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Domingo, 19 de julio de 2026

Panorama Planetario

Panel de situación del sistema Tierra: temperatura, océanos, gases de efecto invernadero, hielo, incendios, sequías y fenómenos extremos.

Resumen ejecutivo

El sistema climático mundial permanece en una condición de calor elevado. Junio de 2026 fue el segundo junio más cálido registrado por Copernicus, con una temperatura media del aire de 16,54 °C, equivalente a 0,56 °C por encima del promedio 1991–2020 y 1,39 °C sobre la referencia preindustrial estimada.

La señal más intensa procede de los océanos. La temperatura media de la superficie marina entre 60° sur y 60° norte alcanzó 20,86 °C en junio, el valor más alto registrado para ese mes. Paralelamente, el Pacífico ecuatorial avanza hacia condiciones de El Niño, con capacidad para redistribuir lluvias, calor y extremos meteorológicos durante los próximos meses.

El planeta no presenta una única anomalía uniforme. Conviven regiones con sequía, incendios y estrés hídrico con otras afectadas por lluvias extraordinarias, inundaciones y tormentas. Esta simultaneidad aumenta la presión sobre ecosistemas, ciudades, agricultura, costas, infraestructuras y sistemas de salud.

+1,39 °C sobre 1850–1900

Temperatura global

Junio de 2026 fue el segundo más cálido del registro global de Copernicus. Europa occidental atravesó su junio más cálido, mientras el conjunto europeo ocupó el segundo lugar histórico para ese mes.

La persistencia de temperaturas elevadas aumenta la evaporación, intensifica el estrés térmico y favorece extremos más severos cuando coincide con suelos secos, alta humedad o bloqueos atmosféricos prolongados.

20,86 °C

Océanos

La superficie oceánica extrapolar alcanzó un récord mensual en junio. Los mares más cálidos almacenan energía adicional, afectan ecosistemas marinos y pueden intensificar lluvias, olas de calor costeras y ciclones cuando otras condiciones atmosféricas son favorables.

Copernicus identifica además un rápido calentamiento del Pacífico tropical, compatible con la transición hacia El Niño.

Tendencia ascendente

CO₂ atmosférico

La concentración atmosférica de dióxido de carbono mantiene su trayectoria creciente debido principalmente al uso de combustibles fósiles, la industria y los cambios de uso de la tierra.

Los intercambios estacionales con bosques y océanos generan fluctuaciones mensuales, pero no revierten la tendencia de largo plazo. El CO₂ acumulado continúa siendo el principal impulsor del calentamiento persistente.

Vigilancia polar

Hielo polar

El verano boreal mantiene al hielo marino del Ártico en su fase anual de retroceso. La extensión final dependerá del calor atmosférico, la temperatura oceánica, los vientos y la fragmentación de la cubierta.

En la Antártida, la variabilidad del hielo marino continúa siendo observada por su relación con océanos, plataformas de hielo y circulación climática global.

Temporada activa

Incendios

El calor y la sequedad de la vegetación sostienen condiciones favorables para incendios en sectores del hemisferio norte. El riesgo no depende únicamente de la temperatura: viento, combustible disponible, humedad y actividad humana determinan la propagación.

El humo puede viajar cientos o miles de kilómetros, deteriorar la calidad del aire y afectar regiones alejadas del foco original.

Distribución desigual

Sequías

Persisten déficits de humedad en partes de Norteamérica, Europa, Asia y otras regiones. Las lluvias recientes pueden mejorar indicadores superficiales sin recuperar completamente acuíferos, embalses, humedad profunda o ecosistemas dañados.

La combinación de sequía y calor aumenta el consumo de agua, debilita la vegetación y amplifica el peligro de incendios.

Atmósfera energizada

Tormentas y fenómenos extremos

Los océanos cálidos proporcionan más humedad y energía potencial para episodios de lluvia intensa. Esto no significa que todas las tormentas sean causadas individualmente por el cambio climático, pero un ambiente más cálido puede intensificar determinados extremos.

Las zonas costeras y urbanas con drenajes limitados presentan especial vulnerabilidad frente a lluvias de corta duración y gran intensidad.

El Niño en desarrollo

Conexiones planetarias

El calentamiento del Pacífico ecuatorial puede reorganizar patrones de lluvia y temperatura a escala mundial. Sus efectos varían por región y estación: algunas zonas reciben mayor precipitación y otras afrontan déficit, calor o incendios.

La señal debe interpretarse mediante pronósticos regionales, no como una consecuencia idéntica para todo el planeta.

Señal planetaria destacada

Por primera vez en 2026, las temperaturas diarias y mensuales de la superficie oceánica extrapolar superaron los niveles correspondientes de 2024 y alcanzaron récords para la época del año. La coincidencia entre océanos excepcionalmente cálidos y el desarrollo de El Niño eleva la posibilidad de nuevos extremos térmicos y pluviométricos durante la segunda mitad de 2026.

Perspectiva para los próximos 7–14 días

Calor: continuará la vigilancia sobre Europa, Norteamérica, el Mediterráneo y áreas continentales de Asia expuestas a olas de calor.
Agua: lluvias intensas pueden generar inundaciones rápidas en cuencas urbanizadas, mientras otras regiones conservarán déficit de humedad.
Incendios: viento, vegetación seca y altas temperaturas mantendrán elevado el peligro en regiones mediterráneas y zonas secas del hemisferio norte.
Océanos: las anomalías cálidas seguirán influyendo en humedad atmosférica, ecosistemas marinos y evolución del Pacífico tropical.
Tormentas: los servicios meteorológicos regionales deberán vigilar ciclones, tormentas severas y episodios de precipitación concentrada.
Hielo: la pérdida estacional del hielo ártico continuará avanzando hasta finales del verano boreal.

La perspectiva general no implica que todas las regiones experimentarán extremos simultáneamente. La principal advertencia es la elevada energía acumulada en el océano y la atmósfera, capaz de amplificar fenómenos cuando coinciden condiciones locales favorables.

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La bicicleta es un medicamento urbano: es hora de tenerlo en cuenta al diseñar nuestras ciudades


Xabier González Santamaría, Universidad de Deusto and Maite Aurrekoetxea Casaus, Universidad de Deusto


Durante décadas moverse por la ciudad se ha entendido como un problema de tráfico, tiempo y eficiencia. La nueva Ley 9/2025 de Movilidad Sostenible, en vigor desde el 5 de diciembre de 2025, introduce un interesante cambio de mirada. Plantea un enfoque poco habitual en las políticas de movilidad: tratar los desplazamientos urbanos como una cuestión de salud pública.

Así, caminar y pedalear pasan a formar parte de una estrategia colectiva de prevención. En este marco, la bicicleta deja de ser ocio o activismo: se convierte en un medicamento urbano, capaz de reducir la mortalidad, prevenir enfermedades y transformar el entorno de las ciudades.

Como consecuencia, pedalear ya no constituye solo una elección individual: es una intervención sanitaria con efectos colectivos medibles.

Lo novedoso no es que la bicicleta sea saludable, algo ya bien conocido y estudiado. Lo nuevo es que una ley estatal asuma su papel como herramienta de salud pública, esté integrada en la vida diaria y con un impacto poblacional.

¿Por qué la bicicleta es como un ‘medicamento’?

La eficacia de la bicicleta reside en una doble acción. Actúa de forma simultánea sobre dos de los principales de agentes de la mortalidad evitable en las ciudades: la exposición a la contaminación atmosférica y la inactividad física.

La Agencia Europea de Medio Ambiente recuerda que la exposición a partículas finas PM2.5 se asocia cada año con alrededor de 23 000 muertes prematuras. A ellas se suman 6 800 atribuibles al dióxido de nitrógeno y 1 800 al ozono troposférico, contaminantes estrechamente ligados al tráfico rodado.

Este impacto se agrava con un modelo de movilidad centrado en el coche, que aumenta la contaminación y reduce la actividad física. Esto favorece el sedentarismo y eleva el riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas.

La Organizacion Mundial de la Salud subraya que caminar al menos 30 minutos al día o pedalear unos 20 minutos diarios reduce el riesgo de mortalidad general y cardiovascular en torno a un 10 %. En el caso de la diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer, la reducción puede alcanzar el 30 %.

La importancia del diseño urbano

Convertir la bicicleta en una herramienta de salud publica exige diseñar ciudades donde pedalear sea seguro y viable. Para ello, la infraestructura protegida es determinante: circular por ciclovías segregadas se asocia con un riesgo de lesión hasta nueve veces menor que hacerlo en vías sin infraestructura ciclista.

En los rankings internacionales, como el Copenhagenize Index, las posiciones en cabeza de ciudades amigas de la bicicleta están dominadas por urbes como Copenhague, Ámsterdam, Utrecht, París y Viena.

En Copenhague, la bicicleta forma parte de la movilidad cotidiana desde hace décadas. Alrededor del 49 % de los desplazamientos al trabajo o a centros educativos se realizan pedaleando.

¿Y España?

El referente más cercano cuando hablamos de ciclovías es Vitoria-Gasteiz. Con una red de 120 km de carriles protegidos alcanza una cuota modal de bicicleta cercana al 8 %. Muy cerca se sitúa Valencia, con 225,7 km de carriles bici y 46,9 km de ciclocalles.

Otras ciudades muestran trayectorias reveladoras. En Barcelona, la red ciclista supera ya los 260 km de carriles bici, lo que se traduce en una puntuación elevada en el pilar de infraestructura (54,4).

Sevilla cuenta con cerca de 180 km de este tipo de vías. Sin embargo, su posición global refleja una pérdida de impulso frente a ciudades que han reforzado su apuesta en los últimos años.

Y aunque Zaragoza cuenta con alrededor de 130 km de carriles bici urbanos, registra el valor más bajo en el uso cotidiano (26,2) de esta comparativa, lo que evidencia un amplio margen para transformar una infraestructura existente en desplazamientos diarios efectivos.

En todos estos casos, la continuidad de la red es clave. No bastan los tramos aislados: lo decisivo es disponer de una infraestructura conectada que permita desplazamientos completos y funcionales.

Este cambio de enfoque abre una oportunidad clara para la acción profesional y educativa. La movilidad activa se integra en las políticas de bienestar y conecta ámbitos ligados a la salud, la sostenibilidad y el diseño urbano.

Un cambio educativo

En el ámbito educativo, la Ley 9/2025 refuerza un camino ya iniciado. Promueve desplazamientos seguros, autónomos y saludables desde edades tempranas. Ir al colegio caminando o en bicicleta se convierte en aprendizaje cotidiano, no en una actividad puntual. Este enfoque consolida el papel de la educación física en la adquisición de hábitos de movilidad activa que nos acompañen a lo largo de la vida.

Pero el compromiso va más allá de la escuela. Diseñar rutas seguras, impulsar programas comunitarios y liderar proyectos de movilidad activa requiere conocimiento del cuerpo, del esfuerzo y del entorno. Aquí se abre una oportunidad clara para las y los profesionales de la educación física y deportiva, llamados a asumir un papel activo en este ámbito.

En este sentido, reconocer a la bicicleta como medicamento urbano implica asumir que la salud de las ciudades no depende únicamente de hospitales, tratamientos o campañas sanitarias. Depende también de cómo se diseñan y se disfrutan los espacios cotidianos.

Cuando pedalear es seguro y fácil, moverse cada día se convierte en una forma natural de prevención integrada en la vida social.

La Ley 9/2025 abre una vía clara: tratar la movilidad como una política estructural de salud pública, con capacidad real para reducir la enfermedad, la desigualdad y la mortalidad evitable en las ciudades.

Xabier González Santamaría, Profesor Doctor en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en la Facultad de Educación y Deporte, Universidad de Deusto and Maite Aurrekoetxea Casaus, Profesora Doctora en Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Deusto

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.