del guión urbanístico, puede ser eliminado sin más para, en el mejor de los casos, ser sustituido por otro u otros ejemplares que nos ofrezcan un mejor “servicio” en los espacios que colonizamos.

En este tipo de sistemas urbanos, de complejidad sin parangón entre todos los sistemas del planeta, las interacciones son muy desequilibradas. Una sola especie, la humana, determina estrictamente los parámetros generales del sistema desplazando cualquier elemento que perturbe estos parámetros. Se produce así un marcado y generalizado descenso de especies vegetales y animales. Estas acaban ocupando una posición residual de difícil subsistencia y, como consecuencia directa, dejan de prestar servicios ecosistémicos de todo tipo.

Ante esta perspectiva, la importancia de los bosques urbanos crece, se reconoce y deriva en herramientas y estrategias de gestión que permiten dimensionar con relativa facilidad y bastante precisión los objetivos de ocupación del territorio por parte del bosque urbano.

Así se ha acometido en trabajos dedicados a la vertebración de la infraestructura verde de gestión pública, como el titulado Estimación de la cobertura arbórea como base para la gestión del bosque urbano de la ciudad de Córdoba. Usando las nuevas y asequibles herramientas disponibles y otras convencionales como la teledetección, este trabajo ha permitido conocer para esta ciudad la cobertura arbórea, de algo menos del 10 % de media para todo el casco urbano, aunque con oscilaciones entre distritos entre el 4 % en los más desarbolados y el 19 % en los más favorecidos.

El trabajo también ha estimado la distribución geográfica de sus más de 85 000 árboles. Ambas medidas permiten fijar las posibilidades de crecimiento equilibrado de la arquitectura arbórea y proponer para ésta un horizonte de cobertura en consonancia con el de otras ciudades de condiciones climáticas comparables que quieren situar sus cifras entre el 25 % y el 40 % en los próximos 5 a 15 años.

Ángel Lora González, Profesor Titular del Departamento de Ingeniería Forestal, Universidad de Córdoba

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.