Microplásticos contaminan Costa Rica


El país detecta partículas plásticas en playas, ríos, fauna, Isla del Coco y muestras vinculadas al cuerpo humano


Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz


La contaminación por microplásticos dejó de ser una amenaza lejana para Costa Rica. Investigaciones recientes detectaron estas partículas en playas, fondos marinos, peces, moluscos, crustáceos, ganado, aves de corral, ríos, la Isla del Coco y muestras vinculadas al cuerpo humano, lo que confirma que el problema ya se extendió desde las zonas costeras hasta ecosistemas protegidos y áreas de difícil acceso.

Los datos muestran una señal ambiental de gran alcance: más del 70% de las muestras analizadas contienen microplásticos. La cifra resume un proceso silencioso pero persistente. Muchos residuos plásticos abandonados terminan fragmentándose por acción del sol, el agua, el desgaste o el movimiento natural de ríos y quebradas, hasta convertirse en partículas diminutas que resultan casi imposibles de recuperar.

En 2022, Costa Rica generó 229.000 toneladas de residuos plásticos domésticos. De ese total, solo 28.000 toneladas fueron recicladas. El resto quedó enterrado, abandonado o expuesto a rutas naturales de dispersión que pueden llevar los residuos hasta el mar. Una vez allí, el plástico se degrada en fragmentos cada vez más pequeños y se incorpora a ecosistemas donde puede permanecer durante largos periodos.

De los residuos urbanos al océano

Los microplásticos pueden originarse en residuos plásticos que se degradan lentamente, pero también en fuentes menos visibles. Entre ellas figuran fibras sintéticas liberadas durante el lavado de ropa de poliéster o nylon, desgaste de llantas de vehículos, pellets industriales usados para fabricar productos plásticos, pinturas, recubrimientos y cosméticos con micropartículas añadidas.

Magie Rodríguez, de MarViva, explicó que una parte importante de estos contaminantes termina en el mar. Los residuos mal gestionados pueden ser arrastrados por lluvias, alcantarillas, quebradas y ríos hacia las zonas costeras. A esa ruta se suman las artes de pesca fantasma, como redes, cuerdas y equipos abandonados o perdidos, que continúan degradándose durante años y liberan nuevas partículas plásticas.

El problema no se limita a la basura visible. Una botella, una bolsa, una cuerda o un fragmento de empaque pueden desaparecer de la vista y transformarse en contaminación microscópica. Esa transición dificulta la limpieza y multiplica los puntos de contacto con la fauna, el agua, los sedimentos y la cadena alimentaria.

Partículas en playas, fauna y zonas protegidas

Las investigaciones citadas para Costa Rica señalan microplásticos en más del 70% de las muestras tomadas en playas, fondos marinos, peces, moluscos, crustáceos, ganado, aves de corral y la Isla del Coco. También se encontraron partículas en zonas altas y ríos de difícil acceso, lo que demuestra que la contaminación alcanza espacios remotos y protegidos.

Este hallazgo es especialmente relevante porque la Isla del Coco es uno de los sitios emblemáticos de conservación del país. La presencia de microplásticos en ese entorno muestra que las áreas protegidas no están aisladas de los flujos de contaminación generados en tierra firme, en ciudades, en actividades productivas o en rutas marinas.

El caso costarricense se conecta con una preocupación regional más amplia. Estudios sobre contaminación plástica en la Amazonía también han documentado residuos en agua, sedimentos, peces, fauna y ecosistemas de gran valor ecológico, lo que confirma que los plásticos ya forman parte de múltiples sistemas naturales.

Cómo entra el plástico en la cadena alimentaria

El impacto comienza en los organismos más pequeños. Al confundir las partículas plásticas con alimento, pueden ingerirlas e incorporarlas a la cadena trófica. Luego, un pez pequeño puede ser comido por otro mayor, y ese proceso puede trasladar fragmentos plásticos de una especie a otra.

En animales marinos y terrestres, los microplásticos pueden generar sensación falsa de saciedad, desnutrición, inflamación, obstrucciones e incluso asfixia. Además, funcionan como vehículos de otros contaminantes, porque pueden absorber hidrocarburos, plaguicidas y compuestos peligrosos presentes en el ambiente.

La amenaza no es solo física. Las partículas también pueden servir como superficie para microorganismos, lo que añade riesgos químicos, biológicos y ecológicos. En términos ambientales, esto convierte a los microplásticos en contaminantes móviles capaces de interactuar con otras formas de polución.

Hallazgos vinculados al cuerpo humano

La preocupación por los microplásticos ya no se limita a la fauna. En Costa Rica, estudios recientes citados por CRhoy han reportado presencia de microplásticos en sangre, leche materna, placenta, cerebro, semen y tejidos reproductivos femeninos.

Los expertos advierten que estas partículas pueden asociarse con alteraciones endocrinas, problemas de fertilidad, inflamación y otros posibles efectos en la salud. Sin embargo, todavía faltan estudios que definan con mayor precisión los riesgos a largo plazo, los niveles de exposición perjudiciales y las consecuencias acumulativas.

La evidencia disponible obliga a tratar el problema con enfoque preventivo. Cuando los microplásticos llegan al agua, al aire, a los alimentos y a tejidos humanos, la contaminación deja de ser un asunto exclusivamente marino y se convierte en un desafío ambiental, sanitario y regulatorio.

Vacíos normativos y materiales biodegradables

Costa Rica todavía carece de una normativa integral sobre microplásticos. La legislación regula parcialmente productos como bolsas y botellas, pero no aborda de forma suficiente otras fuentes relevantes, como micropartículas añadidas a productos, pellets industriales, textiles sintéticos y desgaste de llantas.

Rodríguez, de MarViva, resumió el problema como un vacío normativo. Esa ausencia de regulación específica dificulta actuar sobre las fuentes menos visibles de contaminación y limita la capacidad del país para prevenir la formación de microplásticos antes de que lleguen al ambiente.

La preocupación también incluye materiales comercializados como biodegradables. Pruebas de MarViva y del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología demostraron que, tras ser sometidos a compostaje, muchos de estos materiales permanecieron casi intactos. La razón es que requieren condiciones muy específicas para degradarse, condiciones que no suelen darse fuera de laboratorios.

Un problema que ya no se puede retirar del ambiente

El mayor desafío aparece cuando el plástico ya se convirtió en microplástico. En ese punto, el país pierde capacidad real de control. Las partículas son demasiado pequeñas, se dispersan con facilidad y pueden viajar por ríos, corrientes marinas, sedimentos, organismos y aire.

Investigaciones recientes sobre microplásticos suspendidos en el aire muestran que estas partículas también pueden desplazarse por la atmósfera y participar en procesos ambientales más complejos de lo que se pensaba. Esto amplía la dimensión del problema más allá de playas y océanos.

La evidencia costarricense deja una lectura clara: prevenir la generación de residuos plásticos es mucho más efectivo que intentar retirar partículas una vez dispersas. La gestión ambiental necesita reducir fuentes, mejorar reciclaje, controlar descargas, atender residuos urbanos y cerrar vacíos regulatorios antes de que el plástico se fragmente.

La situación también refuerza la importancia de proteger ecosistemas marinos y costeros. En un contexto donde los océanos enfrentan presión por contaminación, calentamiento y pérdida de biodiversidad, la presencia de microplásticos añade una amenaza persistente a la salud de los ecosistemas. La respuesta exige decisiones públicas, investigación científica y cambios en la gestión de residuos.

Fuente(s) referenciales

Infobae: Microplásticos presentes en playas, fauna y ríos: Costa Rica detecta contaminación en el 70% de muestras