Un análisis de datos abiertos en 25 ciudades europeas revela que el 84% de viviendas y lugares de trabajo no alcanza la cobertura arbórea cercana necesaria para enfriar de forma significativa
Redactor: Santiago Duarte
Editor: Karem Díaz S.
Las ciudades europeas llegan a las olas de calor con un déficit estructural de sombra. Un análisis de datos abiertos realizado por el doctor Thami Croeser, experto en ecologización urbana de la Universidad RMIT, en Australia, encontró que más de cuatro de cada cinco viviendas y lugares de trabajo en 25 ciudades europeas tienen menos cobertura de árboles cercana de la necesaria para lograr un enfriamiento significativo.
El estudio cartografió la copa de los árboles dentro de un radio de 60 metros alrededor de 5,5 millones de edificios en Francia, España, Italia, Alemania, Portugal, Grecia y Reino Unido. El resultado muestra que el problema no es solo cuántos árboles tiene una ciudad en términos generales, sino si esa sombra está realmente cerca de donde viven y trabajan las personas.
El umbral del 30%
El análisis encontró que el 84% de los edificios evaluados está por debajo del umbral de 30% de cobertura arbórea cercana. Ese valor aparece en la literatura científica sobre calor urbano como una referencia importante para reducir los efectos peligrosos de la isla de calor.
El hallazgo refuerza una evidencia ya observada en otros estudios sobre árboles urbanos: la vegetación puede reducir el estrés térmico, pero su efecto depende de su ubicación, densidad, tamaño, salud y capacidad para recibir suficiente agua.
Sevilla, Londres, París y Roma bajo el umbral
Entre las ciudades analizadas, Colonia y Hamburgo obtuvieron los mejores resultados, con alrededor del 45% de sus edificios por encima del umbral de 30%. Niza alcanzó el 41%, en parte por la vegetación de sus laderas. Después de esos casos, el panorama se deteriora con rapidez.
Sevilla aparece en el extremo más crítico: el 98% de sus edificios está por debajo del umbral, pese a que la ciudad enfrenta calor extremo de forma recurrente en verano. Londres registra 93% de sus 1,5 millones de edificios por debajo del nivel recomendado; París, 96%, con una cobertura media cercana de apenas 12%; y Roma, 85%.
La sombra debe estar cerca
Croeser subraya que el enfriamiento aportado por los árboles es muy local. Un parque frondoso a varias calles de distancia no protege de manera suficiente a un edificio rodeado de asfalto caliente. Por eso, una ciudad puede parecer relativamente verde en los mapas generales y, al mismo tiempo, dejar a la mayoría de sus habitantes con muy poca sombra inmediata.
Esta diferencia es clave para la planificación urbana. Las estrategias de adaptación no pueden limitarse a sumar hectáreas verdes en promedio, sino que deben observar la distribución real de la cobertura arbórea urbana alrededor de viviendas, escuelas, oficinas, calles y centros de actividad cotidiana.
Los barrios pobres cargan más calor
El análisis también encontró que los barrios con menores ingresos están más expuestos en muchas ciudades donde existen datos de renta o privación social. Estas zonas suelen tener menos árboles, más superficies pavimentadas y temperaturas superficiales más altas.
El resultado confirma una dimensión social del riesgo climático urbano: las olas de calor no golpean por igual a todos los barrios. Las personas con menos recursos para adaptarse suelen vivir en áreas con menor sombra y mayor carga térmica, lo que agrava la desigualdad ambiental.
La densidad no es el problema principal
Uno de los resultados más relevantes es que las zonas urbanas densas no tienen que ser inevitablemente más calientes. Al comparar barrios con densidades similares de vivienda, Croeser encontró que las áreas con suficiente copa arbórea podían ser entre 4 y 10 °C más frescas que puntos urbanos comparables con poca sombra.
En París, la diferencia llegó a 10,5 °C; en Birmingham, a 6,6 °C. Esto indica que el problema no es únicamente la presencia de apartamentos, comercios u oficinas, sino si los árboles maduros fueron protegidos, plantados y dotados de espacio y agua para crecer.
Árboles maduros, tiempo y agua
El trabajo plantea tres prioridades para las ciudades: plantar árboles cerca de donde vive y trabaja la población, garantizar suelo y agua suficientes para que prosperen, y proteger la copa madura existente. La razón es temporal: un árbol recién plantado no dará sombra plena sobre un edificio hasta dentro de 15 o 20 años.
Por eso, perder árboles maduros durante la actual escalada de calor implica perder capacidad de enfriamiento en el período en que más se necesita. Otros análisis sobre calentamiento urbano también advierten que los beneficios de los árboles no siempre llegan a los lugares con mayor exposición térmica.
Datos abiertos para planificar la adaptación
El análisis de Croeser utiliza conjuntos de datos públicos y umbrales de cobertura arbórea tomados de la literatura científica sobre calor urbano. La cartografía específica de las ciudades aún no ha pasado por revisión por pares, pero se apoya en un artículo publicado en Nature Communications sobre los obstáculos críticos que enfrenta la silvicultura urbana para enfriar las ciudades.
La información permite identificar calles, barrios y edificios donde la falta de sombra es más urgente. En un contexto de olas de calor más intensas, los mapas urbanos de árboles dejan de ser una herramienta ornamental y pasan a ser infraestructura climática para proteger salud, vivienda, movilidad y actividad económica.
Un desafío inmediato para Europa
El déficit de sombra urbana en Europa muestra que la adaptación climática no depende solo de reducir emisiones o mejorar eficiencia energética. También exige rediseñar calles, ampliar alcorques, proteger suelos permeables, asegurar riego y conservar árboles adultos.
La evidencia apunta a una conclusión práctica: plantar árboles es necesario, pero no suficiente. Las ciudades deben colocar la sombra donde el calor se experimenta realmente, y hacerlo con tiempo, agua y espacio para que la vegetación sobreviva. En plena intensificación de las olas de calor, esa diferencia puede separar un barrio habitable de una zona de riesgo térmico.
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