Un estudio publicado en Nature revela que la concentración de polvo desértico creció entre un 10 % y un 25 % durante la última década, con los niveles más altos en el sur del continente.
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
Las regulaciones ambientales aplicadas en Europa han permitido reducir progresivamente una parte de la contaminación por partículas generada por el transporte, las viviendas y la industria. Sin embargo, otra fuente está evolucionando en sentido contrario: el polvo procedente de los desiertos.
Una investigación liderada por el Instituto Paul Scherrer de Suiza determinó que las concentraciones de polvo desértico aumentaron de manera significativa en Europa durante los últimos diez años. La tendencia afecta especialmente a los países del sur del continente y plantea riesgos para la salud pública, la calidad del aire y la producción de energía solar.
El estudio fue realizado en colaboración con investigadores de distintos países europeos y publicado en la revista científica Nature. El equipo reunió datos procedentes de más de 100 estaciones de medición y utilizó inteligencia artificial para reconstruir la distribución de las partículas en regiones donde no existían observaciones directas suficientes.
Los resultados muestran que el sur de Europa registra una concentración media de polvo desértico de 5,3 microgramos por metro cúbico de aire. En las regiones centrales y septentrionales, el promedio es de 2,1 microgramos por metro cúbico.
Durante el periodo estudiado, la cantidad de polvo aumentó alrededor de medio microgramo por metro cúbico. Este incremento equivale a un crecimiento de entre el 10 % y el 25 % de la contaminación asociada con partículas minerales procedentes de zonas áridas.
El sur de Europa concentra los niveles más elevados
Los países mediterráneos reciben con frecuencia masas de aire cargadas de partículas procedentes del Sahara y del desierto de Arabia. Grecia, Italia, España y Portugal figuran entre las regiones más expuestas.
El estudio también detectó concentraciones elevadas en el oeste de Francia. Las masas de aire saharianas pueden desplazarse inicialmente sobre el océano Atlántico y después girar hacia el norte, transportando el polvo hasta Europa occidental.
Estos episodios pueden cubrir grandes extensiones del continente y producir cielos opacos, pérdida de visibilidad, depósitos rojizos y fenómenos conocidos como lluvia de barro o lluvia sucia.
En marzo de 2026, una masa sahariana avanzó sobre el Mediterráneo y Europa occidental. El episodio provocó lluvias cargadas de polvo en España, Francia y el Reino Unido, además de alterar las condiciones atmosféricas sobre distintas regiones.
La investigación no encontró un aumento claro en el número de tormentas que transportan polvo desde los desiertos. El cambio principal es que los episodios registrados durante la última década se volvieron más intensos y trasladaron mayores cantidades de partículas.
Más de 100 estaciones aportaron datos al estudio
El equipo recopiló prácticamente todas las series de medición disponibles sobre polvo desértico en Europa. Más de 50 investigadores colaboraron para reunir información procedente de estaciones situadas en diferentes países.
Las observaciones forman parte de ACTRIS, una infraestructura paneuropea de investigación que coordina mediciones de aerosoles, nubes y gases traza.
Las estaciones permitieron analizar las concentraciones registradas cerca de la superficie, donde las partículas pueden ser respiradas por la población y depositarse sobre edificios, cultivos, vehículos y paneles solares.
Los modelos atmosféricos convencionales suelen representar correctamente los grandes episodios de polvo, pero tienen dificultades para identificar eventos pequeños y estimar con precisión las concentraciones a nivel del suelo.
Para superar esta limitación, los científicos combinaron los modelos físicos con un sistema de inteligencia artificial. El algoritmo utilizó las mediciones de más de 100 puntos para estimar la concentración en otras zonas del continente.
El resultado fue un mapa de partículas de polvo con relevancia sanitaria para toda Europa. Esta reconstrucción permite comparar regiones y proporciona una base para futuros estudios sobre exposición prolongada.
El aluminio permitió identificar el origen de las partículas
Los investigadores utilizaron la concentración de aluminio como indicador químico del polvo procedente de los desiertos.
Este elemento aparece de manera característica en las partículas minerales transportadas desde regiones áridas. Su presencia permite distinguirlas de otras fuentes de contaminación atmosférica.
Las partículas generadas en las obras urbanas contienen proporciones más elevadas de calcio, mientras que las emisiones del tráfico y de las viviendas presentan principalmente hollín y carbono procedentes de la combustión de derivados del petróleo.
El análisis químico facilita así la identificación del origen de las partículas recogidas por las estaciones, incluso cuando diferentes fuentes coinciden en una misma masa de aire.
Esta diferenciación resulta importante porque las medidas destinadas a reducir el tráfico, mejorar la calefacción o controlar las emisiones industriales no pueden evitar directamente la llegada de polvo natural desde otros continentes.
Un glaciar conserva 150 años de contaminación
Las estaciones europeas proporcionan registros detallados de las últimas décadas, pero en muchos casos no cuentan con series suficientemente largas para establecer comparaciones desde el comienzo de la industrialización.
Para ampliar la perspectiva histórica, los investigadores analizaron un núcleo de hielo procedente de Colle Gnifetti, situado en la frontera entre Suiza e Italia.
Las partículas atrapadas dentro del glaciar conservan un registro de los materiales transportados por la atmósfera durante los últimos siglos.
El análisis mostró que la concentración de polvo desértico en esa región alpina se ha más que duplicado durante los últimos 150 años.
El dato indica que la tendencia no se limita a variaciones recientes y que el transporte de partículas minerales hacia Europa experimentó una transformación de largo plazo durante la industrialización.
La creciente sequedad del Sahara favorece el polvo
El estudio identifica el aumento de la aridez en el Sahara como una de las principales causas del crecimiento de las concentraciones europeas.
Cuando los suelos pierden humedad y cobertura vegetal, quedan más expuestos a la erosión eólica. Los vientos pueden levantar las partículas finas y transportarlas a grandes distancias.
La modificación de los patrones de circulación atmosférica también facilita que vientos más intensos procedentes del norte de África lleven mayores cantidades de polvo hacia Europa.
El equipo todavía no puede determinar con precisión qué proporción del cambio corresponde directamente al calentamiento provocado por las actividades humanas. Sin embargo, el conocimiento disponible indica que el aumento de las temperaturas favorece condiciones más secas en determinadas regiones y contribuye a la expansión de las superficies desérticas.
La creciente influencia del polvo sahariano sobre Europa también modifica la radiación solar, las nubes, las precipitaciones y la apariencia del cielo.
Las tormentas ocultas levantan grandes cantidades de partículas
El polvo no se genera únicamente durante las tormentas de arena visibles desde la superficie. Una parte importante puede originarse por procesos atmosféricos difíciles de representar en los modelos globales.
Las tormentas eléctricas del Sahara producen corrientes descendentes de aire frío que se expanden cerca del suelo y levantan grandes cantidades de sedimentos.
Estos mecanismos pueden actuar durante la noche o bajo sistemas nubosos, por lo que no siempre son identificados fácilmente mediante observaciones convencionales.
Los investigadores han advertido que una parte considerable de las emisiones saharianas se produce mediante este tipo de tormentas, lo que añade incertidumbre a las proyecciones futuras.
El aumento de las tierras secas, la degradación del suelo y los cambios en las lluvias pueden modificar tanto la disponibilidad de partículas como la frecuencia con la que los vientos logran incorporarlas a la atmósfera.
El polvo incrementa los riesgos para la salud
Las partículas minerales pueden ser inhaladas y penetrar en el sistema respiratorio. Las fracciones más pequeñas alcanzan zonas profundas de los pulmones y pueden agravar enfermedades preexistentes.
La evaluación de los estudios epidemiológicos confirmó que en los días con concentraciones elevadas de polvo aumenta la mortalidad asociada con ataques cardíacos y problemas respiratorios.
Las exposiciones prolongadas también han sido relacionadas con afecciones como asma, bronquitis crónica y neumoconiosis, aunque la confirmación de todos los efectos a largo plazo requiere series epidemiológicas extensas.
Las personas con enfermedades pulmonares o cardiovasculares, los adultos mayores, los niños y quienes trabajan al aire libre pueden presentar una mayor vulnerabilidad durante los episodios intensos.
Las tormentas de polvo constituyen un problema sanitario internacional. En 2025, episodios extremos registrados en China y Estados Unidos elevaron las concentraciones de partículas a valores muy superiores a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Estos eventos mostraron cómo las tormentas de polvo deterioran rápidamente la calidad del aire y obligan a adoptar medidas de protección.
Las partículas naturales complican las políticas de calidad del aire
Europa ha logrado reducir parte de las partículas generadas por automóviles, calefacciones domésticas, centrales energéticas e instalaciones industriales mediante normas más estrictas.
El crecimiento del polvo desértico puede contrarrestar parcialmente esos avances. Aunque las emisiones urbanas disminuyan, las estaciones pueden seguir registrando concentraciones elevadas debido a partículas transportadas desde África o Arabia.
Esta situación complica el cumplimiento de los objetivos de calidad del aire y exige diferenciar correctamente las fuentes.
El polvo desértico es un fenómeno natural, pero su intensidad puede verse influida por la degradación de las tierras, la pérdida de vegetación, la expansión de los desiertos y el cambio climático.
La Organización Meteorológica Mundial estima que aproximadamente 2.000 millones de toneladas de polvo ingresan cada año en la atmósfera. Las partículas atraviesan fronteras y pueden afectar simultáneamente a la salud, la agricultura, los ecosistemas, el transporte y la producción energética.
Los paneles solares pierden eficiencia
El polvo afecta a la energía fotovoltaica de dos maneras. Las partículas suspendidas en la atmósfera dispersan y absorben parte de la radiación solar antes de que llegue a los paneles.
Cuando se depositan sobre las instalaciones, forman una capa que reduce la cantidad de luz recibida por las células fotovoltaicas.
Este efecto disminuye la producción eléctrica y aumenta los costos de mantenimiento, especialmente en grandes plantas solares donde la limpieza de miles de paneles requiere agua, equipos y mano de obra.
Los episodios también pueden incrementar la presencia y reflectancia de determinadas nubes. Un análisis realizado en Hungría encontró que el rendimiento fotovoltaico descendió al 46 % durante días con concentraciones elevadas de polvo, frente a valores de al menos el 75 % durante jornadas con poca presencia de partículas.
El impacto sobre la energía solar ya había sido advertido en investigaciones sobre las tormentas saharianas y la producción fotovoltaica europea. El aumento identificado en el nuevo estudio indica que el sector deberá incorporar esta variable en su planificación.
Los sistemas de alerta podrían proteger la red eléctrica
Los autores proponen desarrollar sistemas de advertencia específicos para los días con concentraciones elevadas de polvo desértico.
Las alertas permitirían que las personas sensibles o con enfermedades pulmonares redujeran la exposición, limitaran las actividades al aire libre y siguieran las recomendaciones sanitarias.
El sector energético también podría utilizar los pronósticos para anticipar caídas en la producción fotovoltaica.
Cuando se espera una gran masa de polvo, los operadores pueden aumentar la generación desde otras fuentes, recurrir al almacenamiento eléctrico o ajustar la gestión de la demanda para mantener la estabilidad de la red.
Las empresas solares también podrían programar la limpieza de los paneles después de los episodios más intensos y evitar intervenciones innecesarias durante periodos de baja deposición.
Europa tendrá que mejorar el seguimiento del polvo
Las emisiones de partículas procedentes del tráfico o la industria pueden reducirse mediante controles tecnológicos y normas ambientales. El polvo levantado en los desiertos no puede eliminarse de manera directa una vez que las condiciones meteorológicas favorecen su transporte.
La protección climática puede contribuir a largo plazo al limitar el calentamiento, la pérdida de humedad y la expansión de las superficies desérticas.
Mientras tanto, Europa deberá adaptarse a concentraciones crecientes mediante redes de vigilancia, pronósticos atmosféricos y protocolos sanitarios.
La combinación de mediciones físicas e inteligencia artificial permitirá identificar tanto los grandes episodios como las entradas pequeñas y persistentes que los modelos tradicionales pueden pasar por alto.
Los datos obtenidos ofrecen una base para estudiar los efectos acumulativos sobre la población y calcular con mayor precisión las pérdidas económicas en las instalaciones solares.
Una contaminación que atraviesa continentes
El polvo mineral desempeña funciones naturales importantes. Puede transportar nutrientes hacia océanos y ecosistemas terrestres, intervenir en la formación de nubes y modificar el balance de radiación del planeta.
Sin embargo, las concentraciones elevadas generan riesgos cuando las partículas alcanzan zonas densamente pobladas o infraestructuras sensibles.
El estudio muestra que la contaminación del aire en Europa no depende únicamente de las emisiones producidas dentro del continente.
Los cambios ambientales ocurridos en el Sahara y en otras regiones áridas pueden alterar la calidad del aire a miles de kilómetros de distancia.
La concentración media de 5,3 microgramos por metro cúbico en el sur europeo, el incremento de entre el 10 % y el 25 % durante la última década y la duplicación registrada en el glaciar alpino durante 150 años confirman una tendencia con consecuencias sanitarias, climáticas y energéticas.
Fuente(s) referenciales
