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Noticias de la Tierra · Panorama Planetario

El sistema Tierra mantiene señales simultáneas de calor, sequía y presión oceánica

25 de septiembre de 2026
Resumen ejecutivo. El cierre del verano boreal mantiene al planeta bajo una combinación de temperaturas elevadas, anomalías hídricas y estrés regional. Agosto de 2026 fue el agosto más cálido registrado a escala mundial y el hemisferio norte completó su verano más cálido observado. Al mismo tiempo, las anomalías de precipitación continúan favoreciendo condiciones secas en extensas áreas, mientras la evolución del Pacífico tropical aumenta la atención sobre el comportamiento climático de los próximos meses.
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Temperatura global

El planeta llega al final de septiembre después de un agosto récord. La persistencia del calor refuerza una señal climática de fondo en la que los episodios regionales extremos se desarrollan sobre temperaturas globales excepcionalmente altas.

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Océanos

Las temperaturas marinas continúan siendo un indicador esencial. El almacenamiento de calor oceánico condiciona ecosistemas, evaporación, humedad atmosférica y la energía disponible para determinados sistemas meteorológicos.

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CO₂ atmosférico

La concentración de dióxido de carbono permanece estructuralmente elevada. Más allá de las oscilaciones estacionales, la tendencia de largo plazo continúa sosteniendo el desequilibrio energético que impulsa el calentamiento global.

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Hielo polar

El Ártico acaba de atravesar su temporada anual de deshielo. La vigilancia satelital se concentra ahora en la transición hacia la recongelación y en la evolución de la extensión y distribución espacial del hielo marino.

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Incendios

El riesgo permanece condicionado por calor acumulado, sequedad de la vegetación y viento. La observación satelital permite seguir focos activos y columnas de humo incluso en regiones remotas.

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Sequías

El observatorio europeo de sequía identifica anomalías negativas recientes en buena parte de Europa, sectores de América, África y diversas regiones asiáticas. La combinación de déficit hídrico y temperaturas altas incrementa el estrés territorial.

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Fenómenos extremos

La vigilancia global continúa enfocada en extremos simultáneos: calor, lluvias intensas, inundaciones, incendios y sequías. La distribución regional es desigual, por lo que el riesgo debe interpretarse mediante información local actualizada.

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Observación planetaria

Satélites públicos y comerciales amplían la frecuencia y resolución con la que pueden observarse océanos, vegetación, incendios, hielo, humedad, temperatura superficial y transformación del territorio.

🌐 Señal planetaria destacada

El dato dominante del cierre del verano boreal es la persistencia térmica: agosto de 2026 fue el agosto más cálido registrado globalmente. Esta señal coincide con episodios de sequía, calor e incendios en diferentes regiones y mantiene elevada la importancia del seguimiento integrado de atmósfera, océano, suelo y disponibilidad de agua.

🔭 Perspectiva · próximos 7–14 días

La atención se desplaza hacia la transición estacional del hemisferio norte, las anomalías térmicas todavía presentes en Europa y otras regiones, la evolución de la disponibilidad hídrica y el Pacífico tropical. La entrada en octubre también incrementará el interés sobre la circulación atmosférica otoñal, mientras el hemisferio sur avanza hacia condiciones primaverales.

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Los espacios naturales protegidos no están a salvo de los incendios y también necesitan medidas de prevención

Nuria PhotoStock/Shutterstock

Leonor Calvo Galván, Universidad de León y José Manuel Fernández Guisuraga, Universidad de León


Los parques nacionales, parques naturales, las reservas y los espacios de la Red Natura 2000 constituyen una de las principales herramientas para conservar la biodiversidad y el patrimonio natural. Sin embargo, su declaración legal no los aísla de las perturbaciones ambientales, ni los protege frente a los grandes incendios forestales.

El fuego no entiende de límites administrativos, puede iniciarse dentro de un espacio protegido o propagarse desde los territorios circundantes. Y cuando coincide con condiciones meteorológicas extremas y una elevada continuidad del combustible, puede superar cualquier frontera sobre el mapa.

Incendios en la Red Natura 2000 en el verano de 2025

Una vez termine la temporada de grandes incendios de este año, podremos evaluar con detalle su impacto en las áreas protegidas. De momento, han afectado, por ejemplo, a la Reserva Natural del Valle de Iruelas (Ávila), hogar de la mayor colonia de buitre negro de Castilla y León, y a las cuencas de los ríos Alberche y Cofio (Comunidad de Madrid). Todos ellos forman parte de la Red Natura 2000.

En el verano de 2025, los incendios tuvieron una incidencia especialmente elevada sobre los espacios protegidos del noroeste de la península ibérica. De los 66 grandes incendios ocurridos, todos ellos superiores a 500 hectáreas, 40 afectaron a espacios de la Red Natura 2000. En su interior ardieron 150 074 hectáreas, equivalentes al 28,6 % de toda la superficie quemada.

El impacto fue especialmente intenso en el noroeste de España, donde 22 incendios afectaron a 108 010 hectáreas protegidas, el 39,9 % de la superficie quemada en esta región. Dentro de estos espacios, el fuego afectó principalmente a pastizales (61,1 % de la superficie quemada), comunidades arboladas (30 %) y, en menor proporción, a matorrales (6,1 %). Hay que destacar que ardió parte de espacios emblemáticos como los parques nacionales de Peneda-Gerês, en Portugal, y Picos de Europa, en España.

Además, el fuego calcinó territorios importantes para la conservación de especies amenazadas de Castilla y León. Entre ellos cabe destacar el 18 % del área de distribución de Geranium dolomiticum, el 12 % de la del urogallo cantábrico y el 7 % de la del oso pardo.

Un valle entre montañas con vegetación dominada por pinos
Valle de Iruelas antes del incendio del 2026. Rastrojo/Wikimedia Commons, CC BY-SA

¿Arden con mayor severidad las áreas protegidas?

No es fácil determinar si estas zonas arden con mayor severidad ya que depende, en gran medida, de la escala y del contexto analizados. Así, un estudio reciente, con una escala espacial que abarca los biomas forestales mediterráneos de Europa, California, Chile y Australia, señala que en ellos la severidad del fuego fue un 20 % mayor dentro de las áreas protegidas. Además, la población que vivía dentro o cerca de espacios protegidos presentó una probabilidad hasta 16 veces mayor de verse expuesta a grandes incendios.

Sin embargo, en otra investigación a menor escala, focalizada en las zonas afectadas por los incendios extremos ocurridos en 2025, se observó que, al comparar las superficies protegidas y no protegidas afectadas, la severidad fue igualmente elevada en ambas. La figura de protección no tuvo un efecto significativo en la severidad.

En los eventos extremos de fuego, cuando el incendio escapa a la capacidad de extinción y alcanza grandes dimensiones, su severidad depende principalmente de las condiciones meteorológicas, el tipo de vegetación, la cantidad y continuidad del combustible y la configuración del terreno. Bajo estas circunstancias extremas, la protección legal no aumenta ni reduce por sí sola los daños provocados por el fuego.

Estos resultados advierten de los riesgos de ampliar las áreas estrictamente protegidas sin incorporar medidas adecuadas de prevención.

El caso de las Reservas de la Biosfera de Castilla y León

Las Reservas de la Biosfera, promovidas por la UNESCO mediante el programa Man and the Biosphere, buscan compatibilizar la conservación del patrimonio natural y cultural con el desarrollo económico y social de las comunidades locales. De todas las Reservas de la Biosfera en España, Castilla y León alberga diez: Ancares Leoneses, Alto Bernesga, Babia, Los Argüellos, Meseta Ibérica, Picos de Europa, Sierras de Béjar y Francia, Real Sitio de San Ildefonso-El Espinar, Valle de Laciana y Valles de Omaña y Luna.

Estos territorios contienen paisajes de elevado valor natural, pero también actividades ganaderas, forestales y agrícolas que han contribuido históricamente a modelarlos. La calidad de la gestión, la coordinación entre administraciones y la implicación de la población local determinan en estas áreas la protección frente a los incendios.

Recientemente, el Grupo de Ecología Aplicada y Teledetección de la Universidad de León hemos realizado un estudio (todavía sin publicar) sobre los incendios ocurridos entre 2008 y 2025. Nuestro trabajo muestra que estas reservas registraron, en conjunto, un menor número de incendios y una menor superficie quemada que las áreas exteriores adyacentes. No obstante, esta respuesta no fue homogénea, sino que dependió de la gestión del territorio, la zonificación interna y las condiciones bioclimáticas.

En general, se observó que los paisajes en mosaico –donde se alternan distintos usos de suelo, como campos de cultivo, pastos y bosque–, asociados a la ganadería, los cultivos y otros aprovechamientos tradicionales, limitan la propagación del fuego incluso cuando se producen numerosas igniciones. Además, las reservas situadas en el ámbito más mediterráneo fueron más vulnerables que las pertenecientes a la montaña cantábrica, lo que evidencia la influencia conjunta del clima, la estructura del paisaje y el abandono territorial.

El fuego también es un proceso ecológico

Rebrote de lignotubérculo en Erica australis diez meses después del incendio de las Médulas de León en 2025. Leonor Calvo, CC BY-NC
Plántulas de Cistus laurifolius procedentes de germinación de semillas después del incendio de las Médulas de León en 2025. Leonor Calvo, CC BY-NC

No todos los incendios tienen las mismas consecuencias. El fuego es una perturbación natural en numerosos ecosistemas mediterráneos. Muchas plantas pueden rebrotar desde raíces, cepas o yemas protegidas. Otras mantienen bancos de semillas cuya germinación es estimulada por el calor o el humo.

Por tanto, una superficie quemada no equivale necesariamente a un ecosistema destruido. Cuando el incendio se mantiene dentro del régimen al que están adaptadas, la vegetación puede recuperar progresivamente su estructura y composición.

El problema aparece cuando ese régimen se altera. Una frecuencia de incendios excesiva puede impedir que los árboles alcancen la madurez y produzcan semillas. Una severidad extrema puede destruir los órganos de rebrote, los bancos de semillas y la materia orgánica del suelo. Los incendios muy extensos eliminan, además, los refugios y dificultan la recolonización de las zonas afectadas.

Proteger no significa eliminar los incendios

El abandono de la ganadería extensiva, la recogida de leña y otros aprovechamientos tradicionales ha favorecido la acumulación de biomasa y la conexión entre formaciones vegetales antes separadas por pastizales, cultivos o áreas aclaradas. Esta continuidad facilita que, una vez iniciado, el fuego se propague por grandes superficies y alcance las copas de los árboles, pudiéndose transformar en eventos extremos de fuego de difícil manejo y grandes impactos en los ecosistemas.

Conservar no significa inmovilizar el territorio. Si bien en algunas figuras de protección, como en parques nacionales, la gestión está más restringida, en todas deben ponerse en marcha medidas de prevención. Estas deben combinar la gestión del combustible, la recuperación de la ganadería extensiva, las quemas prescritas cuando sean ecológicamente adecuadas y la creación de paisajes heterogéneos. Y también incluyen planes de autoprotección para la población y sus bienes, la coordinación entre administraciones, la participación local y el seguimiento científico.

Proteger un territorio no consiste solamente en otorgarle una categoría jurídica. Significa comprender sus procesos ecológicos, mantener su capacidad de adaptación y gestionar los riesgos existentes dentro y fuera de sus límites. Los espacios protegidos también sufren las consecuencias de los incendios forestales y, por tanto, conservarlos exige integrar el conocimiento científico aportado por la ecología del fuego en sus planes de gestión.

Leonor Calvo Galván, Catedrática de Ecología, Universidad de León und José Manuel Fernández Guisuraga, Associate Professor in Applied Ecology and Remote Sensing, Universidad de León

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.