Un estudio publicado en Nature Communications revela cómo dos milenios de erosión provocada por actividades humanas contribuyeron a generar olas de hasta 50 metros en el lago Iseo. Los científicos advierten que la acumulación de sedimentos ha reconstruido las condiciones de riesgo.
Redacción: Redacción Noticias de la Tierra
Editor: Eduardo Schmitz
Dos terremotos ocurridos durante la Edad Media desencadenaron enormes tsunamis en el lago Iseo, situado en los Alpes del norte de Italia. Sin embargo, una nueva investigación científica ha identificado un factor que contribuyó decisivamente a preparar el escenario de aquellas catástrofes: siglos de agricultura, ganadería y deforestación que aceleraron la erosión del suelo y sobrecargaron de sedimentos el fondo del lago.
El estudio, publicado el 15 de octubre de 2026 en la revista Nature Communications, reconstruyó los acontecimientos de los años 1117 y 1222 mediante el análisis de depósitos geológicos, documentos históricos y simulaciones matemáticas. Los resultados indican que los deslizamientos submarinos provocados por ambos terremotos generaron olas capaces de alcanzar aproximadamente 50 y 13 metros de altura máxima sobre el nivel del lago, respectivamente.
La investigación, encabezada por Muhammad Naveed Zafar y desarrollada con especialistas de distintas instituciones europeas, también advierte que el delta responsable de aquellos episodios ha vuelto a acumular grandes cantidades de sedimentos durante los últimos ocho siglos. Esta situación plantea interrogantes sobre la seguridad de las poblaciones que actualmente habitan las orillas del lago.
Dos mil años de agricultura transformaron el fondo del lago
El lago Iseo se encuentra al pie del valle de Camonica, en la vertiente meridional de los Alpes italianos. Allí desemboca el río Oglio, que transporta materiales erosionados desde las montañas y los deposita progresivamente en el extremo septentrional del lago, formando un extenso delta.
Los investigadores determinaron que, desde la época romana, la eliminación de bosques, el desarrollo agrícola y el pastoreo intensificaron la erosión de las laderas de la cuenca. Como consecuencia, la cantidad de sedimentos transportados hacia el lago llegó a triplicarse respecto a los niveles naturales anteriores a esa transformación del territorio.
Durante generaciones, estos materiales fueron acumulándose en el delta del Oglio. El crecimiento acelerado produjo pendientes submarinas cada vez más pronunciadas y depósitos progresivamente sobrecargados, aumentando su vulnerabilidad frente a movimientos sísmicos.
Este proceso demuestra cómo las actividades humanas pueden modificar lentamente las condiciones geológicas de un territorio hasta incrementar su exposición a fenómenos extremos. La relación entre movimientos del terreno y sedimentos lacustres también se observa en investigaciones sobre cómo los terremotos alteran los sedimentos y el equilibrio de los lagos.
En el caso italiano, la acumulación no produjo inmediatamente una catástrofe. El riesgo se desarrolló durante siglos, hasta que la energía liberada por determinados terremotos desencadenó el colapso de grandes masas de material sumergido.
Los terremotos de 1117 y 1222 desencadenaron los deslizamientos
El primero de los dos acontecimientos reconstruidos ocurrió el 3 de enero de 1117, cuando un terremoto de magnitud aproximada 6,5 sacudió el norte de Italia. El movimiento desestabilizó una parte del delta y provocó el desplazamiento de unos 62 millones de metros cúbicos de sedimentos hacia las zonas profundas del lago.
El segundo episodio tuvo lugar el 25 de diciembre de 1222, durante otro terremoto, estimado en magnitud 6,0. En esta ocasión, el volumen de materiales movilizados alcanzó aproximadamente 10 millones de metros cúbicos.
La diferencia entre ambos acontecimientos no significa que el segundo fuera insignificante. Los investigadores encontraron evidencias de que, durante el siglo transcurrido entre los terremotos, el río había continuado transportando sedimentos y reconstruyendo parcialmente el frente del delta.
Para identificar estos episodios, los científicos examinaron testigos de sedimentos extraídos del fondo lacustre y perfiles sísmicos capaces de mostrar la estructura de los depósitos enterrados.
Las capas correspondientes a los dos deslizamientos figuran entre las acumulaciones más importantes registradas en las zonas profundas del lago. Su distribución permitió estimar los volúmenes desplazados y reconstruir la dinámica de los colapsos.
Los resultados evidencian que los lagos rodeados de terrenos inestables y grandes acumulaciones de materiales pueden experimentar amenazas encadenadas cuando se producen desprendimientos, bloqueos de corrientes o movimientos bruscos del fondo.
Una ola de 50 metros pudo alcanzar las orillas del lago Iseo
Una de las conclusiones más llamativas procede de las simulaciones hidrodinámicas utilizadas para reconstruir el tsunami de 1117. Según el escenario principal del modelo, el desplazamiento de sedimentos generó una ola que alcanzó una elevación máxima aproximada de 50 metros sobre el nivel del lago en sectores próximos al delta.
La masa de agua habría llegado a las orillas septentrionales en menos de un minuto, mientras que la inundación pudo extenderse hasta 2,7 kilómetros tierra adentro por la llanura del río Oglio.
Los cálculos indican que las ondas se desplazaron a velocidades cercanas a 180 kilómetros por hora en las zonas profundas del lago, donde el agua alcanza aproximadamente 250 metros de profundidad.
En la localidad de Iseo, situada hacia el extremo meridional, las simulaciones estimaron una elevación del agua de unos 5,5 metros, aproximadamente entre seis y siete minutos después del colapso.
El segundo tsunami, correspondiente al terremoto de 1222, habría alcanzado una elevación máxima cercana a 13 metros.
Los investigadores advierten que estas alturas proceden de reconstrucciones numéricas y dependen de las condiciones iniciales del deslizamiento. En escenarios alternativos, modificando la profundidad a la que comenzó el colapso de 1117, las alturas máximas calculadas descendieron a aproximadamente 22 y 11 metros.
Por tanto, los 50 metros representan el resultado de uno de los escenarios reconstruidos y no una medición instrumental directa del acontecimiento medieval.
Documentos medievales y sedimentos confirman la magnitud del fenómeno
El equipo científico también examinó testimonios históricos conservados durante siglos. Entre ellos destaca un manuscrito del siglo XII custodiado en la Biblioteca Vaticana, que describe una extraordinaria elevación de las aguas de los lagos después del terremoto de 1117.
Este testimonio proporciona una referencia histórica compatible con la existencia de inundaciones violentas, aunque no permite determinar por sí solo la altura exacta de las olas.
La investigación también consideró evidencias arqueológicas y arquitectónicas. La iglesia parroquial de Sant’Andrea, en Iseo, fue reconstruida en gran medida después de 1117, aunque no es posible establecer si los daños originales fueron ocasionados por el terremoto, la inundación o una combinación de ambos procesos.
Asimismo, los investigadores identificaron registros de daños asociados al terremoto de 1222 en diferentes sectores de la región.
Un elemento adicional procede de la reserva natural Torbiere del Sebino, situada en el extremo meridional del lago. Los sedimentos de sus turberas no muestran depósitos atribuibles a aquellos tsunamis, una ausencia compatible con las simulaciones que indican que la isla de Monte Isola actuó como barrera parcial frente a la propagación de las olas.
La combinación de registros históricos, observaciones geológicas y modelos matemáticos permite reconstruir acontecimientos que ocurrieron mucho antes de la existencia de instrumentos modernos para medir terremotos y variaciones del nivel del agua.
El delta volvió a crecer y amenaza a las poblaciones actuales
Después del terremoto de 1222, la presión humana sobre el territorio experimentó períodos de disminución, especialmente durante las transformaciones demográficas asociadas a la peste negra. Sin embargo, la erosión volvió a intensificarse desde el siglo XVII y alcanzó niveles elevados durante la industrialización.
Durante aproximadamente ocho siglos, los sedimentos transportados por el río Oglio han reconstruido el delta y aumentado nuevamente la carga sobre sus pendientes submarinas.
Los investigadores consideran que esta acumulación reproduce parte de las condiciones geológicas que precedieron a los colapsos medievales. No obstante, la existencia de sedimentos inestables no permite establecer cuándo ocurrirá un nuevo desprendimiento ni garantiza que alcance las dimensiones de los episodios históricos.
El problema adquiere especial importancia porque las orillas del lago Iseo están actualmente mucho más urbanizadas que durante la Edad Media.
Las simulaciones de un colapso comparable al de 1117 muestran que una ola podría alcanzar Pisogne en menos de diez segundos y Lovere en aproximadamente 25 segundos. En Iseo, el tiempo estimado sería de unos seis minutos, mientras que en Sarnico, situado en el extremo opuesto del lago, alcanzaría alrededor de doce minutos.
Estos intervalos ilustran las limitaciones de los sistemas convencionales de alerta temprana frente a tsunamis lacustres originados cerca de zonas habitadas.
Los tsunamis también pueden originarse lejos del océano
La investigación destaca una diferencia fundamental entre muchos tsunamis oceánicos y los que se producen en lagos.
En los océanos, numerosos tsunamis se originan por terremotos que desplazan verticalmente grandes sectores del fondo marino. En los lagos, en cambio, un deslizamiento de sedimentos o rocas puede desplazar bruscamente el agua y generar ondas de gran energía.
El mecanismo comparte características con otros fenómenos de desplazamiento súbito de agua, como los estudiados después del colapso de la caldera del volcán Hunga en Tonga, aunque las condiciones geológicas y las dimensiones de ambos escenarios son diferentes.
En el lago Iseo, la particularidad es que las actividades humanas contribuyeron durante siglos a preparar las condiciones para el desprendimiento submarino, mientras que los terremotos actuaron como desencadenantes inmediatos.
Los investigadores también identificaron depósitos compatibles con grandes colapsos antiguos en los lagos Garda y Como, situados igualmente en el norte de Italia.
Las orillas de los tres lagos albergan conjuntamente a más de 370.000 personas, lo que refuerza la necesidad de incorporar estos procesos a las evaluaciones regionales de riesgos naturales.
La erosión humana puede aumentar los riesgos geológicos durante siglos
El estudio amplía la comprensión de las consecuencias ambientales de la transformación del territorio. La deforestación y la agricultura intensiva no solo modifican los ecosistemas terrestres y los ciclos de nutrientes, sino que también pueden alterar la estabilidad de los sedimentos acumulados en cuerpos de agua profundos.
Los autores señalan que este mecanismo no es exclusivo de Italia. Existen antecedentes de tsunamis lacustres relacionados con colapsos de deltas y pendientes sumergidas en otras regiones, incluidos sectores de los Alpes, Alaska y Nueva Zelanda.
La investigación propone considerar conjuntamente la historia del uso del suelo, los registros de sedimentación, la geometría de los deltas y la actividad sísmica para evaluar la amenaza de futuras olas destructivas.
En el lago Iseo, los resultados muestran que una intervención humana aparentemente alejada de las orillas puede tener consecuencias geológicas acumulativas. Los sedimentos movilizados desde las montañas durante generaciones terminaron concentrándose bajo el agua, donde permanecieron hasta que un terremoto desencadenó su desplazamiento.
La principal advertencia científica es que estos procesos pueden desarrollarse lentamente durante cientos de años, mientras que sus consecuencias pueden manifestarse en cuestión de segundos o minutos.
Fuentes referenciales:
Nature Communications — Human-enhanced tsunami hazard in large lakes (2026)
Denys Dutykh — How farming helped cause two medieval tsunamis in an Italian lake, Science X Dialog (2026)




