Un análisis de sedimentos revela que la acumulación del metal en la Península Antártica aumentó un 160 % desde la industrialización y alcanza el doble del promedio registrado en otras plataformas continentales
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Eduardo Schmitz
El calentamiento de la Península Antártica está movilizando mercurio almacenado durante décadas en glaciares y terrenos congelados, lo que transforma progresivamente esta región polar en una fuente secundaria de contaminación para el océano. Un estudio internacional identificó que el deshielo, la erosión y la deposición atmosférica están acelerando conjuntamente la circulación del metal entre la atmósfera, el hielo, la superficie terrestre y los ecosistemas marinos.
La investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), determinó que la tasa de acumulación de mercurio en los sedimentos de la plataforma de la Península Antártica aumentó aproximadamente un 160 % desde el comienzo de la industrialización, a mediados del siglo XIX. El nivel actual equivale al doble del promedio estimado para las plataformas continentales del planeta.
El hallazgo muestra una consecuencia menos visible del derretimiento acelerado del hielo terrestre. Además de modificar el nivel del mar y los hábitats polares, el retroceso de los glaciares puede liberar contaminantes que permanecían inmovilizados y permitir que vuelvan a incorporarse a los ciclos ambientales.
Los sedimentos reconstruyen dos siglos de acumulación
El equipo, integrado por especialistas de instituciones como la Universidad de Pekín y la Universidad de Yale, estudió 16 núcleos de sedimentos recogidos en la plataforma continental de la Península Antártica. Estas muestras conservan capas sucesivas de materiales depositados en el fondo marino y permiten reconstruir la evolución histórica del mercurio en la región.
Los investigadores analizaron las concentraciones del metal, la edad de los sedimentos y distintos indicadores geoquímicos para separar las aportaciones vinculadas con procesos naturales de aquellas relacionadas con la actividad humana y el cambio climático. Los resultados revelaron una aceleración pronunciada a partir de la Revolución Industrial, periodo en el que crecieron las emisiones mundiales de mercurio procedentes de la minería y la combustión de carbón, entre otras actividades.
Aunque la Antártida se encuentra lejos de los principales centros industriales, las corrientes atmosféricas transportan contaminantes a grandes distancias. Una parte del mercurio alcanza las regiones polares, cae sobre la superficie mediante deposición atmosférica y queda retenida en el hielo, la nieve o los suelos.
Durante décadas, esas reservas congeladas funcionaron como depósitos relativamente estables. El aumento de las temperaturas y el retroceso glaciar están alterando esa función, de manera semejante a otros procesos en los que el deshielo reactiva materiales almacenados en los ecosistemas polares.
El agua de deshielo moviliza el mercurio retenido
El estudio atribuye el aumento a dos mecanismos que se refuerzan entre sí. El primero es la deposición de mercurio transportado por la atmósfera desde fuentes naturales y humanas. El segundo es la liberación del contaminante previamente acumulado en glaciares y terrenos de la península.
Cuando el hielo se derrite, el agua circula sobre superficies expuestas, erosiona materiales y transporta el mercurio hacia ríos, zonas costeras y fondos marinos. Los cálculos de los investigadores indican que la tasa de liberación relacionada con el deshielo y la erosión creció alrededor de un 550 % desde la industrialización.
Ese incremento no significa que todo el mercurio detectado proceda directamente de actividades recientes. Una fracción corresponde a emisiones históricas que viajaron hasta la Antártida y permanecieron retenidas durante años. El calentamiento está permitiendo ahora que parte de ese depósito vuelva a circular, creando un efecto retardado entre la emisión original y su incorporación a los ecosistemas marinos.
La Península Antártica resulta especialmente sensible porque experimenta transformaciones rápidas en sus glaciares, superficies terrestres y ambientes costeros. Los posibles cambios de esta región bajo diferentes niveles de emisiones ya fueron examinados en un análisis sobre los escenarios de calentamiento de la Antártida, que advirtió sobre consecuencias combinadas para el hielo, el océano y la biodiversidad.
El mercurio puede incorporarse a las redes alimentarias
El mercurio representa una preocupación ambiental porque determinadas condiciones favorecen su transformación en metilmercurio, una forma que puede ser absorbida por los organismos y acumularse en las redes alimentarias. Las concentraciones pueden aumentar a medida que el contaminante pasa de microorganismos y pequeñas especies marinas a peces, aves y depredadores superiores.
Los autores no plantean que todos los organismos de la Península Antártica estén expuestos al mismo nivel ni atribuyen daños ecológicos concretos únicamente al proceso observado. Sin embargo, advierten que una mayor disponibilidad de mercurio amplía el riesgo potencial para comunidades biológicas adaptadas a condiciones extremas y sometidas simultáneamente a calentamiento, pérdida de hielo y alteraciones de sus fuentes de alimento.
La investigación también cuestiona la idea de que la Antártida actúa exclusivamente como receptora final de contaminantes procedentes de otras regiones. El continente continúa recibiendo mercurio atmosférico, pero el deshielo puede convertir sus reservas históricas en una fuente que redistribuye el metal hacia las aguas costeras y el Océano Austral.
El calentamiento modifica el ciclo polar del contaminante
Los resultados describen un circuito interconectado entre atmósfera, glaciares, tierra y océano. El mercurio llega desde el aire, queda almacenado en superficies congeladas y posteriormente puede ser removilizado por el agua y la erosión. La intensificación del deshielo acelera cada transferencia y reduce la capacidad del hielo para mantener aislado el contaminante.
Esta interacción introduce una dificultad adicional para evaluar la contaminación antártica: la cantidad liberada no depende solamente de las emisiones contemporáneas, sino también de la velocidad con la que el calentamiento expone y erosiona depósitos formados en el pasado.
El estudio respalda la necesidad de mantener mediciones de largo plazo en sedimentos, glaciares, aguas costeras y organismos marinos. Ese seguimiento permitiría determinar dónde se concentra el mercurio liberado, cuánto permanece disponible para los seres vivos y cómo cambia su distribución conforme continúa el retroceso glaciar.
Fuentes referenciales:
Infobae
Proceedings of the National Academy of Sciences
