Australia enfrenta tensiones sociales al planificar traslados por inundaciones, erosión y aumento del nivel del mar
Redactor: Camila Herrera R.
Editor: Eduardo Schmitz
El cambio climático está acelerando los riesgos en zonas costeras y áreas bajas de Australia. Las lluvias más intensas, las inundaciones, el aumento del nivel del mar y la erosión de playas están obligando a gobiernos locales y estatales a discutir una medida difícil: la retirada planificada o gestionada de personas, viviendas e infraestructura desde zonas expuestas hacia lugares más seguros.
La investigadora Anne Maree Kreller, en un artículo académico difundido por The Conversation y reproducido por Phys.org, analiza por qué estas decisiones generan una reacción social inmediata y, muchas veces, divisiva. La conclusión principal es que la retirada costera no puede tratarse solo como un problema técnico de planificación: también involucra propiedad, identidad, cultura, seguros, precios de viviendas, arraigo comunitario y justicia climática.
Durante los últimos años, inundaciones desastrosas han afectado Lismore, en Nueva Gales del Sur; el norte de Queensland; y la Great Ocean Road, en Victoria. Al mismo tiempo, grandes olas han golpeado playas y causado erosión en Byron Bay y Wamberal Beach, en Nueva Gales del Sur, así como en Lancelin, en Australia Occidental.
Qué significa la retirada planificada
La retirada planificada, también llamada retirada gestionada, consiste en mover personas, viviendas o infraestructura fuera de zonas donde el riesgo climático se vuelve demasiado alto. También puede incluir restricciones al desarrollo urbano en áreas expuestas a inundaciones, erosión o subida del mar.
No se trata necesariamente de abandonar comunidades de un día para otro. En algunos casos puede implicar compras públicas de propiedades dañadas, relocalización gradual, límites a nuevas construcciones o decisiones de planificación que eviten seguir aumentando la exposición al riesgo.
Este debate está creciendo porque las defensas costeras no siempre bastan. Muros, espigones y obras duras pueden proteger ciertos puntos, pero también pueden trasladar impactos hacia otras zonas o alterar la dinámica natural de playas y ecosistemas. Esa tensión ya aparece en discusiones globales sobre erosión costera y aumento del nivel del mar.
Por qué las comunidades reaccionan con rechazo
La resistencia social suele aparecer cuando los residentes sienten que su vivienda, su patrimonio o su comunidad están bajo amenaza. En el área del Lake Macquarie City Council, en Nueva Gales del Sur, ya hubo rechazo en 2012 cuando el consejo incluyó la opción de “retirada” dentro de un conjunto de medidas para gestionar el aumento del mar y las inundaciones en zonas bajas.
Los propietarios temían que esa discusión redujera el valor de sus viviendas y encareciera los seguros. En otros casos, como Home Island y West Island, en las islas Cocos Keeling, la posibilidad de una futura relocalización fue interpretada por residentes como una amenaza a su cultura y a sus derechos humanos.
También existe una dimensión histórica y emocional. Para los isleños del estrecho de Torres, la idea de abandonar el hogar por el aumento del mar representa una injusticia dolorosa. Por eso, la adaptación climática debe reconocer que la vivienda no es solo un activo económico, sino también un territorio de memoria, pertenencia y continuidad cultural.
Lismore muestra la dificultad del proceso
La ciudad de Lismore, en Nueva Gales del Sur, ofrece un ejemplo claro de la complejidad. Tras las inundaciones catastróficas de 2022, miles de personas quedaron sin hogar y más de 1.700 viviendas resultaron dañadas.
Dos años después, el gobierno estatal de Nueva Gales del Sur había comprado 497 propiedades dañadas como parte de un esfuerzo para trasladar residentes desde las zonas de mayor riesgo. Sin embargo, muchos habitantes expresaron frustración por la lentitud del proceso y por la falta de vivienda asequible en la región.
La experiencia muestra que no basta con decir que una comunidad debe moverse. Si no hay lugares seguros, accesibles y socialmente viables para vivir, la retirada puede convertirse en una nueva fuente de vulnerabilidad. El desafío se vuelve mayor cuando los eventos extremos se intensifican, como ocurre con el aumento de precipitaciones extremas e inundaciones.
El dilema entre proteger o moverse
En algunas comunidades, la reacción contra la retirada ha llevado a priorizar obras de protección. En Wamberal Beach, Nueva Gales del Sur, la retirada se volvió políticamente difícil y los gobiernos estatal y local avanzaron en diseños para un muro costero multimillonario destinado a proteger propiedades frente al mar.
En Lancelin, Australia Occidental, la erosión ya provocó la pérdida de paseos costeros y amenazó un hotel popular. Aun así, más de 900 personas firmaron una petición contra la retirada planificada.
Estos casos reflejan un dilema frecuente: proteger la costa en el corto plazo puede parecer más aceptable que hablar de traslado, pero no siempre resuelve el riesgo a largo plazo. En zonas donde el nivel del mar seguirá subiendo, las decisiones tomadas hoy pueden condicionar el costo humano, económico y ambiental de las próximas décadas.
Hablar temprano reduce el conflicto
La investigación de Kreller examinó procesos de retirada planificada en el contexto del cambio climático. En 2019, después de que el Central Coast Council de Nueva Gales del Sur propusiera opciones de retirada en áreas como Gosford y Woy Woy, la investigadora entrevistó a residentes, activistas climáticos, defensores ambientales, actores vinculados a la propiedad y planificadores estatales y locales.
El estudio encontró resistencia entre propietarios, inversores inmobiliarios, agentes de bienes raíces y residentes. Las preocupaciones se concentraban en el precio de las viviendas, el costo de los seguros y la posibilidad de que la retirada amenazara la existencia misma de la comunidad.
Pero también surgió otra preocupación desde los activistas climáticos: que las personas quedaran atrapadas con propiedades inhabitables en el futuro. Para ellos, evitar la conversación solo reduce las opciones disponibles cuando el riesgo ya es evidente.
La adaptación costera requiere procesos abiertos y regionales, no decisiones aisladas. Esa idea coincide con enfoques que proponen planificar la adaptación al cambio climático en sistemas costeros considerando infraestructura, comunidades y territorios conectados.
La retirada también necesita justicia
Una de las lecciones centrales es que las comunidades enfrentadas pueden compartir preocupaciones de fondo. Personas con posiciones opuestas hablaron de colaboración, pertenencia, supervivencia y justicia. También plantearon la necesidad de discutir con claridad los pros y contras de compras públicas, relocalizaciones y compensaciones.
La investigación propone abrir espacios donde se puedan expresar agravios, encontrar puntos de acuerdo, debatir qué es justo para individuos y comunidades, y reconocer que las emociones forman parte del proceso. Ignorar el miedo, la rabia o el duelo por el territorio solo profundiza la desconfianza.
La subida del nivel del mar no afecta solo la línea visible de la costa. También puede elevar el nivel freático, saturar suelos y agravar inundaciones desde abajo, un riesgo que ya se observa en investigaciones sobre inundaciones vinculadas al aumento del nivel del mar.
Un debate inevitable para Australia
Australia tendrá que enfrentar cada vez más decisiones sobre dónde construir, qué proteger, qué relocalizar y cómo acompañar a las comunidades afectadas. La evaluación nacional de riesgo climático del país ya reconoce que el aumento del nivel del mar representa una amenaza creciente para la cohesión social.
La retirada planificada puede ser tensa y dolorosa, pero también puede convertirse en una oportunidad para evitar daños mayores si se realiza con tiempo, diálogo, garantías y participación real. El peor escenario es convertir el tema en tabú hasta que las inundaciones, la erosión o el mar obliguen a actuar sin margen de planificación.
Las costas australianas muestran una realidad que también preocupa a otros países: el cambio climático ya no solo exige reducir emisiones, sino decidir cómo vivir en territorios donde el agua, las tormentas y la erosión están modificando los límites de lo habitable.
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