Un estudio de Stanford estima que tratar 202.000 hectáreas al año en California podría bajar la contaminación por humo en una década
Redactor: Valentina Ríos
Editor: Karem Díaz S.
Las quemas prescritas en bosques de coníferas de California podrían reducir de forma significativa la contaminación mortal provocada por el humo de incendios forestales. Un estudio de investigadores de la Stanford Doerr School of Sustainability concluye que quemar de manera controlada 500.000 acres al año, equivalentes a unas 202.000 hectáreas, permitiría disminuir aproximadamente un 10 % la exposición acumulada al humo de incendios durante una década.
La investigación, publicada en Science, fue realizada por Iván Higuera-Mendieta y Marshall Burke. El trabajo analiza una paradoja cada vez más visible en la gestión forestal del oeste de Estados Unidos: las quemas controladas generan humo en el corto plazo, pero pueden evitar incendios más severos y contaminantes en años posteriores.
El estudio indica que ese nivel de tratamiento anual sería ligeramente superior al objetivo de California para quemas prescritas y alrededor de cuatro veces mayor que la superficie actualmente tratada con este método en todos los ecosistemas silvestres del estado. La escala, por tanto, es uno de los grandes desafíos.
El humo de los incendios forestales se ha convertido en un problema ambiental y sanitario de alcance regional, con partículas finas capaces de viajar miles de kilómetros. En Estados Unidos, el vínculo entre clima, fuego y contaminación ya aparece como una preocupación creciente, especialmente por el impacto del humo de incendios forestales en la salud y la economía.
La paradoja de apagar todos los fuegos
Durante más de un siglo, gran parte de la gestión forestal en Estados Unidos se orientó a suprimir incendios con rapidez. Esa estrategia redujo daños inmediatos, pero permitió que se acumularan árboles pequeños, matorrales, pastos y madera muerta en bosques que evolucionaron con fuego frecuente de baja intensidad.
Marshall Burke, profesor de ciencias sociales ambientales en Stanford y autor principal del estudio, explicó que parte del problema actual de incendios y calidad del aire surge precisamente de haber apagado el fuego durante demasiado tiempo. Al acumularse combustible vegetal, los incendios posteriores pueden volverse más intensos, más difíciles de controlar y mucho más contaminantes.
La propuesta evaluada por el equipo consiste en reintroducir fuego beneficioso en el paisaje, especialmente fuego de baja severidad que imite regímenes históricos previos a la supresión intensiva. Este enfoque busca reducir combustible disponible antes de que llegue un incendio extremo bajo condiciones de calor, sequía y viento.
La idea no es nueva. Las quemas controladas siguen siendo una herramienta esencial en muchos paisajes adaptados al fuego, aunque su aplicación requiere ventanas meteorológicas seguras, personal entrenado y coordinación con autoridades de calidad del aire.
Menos riesgo durante una década
Los investigadores encontraron que los incendios de baja severidad reducen de inmediato un 92 % el riesgo de incendios muy severos en las áreas tratadas. Ese efecto permanece durante hasta una década y se extiende hasta 5 kilómetros, unas 3 millas, más allá de la zona directamente quemada.
Este resultado es importante porque muestra beneficios fuera del área tratada. Higuera-Mendieta señaló que los lugares cercanos no quemados también reciben una reducción de riesgo, lo que representa una ventaja adicional desde el punto de vista de la calidad del aire: no se emite humo allí, pero sí se reduce la posibilidad de incendios futuros más intensos.
Los resultados varían según el tipo de vegetación. En matorrales, la reducción del riesgo aparece sobre todo durante el primer año y se debilita antes de cuatro años. En bosques de coníferas, en cambio, el efecto fue mucho más fuerte y persistente, especialmente en zonas como Sierra Nevada y el norte de California.
California ha enfrentado en años recientes incendios de alta intensidad que han afectado bosques, viviendas, agua y salud pública. La recurrencia de incendios extremos también se relaciona con el aumento del riesgo de incendios forestales bajo cambio climático, debido a temporadas más largas, vegetación más seca y condiciones meteorológicas más favorables para el fuego.
Más humo al inicio, menos contaminación después
El estudio modeló qué habría ocurrido si California hubiera añadido más fuego de baja severidad a sus paisajes desde 2010. Los escenarios simulados fueron desde 125.000 acres al año, unas 50.600 hectáreas, hasta 1 millón de acres, equivalentes a unas 405.000 hectáreas.
El escenario central, con 500.000 acres tratados cada año, habría aumentado aproximadamente un 50 % la contaminación por partículas PM2.5 en los primeros años, cuando la actividad de incendios forestales fue baja. Sin embargo, el esfuerzo sostenido habría generado una reducción neta de exposición acumulada desde el cuarto año y una disminución cercana al 10 % durante toda la década.
Las mayores reducciones se habrían observado en 2020 y 2021, los peores años de humo registrados en California. En esos periodos, la menor severidad de incendios futuros habría compensado ampliamente el humo inicial producido por quemas prescritas.
La contaminación por PM2.5 es especialmente preocupante porque sus partículas finas pueden penetrar profundamente en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo. Además, el humo puede interactuar con otros contaminantes atmosféricos y agravar problemas de calidad del aire, como ocurre cuando el humo de incendios aumenta la contaminación por ozono.
Beneficios que superan costos de humo
El modelo indica que, en bosques de coníferas, los beneficios de calidad del aire pueden superar el costo del humo producido por quemas prescritas en una relación cercana a 5 a 1 durante una década. Ese balance considera que los beneficios futuros deben compararse con los costos inmediatos de producir humo de manera controlada.
Burke destacó que cada acre tratado presenta una relación beneficio-costo elevada, con mayores ganancias durante los peores años de incendios. El problema es que para reducir de forma visible el impacto total se necesita tratar una superficie muy amplia.
El trabajo también subraya que no basta con quemar cualquier lugar. Los autores señalan que idealmente deberían priorizarse las áreas con mayor probabilidad de arder en incendios futuros y donde las quemas prescritas puedan realizarse de forma segura y viable.
Datos satelitales y límites del estudio
La investigación utilizó dos décadas de datos satelitales para medir severidad de incendios en el 98,9 % de los eventos de California registrados por el programa federal Monitoring Trends in Burn Severity entre 2000 y 2021. Esos datos se combinaron con estimaciones de contaminación por PM2.5 asociada a incendios entre 2006 y 2020.
Como las quemas prescritas han sido limitadas en el oeste de Estados Unidos, los investigadores utilizaron incendios forestales de baja severidad como aproximación para estudiar qué ocurre cuando el fuego beneficioso se aplica a gran escala. El objetivo era representar el tipo de efecto que se busca con las quemas prescritas: reducir combustible sin destruir el bosque.
El estudio no estima directamente cuántos ataques de asma, problemas cardíacos o muertes prematuras podrían evitarse con este cambio de exposición al humo. Tampoco calcula el costo financiero directo de los tratamientos, que los autores sitúan en torno a 170 dólares por acre en California, aunque esa cifra varía según terreno y cercanía a zonas urbanas.
Un instrumento dentro de una estrategia más amplia
Los investigadores no presentan las quemas prescritas como una solución única. También señalan la necesidad de evaluar tratamientos alternativos, como el aclareo mecánico, que puede producir menos emisiones, aunque tiene costos, limitaciones logísticas y efectos distintos sobre el combustible forestal.
El cambio climático añade dificultad porque puede reducir las ventanas seguras para realizar quemas controladas y, al mismo tiempo, aumentar el riesgo de incendios extremos. Esa tensión ya ha sido identificada en estudios sobre cómo el cambio climático limita el uso de incendios prescritos y puede agravar sus impactos en la calidad del aire.
La gestión futura deberá combinar restauración forestal, reducción de combustibles, monitoreo satelital, alertas tempranas, protección de comunidades y planificación urbana. En California, donde el fuego forma parte de la ecología de muchos bosques, la pregunta ya no es solo si habrá humo, sino cuándo, cuánto y bajo qué condiciones se producirá.
La investigación de Stanford aporta números concretos a ese debate. Aceptar más humo controlado en momentos elegidos podría reducir la exposición a humo más peligroso en años de incendios extremos. La decisión, sin embargo, exige una planificación cuidadosa para proteger a comunidades vulnerables y orientar las quemas hacia las zonas donde el beneficio ambiental y sanitario sea mayor.
Fuente(s) referenciales
Phys.org: Prescribed fires can cut smoke pollution for years, miles beyond burn areas
