Un estudio dirigido por Yale concluye que ignorar olas de calor, frío intenso y sequías sobreestima la distribución de más de 500 especies norteamericanas
Redactor: Raúl Méndez C.
Editor: Eduardo Schmitz
Las olas de calor, los episodios de frío intenso y las sequías están limitando las zonas donde pueden vivir más de 500 especies de aves de América del Norte, según una investigación encabezada por la Universidad de Yale. El efecto resulta especialmente marcado en las Grandes Llanuras y el suroeste de Estados Unidos, donde los modelos basados principalmente en promedios climáticos sobreestiman tanto la extensión de los hábitats como la riqueza de especies.
El trabajo, publicado en la revista científica Global Change Biology, comparó diferentes modelos de distribución para determinar qué ocurre cuando la variabilidad estacional y los fenómenos meteorológicos extremos se incorporan a las estimaciones de biodiversidad.
Los resultados muestran que las temperaturas medias no describen por sí solas todas las condiciones que determinan la presencia de una especie. Un territorio puede parecer adecuado según su promedio climático, pero resultar inhabitable si experimenta periódicamente temperaturas o sequías que superan la tolerancia de las aves.
Observaciones de eBird y datos ambientales alimentaron los modelos
El equipo combinó registros ambientales obtenidos desde tierra y mediante satélites con observaciones procedentes de eBird, una plataforma de ciencia ciudadana en la que personas de numerosos países comunican avistamientos de aves.
Con esa información, los investigadores construyeron modelos que vinculaban las condiciones ambientales con la presencia de cada especie. Posteriormente compararon tres enfoques: uno basado en promedios climáticos, otro que añadía la variabilidad estacional y un tercero que incorporaba también el riesgo de temperaturas y sequías extremas.
El método permitió evaluar por separado las áreas utilizadas durante la reproducción y en la temporada no reproductiva. También ayudó a identificar regiones en las que las estimaciones tradicionales mostraban hábitats aparentemente apropiados que no coincidían con las observaciones reales.
La investigación amplía el conocimiento sobre cómo las aves de América del Norte responden de forma incompleta al cambio climático, incluso cuando algunas especies modifican su distribución en busca de condiciones más favorables.
Los hábitats de invierno estaban sobreestimados en un 10%
Los modelos que omitían el clima extremo calculaban áreas de distribución un 10% mayores, en promedio, durante el invierno y un 6% mayores durante el verano. La diferencia estacional responde a que el tiempo meteorológico invernal presenta una mayor variabilidad en amplias zonas de América del Norte.
Las discrepancias fueron particularmente importantes en las Grandes Llanuras y el suroeste estadounidense. En esas regiones, no considerar la intensidad de los episodios cálidos, fríos o secos conducía a proyectar la presencia de especies en territorios donde las condiciones extremas pueden impedir su permanencia.
Según los investigadores, este error no afecta únicamente la delimitación de cada hábitat. Cuando las áreas sobreestimadas de numerosas especies se superponen, también se infla el número total de aves que supuestamente podría albergar una determinada localidad.
Tres especies muestran la magnitud de las diferencias
El equipo examinó casos concretos para ilustrar cuánto pueden cambiar los mapas. En el modelo que no incorporaba variabilidad ni extremos meteorológicos, el área prevista para el turpial encapuchado, una especie que se reproduce en el suroeste de Estados Unidos, era aproximadamente un 30% mayor que la observada.
Para el mosquero fibí, que pasa el invierno principalmente en el sureste estadounidense, la sobreestimación alcanzaba alrededor del 20%. En el caso del zorzal variado, ave reproductora del noroeste del Pacífico y sensible a la sequía, la diferencia era cercana al 10%.
Estos resultados coinciden con otras evidencias sobre el impacto del calor extremo sobre las aves y otros animales silvestres. Las temperaturas elevadas pueden alterar la alimentación, el equilibrio hídrico, la reproducción y la supervivencia, especialmente cuando los episodios se prolongan.
Los extremos delimitan dónde puede sobrevivir una especie
Jeremy Cohen, autor principal y científico asociado del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de Yale, explicó que las condiciones extremas ayudan a definir los límites geográficos dentro de los cuales pueden existir los organismos. Por ello, los promedios estacionales ofrecen una descripción incompleta del nicho ambiental.
Cohen forma parte del laboratorio del profesor Walter Jetz y del Centro para la Biodiversidad y el Cambio Global de Yale. Su trabajo utiliza grandes conjuntos de datos ecológicos, observación remota y modelos de distribución para estudiar las respuestas de la fauna al cambio climático.
Jetz, coautor del estudio y director del centro, destacó que la parte irregular del clima debe incorporarse a las evaluaciones sobre la distribución y transformación de la biodiversidad. Las condiciones promedio pueden mantenerse dentro de límites tolerables mientras aumentan la frecuencia o intensidad de episodios capaces de desplazar poblaciones.
Investigaciones anteriores también han relacionado el aumento de las temperaturas con la disminución de aves en regiones remotas, donde la pérdida de poblaciones no puede explicarse únicamente por la urbanización o la ocupación humana directa.
Modelos más precisos pueden mejorar la conservación
Los mapas de distribución se utilizan para identificar áreas prioritarias, evaluar la exposición de las especies y orientar programas de protección de hábitats. Si esos mapas exageran la superficie disponible, una población puede parecer menos vulnerable de lo que realmente es.
El problema adquiere mayor importancia en territorios con pocos registros directos. En zonas bien estudiadas, las observaciones de campo pueden revelar rápidamente que una especie está ausente. En regiones con datos escasos, las decisiones de conservación dependen en mayor medida de la precisión de los modelos.
Incorporar fenómenos meteorológicos extremos permitiría localizar refugios climáticos, detectar áreas donde las aves enfrentan límites térmicos o hídricos y anticipar cambios en la riqueza de especies. Esta información también puede favorecer la protección de corredores que permitan desplazamientos entre hábitats adecuados.
La utilidad ecológica de conservar las aves trasciende a las propias poblaciones. Muchas participan en la dispersión de semillas, el control de insectos, la polinización y la regeneración vegetal, como demuestra el papel de las aves frugívoras en la recuperación de los bosques.
Una herramienta para escenarios climáticos más variables
El estudio no sostiene que un solo episodio extremo determine permanentemente la desaparición de una especie en una región. Sus modelos identifican relaciones entre la presencia de aves y la exposición recurrente a condiciones que pueden superar sus límites ambientales.
La disponibilidad de datos detallados sobre sequías y temperaturas extremas es relativamente reciente, lo que había dificultado su incorporación sistemática a los modelos continentales. El nuevo enfoque permite contrastar las áreas definidas mediante promedios con aquellas que siguen siendo adecuadas cuando se incluyen riesgos menos frecuentes, pero ecológicamente decisivos.
Además de Cohen y Jetz, participaron Shubhi Sharma, Frank La Sorte y Diego Ellis-Soto. La investigación recibió apoyo de subvenciones de la NASA y de la E.O. Wilson Biodiversity Foundation en el marco del proyecto Half-Earth.
Fuentes referenciales:
Phys.org
Universidad de Yale
Global Change Biology
